Robinson Crusoe: 020

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


Les hicimos señas de agradecimiento porque no teníamos nada que darles a cambio. Sin embargo, en ese mismo instante surgió la oportunidad de agradecerles el favor, porque mientras estaban en la orilla, se acercaron dos animales gigantescos, uno venía persiguiendo al otro (según nos parecía) con gran saña, desde la montaña hasta la playa. No sabíamos si era un macho que perseguía a una hembra ni si estaban en son de juego o pelea. Tampoco sabíamos si esto era algo habitual, pero nos inclinábamos más hacia la idea contraria; en primer lugar, porque estas bestias famélicas suelen aparecer solamente por la noche; en segundo lugar, porque la gente estaba aterrorizada, en especial, las mujeres. El hombre que llevaba la lanza no huyó, aunque el resto sí lo hizo. Los dos animales se dirigieron hacia el agua y, al parecer, no tenían intención de atacar a los negros. Se zambulleron en el agua y comenzaron a nadar como si solo hubiesen ido allí por diversión. Al cabo de un rato, uno de ellos comenzó a acercarse a nuestro bote, más de lo que yo hubiese deseado, pero yo le apunté con el fusil que había cargado a toda prisa, y le dije a Xury que cargara los otros dos. Tan pronto se puso a mi alcance, disparé y le di justo en la cabeza. Se hundió en el acto pero en seguida salió a flote, volvió a hundirse y, nuevamente, salió a flote, como si se estuviese ahogando, lo que, en efecto, hacía. Rápidamente se dirigió a la playa pero, entre la herida mortal que le había propinado y el agua que había tragado, murió antes de llegar a la orilla.

No es posible expresar el asombro de estas pobres criaturas ante el estallido y el disparo de mi arma. Algunos, según parecía, estaban a punto de morirse de miedo y cayeron al suelo como muertos por el terror. Mas cuando vieron que la bestia había muerto y se hundía en el agua, mientras yo les hacía señas para que se acercaran a la playa, se armaron de valor y se dieron a su búsqueda. Fui yo quien la descubrió, por la mancha de la sangre en el agua y, con la ayuda de una cuerda, con la que até el cuerpo y cuyo extremo luego les arrojé, los negros pudieron arrastrarlo hasta la orilla. Era un leopardo de lo más curioso, que tenía unas manchas admirablemente delicadas. Los negros levantaron las manos con admiración hacia aquello que había utilizado para matarlo.

El otro animal, asustado con el resplandor y el ruido del disparo, nadó hacia la orilla y se metió directamente en las montañas, de donde habían venido, pero, a esa distancia, no podía saber qué era. Me di cuenta en seguida, que los negros querían comerse la carne del animal. Estaba dispuesto a dársela, a modo de favor personal y les hice señas para que la tomaran, ante lo cual, se mostraron muy agradecidos. Inmediatamente, se pusieron a desollarlo y como no tenían cuchillo, utilizaban un trozo de madera muy afilado, con el que le quitaron la piel tanto o más rápidamente que lo que hubiésemos tardado en hacerlo Xury y yo con un cuchillo. Me ofrecieron un poco de carne, que yo rechacé, fingiendo que se la daba toda a ellos, pero les hice señas de que quería la piel, la cual me entregaron gustosamente, y, además, me trajeron muchas más de sus provisiones, que, aun sin saber lo que eran, acepté de buen grado. Entonces, les indiqué por señas que quería un poco de agua y di la vuelta a una de las tinajas para mostrarles que estaba vacía y que quería llenarla. Rápidamente, llamaron a algunos de sus amigos y aparecieron dos mujeres con un gran recipiente de barro, seguramente, cocido al sol. Lo llevaron hasta la playa, del mismo modo que antes lo habían hecho con los alimentos, y yo envié a Xury a la orilla con las tinajas, que trajo de vuelta llenas. Las mujeres, al igual que los hombres, estaban desnudas.


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