Robinson Crusoe: 124

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


No obstante, después de una breve pausa, me repuse y comencé a decirme que era un tonto, que si había vivido veinte años solo en una isla no podía tener miedo del diablo y que en esa cueva no había nada más aterrador que yo mismo. En seguida recobré el valor, hice una gran tea y volví a entrar con ella en la mano. No había dado tres pasos cuando volví a asustarme como antes, pues oí un fuerte suspiro, como el lamento de un hombre, seguido por un ruido entrecortado que parecía un balbuceo y, luego, por otro suspiro fuerte. Retrocedí y estaba tan sorprendido que un sudor frío me recorrió todo el cuerpo y si hubiese tenido un sombrero, no habría podido responder por él, pues mis cabellos erizados lo hubieran elevado por el aire. Pero saqué valor de donde pude y me reanimé un poco con la idea de que el poder y la presencia de Dios estaban en todas partes y me protegerían. Volví a dar unos pasos y, gracias a la luz de la tea, que sostenía un poco más arriba de mi cabeza, descubrí, tumbado en la tierra, un monstruoso y viejo macho cabrío, que parecía a punto de morir de pura vejez.

Le agité un poco para ver si lograba sacarlo de ahí y el animal intentó, en vano, ponerse en pie. Entonces pensé que podía quedarse donde estaba pues, del mismo modo que me había asustado a mí, podía asustar a los salvajes que se atrevieran a entrar en la cueva mientras le quedara algo de vida.

Repuesto de mi sorpresa, comencé a mirar a mi alrededor y me di cuenta de que la cueva era bastante pequeña, es decir, que medía unos doce pies pero no tenía una forma regular, ni redonda ni cuadrada, ya que las únicas manos que habían trabajado en ella eran las de la naturaleza. También observé que en uno de los costados había una apertura que se prolongaba hacia adentro pero era tan baja que me obligaba a entrar arrastrándome. Tampoco sabía a dónde llevaba y como no tenía velas, no seguí explorando. Decidí que, al día siguiente, regresaría con velas y una yesca que había hecho en la empuñadura de un mosquete con un poco de pólvora.

Al otro día, volví con seis grandes velas hechas por mí, pues ahora hacía muy buenas velas con el sebo de las cabras, y, andando a gatas, avancé por la cavidad unas diez yardas, lo cual, dicho sea de paso, era una aventura bastante arriesgada, si se considera que no sabía hasta dónde llegaba aquel pasadizo ni lo que podría encontrar más adelante. Cuando llegué al final de este, advertí que el techo se elevaba casi veinte pies, y puedo asegurar que en toda la isla se podía presenciar un espectáculo más maravilloso que la bóveda y los costados de esta cueva o caverna. En las paredes se reflejaba la luz de mis dos velas multiplicada por cien mil. Me imaginaba que en la roca había diamantes u otras piedras preciosas, pero no lo sabía con certeza.



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