Robinson Crusoe: 078

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


Llevaba todo el verano o estación de sequía plantando la segunda fila de estacas y tejiendo canastas cuando surgió otro asunto que me ocupó más tiempo del que jamás hubiera imaginado.

Ya he dicho que tenía pensado recorrer toda la isla y que había pasado el río y llegado hasta el lugar en el que tenía construido mi emparrado, desde donde podía ver el mar al otro lado de la isla. Ahora quería llegar hasta la orilla de aquel lado, de manera que cogí mi escopeta, un hacha, mi perro, una cantidad de pólvora y municiones mayor que la habitual, dos galletas y un gran puñado de pasas que metí en un saco y emprendí el viaje. Cuando crucé el valle donde estaba el emparrado, divisé el mar hacia el oeste y como el día estaba muy claro, pude ver una franja de tierra, que no podía decir con certeza si era una isla o un continente. La tierra, que estaba bastante elevada, se extendía un largo trecho del sudoeste hacia el oeste y, según mis cálculos, estaba a no menos de quince o veinte leguas de distancia.

No sabía qué parte del mundo era aquella, tan solo que debía ser parte de América y, en base a todas mis observaciones, debía estar cerca de los dominios españoles. Tal vez estaba habitada por salvajes y si hubiese naufragado allí, me habría encontrado en peor situación que en la que estaba. Me resigné, pues, a los deseos de la Providencia, en cuya beneficiosa intervención ahora creía. Esto calmó mi espíritu y dejé de afligirme por el vano deseo de estar allí.

Además, después de reflexionar sobre el asunto, concluí que si esta tierra estaba en la costa española, con certeza, tarde o temprano, vería un buque pasar en cualquier dirección. Si esto no ocurría, entonces me hallaba en la costa salvaje entre las tierras españolas y el Brasil, donde habitan los peores salvajes, caníbales y antropófagos, que asesinan y devoran cualquier cuerpo humano que caiga en sus manos.

Con estos pensamientos seguí caminando tranquilamente y descubrí el otro lado de la isla donde me encontraba más a gusto que en el mío. La sabana o campiña era dulce y estaba adornada con flores, hierba y hermosas arboledas. Vi gran cantidad de cotorras y me dieron ganas de capturar una para domesticarla y enseñarla a hablar; y así lo hice. Con mucho esfuerzo, capturé una cría que derribé con un palo y, después de curarla, la llevé a casa, mas no fue, hasta al cabo de unos años, que logré enseñarla a hablar y, finalmente, a decir mi nombre con familiaridad. Más tarde se produjo un pequeño incidente cuyo relato será divertido.



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