Ricardo: 22

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Capítulo XXII
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Ricardo Emilio Castelar


=== Finis ===

Han pasado dos años después de todas las escenas que hemos en los anteriores capítulos descrito. Antonio se ha llevado su hija a París, y con su hija se ha ido toda la familia, sin excluir el viejo tío, empeñado en hacer a toda costa y a toda prisa la felicidad de Elena en el seno de bienaventurado matrimonio. Las exigencias de la política, una conspiración descubierta como suelen descubrirse siempre todas las conspiraciones en España, ha llevado también a París al bueno de Jaime, cada día más enamorado de la libertad y de Elena. Allí el marqués de la Tafalera ha conseguido dos cosas: primera, que la joven comprendiese toda la imposibilidad de sus amores con Ricardo; y segunda, que se resignara a nuevas relaciones. Nadie en la familia pudo penetrar la causa de la separación entre Elena y Ricardo; pero todos la veían como irremisible e irremediable. Los dos amantes no volvieron a verse ni a escribirse. Entre tanto Jaime visitaba todos los días el palacito de los condes de la Floresta en la Avenida de los Campos Elíseos. Y aunque lo visitaba, si bien decía a todos cuánta era su pena, jamás se lo decía a quien más necesitaba saberla, jamás se lo decía a Elena misma, después de su última inapelable repulsa en el jardín de Madrid. Y la causa de este silencio estribaba en razón sencillísima que enaltecía su carácter: Jaime ignoraba la ruptura de las relaciones y no quería dañar a un amigo, tan amado como Ricardo, aunque fuese a costa de su eterna felicidad. Mas no se necesitaba ir mucho tiempo a la casa para saber el triste caso. Allí estaba la trompeta de la fama, el marqués de la Tafalera. Y aun después de sabido insistió el pundonoroso joven, por otras razones no menos valederas, en retraerse de toda declaración que pudiese parecer infidelidad, si no a su amigo, a la memoria de su amigo. En vano el marqués, a quien la ancianidad diera monomanía de casamentero, le demostraba la extraña naturaleza de los amores de Ricardo, el cual, en los días mismos de su ruptura con Elena y en la carta última, le aconsejaba un matrimonio que fuese la felicidad de la vida para ella, la paz del alma para él. Jaime no osaba declararse, diciendo que solamente lo haría, aunque en pedazos el corazón se le partiese, autorizado por Ricardo, a quien no volvió a hablar del amor sentido por Elena desde el día en que, a impulsos de irreflexivo sentimiento, se lo reveló con francas revelaciones dictadas por rapto de pasión.

Tales dificultades convirtiéronse en obstáculos insuperables para otro que no fuese nuestro buen marqués. En seguida se le ocurrió el expediente que todo lo resolvía y el medio que todo lo allanaba. Imposible, dada la formalidad de Ricardo, imposible en él decir una frase por decirla, sin ánimo de encarnarla en la realidad, tal como la tenía en el pensamiento y en la pluma. Dijo que se creía el primer interesado en procurar a Elena un venturoso enlace; y precisaba que cumpliera lo dicho. Y la mejor manera de cumplirlo consistía en interceder con Jaime para que Jaime se casara. Y si Ricardo intercedía, Jaime indudablemente se casaba; pues no quería otra cosa. Tafalera, que en achaques de amor podía pasar, no ya por bachiller o licenciado, sino por uno de los primeros doctores, comprendió bien e1 estado del ánimo de los dos jóvenes. Elena jamás se curó totalmente de su pasión por Ricardo. Pero el amor, como todo, se estrella cuando choca en lo imposible. Lloró, gimió; se puso pálida y ojerosa; sus días se pasaron en ataques de nervios continuos; sus noches en continuos insomnios; pero al cabo tuvo que rendirse a la realidad y que entregarse al impulso de la corriente, al impulso de la vida. El mandato categórico de su padre; el parecer unánime de la familia, que sin acertar con el misterio en sí, comprendía o adivinaba la imposibilidad del matrimonio; la carta misma de Ricardo en el momento de aguardarlo para una fuga resuelta y frustrada; todas estas razones bastaron a persuadirla de que su amor no tenía esperanza alguna sobre la tierra. Y ya sabéis lo que significa la desesperación. Ya sabéis cómo un amor que no se alimenta en las llamas de la vida, en las esperanzas ¡ay! o mata o muere sin remedio. De otra suerte imposible vivir en los celos y recelos sin término; en los delirios sin tregua; en los deseos sin satisfacción; en los ensueños sin realidad; en los combates sin victoria; en las esperanzas que han de terminar forzosamente por una desesperación muy parecida a la muerte. ¿La pasión no mató a Elena? Pues la pasión murió en Elena. Las palabras misteriosas de su padre; la carta desgarradora de su amante;. la separación interpuesta tan a tiempo; la vida de París, y ¿por qué no decirlo de una vez? hasta la presencia de Jaime la consolaban de su perdido amor y la impulsaban a sentir otro nuevo, si menos intenso, menos ocasionado también a tempestades. Principios de olvidar a Ricardo, principios de inclinarse a Jaime; propicia ocasión para tejer nuevas relaciones, sobre todo, tratándose de jóvenes tan accesibles al amor, y entre los cuales se levantaba un tercero tan hábil en urdir matrimonios como el marqués de la Tafalera. ¿Qué muralla había entre los dos jóvenes? En Elena el recuerdo de su amor a Ricardo, y en Jaime el escrúpulo de su amistad a Ricardo.

