Robinson Crusoe: 187

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


Apenas advertí que se dirigían a la playa, imaginé lo que, en efecto, ocurría: habían abandonado la búsqueda y se preparaban para regresar. Le comuniqué mis pensamientos al capitán, que se quedó como aterrado. Más, en seguida se me ocurrió una estratagema para traerlos de vuelta, que respondía cabalmente a mis necesidades.

Ordené a Viernes y al segundo de abordo que cruzaran el pequeño río en dirección al oeste, hacia el lugar donde desembarcaron los salvajes la noche en que Viernes fue rescatado. Cuando llegaran a un pequeño promontorio que estaba como a media milla, gritarían lo más fuertemente que pudieran y esperarían hasta que los marineros los oyeran. Después que les hubiesen contestado, debían regresar, manteniéndose ocultos y respondiendo a sus gritos, a fin de adentrarlos lo más posible en el bosque, dando un largo rodeo por ciertos caminos que les señalé, hasta llegar a donde estábamos nosotros.

Los marineros estaban llegando al bote cuando Viernes y el segundo de abordo comenzaron a aullar. Los escucharon y, en el acto, les contestaron y comenzaron a correr a lo largo de la costa en dirección oeste, hacia el lugar de donde provenía la voz. Se detuvieron cuando llegaron al río pues estaba demasiado crecido en ese momento como para cruzarlo. Entonces, llamaron a los que estaban en la chalupa para que se llegaran hasta allí y les ayudaran a cruzar, tal y como yo lo esperaba.

Cuando alcanzaron la otra orilla, observé que la chalupa se había internado un buen trecho en el río y había llegado a una especie de puerto en la tierra. Uno de los tres hombres que iban a bordo se unió a los demás, dejando a los otros dos a cargo de ella, después de amarrarla al tronco de un pequeño árbol que estaba en la orilla.

Esto era lo que yo esperaba, así que dejé a Viernes y al segundo de abordo a cargo de su parte. Yo me fui con los otros y, cruzando la ensenada sin ser vistos, sorprendimos a los dos hombres antes de que pudiesen darse cuenta; uno de ellos estaba acostado en el bote y el otro, en la playa. El que estaba acostado en la playa parecía estar entre dormido y despierto y cuando se fue a poner de pie, el capitán, que iba delante, se abalanzó sobre él y lo derribó. Entonces, le gritó al que estaba en la chalupa que se rindiera o sería hombre muerto.

No eran necesarios demasiados argumentos para que un hombre solo se rindiera frente a cinco, cuando su compañero se hallaba derribado en el suelo. Además, al parecer, este era uno de los tres que no había participado activamente en el motín, como el resto de la tripulación, por lo que, pudimos persuadirlo fácilmente, no solo de rendirse, sino de unirse sinceramente a nosotros.



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