Robinson Crusoe: 079

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


Me lo estaba pasando muy bien en este viaje. En las tierras bajas encontré liebres, o al menos eso me parecieron, y zorras, que no se parecían a ninguna de las que había conocido hasta entonces, ni me parecían comestibles, aunque maté algunas. No tenía por qué arriesgarme pues tenía suficiente comida y muy buena, a saber: cabras, palomas y tortugas. Si a esto le sumaba mis pasas, podía asegurar que ni en el mercado Leadenhall se hubiese podido servir una mesa más rica que la mía; y aunque mi estado era lamentable, tenía motivos para estar agradecido por no faltarme los alimentos, pues más bien los tenía en abundancia y hasta algunas exquisiteces.

Nunca avanzaba más de dos millas en este viaje pero daba tantas vueltas en busca de hallazgos que llegaba agotado al sitio donde decidía pasar la noche. Entonces, subía a un árbol o me tendía en el suelo rodeado por un cerco de estacas, de manera que ninguna criatura salvaje pudiese acercarse a mí sin despertarme.

Tan pronto llegué a la orilla del mar, me sorprendió ver que me había instalado en la peor parte de la isla porque aquí la playa estaba llena de tortugas mientras que, en el otro lado, solo había encontrado tres en un año y medio. También había gran cantidad de aves de varios tipos, algunas de las cuales había visto y otras no, pero ignoraba sus nombres, excepto el de aquellas que llamaban pingüinos.

Hubiera podido cazar tantas como quisiera pero ahorraba mucho la pólvora y las municiones. Había pensado matar una cabra para alimentarme mejor pero, aunque aquí había más cabras que al otro lado de la isla, resultaba más difícil acercarse a ellas porque el terreno era llano y podían verme con más rapidez que en la colina.

Debo confesar que este lado de la isla era mucho más agradable que el mío pero no tenía ninguna intención de mudarme pues ya estaba instalado en mi morada y me había acostumbrado tanto a ella que durante todo el tiempo que pasé aquí, tenía la impresión de estar de viaje, lejos de casa. Sin embargo, caminé unas doce millas a lo largo de la orilla hacia el este y, clavando un gran poste, a modo de indicador, decidí regresar a casa. En la próxima expedición, me dirigiría hacia el otro lado de la isla, hacia el este de mi casa, hasta llegar al poste.

Al regreso, tomé un camino distinto al que había hecho, creyendo que podría abarcar fácilmente gran parte de la isla con la vista y, así, encontrar mi vivienda pero me equivoqué. Al cabo de unas dos o tres millas, me hallé en un gran valle rodeado de tantas colinas que, a su vez, estaban tan cubiertas de árboles, que no podía saber hacia dónde me dirigía si no era por el sol, y ni siquiera esto, si no sabía con exactitud su posición en ese momento del día.



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