Robinson Crusoe: 170

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


En aquel momento ignoraba esto y, por tanto, vivía continuamente inquieto, haciendo guardias, al igual que el resto de mi ejército. Ahora que éramos cuatro, me atrevía a enfrentarme a un centenar de ellos en cualquier momento. Sin embargo, al cabo de un tiempo, al ver que no aparecía ninguna canoa, fui perdiendo el miedo a que regresaran y volví a considerar mis viejos propósitos de viajar al continente. El padre de Viernes me aseguró que podía contar con el cordial recibimiento de su gente, si decidía hacerlo.

No obstante, tuve que posponer mis planes, después de una seria conversación con el español, en la que me dijo que los dieciséis españoles y portugueses, que habían naufragado y encontrado refugio en esas costas, vivían allí en paz con los salvajes, aunque no sin temer por sus vidas y padecer necesidades. Le pedí que me relatara su viaje y, entonces, supe que viajaba en un barco español fletado en el Río de la Plata con destino a La Habana, donde debía llevar un cargamento de pieles y plata y regresar con las mercancías europeas que pudiesen obtener. Añadió que a bordo viajaban cinco marineros portugueses, rescatados de otro naufragio y que cinco de los suyos habían muerto cuando se perdió la primera embarcación. Los demás, después de infinitos riesgos y peligros, habían logrado llegar, medio muertos, a aquellas tierras de caníbales, donde temían ser devorados de un momento a otro.

Me dijo que tenían algunas armas pero que no les servían para nada, pues no tenían pólvora ni municiones. El mar había estropeado casi toda la pólvora, con la excepción de una pequeña cantidad, que utilizaron al desembarcar para proveerse de alimentos.

Le pregunté si sabía qué sería de ellos o si habían hecho planes para escapar. Me contestó que lo habían considerado muchas veces pero, como no tenían embarcación, ni medios para fabricarla y tampoco tenían provisiones de ningún tipo, sus concilios terminaban siempre en lágrimas y desesperación.



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