Robinson Crusoe: 131

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


No puedo hallar las palabras precisas para expresar la extraña melancolía y los ardientes deseos que este naufragio suscitó en mi espíritu y que me hacían exclamar: « ¡Oh, sí al menos uno o dos, es más, solo un ser se hubiese salvado de este naufragio, o hubiese podido llegar hasta aquí, para que yo pudiese tener un compañero, un semejante con quien poder hablar y conversar!» En todo el transcurso de mi vida solitaria, nunca había deseado tanto la compañía humana, ni había sentido una pena tan profunda por no tenerla.

Tenemos unos resortes secretos en el corazón que, movidos por algún objeto, presente o ausente, que se muestra ante nuestra imaginación, impulsan nuestra alma con tanta fuerza hacia ese objeto que su ausencia se vuelve insoportable.

Tal era mi ferviente deseo de que tan solo un hombre se hubiese salvado: « ¡Oh, si tan solo uno se hubiese salvado!», repetía una y mil veces: « ¡Oh, si tan solo uno se hubiese sal vado!» Estaba tan trastornado por este deseo, que cuando decía esas palabras, entrelazaba las manos y apretaba tanto los dedos, que si hubiese tenido algo frágil entre ellas, lo habría roto involuntariamente; y apretaba los dientes con tanta fuerza, que a veces no podía separarlos.

Dejemos que los naturalistas expliquen estas cosas, su razón y su forma de ser. Lo único que puedo hacer yo, es describir un hecho que me sorprendió cuando tuvo lugar, y cuya procedencia ignoro del todo. Seguramente, se debió al efecto de mis ardientes deseos y la fuerza de mis pensamientos, de imaginar el consuelo que me habría proporcionado conversar con un cristiano como yo.

Pero no estaba previsto de ese modo. Su destino, el mío o el de todos, lo impedía, pues hasta mi último año de permanencia en esta isla, ignoré si alguien se había salva do de aquel naufragio. Solo alcancé a ver, para mi desdicha, el cuerpo de un joven marinero que llegó al extremo de la isla más próximo al lugar del naufragio. Solo llevaba puestos una casaca marinera, un par de calzones de paño abiertos en las rodillas y una camisa de lienzo azul, pero nada que me permitiese adivinar de qué nación provenía. En sus bolsillos no había más que dos piezas de a ocho y una pipa. Esta última, para mí, valía diez veces más que el dinero.

El mar se había calmado y estaba empeñado en aventurarme a llegar al barco en la piragua. Tenía la certeza de que encontraría cosas de utilidad a bordo pero no era eso lo que me impulsaba, sino la esperanza de encontrar algún ser a quien pudiese salvarle la vida, y con ello, reconfortar la mía en sumo grado. Me aferré de tal modo a esta idea, que no encontraba reposo ni de día ni de noche y solo pensaba en llegar hasta la nave en mi bote. Me encomendé a la Providencia de Dios, sabiendo que el impulso era tan fuerte que no podía resistirme a él, que debía provenir de algún invisible designio y que me arrepentiría si no lo hacía.



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