Pues todo lo resolvía Ricardo. De un tiro mataba dos pájaros. Precisaba acudir a él como a la solución de todos estos problemas y como al Deus ex maquina de todos estos dramas. El marqués comprendió bien pronto que una carta no valía. cosa, y pretextando negocios urgentes en Madrid, tomó el tren y se encajó sin descansar desde la capital de Francia en la capital de España. No acabaríamos nunca si hubiéramos de relatar todas las reflexiones que en el camino se le ocurrieron. ¡En qué mal hora atacaron los románticos, decía, las unidades clásicas, a las cuales prestaba nuestro buen Moratín su fervoroso culto! En estos días, con los ferrocarriles y los telégrafos eléctricos, las más embrolladas comedias, las más terribles tragedias, se desenlazan con facilidad en veinticuatro horas. Este drama terminará pronto, gracias a la celeridad del movimiento continuo y a la rapidez de comunicaciones. Y ya veis cómo el romanticismo, pretextando culto a la verdad, resulta inverosímil. Un alumno de la escuela huguesca ya hubiera matado con puñal o con veneno a Ricardo, a Elena, a Jaime, a cualquiera de los personajes. La realidad viviente es mucho más clásica. La realidad viviente no tiene esas catástrofes tan grandes como inverosímiles. Elena, que no ha podido casarse con Ricardo, se casa con Jaime; y Laus Deo. Jaime, que no ha podido ser plato de primera mesa, se resigna a ser plato de segunda; y andando. En cuanto a Ricardo, nada mejor que procurarle de cualquier manera la tranquilidad de toda su vida. Anudó unas relaciones por pasión y las rompió sin motivo. Pues ahora se le presenta la gran coyuntura de escapar a todo remordimiento uniendo a dos amantes a quienes, quizás sin culpa, había hecho infelices. Y Tafalera se frotaba las manos creyendo contentar a todo el mundo y contemplando las correcciones clásicas de nuestra vida, que desenlaza por plácidos matrimonios las mayores tragedias.

En cuanto hubo llegado a su casa y limpiádose el polvo del camino, tomó un baño para reparar sus fuerzas y un sueño para reparar su cerebro. Y en cuanto, lavado y dormido, pudo ponerse de pie, mandó la correspondiente carta a Ricardo pidiéndole hora para una entrevista. Inútil decir que Ricardo le dio la hora más próxima a la recepción de la carta y que Tafalera se presentó a la cita con su acostumbrada exactitud. Nunca se presentara si hubiera de saber la emoción que lo aguardaba. El joven, por quien tan grande amistad había tenido en otro tiempo, se le aparecía, no tanto enfermo como triste; pero de una tristeza mortal. Notábasele en cada una de sus palabras el esfuerzo que debía hacer para hablar. El entrecejo fruncido, los ojos apagados, la frente surcada por esas arrugas que abren las ideas fijas, los labios contraídos por mortal sonrisa, decían bien a las claras cuánta era su desdicha y cuántos estragos y destrozos causara en su pecho. Y eso que, al entrar el marqués, con su aire de alegría, con sus bromas de rúbrica, con sus paralelos entre el viejo y el nuevo mundo, no pudo menos de sonreírse con cierta alegría que pareció sobre sus dolores como un nido o una flor sobre las tumbas. ¡Ay! Reanimáronse todos sus recuerdos y creyó ver la vuelta dichosa de su pasada vida. Sus ojos brillaron con plácido brillo. Pero en cuanto le habló el marqués de la embajada que traía, volvió a caer en la tristeza más profunda, y en tal manera, que hasta la voz se le anudaba en la garganta y las lágrimas le venían a los ojos sin que pudiese en manera alguna reprimirlas. Mas accedió a todo cuanto creyó el marqués necesario al enlace de Elena y Jaime, cumpliendo su deber por el culto profesado eternamente al deber. Llegó a más; llegó a prometer su presencia en una boda tan satisfactoria para él y que le procuraba tres cosas igualmente deseables: el matrimonio de Elena, la felicidad de Jaime y la paz de su conciencia.

