Robinson Crusoe: 121

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


Estas consideraciones me detuvieron en seco y comencé, poco a poco, a abandonar mi proyecto y a pensar que me había equivocado en mi resolución de atacar a los salvajes pues no debía entrometerme en sus asuntos a menos que me atacaran, lo cual, debía evitar si era posible. Mas, si me descubrían y atacaban, sabía lo que tenía que hacer.

Por otra parte, me decía a mí mismo que este proyecto sería un obstáculo para mi salvación y me llevaría a la ruina y la perdición si no tenía la absoluta certeza de matar, no solo a los que se encontrasen en la playa, sino a todos los que pudiesen aparecer después, ya que, si alguno de ellos escapaba para contar lo ocurrido a su gente, miles de ellos vendrían a vengar la muerte de sus compañeros y yo no habría hecho más que provocar mi propia destrucción, lo cual era un riesgo que no corría en este momento.

En resumen, llegué a la conclusión de que, ni por principios ni por sistema, debía meterme en este asunto. Mi única preocupación debía ser mantenerme fuera de su vista a toda costa y no dejar el menor rastro que les hiciese sospechar que había otros seres vivientes, es decir, humanos, en la isla. La religión me dio la prudencia y quedé convencido de que hacer planes sangrientos para destruir criaturas inocentes, respecto a mí, por supuesto, era faltar a todos mis deberes. En cuanto a sus crímenes, ellos eran culpables entre sí y yo nada tenía que ver con eso. Eran delitos nacionales y yo debía dejar que Dios los juzgara, ya que es Él quien gobierna todas las naciones y sabe qué castigos imponerles a estas para subsanar sus ofensas. Es Él quien debe decidir, como mejor le parezca, llevar a juicio público a quienes le han ofendido públicamente.

De pronto, todo esto me parecía tan claro que me sentí muy satisfecho de no haber cometido una acción que habría sido tan pecaminosa como un crimen premeditado. Me arrodillé y di gracias a Dios, humildemente, por haberme librado del pecado de sangre y le imploré que me concediera la protección de su Providencia para no caer en manos de los bárbaros, ni tener que poner las mías sobre ellos, a menos que el cielo me lo indicara claramente, en defensa de mi propia vida.

Después de esto, pasé casi un año sintiéndome de ese modo. Deseaba tan poco encontrarme con aquellos miserables, que, en todo ese tiempo no subí ni una sola vez la colina para ver si había alguno de ellos a la vista, o si habían venido a la playa, a fin de no verme tentado a reanudar mis proyectos contra ellos, ni tener la ocasión de asaltarlos. Me limité a buscar la piragua que estaba al otro lado de la isla para llevarla a la costa oriental. Allí la dejé, en una pequeña ensenada que encontré bajo unas rocas muy altas, donde sabía que los salvajes no se atreverían a ir, al menos, no en sus piraguas, a causa de la corriente.



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