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Rimas (Bécquer, 1925)/Rima 76

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LXXVI

  En la imponente nave
  Del templo bizantino,
Vi la gótica tumba, a la indecisa
Luz que temblaba en los pintados vidrios.

  Las manos sobre el pecho,
  Y en las manos un libro,
Una mujer hermosa reposaba
Sobre la urna, del cincel prodigio.

  Del cuerpo abandonado
  Al dulce peso hundido,
Cual si de blanda pluma y raso fuera,
Se plegaba su lecho de granito.

  De la postrer sonrisa,
  El resplandor divino
Guardaba el rostro, como el cielo guarda
Del sol que muere el rayo fugitivo

  Del cabezal de piedra
  Sentados en el filo,
Dos ángeles, el dedo sobre el labio,
Imponían silencio en el recinto.

  No parecía muerta;
  De les arcos macizos
Parecia de mir en la penumbra,
Y que en sueños veía el paraso.

  Me acerqué de la nave
  Al ángulo sombrío,
Como quien llega con callada planta
Junto a la cuna donde duerme un niño.

  La contemplé un momento,
  Y aquel resplandor tibio,
Aquel lecho de piedra que ofrecía
Próximo al muro otro lugar vacío,

  En el alma avivaron
  La sed de lo infinito,
El ansia de esa vida de la muerte
Para la que un instante son los siglos...
... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

  Cansado del combate
  En que luchando vivo,
Alguna vez recuerdo con envidia
Aquel rincón oscuro y escondido.

  De aqulla muda y pálida
  Mujer, me acuerdo y digo:
¡Oh, qué amor tan callado el de la muerte!
¡Qué sueño el del sepulcro tan tranquilo!