Robinson Crusoe: 151

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


Nuevamente, me quedé muy sorprendido y esto fue para mí un testimonio de cómo las simples nociones de la naturaleza, si bien dirigen a los seres responsables hacia el conocimiento de Dios y, por consiguiente, al culto u homenaje de ese ser supremo que es Dios, solo una divina revelación puede darnos el conocimiento de Jesucristo y de la redención que obtuvo para nosotros, de un mediador, de un nuevo pacto y de un intercesor ante el trono de Dios. Es decir, solo una revelación del cielo puede imprimir estas nociones en el alma y, por consiguiente, el Evangelio de nuestro señor y salvador Jesucristo, quiero decir, la palabra de Dios, y el espíritu de Dios, prometido a su pueblo para guiarlo y santificarlo, son absolutamente indispensables para instruir las almas de los hombres en el conocimiento salvador de Dios y los medios para obtener la salvación.

Por tanto, interrumpí el diálogo que sostenía con mi siervo y me puse en pie a toda prisa, como si, súbitamente, tuviese que salir. Lo mandé ir muy lejos con cualquier pretexto y le rogué fervientemente a Dios que me hiciera capaz de instruir a este pobre salvaje en el camino de la salvación y guiar su corazón, a fin de que recibiese la luz del conocimiento de Cristo y se reconciliara con Él. Le rogué que me hiciera un instrumento de su palabra para que pudiera convencerlo, abrir sus ojos y salvar su alma. Cuando regresó, le di un largo discurso acerca del tema de la redención del hombre por el Salvador del mundo y de la doctrina del Evangelio, predicada desde el cielo; es decir, del arrepentimiento hacia Dios y de la fe en nuestro bendito Señor Jesucristo. Luego le expliqué, lo mejor que pude, por qué nuestro bendito Redentor no había asumido la naturaleza de los ángeles sino la de los hijos de Abraham y cómo, por esta razón, los ángeles caídos podían ser redimidos, pues Él había venido a salvar solo a los corderos descarriados de la casa de Israel.

Había, Dios lo sabe, más sinceridad que sabiduría en todos los métodos que adopté para instruir a esta pobre criatura y debo reconocer lo que cualquiera podría comprobar si actuara según el mismo principio: que, al explicarle todas estas cosas, me informaba y me instruía en muchas de ellas que antes ignoraba o que no había considerado en profundidad anteriormente pero que se me ocurrían naturalmente cuando buscaba la forma de informárselas a este pobre salvaje. Ahora indagaba estas cosas con mucho más ahínco que nunca antes en mi vida. Así, pues, aunque no sabía si, en realidad, este pobre desgraciado me estaba haciendo un bien, tenía motivos de sobra para agradecer que hubiese llegado a mi vida. Mis penas se hicieron más leves, mi morada infinitamente más confortable. Pensaba que en esta vida solitaria a la que estaba confinado, no solo me había hecho volver la mirada al cielo para buscar la mano que me había puesto allí, sino que, ahora, me había convertido en un instrumento de la Providencia para salvar la vida y, sin duda, el alma a un pobre salvaje e instruirlo en el verdadero conocimiento de la religión y la doctrina cristiana y para que conociera a nuestro Señor Jesucristo. Por eso digo que, cuando reflexionaba sobre todas estas cosas, un secreto gozo recorría todo mi espíritu y, con frecuencia, me regocijaba por haber sido llevado a este lugar, que tantas veces me pareció la más terrible de las desgracias que pudiesen haberme ocurrido.



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