Robinson Crusoe: 010

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


Acepté su oferta y entablé una estrecha amistad con este capitán, que era un hombre franco y honesto. Emprendí el viaje con él y me llevé, una pequeña cantidad de mercancía que, gracias a la desinteresada honestidad de mi amigo el capitán, pude acrecentar considerablemente. Llevaba como cuarenta libras de bagatelas y fruslerías que el capitán me había indicado. Reuní las cuarenta libras con la ayuda de los parientes con los que mantenía correspondencia, y quienes, seguramente, convencieron a mi padre, o al menos a mi madre, de que contribuyeran con algo para mi primer viaje.

Esta expedición fue, de todas mis aventuras, la única afortunada. Esto se lo debo a la integridad y honestidad de mi amigo el capitán, de quien también obtuve un conocimiento digno de las matemáticas y de las reglas de navegación, aprendí a llevar una bitácora de viaje y a fijar la posición del barco. En pocas palabras, me transmitió conocimientos imprescindibles para un marinero, que él se deleitaba enseñándome y yo, aprendiendo. Así fue como en este viaje me hice marinero y comerciante, ya que obtuve cinco libras y nueve onzas de oro en polvo a cambio de mis chucherías, que, al llegar a Londres, me produjeron una ganancia de casi trescientas libras esterlinas. Esto me llenó la cabeza de todos los pensamientos ambiciosos que desde entonces me llevaron a la ruina.

Con todo, en este viaje también pasé muchos apuros. Estuve enfermo continuamente, con violentas calenturas, a causa del clima, excesivamente caluroso, pues la mayor parte de nuestro tráfico se llevaba a cabo en la costa, que estaba a quince grados de latitud norte hasta la misma línea del ecuador.

A estas alturas, podía considerarme un experto en el comercio con Guinea. Para mi desgracia, mi amigo murió al poco tiempo de nuestro regreso. No obstante, decidí hacer el mismo viaje otra vez y me embarqué en el mismo navío, con uno que había sido oficial en el primer viaje y ahora había pasado a ser capitán. Este viaje fue el más desdichado que hombre alguno pudiera hacer en su vida, pese a que llevé menos de cien libras esterlinas de mi recién adquirida fortuna, dejando las otras doscientas libras al cuidado de la viuda de mi amigo, que era muy buena conmigo. En este viaje padecí terribles desgracias y esta fue la primera: mientras nuestro barco avanzaba hacia las Islas Canarias, o más bien entre estas islas y la costa africana, fuimos sorprendidos, en la penumbra del alba, por un corsario turco de Salé, que nos persiguió a toda vela. Nosotros también nos apresuramos a desplegar todo el velamen del que disponíamos o el que podían sostener nuestros mástiles, a fin de escapar. Más, viendo que el pirata se nos acercaba y que nos alcanzaría en cuestión de pocas horas, nos pertrechamos para el combate; para esto, nuestro barco contaba con doce cañones, mientras que el del pirata tenía dieciocho. A eso de las tres de la tarde nos alcanzaron, pero por un error de maniobra, se aproximó transversalmente a la borda de nuestro barco, en vez de hacerlo por popa, como era su intención. Nosotros llevamos ocho de nuestros cañones a ese lado y le disparamos una descarga que le hizo virar nuevamente, después de responder a nuestro fuego con la nutrida fusilería de los casi doscientos hombres que llevaba a bordo. No obstante, ninguno de nuestros hombres resultó herido, ya que estaban todos muy bien protegidos. Se prepararon para volver a atacar y nosotros, para defendernos, pero esta vez, por el otro lado, subieron sesenta hombres a la cubierta de nuestro barco e, inmediatamente, se pusieron a cortar y romper los puentes y el aparejo. Les respondimos con fuego de fusilería, picas de abordaje, granadas y otras armas y logramos despejar la cubierta dos veces. Para acortar esta melancólica parte de nuestro relato, diré que, con nuestro barco maltrecho, tres hombres muertos y ocho heridos, tuvimos que rendirnos y fuimos llevados como prisioneros a Salé, un puerto que pertenecía a los moros.


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