Robinson Crusoe: 132

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


Dominado por esta impresión, corrí hacia mi castillo a prepararme para el viaje. Cogí una buena porción de pan, una gran vasija de agua fresca, una brújula para orientar me, una botella de ron, pues aún tenía bastante en la reserva, y un cesto lleno de pasas. Cargado con todo lo necesario para el viaje, me dirigí hacia la piragua, le vacié el agua, deposité en ella el cargamento y la eché al mar. Luego regresé a casa para recoger el segundo cargamento, que consistía en un gran saco de arroz, la sombrilla, que me colocaría sobre la cabeza para que me protegiera del sol, otra vasija llena de agua, casi dos docenas de panes o tortas de cebada, una botella de leche de cabra y un queso. Llevé todo esto a la piragua, no sin mucho esfuerzo y sudor, y, rogándole a Dios que guiara mi viaje, me puse a remar en dirección noreste a lo largo de la costa hasta llegar al extremo de la isla. Ahora tenía que decidir si me aventuraba a lanzarme al océano. Observé las rápidas corrientes que pasaban a ambos lados de la isla y me parecieron tan terribles, por el recuerdo del peligro en que me había encontrado, que comencé a perder valor, pues me daba cuenta de que si caía en una de ellas, sería arrastrado mar adentro y perdería de vista la isla. Si esto ocurría, como mi piragua era muy pequeña, la menor ráfaga de viento me perdería irremediablemente.

Esta idea me angustió tanto que comencé a darme por vencido. Conduje mi bote a una pequeña ensenada en la orilla, salí y me senté en un pequeño promontorio de tierra, muy pensativo y ansioso, debatiéndome entre el miedo y el deseo de realizar la expedición. Mientras pensaba, observé que la marea comenzaba a subir, lo que, por unas cuantas horas, me impediría volver a salir al mar. Entonces, pensé que debía subir a la parte más elevada que pudiese encontrar para observar los movimientos de las corrientes cuando subiera la marea y, de este modo, poder juzgar si había alguna que me trajese rápidamente de vuelta a la isla, en caso de que otra me alejara de ella. No bien hube pensado esto, me fijé en una pequeña colina que dominaba ambos lados, desde donde podía ver claramente la dirección de las corrientes y el rumbo que debía seguir para regresar. Allí pude observar que la corriente de bajamar partía del extremo sur de la isla mientras que la de pleamar regresaba por el norte, de modo que, no tenía más que dirigirme hacia la punta septentrional de la isla para regresar sin dificultad.

Animado con esta observación, decidí partir a la mañana siguiente con la primera marea. Pasé toda la noche en la canoa, cubierto con el gran capote que mencioné anteriormente y me lancé al mar. Primero navegué un corto trecho rumbo al norte, hasta que me sentí arrastrado por la corriente que iba hacia el este. Esta me impulsó con bastante fuerza, pero no tanta como lo había hecho anteriormente la corriente del sur, lo que me permitió seguir gobernando el bote. Remando enérgicamente, me acerqué a toda velocidad al barco y, en menos de dos horas, llegué hasta él.



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