Robinson Crusoe: 169

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14. UN ESPAÑOL Y ALGUNOS INGLESES
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Robinson Crusoe Daniel Defoe


Mi isla estaba ahora poblada y me consideré rico en súbditos. Me hacía gracia verme como si fuese un rey. En primer lugar, toda la tierra era de mi absoluta propiedad, de manera que tenía un derecho indiscutible al dominio. En segundo lugar, mis súbditos eran totalmente sumisos pues yo era su señor y legislador absoluto y todos me debían la vida. De haber sido necesario, todos habrían sacrificado sus vidas por mí. También me llamaba la atención que mis tres súbditos pertenecieran a religiones distintas. Mi siervo Viernes era Protestante, su padre, un caníbal pagano y el español, papista. No obstante, y, dicho sea de paso, decreté libertad de conciencia en todos mis dominios.

Tan pronto acomodé a mis débiles prisioneros rescatados y les di cobijo y un lugar para reposar, me puse a pensar cómo conseguirles provisiones. Lo primero que hice fue ordenarle a Viernes que cogiera un cabrito de un año de mi propio rebaño y lo matara. Le corté el cuarto trasero y lo troceé en pequeños pedazos. Viernes los coció y preparó un plato muy sabroso, puedo aseguraros, de carne y caldo, al que le añadió un poco de cebada y arroz. Como cocinaba siempre afuera, para evitar fuegos en mi muralla interior, lo llevé todo a la nueva tienda y allí puse una mesa para mis huéspedes. Me senté a comer con ellos y traté de animarlos lo mejor que pude. Viernes me servía de intérprete con su padre y con el español, que hablaba bastante bien el idioma de los salvajes.

Después de comer, o más bien, de cenar, le ordené a Viernes que cogiese una de las canoas y fuese a buscar nuestros mosquetes y demás armas de fuego, que por falta de tiempo, habíamos dejado en el lugar de la batalla. Al día siguiente, le ordené que enterrase a los muertos, que estaban tendidos al sol y, en poco tiempo, comenzarían a oler. También le ordené que enterrara los horribles restos del festín bárbaro, que eran abundantes, pues yo no tenía valor para hacer aquello, ni siquiera para verlo si pasaba por allí. Siguió mis órdenes al pie de la letra y borró todo rastro de la presencia de los salvajes, de manera que, cuando volví al lugar, apenas tenía una idea de dónde había ocurrido, a excepción del extremo del bosque que lo señalizaba.

Empecé a conversar un poco con mis dos nuevos súbditos. En primer lugar, le pedí a Viernes que le preguntara a su padre qué pensaba sobre los salvajes que habían escapa do en la canoa y si creía que volverían con un ejército tan grande que no fuésemos capaces de combatir. Su primera opinión fue que aquellos salvajes no habían podido resistir, en semejante bote, una tormenta como la que había soplado toda la noche de su huida y, seguramente, se habían ahogado o habían sido arrastrados hacia el sur hasta otras costas, donde, tan seguro era que serían devorados, como que se ahogarían si naufragaban. No sabía qué harían si llegaban sanos a la costa pero pensaba que estarían tan asustados por la forma en que habían sido atacados y por el ruido y el fuego, que le dirían a su gente que no los habían matado unos hombres sino el rayo y el trueno; y que los dos seres que habían aparecido, es decir, Viernes y yo, no éramos hombres armados, sino dos espíritus o furias celestiales que habían bajado a destruirlos. Sabía esto porque los escuchó gritar en su lengua que era imposible que un hombre pudiese disparar dardos de fuego o hablar como el trueno y matar a distancia, sin levantar la mano. En esto, el viejo salvaje tenía razón, pues luego supe que jamás intentaron regresar a la isla por miedo a lo que aquellos cuatro hombres (que, en efecto, lograron salvarse del mar) les habían contado: que quien fuera a esa isla encantada, sería destruido por el fuego de los dioses.



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