Robinson Crusoe: 087

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


No tengo que decir que después de este experimento, no volví a necesitar ningún cacharro de barro que no pudiera hacerme. Mas debo decir que en cuanto a la forma, no se diferenciaban mucho unos de otros, como es de suponerse, ya que los hacía del mismo modo que los niños hacen sus tortas de arcilla o que las mujeres, que nunca han aprendido a hacer masa, hornean sus pasteles.

Jamás hubo alegría tan grande por algo tan insignificante, como la que sentí cuando vi que había hecho un cacharro de arcilla resistente al fuego. Apenas tuve paciencia para esperar a que se enfriara y volví a colocarlo en el fuego, esta vez, lleno de agua, para hervir un trozo de carne, lo que logré admirablemente. Luego, con un poco de cabra, me hice un caldo muy sabroso y solo me habría hecho falta un poco de avena y algunos otros ingredientes para que quedara tan sabroso como lo hubiera deseado.

Mi siguiente preocupación era procurarme un mortero de piedra para moler o triturar el grano ya que, tan solo con un par de manos, no podía pensar en hacer un molino. Me encontraba muy poco preparado para satisfacer esta necesidad pues, si había un oficio en el mundo para el cual no estaba cualificado era para el de picapedrero. Por otra parte, tampoco contaba con las herramientas necesarias para hacerlo. Pasé más de un día buscando una piedra lo suficientemente grande como para ahuecarla y que sirviera de mortero, mas no pude encontrar ninguna, excepto las que había en la roca pero no tenía forma de extraer ni cortarle ningún pedazo. Tampoco las rocas de la isla eran lo suficientemente duras pues todas tenían una consistencia arenosa y se desmoronaban fácilmente, de manera que no habrían soportado los golpes de un mazo, ni habrían molido el grano sin llenarlo de arena. Después de perder mucho tiempo buscando una piedra adecuada, renuncié a este propósito y decidí buscar un buen bloque de madera sólida, lo que resultó mucho más sencillo. Cogí uno tan grande como mis fuerzas me permitieron levantar y lo redondeé por fuera con el hacha. Luego le hice una cavidad con fuego, del mismo modo que los indios del Brasil construyen sus canoas. Después hice una mano de almirez, de una madera que llaman palo de hierro y guardé todos estos utensilios hasta mi próxima cosecha, al cabo de la cual, me proponía moler el grano, o más bien, machacarlo hasta convertirlo en harina para hacer pan.



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