Robinson Crusoe: 102

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9. LA PISADA EN LA ARENA
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Robinson Crusoe Daniel Defoe


Habiendo controlado mis impulsos, podrán imaginarse que viví un año en un estado de paz y sosiego. Mis pensamientos se ajustaban perfectamente a mi situación, me sentía plenamente satisfecho con las disposiciones de la Providencia y estaba convencido de que vivía una existencia feliz, si no consideraba la falta de compañía.

En este tiempo, perfeccioné mis destrezas manuales, a las que me aplicaba según mis necesidades y creo que llegué a convertirme en un buen carpintero, en especial, si se tenía en cuenta que disponía de muy pocas herramientas.

Aparte de esto, llegué a dominar el arte de la alfarería y logré trabajar con un torno, lo que me pareció infinitamente más fácil y mejor, porque podía redondear y darles forma a los objetos que al principio eran ofensivos a la vista. Más, creo que nunca me sentí tan orgulloso de una obra, ni tan feliz por haberla realizado, que cuando descubrí el modo de hacer una pipa. A pesar de que, una vez terminada, era una pieza fea y tosca, hecha de barro rojo, como mis otros cacharros, era fuerte y sólida y pasaba bien el humo, lo que me proporcionó una gran satisfacción porque estaba acostumbrado a fumar. A bordo del barco había varias pipas pero, al principio, no les hice caso porque no sabía que encontraría tabaco en la isla pero, más tarde, cuando regresé por ellas, no pude encontrar ninguna.

También hice grandes adelantos en la cestería. Tejí muchos cestos, que, aunque no eran muy elegantes, estaban tan bien hechos como mi imaginación me lo había permitido y, además, eran prácticos y útiles para ordenar y transportar algunas cosas. Por ejemplo, si mataba una cabra, podía colgarla de un árbol, desollarla, cortarla en trozos y traerla a casa en uno de los cestos. Lo mismo hacía con las tortugas: las cortaba, les sacaba los huevos y separaba uno o dos pedazos de carne, que eran suficientes para mí, y traía todo a casa, dejando atrás el resto. Los cestos grandes y profundos me servían para guardar el grano, que siempre desgranaba apenas estaba seco.

Comencé a darme cuenta de que la pólvora disminuía considerablemente y esto era algo que me resultaba imposible producir. Me puse a pensar muy seriamente en lo que haría cuando se acabara, es decir, en cómo iba a matar las cabras. Como ya he dicho, en mi tercer año de permanencia en la isla, capturé una pequeña cabra y la domestiqué con la esperanza de encontrar un macho, pero no lo conseguí. Esta cabra creció, no tuve corazón para matarla y, finalmente, murió de vieja.



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