Robinson Crusoe: 089

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8. EXPEDICIÓN TEMERARIA
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Robinson Crusoe Daniel Defoe


Mientras hacía todo esto, a menudo mis pensamientos volaban hacia la tierra que había visto desde el otro lado de la isla y, secretamente, deseaba estar allí, imaginando que podría divisar el continente y que, al ser una tierra poblada, encontraría los medios para salir adelante y, finalmente, escapar.

Sin embargo, no tenía en cuenta los riesgos de aquella situación, como, por ejemplo, el de caer en manos de los salvajes, que consideraba más peligrosos que los leones y los tigres de África, y que, si me atrapaban, casi con toda seguridad, me asesinarían y, tal vez me devorarían. Había oído decir que los habitantes de la costa del Caribe eran caníbales, o devoradores de hombres y sabía, por la latitud, que no debía estar lejos de esas tierras. Mas, suponiendo que no fuesen caníbales, podían matarme, como a muchos europeos que cayeron en sus manos, incluso a grupos de diez o veinte; y con más razón a mí que era uno solo y apenas podía defenderme. Nada de esto, que debía considerar muy seriamente, como después lo hice, me preocupaba al principio pues tan solo pensaba en llegar a la otra orilla.

Deseaba tener a mi chico Xury y la chalupa con su vela de lomo de cordero, con la cual había navegado más de mil millas por la costa de África; mas de nada me servía desear lo. Entonces pensé que podía inspeccionar el bote de la nave que, como he dicho anteriormente, fue arrojado hasta la playa por la tormenta que nos hizo naufragar. Estaba casi en el mismo lugar pero las olas y el viento le habían dado la vuelta contra un arrecife de arena dura y ahora no tenía agua alrededor.

Si hubiese tenido ayuda, habría podido repararlo y echarlo al agua y me habría servido perfectamente para regresar a Brasil sin dificultades. Más debía reconocer que me iba a resultar tan difícil darle la vuelta como mudar la isla de un lado a otro. No obstante, fui al bosque a cortar unos troncos largos que me sirvieran de palanca y rollo y los trasladé hasta el bote, decidido a hacer lo que pudiese y convencido de que si lograba darle la vuelta, podría repararlo y convertirlo en un excelente bote con el que podría lanzarme al mar tranquilamente.

No escatimé en esfuerzos en esta inútil labor, en la que empleé cerca de tres semanas, hasta que, por fin, me convencí de que no podría levantarlo con mis pocas fuerzas y decidí excavar la arena por debajo para socavarlo y hacerlo caer, utilizando trozos de madera para dirigirle la caída.



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