Robinson Crusoe: 137

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


Nunca me detuve a pensar qué sería de mí cuando llegara allí, cuál sería mi suerte si caía en manos de los salvajes, ni cómo podría escapar si me capturaban. Tampoco pensaba en cómo podría alcanzar la costa sin que me vieran, lo que habría sido mi perdición, ni qué hacer, si lograba no caer en sus manos, para procurarme el sustento, ni mucho menos, el rumbo que debía tomar. Ni uno solo de estos pensamientos cruzó por mi mente, dominada por la idea de llegar al continente en mi piragua. Mi situación me parecía la más miserable del mundo y no podía imaginarme nada peor que la muerte. Pensaba que podría llegar al continente, donde, tal vez, hallaría consuelo, o navegar a lo largo de la costa, como lo había hecho en África, hasta llegar a algún lugar habitado, donde pudiese ser rescatado. Después de todo, tal vez encontraría un barco cristiano que me recogiese y, en el peor de los casos, moriría, lo cual pondría punto final a todas mis desgracias. Es preciso advertir que todos estos pensamientos provenían de mi turbación y mi impaciencia, exacerbadas por el recuerdo de los trabajos y las decepciones que padecí a bordo del barco naufragado, donde estuve tan cerca de hallar lo que tanto deseaba: alguien con quien hablar, que me explicara dónde estaba y los medios posibles de liberarme. Por eso digo que todos estos pensamientos me tenían completamente trastornado. Mi calma y mi resignación a los designios de la Providencia, así como mi sumisión a la voluntad del cielo, parecían haberse interrumpido y no hallaba forma de distraer mis pensamientos del proyecto del viaje al continente, que me obsesionaba de tal modo que me resultaba imposible resistirlo.

Durante más de dos horas este deseo me invadió con tanta fuerza que me bullía la sangre y me alteraba el pulso como si el mero fervor de mis pensamientos me hubiese provocado fiebre. Entonces la naturaleza, como agotada y extenuada por mi obsesión, me arrojó en un profundo sueño. Podría pensarse que soñé con todo esto, mas no fue así. Soñé que salía de mi castillo una mañana, como de costumbre, y veía dos canoas en la costa, de las cuales desembarcaban once salvajes que llevaban consigo a otro de ellos, a quien iban a matar para, después, comérselo. De pronto, el salvaje al que iban a sacrificar, daba un salto y huía para salvarse. Me pareció ver en mi sueño que corría hacia la espesa arboleda frente a mi fortificación para ocultarse y, advirtiendo que estaba solo y que los otros no lo buscarían en esa dirección, me presentaba ante él y le sonreía. Entonces se arrodillaba ante mis pies, como pidiendo ayuda y yo le mostraba la escalera y le hacía subir, le llevaba a la cueva y se convertía en mi servidor. Tan pronto tuve a este hombre conmigo, me dije: «Ahora sí puedo aventurarme hacia el continente, pues este compañero me servirá de piloto, me dirá qué debo hacer, dónde buscar provisiones, dónde no debo ir si no quiero ser devorado, hacia qué lugares debo aventurarme y cuáles debo evitar.» En esto desperté y me sentí invadido por la indescriptible sensación de felicidad que me había causado la perspectiva de mi libertad pero al volver en mí y descubrir que no era más que un sueño, me sentí igualmente invadido por la tristeza y el desencanto.

No obstante, llegué a la conclusión de que la única forma de llevar a cabo un intento de huida era con la ayuda de, algún salvaje y, de ser posible, alguno de los prisioneros que los salvajes traían para darles muerte y devorarlos. Más aún quedaba otra dificultad que superar: era imposible ejecutar mi plan sin tener que atacar antes a toda una caravana de salvajes, lo cual suponía un acto desesperado, que podía fracasar. Por otra parte, dudaba mucho de la legitimidad de semejante acto y mi corazón se agitaba ante la idea de derramar tanta sangre, aunque fuera para salvarme. No tengo que repetir los argumentos contra este plan que se me ocurrían, pues son los mismos que he mencionado anteriormente; solo que ahora tenía otros motivos, a saber, que aquellos hombres constituían una amenaza para mi vida y me comerían si tuviesen la oportunidad; que lo único que hacía era protegerme de semejante muerte; que actuaba en defensa propia como si en verdad estuviesen atacándome; y cosas por el estilo. Pero, a pesar de que, como he dicho, tenía todos estos argumentos a mi favor, la idea de derramar sangre humana para salvarme me resultaba tan terrible que no lograba reconciliarme con ella en modo alguno.

Finalmente, después de una prolongada incertidumbre, pues todos estos argumentos se agitaron durante mucho tiempo en mi cabeza, mi vehemente deseo de liberación prevaleció sobre todo lo demás y decidí que, si era posible, echaría mano de alguno de aquellos salvajes a, toda costa. Ahora tenía que pensar en la forma de hacerlo y esto era lo más difícil. Mas, como no se me ocurrió nada, decidí ponerme en guardia y acecharlos cuando desembarcasen, dejando el resto a lo que aconteciese y haciendo lo que las circunstancias requirieran.

Con esta resolución, me dediqué a observar la costa tantas veces como pude, lo cual llegó a causarme una profunda fatiga. Casi todos los días, durante un año y medio, me dirigía a la costa occidental de la isla para observar la llegada de sus canoas pero no aparecieron. Esto me desalentó mucho y comencé a sentir una gran inquietud, aunque en este caso no podía decir, como en ocasiones anteriores, que mi deseo hubiese disminuido en lo más mínimo. Más aún, cuanto más tardaban en llegar, más crecía mi ansiedad. En pocas palabras, mi preocupación inicial de no ser visto por estos salvajes y de evitar que me descubrieran era menor que mi actual deseo de caer sobre ellos.



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