Robinson Crusoe: 022

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


Me preguntaron de dónde era en portugués, español y francés pero yo no entendía ninguna de estas lenguas. Finalmente, un marinero escocés que iba a bordo, me llamó y le contesté. Le dije que era inglés y que me había escapado de los moros, que me habían hecho esclavo en Salé. Entonces me dijeron que subiera a bordo y, muy amablemente, me acogieron con todas mis pertenencias.

Cualquiera podría entender la indecible alegría que sentí al verme liberado de la situación tan miserable y desesperanzada en la que me hallaba. Inmediatamente, le ofrecí al capitán del barco todo lo que tenía, como muestra de agradecimiento por mi rescate. Más él, con mucha delicadeza, me dijo que no tomaría nada de lo mío, sino que todo me sería devuelto cuando llegáramos a Brasil.

-Puesto que -me dijo-, os he salvado la vida del mismo modo que yo habría deseado que me la salvaran a mí, y puede que alguna vez me encuentre en una situación similar. Si os llevo a Brasil, un país tan lejano del vuestro, y os quito vuestras pertenencias, moriréis de hambre y, entonces, os estaré quitando la misma vida que ahora os acabo de salvar. No, no, Seignior Inglese, os llevaré por caridad y vuestras pertenencias os servirán para buscaros el sustento y pagar el viaje de regreso a vuestra patria.

Así como se mostró caritativo en su oferta, fue muy puntual a la hora de llevarla a cabo, pues les ordenó a los marineros que no tocaran ninguna de mis pertenencias. Tomó posesión de todas mis cosas y me entregó un inventario preciso de ellas, en el que incluía hasta mis tres tinajas de barro.

En cuanto a mi bote, que era muy bueno y él se dio cuenta de ello, me dijo que lo compraría para su barco y me preguntó cuánto quería por él. Yo le respondí que había sido tan generoso conmigo, que no podía ponerle precio y lo dejaba completamente a su criterio. Me contestó que me daría una nota firmada por ochenta piezas de a ocho, que me pagaría cuando llegáramos a Brasil y, una vez allí, si alguien me hacía una mejor oferta, él la igualaría. También me ofreció sesenta piezas de a ocho por Xury pero yo no estaba dispuesto a aceptarlas, no porque no quisiera dejárselo al capitán, sino porque no estaba dispuesto a vender la libertad del chico, que me había servido con tanta lealtad a recuperar la mía. Cuando le expliqué mis razones al capitán, le parecieron justas y me propuso lo siguiente: que se comprometía a darle al chico un testimonio por el cual obtendría su libertad en diez años si se convertía al cristianismo. Como Xury dijo que estaba dispuesto a irse con él, se lo cedí al capitán.

Hicimos un estupendo viaje a Brasil y llegamos, al cabo de unos veinte días, a la bahía de Todos los Santos. Una vez más, había escapado de la suerte más miserable y debía pensar qué sería de mi vida.


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