Robinson Crusoe: 017

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


Poco después, descubrimos que no teníamos que pasar tanto trabajo para buscar agua, porque un poco más arriba del estuario en el que estábamos, había un pequeño torren te del que manaba agua fresca cuando bajaba la marea. Así, pues, llenamos nuestras tinajas, nos dimos un banquete con la liebre que habíamos cazado y nos preparamos para seguir nuestro camino, sin llegar a ver huellas de criaturas humanas en aquella parte de la región.

Como ya había hecho un viaje por estas costas, sabía muy bien que las Islas Canarias y las del Cabo Verde, se hallaban a poca distancia. Mas, como no tenía instrumentos para calcular la latitud en la que estábamos, ni sabía con certeza, o al menos no lo recordaba, en qué latitud estaban las islas, no sabía hacia dónde dirigirme ni cuál sería el mejor momento para hacerlo; de otro modo, me habría sido fácil encontrarlas. No obstante, tenía la esperanza de que, si permanecía cerca de esta costa, hasta llegar a donde traficaban los ingleses, encontraría alguna embarcación en su ruta habitual de comercio, que estuviera dispuesta a ayudarnos. Según mis cálculos más exactos, el lugar en el que nos encontrábamos debía estar en la región que colindaba con los dominios del emperador de Marruecos y los inhóspitos dominios de los negros, donde solo habitaban las bestias salvajes; una región abandonada por los negros, que se trasladaron al sur por miedo a los moros; y por estos últimos, porque no consideraban que valiera la pena habitarla a causa de su desolación. En resumidas cuentas, unos y otros la habían abandonado por la gran cantidad de tigres, leones, leopardos y demás fieras que allí habitaban. Los moros solo la utilizaban para cazar, actividad que realizaban en grupos de dos o tres mil hombres. Así, pues, en cien millas a lo largo de la costa, no vimos más que un vasto territorio desierto de día, y, de noche, no escuchamos más que aullidos y rugidos de bestias salvajes.

Una o dos veces, durante el día, me pareció ver el Pico de Tenerife, que es el pico más alto de las montañas de Tenerife en las Canarias. Me entraron muchas ganas de aventurarme con la esperanza de llegar allí y, en efecto, lo intenté dos veces, pero el viento contrario y el mar, demasiado alto para mi pequeña embarcación, me hicieron retroceder, por lo que decidí seguir mi primer objetivo y mantenerme cerca de la costa.

Después de abandonar aquel sitio, me vi obligado a volver a tierra varias veces a buscar agua fresca. Una de estas veces, temprano en la mañana, anclamos al pie de un pequeño promontorio, bastante elevado, y allí nos quedamos hasta que la marea, que comenzaba a subir, nos impulsase. Xury, cuyos ojos parecían estar mucho más atentos que los míos, me llamó suavemente y me dijo que retrocediéramos:

-Mira allí -me dijo-, monstruo terrible, dormido en la ladera de la colina.


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