Robinson Crusoe: 136

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


Sería tan imposible como inútil relatar la cantidad de pensamientos que giraban en mi cabeza esa noche. Repasé toda la historia de mi vida en miniatura o en resumen, como podría decirse, antes y después de mi llegada a la isla.

Al pensar en lo que me había ocurrido desde mi llegada a las costas de esta isla, comparaba la tranquilidad con la que transcurrían mis asuntos durante los primeros años con el estado de ansiedad, miedo y cuidado en el que vivía desde que descubrí la huella de una pisada en la arena. No se trataba de creer que los salvajes no hubiesen frecuentado la isla antes de este descubrimiento; incluso, que no hubiesen venido cientos de ellos hasta la costa, pero como en aquel momento no lo sabía, no sentía ningún temor. Mi satisfacción era total, aunque estuviese expuesto al mismo peligro y me sentía tan feliz de ignorarlo como si, en realidad, no estuviera amenazado por él. En esta situación, mis reflexiones eran fructíferas, en particular, la siguiente: que la Providencia había sido infinitamente buena al imponerles límites a la visión y la inteligencia de los hombres, que aunque caminen en medio de tantos miles de peligros, cuyo conocimiento turbaría su espíritu y abatiría su alma, conservan la calma y la serenidad por el desconocimiento de las cosas que ocurren a su alrededor y los peligros que les acechan.

Después de reflexionar un poco sobre estos asuntos, comencé a considerar seriamente los peligros a los que había estado expuesto durante tantos años en esta isla, la cual había recorrido con toda la seguridad y la tranquilidad del mundo, sin saber que, tal vez, la cumbre de una colina, un árbol gigantesco o la simple caída de la noche, se habían interpuesto entre mí y la peor de las muertes, es decir, caer en manos de los caníbales y salvajes, que me habrían perseguido como a una cabrá o una tortuga, pensando que, al matarme y devorarme, no cometían un crimen mayor que el que yo realizaba al comerme una paloma o un chorlito. Estaría calumniándome a mí mismo si no digo que me sentía sinceramente agradecido a mi divino Salvador, a cuya singular protección, confieso humildemente, debía mi salvación, pues sin ella, habría caído inevitablemente en las despiadadas manos de los salvajes.

Luego de estas consideraciones, comencé a reflexionar sobre la naturaleza de aquellas miserables criaturas, me refiero a los salvajes, y a preguntarme cómo era posible que el sabio Gobernador de todas las cosas, hubiese abandonado a algunas de sus criaturas a semejante inhumanidad, más aún, a algo peor que la brutalidad misma, como es devorar a los de su propia especie. No obstante, como esto no eran más que especulaciones (y, en aquel momento, completamente vanas) me puse a pensar en qué parte del mundo vivían estos miserables, a qué distancia se hallaba la tierra de la que provenían, por qué se aventuraban tan lejos de sus moradas, qué clase de embarcaciones utilizaban y por qué no podía ir hacia donde estaban ellos del mismo modo que ellos venían hasta donde estaba yo.



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