Robinson Crusoe: 172

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


Hacía cerca de un mes que vivía con nosotros y, durante todo ese tiempo, yo le había mostrado el modo en que había provisto para mis necesidades, con la ayuda de la Providencia. Sabía perfectamente que mi abastecimiento de arroz y cebada era suficiente para mí, mas no para mi familia, que hora contaba con cuatro miembros. Si venían sus compañeros, que eran catorce, no tendríamos cómo alimentarlos ni, mucho menos, abastecer una embarcación para dirigirnos a las colonias cristianas de América. Por tanto, le parecía recomendable que les permitiera, a él y a los otros dos, cultivar más tierra, con las semillas que yo pudiese darles y que esperáramos a la siguiente cosecha, a fin de tener una reserva de grano para cuando llegaran sus compañeros, pues la necesidad podía ser motivo de discordia o de que sintieran que habían sido liberados de una desgracia para caer en otra peor.

-Usted sabe -me dijo-, que los hijos de Israel al principio se alegraron de su salida de Egipto pero, luego, se rebelaron contra Dios, que los había liberado, cuando les faltó el pan en medio del desierto.

Su razonamiento era tan sensato y su consejo tan bueno, que me sentí muy complacido, tanto por su propuesta como por la lealtad que me demostraba. Así, pues, nos pusimos a trabajar los cuatro, lo mejor que pudimos con las herramientas de madera que teníamos. En menos de un mes, al cabo del cual comenzaba el período de siembra, habíamos labrado y preparado una razonable extensión de terreno. Sembramos veintidós celemines de cebada y dieciséis jarras de arroz, que era todo el grano del que podíamos disponer, después de reservar una cantidad suficiente para nuestro sustento durante los seis meses que debíamos esperar hasta el momento de la cosecha; es decir, los seis meses que transcurrieron desde que apartamos el grano destinado a la siembra, que es el tiempo que se demora en crecer en aquellas tierras.

Siendo una sociedad lo suficientemente numerosa como para no temer a los salvajes, salvo que viniese un gran número de ellos, andábamos libremente por la isla cuando nos apetecía. Nuestros pensamientos estaban ocupados en la idea de nuestra liberación, al menos los míos, pues no podía dejar de pensar en la forma de realizarla. Con este propósito, fui marcando varios árboles que me parecían adecuados para la labor y te ordené a Viernes y a su padre que los cortaran. Al español le encomendé que supervisara y dirigiera estas tareas. Le mostré el esfuerzo ímprobo que me había costado transformar un enorme árbol en una plancha y les ordené que hicieran lo mismo, hasta que produjeran una docena de tablones de buen roble, de unos dos pies de ancho por treinta y cinco de largo y dos a cuatro pulgadas de espesor. Cualquiera puede imaginar el trabajo que costó hacer todo esto.

Al mismo tiempo, me encargué de aumentar todo lo que pude mi pequeño rebaño de cabras domésticas. Con este propósito, el español y yo nos turnábamos diariamente para ir a cazar con Viernes y, de este modo, conseguimos más de veinte cabritos y los criamos con los demás, pues, cada vez que matábamos una madre, cogíamos a los más pequeños y los añadíamos a nuestro rebaño. En eso llegó la época de secar las uvas y colgamos tantos racimos al sol, que, si hubiésemos estado en Alicante, donde se producen las pasas, habríamos llenado sesenta u ochenta barriles. Estas pasas, junto con nuestro pan, constituían nuestro principal alimento, excelente para la salud, os lo aseguro, porque son en extremo nutritivas.



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