El marqués, que se entristeciera mucho al ver la tristeza de Ricardo, se alegró mucho más de lo que antes se había entristecido, al ver el completo éxito en la ideada empresa y la proximidad del matrimonio. Estábamos por Agosto del sesenta y ocho, y harto luto, en su sentir, llevaba Elena en dos años al malogrado noviazgo de Ricardo, roto por Agosto o Setiembre del sesenta y seis. Luego la atmósfera de España olía a tormenta y el marqués necesitaba dejar arreglado su negocio antes de que una oleada política se llevase de nuevo a Jaime por esos mundos, en pos de riesgos que habían de conjurar mucho los brazos de una joven y amantísima esposa. No bien recogió las cartas que creyó necesarias, después de reposar veinticuatro horas, partióse de Madrid a París, más contento que unas pascuas. A la melancolía de Ricardo, que tan desagradablemente le afectara en los comienzos de su visita, no le dio luego importancia alguna, pues desde el día en que le viera renunciar a su fuga, y por ende, a su matrimonio, túvolo antes por destinado a un convento de cartujos que por destinado a los goces del mundo. Si lo hubiera visto después que lo dejó; si hubiera presenciado los sollozos que partían su pecho; los estremecimientos que doblaban todo su cuerpo; las lágrimas llovidas por sus ojos enrojecidos; las ideas de muerte acariciadas por su extraviada mente; el dolor, el inmenso dolor con que consumara el sacrificio pedido por la conciencia, compadeciera con profundísima compasión al desdichado mártir del deber.

Y lo cumplió Ricardo hasta el fin. Como su madre estaba pendiente de su voluntad, persuadióla a que le acompañase a París. Con la sabiduría innata en las madres, opúsose Carolina a este viaje que un secreto presentimiento le hacía odioso. Mas, como quiera que después de sabidas su infamia y su deshonra, las atenciones de Ricardo para ella y sus muestras de cariño se redoblaron diariamente, en vez de disminuirse como recelaba y parecía natural, no osó oponerse a un deseo de su hijo, expresado con verdadera vehemencia. Luego Carolina era al cabo mujer, y tenía dos intereses propios en el viaje ideado; primero procurar una distracción tal vez saludable a la melancolía de Ricardo, y segundo ver, siquiera fuese a hurtadillas y de lejos, a su idolatrada Elena. Se habían hecho tales encarecimientos de la boda, de su felicidad, de las prendas de su yerno, que todo esto llevaba alguna alegría a su corazón de madre y ponía alguna gota de miel en sus acerbas penas. Y en verdad era muy difícil que averiguase el secreto móvil de la acción de Ricardo, a saber, clavarse el puñal de sus celos y de sus penas hasta la empuñadura a ver si lograba lo que tanto apetecía; la muerte.

No hubo remedio. El marqués de la Tafalera, que cedía todos sus bienes al nuevo matrimonio en vida, con la condición única de que lo cuidaran como a un padre o a un abuelo, quiso celebrar aparatosamente en el aparatoso París la boda. Así es que hubo una procesión de carruajes desde los Campos Elíseos a la alcaldía del distrito, y desde la alcaldía del distrito a la iglesia parroquial. Y el carruaje más lujoso fue el carruaje donde iban Ricardo Jura y su madre, acompañados de Arturo y Federico, los cuales aún disputaban sobre su tema favorito en pleno París y en plena ceremonia, sobre si este planeta nuestro es el mejor o el peor de los mundos posibles. El optimista hubiera podido encontrar miles de argumentos para su optimismo en la felicidad de aquella boda y en la alegría de aquel París que, por una singular excepción, lucía su cielo azul y su sol espléndido, en cuanto pueden ser para un meridional azules y espléndidos cielos y soles del Norte. El pesimista, al revés, hubiera podido encontrar otra clase de argumentos en la tristeza de Ricardo, si la tristeza de Ricardo no desapareciera aquel día tras una especie de demencia tan gozosa, tan delirante, tan extraña a su carácter, que bien podía llamarse siniestra, muy siniestra alegría. ¿Habéis visto la última llamarada de una lámpara que se apaga; la última mejoría de un enfermo que agoniza; la última hora de un tísico a quien da la fiebre todas las exaltaciones de la vida? Pues así era la alegría de Ricardo, una alegría mortal, con la que aceleraba su fin.

