Robinson Crusoe: 173

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


Había llegado el tiempo de la cosecha y la nuestra resultó buena. No dio el mayor rendimiento que hubiese visto en la isla pero era suficiente para nuestros propósitos. De los veintidós celemines de cebada que sembramos, obtuvimos más de doscientos veinte y, en igual proporción, cosechamos el arroz. Esto era suficiente para nuestra subsistencia hasta la próxima cosecha, incluso con los dieciséis españoles y, si hubiésemos decidido emprender el viaje, habríamos contado con suficientes provisiones para abastecer nuestro navío e ir a cualquier parte del mundo, es decir, a América.

Cuando hubimos recogido y asegurado nuestro grano, nos dispusimos a hacer más cestos en los que guardarlo. El español era muy hábil y diestro en este menester y, a menudo, me recriminaba que no utilizara más este recurso pero a mí no me parecía necesario.

Ahora teníamos suficiente comida para los invitados que esperaba y le dije al español que fuera al continente para ver qué podía hacer por los que estaban allí. Le di órdenes estrictas de no traer a ningún hombre que antes no hubiese jurado por escrito, en su presencia y la del viejo salvaje, que jamás le haría daño ni atacaría a la persona que estaba en la isla y que, tan generosamente, le había rescatado; que la apoyaría y la protegerían de cualquier atentado de este tipo y se sometería totalmente a sus órdenes, donde quiera que fuese. Esto lo pondrían todos por escrito y lo firmarían con su puño y letra, mas nadie se preguntó cómo lo harían, si no disponían de tinta ni plumas.

Con estas instrucciones, el español y el viejo salvaje, el padre de Viernes, zarparon en una de las canoas en las que vinieron, los trajeron, más bien, como prisioneros para ser devorados por los salvajes.

Le di a cada uno un mosquete con balas y cerca de ocho cargas de pólvora, encomendándoles que cuidaran muy bien de ellos y no los utilizaran a menos que fuese urgente.

Todos estos preparativos me resultaban muy agradables, pues eran las primeras medidas que tomaba con vistas a mi liberación en veintisiete años y unos días. Les di suficiente pan y pasas para que pudiesen abastecerse durante varios días y abastecer a sus compañeros durante otros ocho días. Y, deseándoles un buen viaje, los vi partir, acordando que, a su regreso, harían una señal para que yo pudiese reconocerlos antes de llegar a la orilla.



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