Robinson Crusoe: 081

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


Ahora empezaba a darme cuenta de cuánto más feliz era esta vida, con todas sus miserias, que la existencia sórdida, maldita y abominable que había llevado en el pasado. Habían cambiado mis penas y mis alegrías, mis deseos se habían alterado, mis afectos tenían otro sentido, mis deleites eran completamente distintos de cómo eran a mi llegada a esta isla y durante los últimos dos años.

Antes, cuando salía a cazar o a explorar la isla, la angustia que me provocaba mi situación me atacaba súbitamente y cuando pensaba en los bosques, las montañas y el desierto en el que me hallaba, me sentía desfallecer. Me veía como un prisionero encerrado tras los infinitos barrotes y cerrojos del mar, en un páramo deshabitado y sin posibilidad de salvación. En los momentos de mayor cordura, estos pensamientos me asaltaban de golpe, como una tormenta, y me hacían retorcerme las manos y llorar como un niño. A veces, me sorprendían en medio del trabajo y me obligaban a sentarme a suspirar, cabizbajo, durante una o dos horas, lo cual era mucho peor, pues si hubiese podido irrumpir en llanto o expresarme en palabras, habría podido desahogarme y aliviar mi dolor.

Pero ahora pensaba en cosas nuevas. Diariamente, leía la palabra de Dios y aplicaba todo su consuelo a mi situación. Una mañana que me sentía muy triste, abrí la Biblia y encontré estas palabras: Nunca jamás te dejaré ni te abandonaré. Inmediatamente pensé que estaban dirigidas a mí pues, ¿cómo si no, me habían sido reveladas justo en el momento en el que me lamentaba de mi condición como quien ha sido abandonado por Dios y por los hombres? «Pues bien -dije-, si Dios no me va a abandonar, ¿qué puede ocurrirme o qué importancia puede tener el que todo el mundo me haya abandonado, cuando pienso que la pérdida sería mucho mayor si tuviese el mundo entero a mi disposición y perdiese el favor y la bendición de Dios?»

Desde este momento, comencé a convencerme de que, posiblemente, era más feliz en esta situación de soledad y abandono que en cualquier otro estado en el mundo. Con estos pensamientos le di gracias a Dios por haberme traído a este lugar.

No sé qué ocurrió pero algo me turbó y me impidió pronunciar las palabras de agradecimiento. « ¿Cómo puedes ser tan hipócrita -me dije en voz alta- y fingirte agradecido por una situación de la cual, a pesar de tus esfuerzos por resignarte a ella, deseas liberarte con todas las fuerzas de tu corazón?» Aquí me detuve y, aunque no pude darle gracias a Dios por hallarme allí, le agradecí sinceramente que me hubiese abierto los ojos, si bien mediante sufrimientos, para ver mi vida anterior y para lamentarme y arrepentirme de ella. Nunca abrí ni cerré la Biblia sin darle gracias a Dios por hacer que mi amigo en Inglaterra, sin que yo le dijese nada, la hubiese empaquetado con mis cosas y por ayudarme a rescatarla del naufragio.



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