Sin embargo, al ver salir a Elena con su vestido blanco, su velo de desposada, su corona de azahar; al verla embellecida por el rubor, tuvo un ahogo que le obligó a sentarse y que concluyó por fuerte tos, a cuyos sacudimientos diríase que el pecho se le despedazaba. La concurrencia, embebida en contemplar la hermosura de Elena y la riqueza con que iban adornadas todas las damas concurrentes a la boda, no oyó los fúnebres sonidos, cuyos ecos acompañaban con su siniestra cadencia la general alegría. Bien es verdad que, deseoso Ricardo de no revelar sentimientos ahogados por la voz del deber, mandó a sus nervios con imperio, y sus nervios le obedecieron con sumisión hasta el extremo de acallar la tos y perderse en la concurrencia, como el más contento y satisfecho. Trasladados de la casa nupcial a la alcaldía, nuevas nubes oscurecieron la frente de Ricardo, nuevos ahogos asfixiaron su pecho, nuevos desmayos sobrecogieron sus fuerzas, cuando la feliz pareja pronunció el sí eterno que ya no podía revocarse en el mundo. Diríase que bajaba sobre los párpados del joven la soñolencia de la muerte. Carolina, aunque seguía con verdadero éxtasis todo el ceremonial de la boda de su hija, en cuyas incidencias estaba como absorta, notó la pena de Ricardo y le preguntó si por acaso se sentía mal. Pero Ricardo volvió a sobreponerse a su naturaleza física con la energía de su naturaleza moral, respondiendo sencillamente como si sentía algún malestar lo achacaba al concurso inmenso rebosando en la alcaldía y al enrarecimiento del aire desvaneciendo la atmósfera. En efecto; cuando bajaron para tomar el coche, vieron cuantos le acompañaban que recobraba la energía de sus fuerzas y el buen humor de su ánimo. Así continuó departiendo sobre todo, armando cierta algazara, como si quisiera aturdirse, hasta la iglesia parroquial, donde el sí dado ante los hombres y repetido ante Dios, volvió a asestarle una puñalada tan fuerte, que se cayó al suelo como herido de un vértigo, sí, vértigo fugacísimo, y de consiguiente confundido por todos con una caída cualquiera. De esta suerte continuó todo el día, pisándose las entrañas y haciendo como que estaba gozoso, hasta el punto de engañar a la concurrencia. En el banquete otro ataque de tos, prontamente reprimido, le impidió brindar. En el baile, que sucedió al banquete, los ahogos de su pecho le impidieron bailar. Y cuando perdió la luz de sus ojos y hubo de agarrarse al buen Arturo, que iba a su lado, para no caerse de nuevo, fue al enseñarle el marqués de la Tafalera la cama nupcial, verdadera joya de arte. Su pena crecía, crecía conforme la hora de separarse los novios y recluirse en su camarín de bodas, adelantaba, adelantaba. Milagrosamente tenía consigo a su madre, por vez primera en una fiesta tras su viudez, trasformación de todos notada y sólo debida al afán con que contemplaba a su hija, besándola en cuantas ocasiones lo podían pedir las conveniencias, con ardor tan extraño, que conmovían misteriosamente a Elena. Y el pobre Ricardo trataba de ocultar a su madre el horrible dolor que sufría; e iba ocultándose por los rincones como uno de esos buenos perros, los cuales diz que huyen la casa de sus amos, cuanto se sienten mal, para no acongojarles con su agonía y con su muerte. Mas allá, a la una de la madrugada, sentado en un sillón, su cabeza temblaba como si la sacudiera una apoplejía, sus ojos iban tomando el vidrioso brillo del ojo de los cadáveres y la lengua se le pegaba a las secas fauces. Y nadie fijaba su atencion, nadie, en aquel extraño ser que se moría, mientras los novios escuchaban toda suerte de plácemes y los jóvenes corrían en vertiginosas vueltas de baile al son cadencioso de la música. Por fin llegó la hora mortal para Ricardo. Los dos seres felices iban a separarse, y cogidos del brazo, despedíanse de toda su comitiva. Por una extraña casualidad, Ricardo fue la primera persona a quien se dirigieron. Jaime le cogió una mano y Elena la otra, sin que de la silla se moviera. Pero, al contacto de aquellas dos manos, como un cadáver galvanizado por la corriente eléctrica, se levantó con prontitud, miró a Elena con arrobamiento, recogió todas sus fuerzas como para decir una palabra ahogada en sus labios, y cayó al suelo desplomado. Los concurrentes se lanzaron sobre el cuerpo, y antes que todos Elena y Carolina. Ésta buscaba el corazón de su hijo dando suspiros ahogados, que parecían rugidos feroces, y no podía encontrarlo, por lo cual lanzaba de sus ojos un relampagueo horrible. Aquélla, con la rodilla izquierda en tierra, ponía la hermosa cabeza del que fue su amante sobre la rodilla derecha, y como que lo envolvía con su velo de boda trocado, sin que lo adivinara, en verdadero sudario. Jaime, de rodillas también, buscaba el pulso de su amigo y sentía faltarle las fuerzas al sentir que no lo encontraba. Por fin, uno de los tres o cuatro médicos asistentes a la boda, se dirigió al sitio donde todos se aglomeraban y dijo, después de haber examinado al enfermo, con profesional franqueza, sin considerar los corazones a los cuales pudiera herir: -Se le ha roto una aneurisma que padecía y no hay cosa que hacer; está muerto.

