Robinson Crusoe: 139

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


Observé que los dos que sabían nadar, tardaron el doble del tiempo que el otro en atravesar el río. Entonces, presentí, de forma clara e irresistible, que había llegado la hora de conseguirme un sirviente, tal vez, un compañero o un amigo y que había sido llamado claramente por la Providencia para salvarle la vida a esa pobre criatura. Bajé lo más velozmente que pude por la escalera, cogí las dos escopetas que estaban, como he dicho, al pie de la escalera y volví a subir la colina con la misma celeridad, para descender hasta la playa por el otro lado. Como había tomado un atajo y el camino era cuesta abajo, rápidamente me situé entre los perseguidores y el perseguido. Entonces, le grité a este último, que se volvió, tal vez más espantado por mí que por los otros. Le hice señas con la mano para que regresara, mientras avanzaba lentamente hacia los perseguidores. Me abalancé sobre uno de ellos y le hice caer de un culatazo, mas no me atreví a disparar, por miedo a que los demás lo oyesen, aunque, a tanta distancia era poco probable que lo hicieran, y como no podían ver el humo, tampoco habrían sabido de dónde provenía el disparo. Al ver a su amigo en el suelo, el otro perseguidor se detuvo como espantado. Avancé rápidamente hacia él, mas cuando estuve cerca, advertí que me apuntaba con su arco y su flecha y estaba en disposición de dispararme. Me vi obligado a apuntarle y lo maté con el primer disparo. El pobre salvaje fugitivo, se detuvo al ver que sus perseguidores habían sido derribados y matados. Estaba tan espantado por el humo y el ruido de mi arma, que se quedó paralizado y no intentó dar un paso ni hacia adelante ni hacia atrás, a pesar de que parecía más inclinado a escapar que a acercarse. Volví a gritarle y a hacerle señas para que se aproximara, las cuales entendió perfectamente. Entonces, dio algunos pasos y se detuvo, avanzó un poco más y volvió a detenerse. Temblaba como si hubiese caído prisionero y estuviese a punto de ser asesinado como sus dos enemigos. Volví a llamarlo e hice todas las señales que pude para alentarlo. Se fue acercando poco a poco, arrodillándose cada diez o doce pasos, en muestra de reconocimiento hacia mí por haberle salvado la vida. Le sonreí, lo miré amablemente y lo invité a seguir avanzando. Finalmente llegó hasta donde yo estaba, volvió a arrodillarse, besó la tierra, apoyó su cabeza sobre ella y, tomándome el pie, lo colocó sobre su cabeza. Al parecer, trataba de decirme que juraba ser mi esclavo para siempre. Lo levanté y lo reconforté como mejor pude. Pero aún quedaba trabajo por hacer, pues advertí que el salvaje al que le había dado el culatazo, no estaba muerto sino tan solo aturdido por el golpe y comenzaba a volver en sí. Lo señalé con el dedo para mostrarle a mi salvaje que no estaba muerto, a lo que me respondió con unas palabras que no pude comprender pero que me sonaron muy dulces ya que era la primera voz humana, aparte de la mía, que escuchaba en más de veinticinco años. Mas no era el momento para semejantes reflexiones pues el salvaje que estaba en el suelo, se había recuperado lo suficiente como para sentarse y el mío comenzaba a dar muestras de temor. Cuando vi esto, le mostré mi otra escopeta al hombre, haciendo ademán de dispararle. Entonces, mi salvaje, que ya podía llamarle así, me pidió con un gesto que le prestase el sable que colgaba desnudo de mi cinturón. Se lo di y, tan pronto como lo tuvo en sus manos, se abalanzó sobre su enemigo y le cortó la cabeza de un golpe tan certero, que ni el más rápido y diestro verdugo de Alemania, lo hubiese podido hacer mejor. Esto me pareció muy extraño, por parte de alguien que nunca había visto un sable en su vida, a no ser que fuese de madera. No obstante, según supe después, los sables de los salvajes son tan afilados y pesados, y están hechos de una madera tan dura, que pueden tronchar cabezas o brazos de un solo golpe. Hecho esto, el salvaje vino hacia mí sonriendo en señal de triunfo para devolverme la espada y, haciendo gestos que yo no llegaba a comprender, la colocó a mis pies junto con la cabeza del salvaje que acababa de matar.


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