Robinson Crusoe: 165

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


-¿Estás preparado, Viernes? -le pregunté.

-Sí -me respondió.

-Entonces -dije- ¡fuego, en nombre de Dios!, y abrí fuego contra aquellos miserables que estaban espantados. Como nuestras armas estaban cargadas con munición pequeña, tan solo cayeron dos pero había muchos heridos que corrían aullando y gritando como locos, sangrando y gravemente heridos, de los cuales, en seguida cayeron otros tres, pero aún vivos.

-Ahora, Viernes -dije, dejando las escopetas descargadas y cogiendo el mosquete que aún tenía munición-, sígueme.

Así lo hizo y con gran valor. Salí corriendo del bosque, con Viernes pegado a mis talones, y me descubrí. Tan pronto me vieron, grité tan fuertemente como pude y le ordené a Viernes que hiciera lo mismo. Corrí lo más aprisa posible, que por cierto, no era demasiado, a causa del peso de las armas, y me dirigí 'hacia la pobre víctima, que, como he dicho, yacía en la playa, entre el área del festín y el mar. Los dos carniceros que iban a matarlo habían huido ante la sorpresa de nuestro primer disparo, se internaron en el mar, muertos de miedo y saltaron a sus canoas, seguidos por otros tres. Me volví hacia Viernes y le ordené que se adelantara y les disparara. Me comprendió inmediatamente y, corriendo unas cuarenta yardas para estar más cerca, les disparó. Pensé que los había matado a todos, pues los vi caer de un salto en la canoa, pero después vi que dos de ellos se incorporaron rápidamente. No obstante, había matado a dos y herido a un tercero, que yacía en el fondo del bote como si estuviese muerto.

Mientras mi siervo Viernes les disparaba, cogí mi cuchillo y corté los bejucos que sujetaban a la pobre víctima. Una vez desatado de pies y manos, se levantó. Le pregunté en lengua portuguesa quién era y me respondió en latín: «Cristianus.» Estaba tan débil que apenas podía tenerse en pie o hablar. Saqué mi botella del bolsillo y se la di, haciéndole señales de que bebiese. Así lo hizo. Luego, le di un trozo de pan y se lo comió. Entonces, le pregunté de qué país era y me dijo: «Español.» Cuando se hubo reanimado, me mostró, con todas las señas que fue capaz de hacer, lo agradecido que estaba porque le hubiese salvado la vida.

-Señor -le dije con el español que pude recordar-, hablaremos luego pero ahora debemos luchar. Si aún tiene fuerzas, coja esta pistola y este sable y luche.



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