Al oír esta palabra, Carolina se levantó dejando su hijo en tierra sobre las rodillas de Elena y entre las manos de Jaime, se levantó como si buscara alguna persona. Y en efecto; buscaba a Antonio que, asistiendo como ella a la ceremonia, se esquivaba cuanto un padre puede esquivarse en la boda de su hija; y al saber la catástrofe se había quedado hecho casi de piedra, rígido y frío, tanto más cuanto que el marqués de la Tafalera, tomándolo por un simple desmayo, acababa de declamar a roso y belloso con bien verdes consideraciones contra los ataques de nervios de Ricardo, accidentes propios de una hembra, los cuales perturbaban la boda en el instante supremo. Así hubiera querido irse al oír la terrible palabra del médico y la voz más terrible todavía de «muerto, muerto», repetida por los concurrentes en aquella atmósfera cargada con los vapores del sarao, los aromas de los ramilletes, los humos del vino, los acentos de la música, los rumores del baile. Y no pudo irse, porque una carcajada de Carolina le heló tristemente la sangre en las venas y le petrificó en su sitio. La infeliz mujer, que a la palabra del médico perdiera la razón, cogió por el brazo a Antonio con esa fuerza hercúlea que tienen los locos, y arrastrándole hasta donde estaba el cadáver, gózate, exclamó, en tu obra. Hé ahí cómo ha sido castigado nuestro crimen horrible en ese inocente. Ricardo, el hijo de mi matrimonio, se enamoró de Elena, la hija de tu adulterio. Y hubo necesidad de revelarle nuestra falta y la imposibilidad de su amor, revelaciones que le han costado la vida. Un grito de horror salió del pecho de todos los concurrentes. Y tales palabras fueron ya las últimas que pronunció Carolina con alguna cordura, pues desde aquel momento hasta el fin de sus días sólo supo decir incoherencias, ni más ni menos que su marido el caballero Jura. La escena fue tan terrible, que el marqués de la Tafalera tuvo un acceso de apoplejía aquella misma noche, del cual quedó paralítico, sobreviviendo sólo un año, pues casi día por día sufrió el segundo acceso que le llevó a la muerte. Antonio, sin querer que la luz del nuevo amanecer le viera en París, se enterró en un convento de los Alpes, después de haber encerrado a Carolina, cuya locura se volvió a las dos horas tan furiosa, que hubo necesidad de recluirla en un manicomio, a pesar de los alaridos dados por Elena, cuya noche de boda se celebró de esta suerte, con la apoplejía del padrino, la despedida eterna del padre, la muerte fulminante del hermano, la locura furiosa de la madre. Así jamás volvieron a verse abiertas las ventanas del palacio de los condes de la Floresta en la Avenida de los Campos Elíseos. Jamás este matrimonio, ni mucho menos el de sus ahijados, Elena y Jaime, volvieron al mundo, consagrados a emplear en obras misteriosas de caridad las inmensas fortunas dejadas por tantos infelices. El día que depositamos los restos de Ricardo en el primer cementerio de París, prometí, ocultando los nombres por respeto a una gran desventura, escribir esta historia solamente para enseñar a las familias cuán terribles son las consecuencias de un matrimonio sin amor. La obra será mala, porque la emoción se ha sobrepuesto en ella al arte; pero es tan buena la intención, que confío en el rescate de tantos errores y tantas faltas. Bien sabe Dios que no me ha guiado otro móvil. Y concluyo, porque estos tristes recuerdos me apenan como el día mismo en que presencié tan horrible tragedia, y me traen a la memoria nombres de amigos cariñosos cuyos corazones desgarró para siempre la implacable fatalidad con sus terribles desgracias, y cuyos huesos descansan hoy en sepulturas que regarán mientras yo viva, mis lágrimas.


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