Robinson Crusoe: 182

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15. ROBINSON LOGRA SU LIBERTAD
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Robinson Crusoe Daniel Defoe


Solo restaba que el capitán y yo nos contáramos nuestras respectivas circunstancias. A mí me tocó empezar y le conté toda mi historia, que él escuchó con mucha atención, e incluso asombro, en especial, la forma milagrosa en la que había conseguido provisiones y municiones. Como toda mi historia es un cúmulo de milagros, quedó profundamente sobrecogido. Mas, cuando se puso a reflexionar sobre sí mismo y consideró que yo había sido salvado en este lugar para salvarle la vida, comenzó a llorar y no pudo seguir hablando.

Finalizada esta conversación, le conduje junto con sus dos hombres a mi habitación, llevándolos por donde yo había salido, es decir, por lo alto de la casa. Allí les brindé todas las provisiones que tenía y les mostré los inventos que había realizado en mi larga estancia en este lugar.

Todo lo que les mostraba, y les decía, los dejaba profundamente admirados pero, sobre todo, el capitán se quedó muy sorprendido ante mi fortificación y el modo en que había logrado ocultar mi vivienda entre el bosquecillo. Como hada más de veinte años que lo había plantado y, como allí los árboles crecían mucho más rápidamente que en Inglaterra, se había convertido en un frondoso bosque, M posible de atravesar por ninguna de sus partes, excepto por un costado en el que había un tortuoso pasadizo. Le dije que aquel en mi castillo y mi residencia pero que además tenía una residencia de descanso en el campo, como la mayoría de los príncipes, donde podía retirarme de vez en cuando. Le dije que se la mostraría cuando tuviera ocasión pero que, ahora, teníamos que ocuparnos de ver cómo recuperar el barco. Estuvo de acuerdo conmigo pero me, confesó que no tenía idea de cómo hacerlo, pues aún quedaban veintiséis hombres a bordo, que habían participado en una conspiración maldita, y que, a estas alturas, no estarían dispuestos a renunciar a ella. Seguirían, pues, adelante, sabiendo que, si eran derrotados, serían llevados a la horca tan pronto llegaran a Inglaterra o a cualquiera de sus colonias. Por lo tanto, nosotros, siendo tan pocos, no podíamos atacarlos.

Me quedé pensando largamente en lo que me había dicho y me pareció que sus opiniones eran sensatas. Teníamos que pensar rápidamente en la forma de atacar por sorpresa a la tripulación o de evitar que cayeran sobre nosotros y nos mataran. De pronto, se me ocurrió que, en poco tiempo, la tripulación empezaría a preguntarse qué les habría ocurrido a sus compañeros que habían salido en la chalupa y, sin duda, vendrían a tierra a buscarlos, seguramente armados; y con fuerzas superiores a las nuestras. Al capitán le pareció que esta presunción era razonable.

Entonces, le dije que lo primero que debíamos hacer era evitar que se llevaran la chalupa, que estaba en la playa, vaciándola para que no pudieran utilizarla. Así, pues, nos dirigimos a la barca y retiramos las armas que aún quedaban a bordo y todo lo que encontrarnos: una botella de brandy y otra de ron, algunas galletas, un cuerno de pólvora y un gran terrón de azúcar envuelto en un trozo de lienzo. Todo lo recibí con agrado, en especial, el brandy y el azúcar, que no había probado durante años.



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