Robinson Crusoe: 088

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


La segunda dificultad con que me topé fue la de hacer un tamiz o cedazo para cernir la harina y separarla del salvado y de la cáscara, sin lo cual no habría tenido posibilidad alguna de hacer pan. Esta era una labor tan difícil que no me hallaba con valor ni para pensar en la forma de realizarla pues no tenía nada que me sirviera para ello; es decir, una lona o tejido con una trama lo suficientemente fina como para permitir el cernido de la harina. Durante muchos meses estuve paralizado, sin saber exactamente qué hacer. No me quedaba más lienzo que algunos harapos; tenía pelos de cabra pero no sabía cómo hilarlos o tejerlos y, aunque lo hubiese sabido, no tenía instrumentos para hacerlo. Finalmente, recordé que entre la ropa de los marineros que había rescatado del naufragio, había algunas bufandas de muselina y, con algunos pedazos hice tres tamices pequeños pero adecuados para la tarea. Los utilicé durante muchos años y, en su momento, contaré lo que hice después con ellos.

Lo próximo que tenía que considerar era cómo hacer el pan, una vez tuviera el grano pues, para empezar, no tenía levadura, mas como este era un problema que no tenía solución, dejé de preocuparme por ello. Sin embargo, me afligía no tener un horno. Con el tiempo, ideé la forma de hacerlo, de la siguiente manera: Hice algunas vasijas de barro muy anchas pero poco profundas, es decir, de unos dos pies de diámetro y no más de nueve pulgadas de profundidad. Las quemé en el fuego, como había hecho con las otras y luego, cuando quería hornear pan, hacía un gran fuego sobre el hogar, que había cubierto con unas losetas cuadradas que yo mismo hice y cocí aunque no puedo decir que fuesen perfectamente cuadradas.

Cuando la leña formaba un buen montón de ascuas, llenaba el hogar con ellas y las dejaba ahí hasta que el hogar se calentaba bien. Luego retiraba las ascuas, colocaba mi hogaza o mis hogazas y las cubría con la vasija de barro, que rodeaba de carbones para mantener y avivar el fuego según fuera necesario. De este modo, como en el mejor horno del mundo, horneaba mis hogazas de cebada y, en poco tiempo, me convertí en un auténtico maestro pastelero pues confeccionaba diversas tortas de arroz y budines, aunque no llegué a hacer tartas ya que no tenía con qué rellenarlas, si no era con carne de ave o de cabra.

No es de extrañar que todas estas labores me tomaran casi todo el tercer año en la isla pues, debe notarse que aparte de ellas, tenía que ocuparme de mi nueva cosecha y de la labranza. Sembraba el grano en el momento adecuado, lo transportaba a casa lo mejor que podía y colocaba las espigas en grandes canastas hasta que llegaba el momento de desgranarlo, pues no tenía trillo ni lugar donde trillar.

Ahora que mi provisión de grano aumentaba, quería agrandar los graneros. Necesitaba un lugar para almacenarlo porque la cosecha había sido tan abundante que tenía veinte fanegas de cebada y otras tantas, o más, de arroz. Decidí entonces usarlos ampliamente puesto que hacía tiempo que se me había acabado el pan. También decidí ver cuánto necesitaba para un año y, así, sembrar solo una vez.

En total, descubrí que cuarenta fanegas de cebada y arroz eran más de lo que podía consumir en un año y por tanto, decidí sembrar al año siguiente la misma cantidad que en el anterior, con la esperanza de que me bastase para hacer pan y otros alimentos.



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