Robinson Crusoe: 019

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


-¿Para qué la quieres, Xury? -le pregunté.

-Yo corto cabeza -me contestó.

Pero no pudo hacerlo, de manera que le cortó una pata, que era enorme, y la trajo consigo.

De pronto se me ocurrió que la piel del león podía servirnos de algo y decidí desollarlo si podía. Inmediatamente, nos pusimos a trabajar y Xury demostró ser mucho más diestro que yo en la labor, pues, en realidad, no tenía mucha idea de cómo realizarla. Nos tomó todo el día, pero, por fin, pudimos quitarle la piel y la extendimos sobre la cabina. En dos días se secó al sol y desde entonces, la utilizaba para dormir sobre ella.

Después de esta parada, navegamos hacia el sur durante diez o doce días, consumiendo con parquedad las provisiones, que comenzaban a disminuir rápidamente, y yendo a la orilla solo cuando era necesario para buscar agua fresca. Mi intención era llegar al río Gambia o al Senegal, es decir, a cualquier lugar cerca del Cabo Verde, donde esperaba encontrar algún barco europeo. De lo contrario, no sabía qué rumbo tomar, como no fuese navegar en busca de las islas o morir entre los negros. Sabía que todas las naves que venían de Europa, pasaban por ese cabo, o esas islas, de camino a Guinea, Brasil o las Indias Orientales. En pocas palabras, aposté toda mi fortuna a esa posibilidad, de manera que, encontraba un barco o perecía.

Una vez tomada esta resolución, al cabo de diez días, comencé a advertir que la tierra estaba habitada. En dos o tres lugares, a nuestro paso, vimos gente que nos observaba desde la playa. Nos percatamos de que eran bastante negros y estaban totalmente desnudos. Una vez sentí el impulso de desembarcar y dirigirme a ellos, pero Xury, que era mi mejor consejero, me dijo:

-No ir, no ir.

No obstante, me dirigí a la playa más cercana para hablar con ellos y vi cómo corrían un buen tramo a lo largo de la playa, a la par que nosotros. Observé que no llevaban armas, con la excepción de uno, que llevaba un palo largo y delgado, que, según Xury era una lanza, que arrojaban desde muy lejos y con muy buena puntería. Mantuve, pues, cierta distancia pero me dirigí a ellos como mejor pude, por medio de señas, sobre todo, para expresarles que buscábamos comida. Con un gesto me dijeron que detuviera el bote y ellos nos traerían algo de carne. Bajé un poco las velas y me quedé a la espera. Dos de ellos corrieron tierra adentro y, en menos de media hora, estaban de vuelta con dos piezas de carne seca y un poco de grano, del que se cultiva en estas tierras. Aunque no sabíamos qué era ni una cosa ni la otra, las aceptamos gustosamente. El siguiente problema era cómo recoger lo que nos ofrecían, pues yo no me atrevía a acercarme a la orilla y ellos estaban tan aterrados como nosotros. Entonces, se les ocurrió una forma de hacerlo, que resultaba segura para todos. Dejaron los alimentos en la playa y se alejaron, deteniéndose a una gran distancia, hasta que nosotros lo subimos todo a bordo; luego volvieron a acercarse.


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