Robinson Crusoe: 122

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


Junto con mi piragua, llevé todas las cosas que había dejado allí, aunque no me hacían falta para hacer el viaje: un mástil, una vela y aquella cosa que parecía un ancla pero que, en verdad, no podía llamarse ni ancla ni arpón, si bien fue lo mejor que pude hacer. Lo transporté todo con el propósito de que nada pudiese provocar la más mínima sospecha de que podía haber alguna embarcación o morada humana en la isla.

Aparte de esto, como he dicho, me mantuve más recluido que nunca, sin salir de mi celda, salvo para realizar mis tareas habituales, es decir, ordeñar las cabras y cuidar el pequeño rebaño del bosque, que, como estaba al otro lado de la isla, se hallaba fuera de peligro. Ciertamente, los salvajes que a veces merodeaban por esta isla, jamás venían con el propósito de encontrar nada en ella y, por lo tanto, nunca se alejaban de la costa. No dudo que estuvieran varias veces en ella, tanto antes como después de mis temores y precauciones, por lo que no podía dejar de pensar con horror en cuál habría sido mi suerte si me hubiese encontrado con ellos cuando andaba desnudo, desarmado y sin otra protección que una escopeta, casi siempre cargada con pocas municiones, mientras exploraba todos los rincones de la isla. Menuda sorpresa me habría llevado si, en lugar de la huella de una pisada, me hubiese topado con quince o veinte salvajes, dispuestos a perseguirme, sin posibilidad de escapar de ellos a causa de la velocidad de su carrera.

A menudo, estos pensamientos me oprimían el alma y me afligían tanto que tardaba mucho en recuperarme. Me preguntaba qué habría hecho, pues no me consideraba capaz de haber puesto resistencia, ni siquiera de haber tenido la lucidez de hacer lo que tenía que hacer; mucho menos lo que ahora, después de mucha preparación y meditación, podía hacer. Cuando pensaba seriamente en esto, me sumía en un profundo estado de melancolía que, a veces, duraba mucho tiempo. No obstante, terminaba dando gracias a la Providencia por haberme salvado de tantos peligros invisibles y por haberme protegido de tantas desgracias, de las que no habría podido escapar porque no tenía la menor sospecha de su existencia o de la posibilidad de que ocurriesen.

Esto me hizo considerar algo que, con frecuencia, había pensado antes, cuando empezaba a ver las generosas disposiciones del cielo frente a los peligros a los que nos exponemos en la vida: cuántas veces somos salvados sin darnos cuenta; cuántas veces dudamos o, por así decirlo, titubeamos acerca del camino que debemos seguir y una voz interna nos muestra un camino cuando nosotros pensábamos tomar otro; cuántas veces nuestro sentido común, nuestra tendencia natural o nuestros intereses personales nos invitan a escoger un camino y, sin embargo, un impulso interior, cuyo origen ignoramos, nos empuja a elegir otro y luego advertimos que si hubiésemos seguido el que pensábamos o imaginábamos, nos habríamos visto perdidos y arruinados. Estas y muchas otras reflexiones similares me llevaron a regirme por una norma: obedecer la llamada interior o la inspiración secreta de hacer algo o de seguir algún camino cada vez que la sintiera, aunque no tuviera razón alguna para hacerlo, salvo la sensación o la presión de ese presentimiento sobre mi espíritu. Podría dar muchos ejemplos del buen resultado de esta conducta a lo largo de mi vida, en especial, al final de mi permanencia en esta desgraciada isla; aparte de las muchas ocasiones en las que me habría dado cuenta de la situación si la hubiese visto con los mismos ojos con los que veo ahora. Mas nunca es tarde para aprender y no puedo sino aconsejar a todos los hombres prudentes, que hayan vivido experiencias tan extraordinarias como la mía, incluso menos extraordinarias, que no subestimen las insinuaciones secretas de la Providencia y hagan caso a esa inteligencia invisible, que no debo ni puedo tratar de explicar, pero que, sin duda, constituye una prueba irrefutable de la existencia del espíritu y de la comunicación secreta entre los espíritus encarnados y los inmateriales. Durante el resto de mi solitaria residencia en este sombrío lugar, tuve ocasión de presenciar asombrosas pruebas de esto.



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