Robinson Crusoe: 191

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


Aunque todo esto era una ficción, surtió el efecto que esperaba. Atkins cayó de rodillas y le suplicó al capitán que intercediese por él ante el gobernador. Los demás le pidieron en nombre de Dios que no los enviase a Inglaterra.

Se me ocurrió entonces que el momento de nuestra liberación había llegado y que resultaría muy fácil hacer que aquellos hombres rescataran el navío. Me retiré a la oscuridad, para evitar que se dieran cuenta de la clase de gobernador al que estaban sometidos, y llamé al capitán para que se acercase hasta donde yo estaba. Como me encontraba a gran distancia, uno de los míos se ocupó de llevarle la orden.

-Capitán -le dijo-, el gobernador os reclama. El capitán respondió:

-Decidle a Su Excelencia que voy de inmediato.

Esto les sorprendió y, sin duda, creyeron que el comandante estaba allí con sus cincuenta hombres.

Cuando el capitán se me acercó, le expliqué mi plan para tomar el barco. Le pareció estupendo y decidió ponerlo en práctica a la mañana siguiente.

Más, para ejecutarlo con mayor eficacia y asegurarnos el éxito, le dije que debíamos dividir a los prisioneros. Atkins y otros dos de los más peligrosos debían ser atados y llevados a la cueva donde se encontraba el resto. Esta tarea le fue encomendada a Viernes y a dos de los hombres que habían desembarcado con el capitán.

Los llevaron a la cueva, como si fuese a una prisión, que, ciertamente, era un lugar terrible para unos hombres en semejante condición.

Ordené que los otros fueran encerrados en mi casa de campo, como solía llamarla, la cual he descrito en detalle. Como estaba cerrada y ellos estaban atados, resultaba muy segura, teniendo en cuenta que debían comportarse bien.



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