Robinson Crusoe: 188

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


Mientras tanto, Viernes y el segundo de abordo cumplían cabalmente su misión con los demás marineros. Gritando y aullando, los condujeron de colina en colina y de bosque en bosque hasta dejarlos, totalmente agotados, en un lugar tan apartado, que les sería imposible regresar a la chalupa antes del anochecer. En verdad, ellos mismos estaban extenuados cuando se reunieron con nosotros.

No podíamos hacer más que espiarlos en la oscuridad para poder atacarlos con éxito. Habían transcurrido varias horas desde que Viernes se había reunido con nosotros cuando los marineros llegaron a la chalupa. Desde lejos, podíamos escuchar a los que venían delante diciéndoles a los demás que apuraran el paso, a lo que estos respondían quejándose y diciendo que estaban tan fatigados que no podían hacerlo. Esto nos alegró mucho.

Finalmente, llegaron a la chalupa. Sería imposible describir la confusión que sintieron al verla en seco, pues la marea había bajado, y no hallar a sus dos compañeros. Llamaban a uno y otro de una forma que daba pena y se decían que se encontraban en una isla encantada; que si estaba habitada por hombres, serían asesinados, y si lo que había eran demonios o espíritus, serían raptados y devorados.

Se pusieron a gritar nuevamente y a llamar a sus compañeros por sus nombres pero no obtuvieron respuesta. Poco después a pesar de la poca claridad, pudimos ver que corrían de un lado a otro, retorciéndose las manos, como enloquecidos. Se sentaban un momento en la chalupa a descansar y luego volvían a la playa, y así estuvieron mucho rato.

Mis hombres estaban deseosos de que les diera la orden de atacarlos, aprovechando la oscuridad, pero yo quería esperar la ocasión más ventajosa, a fin de que muriera la menor cantidad de gente posible. En particular, quería proteger a mis hombres pues sabía que los marineros estaban bien armados. Decidí esperar, por ver si se separaban y, para protegernos de ellos, acercamos nuestra emboscada. Le ordené a Viernes y al capitán que se arrastraran a gatas, lo más agachados que pudieran para no ser descubiertos y se aproximaran al enemigo antes de atacarlo.

Llevaban poco tiempo en esta posición cuando el contramaestre, que había sido el líder del motín y ahora se mostraba corno el más cobarde y desesperado de todos, se acercó hasta donde se hallaban mis hombres con dos miembros de la tripulación. El capitán estaba tan impaciente de ver casi en su poder al principal culpable, que apenas podía esperar a acercarse para asegurar el golpe. Hasta ese momento, solo habían podido escuchar su voz pero cuando los tuvieron a tiro, Viernes y el capitán se pusieron en pie de un salto y abrieron fuego sobre ellos.



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