Robinson Crusoe: 016

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


-No -dije-, soltaremos el cable con la boya y nos alejaremos. No podrá seguirnos tan lejos.

No bien había dicho esto, cuando me percaté de que la criatura (o lo que fuese) estaba a dos remos de distancia, lo cual me sorprendió mucho. Entré a toda velocidad en la cabina y cogiendo mi escopeta le disparé, lo que le hizo dar la vuelta inmediatamente y ponerse a nadar hacia la playa. Es imposible describir los horrorosos ruidos, los espeluznantes alaridos y los aullidos que provocamos con el disparo, tanto en la orilla de la playa como tierra adentro, pues creo que esas criaturas nunca antes habían escuchado un sonido igual. Estaba convencido de que no intentaríamos ir a la orilla por la noche y me preguntaba cómo lo haríamos durante el día, pues me parecía que caer en manos de aquellos salvajes era tan terrible como caer en las garras de leones y tigres; al menos a nosotros nos lo parecía.

Sea como fuere, teníamos que ir a la orilla a por agua porque no nos quedaba ni una pinta en el bote; el problema era cuándo y dónde hacerlo. Xury decía que, si le permitía ir a la orilla con una de las tinajas, intentaría buscar agua y traérmela al bote. Le pregunté por qué prefería ir él a que fuera yo mientras él se quedaba en el bote, a lo que respondió con tanto afecto, que desde entonces, lo quise para siempre:

-Si los salvajes vienen y me comen, tú escapas.

-Entonces, Xury -le dije-, iremos los dos y si vienen los salvajes, los mataremos y, así, no se comerán a ninguno de los dos.

Le di un pedazo de galleta para que comiera y otro trago de la caja de botellas del amo, que mencioné anteriormente. Aproximamos el bote a la orilla hasta donde nos pareció prudente y nadamos hasta la playa, sin otra cosa que nuestros brazos y dos tinajas para el agua.

Yo no quería perder de vista el bote, porque temía que los salvajes vinieran en sus canoas río abajo. El chico, que había visto un terreno bajo como a una milla de la costa, se encaminó hacia allí y, al poco tiempo, regresó corriendo hacia mí. Pensé que lo perseguía algún salvaje, o que se había asustado al ver alguna bestia y corrí hacia él para socorrerle. Mas cuando me acerqué, vi que traía algo colgando de los hombros, un animal que había cazado, parecido a una liebre pero de otro color y con las patas más largas. Esto nos alegró mucho, porque parecía buena carne. Pero lo que en realidad alegró al pobre Xury fue darme la noticia de que había encontrado agua fresca y no había visto ningún salvaje.


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