Robinson Crusoe: 096

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


La razón por la cual no podía andar completamente desnudo era que aguantaba el calor del sol bastante mejor cuando estaba vestido que cuando no lo estaba. A menudo el sol me producía ampollas en la piel, mas, cuando llevaba camisa, el aire pasaba a través del tejido y me sentía mucho más fresco que cuando no la llevaba. Tampoco podía salir sin gorra o sombrero pues los rayos del sol, que en esas latitudes golpean con gran violencia, me habrían provocado una terrible jaqueca, a fuerza de caer directamente sobre mi cabeza.

Ante esta situación, decidí ordenar los pocos harapos que tenía y a los que llamaba ropa. Había gastado todos los chalecos y ahora debía intentar hacer algunas chaquetas con las capas y los demás materiales que tenía. Empecé pues a hacer trabajos de sastrería, más bien estropicios, pues los resultados fueron lastimosos. No obstante, logré hacer dos o tres chalecos, con la esperanza de que me durasen mucho tiempo. La labor que realicé con los pantalones o calzones, fue igualmente desastrosa, hasta más adelante.

He mencionado que guardaba las pieles de los animales que mataba, me refiero a los cuadrúpedos, y las colgaba al sol, extendiéndolas con la ayuda de palos. Algunas estaban tan secas y duras que apenas servían para nada pero otras me resultaron muy útiles. Lo primero que confeccioné con ellas fue una gran gorra para cubrirme la cabeza, con la parte de la piel hacia fuera para evitar que se filtrase el agua. Me quedó tan bien que luego me confeccioné una vestimenta completa, es decir, una casaca y unos calzones abiertos en las rodillas, ambos muy amplios, para que resultaran más frescos. Debo reconocer que estaban pésimamente hechos pues si era un mal carpintero, era aún peor sastre. No obstante, les di muy buen uso y, cuando estaba fuera, si por casualidad llovía, la piel de la casaca y del sombrero me mantenían perfectamente seco.

Posteriormente, empleé mucho tiempo y esfuerzo en fabricarme una sombrilla, que mucha falta me hacía. Había visto cómo se confeccionaban en Brasil, donde eran de gran utilidad a causa del excesivo calor y me parecía que el calor que debía soportar aquí era tanto o más fuerte que el de allá, pues me encontraba más cerca del equinoccio. Además, aquí tenía que salir constantemente, por lo que una sombrilla me resultaba de gran utilidad para protegerme, tanto del sol como de la lluvia. Emprendí esta tarea con muchas dificultades y pasó bastante tiempo antes de que pudiera hacer algo que se le pareciese pues, cuando creía haber encontrado la forma de confeccionarla, eché a perder dos o tres veces antes de hacer la que tenía prevista. Por fin fabriqué una que cumplía cabalmente ambos propósitos. Lo más difícil fue lograr que pudiera cerrarse. Había logrado que permaneciera abierta pero, si no lograba cerrarla, habría tenido que llevarla siempre sobre la cabeza, lo cual no era demasiado práctico. Finalmente, como he dicho, hice una lo suficientemente adecuada para mis propósitos y la cubrí de piel, con la parte peluda hacia arriba, a fin de que, como si fuera un tejado, me protegiese del sol tan eficazmente, que me permitiera salir, incluso en el calor más sofocante, tan a gusto como si hiciese fresco. Cuando no tuviera necesidad de usarla, podía cerrarla y llevarla bajo el brazo.



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