Robinson Crusoe: 107

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


Me costaba mucho trabajo comprender esto así que decidí pasar un tiempo observando para ver si había sido ocasionado por los cambios de la marea. No tardé en darme cuenta de que el cambio lo producía el reflujo que partía del oeste y se unía con la corriente de algún río cuando desembocaba en el mar. Según la dirección del viento, norte u oeste, la corriente fluía hacia la costa o se alejaba de ella. Me quedé en los alrededores hasta la noche y volví a subir a la colina. El reflujo se había vuelto a formar y pude ver claramente la corriente, como al principio, solo que esta vez llegaba más lejos, casi a media legua de la orilla. En mi caso, estaba más cerca de la costa y, por tanto, me arrastró junto con mi canoa, cosa que no habría pasado en otro momento.

Este descubrimiento me convenció de que no tenía más que observar el flujo y el reflujo de la marea para saber cuándo podía traer mi piragua de vuelta. Más cuando decidí poner en práctica este plan, sentía tanto terror al recordar los peligros que había sufrido, que no podía pensar en ello sin sobresaltos. Por tanto, tomé otra resolución que me pareció más segura, aunque, también, más laboriosa, que consistía en construir o hacer otra piragua o canoa para, así, tener una a cada lado de la isla.

Podéis comprender que ahora tenía, por así decirlo, dos fincas en la isla. Una de ellas era mi pequeña fortificación o tienda, rodeada por la muralla al pie de la roca, con la cueva detrás y, a estas alturas, con dos nuevas cámaras que se comunicaban entre sí. En la más seca y espaciosa de las cámaras, había una puerta que daba al exterior de la muralla o verja, o sea, hacia fuera del muro que se unía a la roca. Allí tenía dos grandes cacharros de barro, que ya he descrito con lujo de detalles, y catorce o quince cestos de gran tamaño, con capacidad para almacenar cinco o seis fanegas de grano cada uno. En ellos guardaba mis provisiones, en especial el grano, que desgranaba con mis manos o que conservaba en las espigas, cortadas al ras del tallo.

Los troncos y estacas con los que había construido la muralla, se prendieron a la tierra y se convirtieron en enormes árboles, que se extendieron tanto que nadie podía imaginarse que detrás de ellos había una vivienda.

Cerca de mi morada, pero un poco más hacia el centro de la isla y sobre un terreno más elevado, estaba el sembradío de grano, que cultivaba y cosechaba a su debido tiempo. Si tenía necesidad de más grano podía extenderlo hacia los terrenos contiguos que eran igualmente adecuados para el cultivo.



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