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Rimas (Bécquer, 1925)/Prólogo

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Compendiado del que para las "Obras de Gustavo A. Bécquer, publicadas en Madrid en 1871, escribió Don Ramón Rodríguez Correa.

 

Nació Gustavo Adolfo Bécquer en Sevilla, el 17 de Febrero de 1836, siendo su padre el célebre pintor e inspirado intérprete de las costumbres sevillanas. A los cinco años de edad quedó huérfano de éste y a los nueve y medio, de su madre, encargándose de él a esa edad su madrina de bautismo; persona regularmente acomodada, sin hijos ni parientes; por cuya razón le hubiera dejado sus bienes, a no haber Gustavo renunciado a todo por venir a Madrid a los diez y siete años y medio, con el objeto de conquistar gloria y fortuna. Quería su madrina hacer de él un honrado comerciante, pero aquel niño, que había aprendido a dibujar al mismo tiempo que a escribir, cuya desmedida afición a la lectura le hacía encontrar horizontes más anchos que el de la teneduría de libros, sólo encontraba aplausos para sus primeras poesías, lo cual le decidió a vivir de su trabajo, armonizándolo con la independencia de su carácter, y a venir a Madrid, como lo verificó el año 1854, sin más elementos que los necesarios para el viaje. Prolijo sería narrar las peripecias de su vida, monótona en desdichas. En el año 57 se vió acometido de una horrible enfermedad, y para atender a ella y rebuscando entre sus papeles, hallé, "El Caudillo de las Manos Rojas", tradición india, que se publicó en la Crónica.

Habíase propuesto Gustavo no mezclarse en política, y vivir sólo de sus trabajos literarios.

Nombrado fiscal de novelas, hizo dimisión tan luego como cayó del poder la persona que había firmado su nombramiento, el Excmo. Sr. D. Luis González Brabo, artista como pocos, y apreciador sincero y leal del mérito de Gustavo. Volvieron los improbos trabajos de los primeros días, pero uniendo sus esfuerzos a los de su hermano Valeriano, célebre ya en Sevilla por sus cuadros de pintura, lograron organizar una modesta manera de vivir; y cuando un porvenir artistico e independiente les sonreía, la muerte de Valeriano, acaecida el 23 de Setiembre de 1870, tiñó de luto el alma de sus amigos y contaminó con su frío el corazón de Gustavo, quien el 22 de Diciembre del mismo año, pronunciando claramente sus labios trémulos ¡Todo, mortal!... exhaló el último suspiro, volando a su Creador aquella alma pura y buena, dotada de tan no comunes facultades artisticas y creadoras, unidas a un gusto tan exquisito y elevado.

Los que le conocíamos admirábamos a Gustavo, más por lo que esperábamos de él, que por lo que había hecho. Puede decirse que todo lo que concibió está escrito al volar de la pluma, entre la algazara de redacciones de periódicos y bajo el influjo de premiosas circunstancias. Esto mismo que ve la luz pública, no pensaba él publicarlo sin corregirlo antes, porque lo había escrito de prisa, y como para que no se le olvidasen asuntos e ideas que no le parecían malas.

En cada punto de España que había visitado durante su vida, había levantado su fantasía artística un mundo de tradiciones y de historias. Toledo era su sitio adorado de inspiración.

Su fecundidad e inventiva eran prodigiosas; tanto que a sus imaginaciones sólo faltaba un taquigrafo; y puede decirse que esto perjudicó a la corrección de sus escritos.

A fin de ganar el sustento, escribió mucho y en géneros diferentes: zarzuelas, traducciones, artículos políticos y de crítica, y multitud de bosquejos de obras, cuyos títulos sólo revelan facultades extraordinarias.

Sorprende a veces su semejanza en la manera de escribir con ciertos autores alemanes; domina siempre en sus escritos la idea a la forma, por más que ésta sea brillante y riquísima, y tiende más a conmover que a enseñar.

Sus leyendas, que pueden competir con los cuentos de Hoffman y de Grimm, y con las baladas de Rückert y de Uhland, por muy fantásticas que sean, entrañan siempre un fondo tal de verdad, que, en medio de su forma y contextura extraordinarias, aparece espontáneamente un hecho que ha sucedido o puede suceder, a poco que se analicen la situación de los personajes, el tiempo en que se agitan, o lus circunstancias que les rodean.

Sus rimas, en que parece huir a propósito de la ilusión del consonante y del metro, para no herir el ánimo del lector más que con la importancia de la idea, forman, como el Intermezzo de Enrique Heine — a quien, a pesar de la semejanza entre ambas producciones, no imitó, como alguno pudiera creer — un poema en que se encierra la vida del poeta.

Tal fué Gustavo A. Bécquer.

Todo lo que atesoraba en su imaginación, lo dijo el mismo en la introducción suya, que sigue.