Robinson Crusoe: 083

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


Estaba en los meses de noviembre y diciembre, a la espera de mi cosecha de cebada y arroz, y la tierra que había arado y cultivado no era muy grande pues, como he observado, no tenía más de un celemín de cada grano ya que había perdido una cosecha entera en la estación seca. Esta vez, la cosecha prometía ser buena pero de pronto advertí que estaba a punto de perderla nuevamente a causa de enemigos de diversa índole, a los cuales me resultaba muy difícil combatir. En primer lugar, las cabras y lo que yo llamo liebres salvajes, habiendo probado esa hierba tan dulce, permanecían allí día y noche, comiéndola tan de raíz que era imposible que brotara una espiga.

Para esto no vi otra solución que levantar un cerco, que construí con mucho empeño, pues no tenía demasiado tiempo. No obstante, como la tierra arada no era muy ex tensa, conforme a la cosecha, logré cercarla totalmente en tres semanas. Maté algunos de los animales durante el día y puse a mi perro en guardia durante la noche, amarrado a un palo donde se quedaba vigilando y ladrando toda la noche. De este modo, los enemigos abandonaron el lugar en poco tiempo y el grano creció fuerte y saludable y comenzó a madurar rápidamente.

Así como estos animales trataron de arruinar mi grano cuando aún era hierba, los pájaros estuvieron a punto de hacerlo cuando brotaron las espigas. Un día fui al sembrado para ver cómo prosperaba y lo hallé rodeado de aves de no sé cuántos tipos, que parecían aguardar a que me marchase. Inmediatamente, las espanté con la escopeta (que siempre llevaba conmigo). No bien había disparado, cuando se elevó una pequeña nube de pájaros que no había visto porque estaban ocultos entre las espigas.

Esto me inquietó mucho pues preveía que en pocos días se habrían comido mis esperanzas, dejándome sin alimento, y sin posibilidades de volver a sembrar nunca. No sabía qué hacer. Sin embargo, estaba decidido a no perder mi grano, si era posible, aunque tuviera que vigilarlo día y noche. En primer lugar, recorrí el sembrado para ver los daños que habían hecho las aves y encontré que habían echado a perder gran parte de los granos pero, como las espigas estaban aún verdes, la pérdida no fue tan grande, pues el resto prometía una buena cosecha si lograba salvarlo.

Me detuve a cargar mi escopeta y pude ver a los ladrones posados en los árboles que estaban a mi alrededor, como esperando a que me marchara, lo que en efecto ocurrió pues, apenas me alejé de su vista, bajaron al sembrado, uno a uno, nuevamente. Esto me enfadó tanto que no tuve paciencia para esperar a que llegara el resto, sabiendo que cada grano que se comían en ese momento representaba una gran pérdida para mí en el futuro. Por lo tanto, arrimándome al cerco, disparé y maté a tres de ellos. Era justo lo que quería pues los recogí y los traté como a los ladrones famosos en Inglaterra, es decir, los colgué de unas cadenas para asustar a los demás. Es imposible imaginar el efecto que tuvo esto pues, al poco tiempo, abandonaron aquella parte de la isla y no volví a verlos por allí mientras estuvo mi espantapájaros.



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