Robinson Crusoe: 147

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


Viernes: Sí, mi nación también come hombres, come todo.

Amo: ¿Dónde los lleva?

Viernes: A otro sitio que piensan. Amo: ¿Vienen aquí?

Viernes: Sí vienen aquí y a otro lugar. Amo: ¿Has estado aquí con ellos?

Viernes: Sí, he estado (y señala el extremo noroeste de la isla, que, al parecer, era su lado).

Así comprendí que mi siervo Viernes había estado antes entre los salvajes que solían venir a la costa, al extremo más remoto de la isla, para celebrar festines caníbales como el que lo había traído hasta aquí. Algún tiempo después, cuando hallé el valor de llevarlo a ese lado, el mismo que ya he mencionado, lo reconoció y me dijo que había estado allí una vez que se habían comido a veinte hombres, dos mujeres y un niño. No sabía decir veinte en inglés, de manera que colocó veinte piedras en fila y las señaló para que yo las contara.

He contado esto a modo de introducción para lo que sigue, pues, después de esta conversación, le pregunté a qué distancia estaba nuestra isla de sus costas y si alguna vez se perdían las canoas. Me respondió que no había ningún peligro, que jamás se había perdido ninguna canoa y que, adentrándose un poco en el mar, por las mañanas, el viento y la corriente se dirigían siempre hacia la misma dirección y, por las tardes, en dirección opuesta.

Comprendí que esto no era otra cosa que las fluctuaciones de la marea pero, más adelante, supe que se originaban en el gran curso y reflujo del poderoso río Orinoco, en cuya boca o golfo se encontraba nuestra isla. También comprendí que la tierra que se divisaba hacia el oeste-noroeste era la gran isla de Trinidad, que estaba al norte de la boca del río. Le hice miles de preguntas sobre el país, los habitantes, el mar, las costas y las naciones vecinas. Me contó todo lo que sabía con la mayor franqueza imaginable. Le pregunté los nombres de los diferentes pueblos de su gente pero no pude obtener otro nombre que el de los caribes, por lo cual inferí que me hablaba de las islas del Caribe, que nuestros mapas sitúan en la región de América que va desde la desembocadura del río Orinoco a la Guayana y hasta Santa Marta. Me dijo que, a una gran distancia, detrás de la luna, es decir, donde se pone la luna, que debe ser al oeste de su tierra, habitaban hombres blancos con barbas como yo y señalaba hacia mis grandes bigotes, que mencioné anteriormente. Me dijo que habían matado a muchos hombres, por lo que pude comprender que se refería a los españoles, cuyas crueldades cometidas en América se habían difundido por todas las naciones y se transmitían de padres a hijos.



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