Robinson Crusoe: 094

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


Había otra reflexión que me reconfortaba y me devolvía las esperanzas. Comparaba mi situación actual con la que merecía y que, con toda razón, debía esperar de la Providencia. Había vivido una vida vergonzosa, totalmente desprovista de cualquier conocimiento o temor de Dios. Mis padres me habían educado bien; ambos me habían inculcado, desde temprana edad, el respeto religioso hacia Dios, el sentido del deber y de aquello que la naturaleza y mi condición en la vida exigían de mí. Pero ¡ay de mí! muy pronto caí en la vida de marinero, que, de todas las existencias, es la menos temerosa de Dios, aunque, a menudo, padezca las consecuencias de su cólera. Digo que, habiéndome iniciado muy pronto en la vida de marinero y en la compañía de gentes de mar, el poco sentido de la religión que había cultivado hasta entonces, desapareció ante las burlas de mis compañeros y ante un endurecido desprecio por el peligro y las visiones de la muerte, a las que llegué a acostumbrarme por no tener con quien conversar, que fuese distinto de mí, u oír alguna palabra buena o, al menos, amable.

Tan vacío estaba de cualquier bondad, o del más mínimo sentido de ella que ni siquiera en las agraciadas ocasiones en las que me había visto salvado, como cuando escapé de Salé, cuando el capitán portugués me rescató, cuando me establecí felizmente en Brasil, cuando recibí el cargamento de Inglaterra y otras por el estilo, pronuncié ni pensé una palabra de agradecimiento a Dios; ni siquiera en el colmo de mi desventura le dirigí una plegaria a Dios diciendo: «Señor, ten piedad de mí.» No, jamás pronunciaba el nombre de Dios a no ser que fuera para jurar o blasfemar.

Como ya he dicho, pasé muchos meses en medio de terribles reflexiones sobre mi maldita e indigna vida pasada. Mas cuando miraba a mi alrededor y contemplaba los dones especiales que había recibido desde mi llegada a esta isla y el modo tan generoso en que Dios me había tratado, pues no me había castigado con la severidad que merecía sino, más bien, había sido pródigo en proveerme tanto como podía necesitar, tenía la esperanza de que mi arrepentimiento hubiese sido aceptado y que Dios me tuviera reservada alguna misericordia.

Con estos pensamientos me resigné a acatar la voluntad de Dios en las circunstancias en las que me hallaba y hasta le di sinceras gracias por ello, considerando que aún estaba vivo y que no debía quejarme, pues no había recibido siquiera el justo castigo por mis pecados y gozaba de tantos privilegios como nunca hubiese podido esperar en un sitio como este. Por tanto, no debía volver a lamentarme de mi condición, sino regocijarme por ella y dar gracias a Dios por el pan de cada día, que, de no ser por un milagro, no podría haber disfrutado. Debía recordar que podía alimentarme por obra de un milagro casi tan grande como el de los cuervos que alimentaron a Elías. Además, difícilmente hubiese podido elegir otro sitio con más ventajas que aquel lugar desierto donde había sido arrojado; uno donde, si bien no tenía compañía, lo cual era el motivo de mi mayor desventura, tampoco había bestias feroces, lobos furiosos, tigres que amenazaran mi vida, plantas venenosas que me hicieran daño en caso de que las ingiriera, ni salvajes que pudieran asesinarme y devorarme.



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