Robinson Crusoe: 073

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


A principios de agosto, como he mencionado, había terminado mi emparrado y comenzaba a sentirme a gusto. El tercer día de agosto, vi que las uvas que había colgado estaban perfectamente secas y, de hecho, eran excelentes pasas, así que empecé a descolgarlas. Esto fue una verdadera fortuna pues las lluvias que cayeron las habrían estropeado y, de ese modo, habría perdido lo mejor de mi alimento invernal, ya que tenía más de doscientos racimos. Apenas las hube descolgado y transportado a casa, comenzó a llover y desde ese día, que era el 14 de agosto, hasta mediados de octubre, llovió casi todos los días, a veces, con tanta fuerza que no podía salir de mi cueva durante varios días.

En este tiempo tuve la sorpresa de ver aumentada mi familia. Estaba preocupado por la desaparición de una de mis gatas que, supuse, se había escapado o había muerto, pues no volví a saber de ella, cuando, para mi asombro, regresó a casa a finales de agosto con tres gatitos. Esto me pareció muy extraño pues, aunque había matado un gato salvaje con mi escopeta, creía que eran de una especie muy distinta a nuestros gatos europeos. Sin embargo, los gatitos eran iguales a los gatos domésticos, mas como los dos que yo tenía eran hembras, todo el asunto me pareció muy raro. Más tarde, de estos tres gatos salió una auténtica plaga de gatos, por lo que me vi forzado a matarlos como si fueran sabandijas o alimañas y a llevarlos tan lejos de casa como me fuera posible.

Desde el 14 de agosto hasta el 26 llovió incesantemente, de modo que no pude salir pero, esta vez, me cuidé muy bien de la humedad. Durante este encierro, mis víveres comenzaron a mermar por lo que tuve que salir dos veces. La primera vez, maté una cabra y la segunda, que fue el 26, encontré una gran tortuga, lo cual fue una auténtica fiesta. De este modo regularicé mis comidas: comía un racimo de uvas en el desayuno, un trozo de carne de cabra o tortuga asada en el almuerzo, pues, para mi desgracia no tenía vasijas para hervirla o guisarla, y dos o tres huevos de tortuga para la cena.

Durante esta reclusión a causa de la lluvia, trabajaba dos o tres horas diarias en la ampliación de mi cueva. Gradualmente, la fui profundizando en una dirección hasta llegar al exterior, donde hice una puerta por la que pudiera entrar y salir. Sin embargo, no me sentía cómodo estando tan al descubierto ya que antes estaba perfectamente encerrado, mientras que ahora me hallaba expuesto a cualquier ataque; aunque, en realidad, no había visto ninguna criatura viviente que pudiese atemorizarme puesto que los animales más grandes que había en la isla eran las cabras.



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