Robinson Crusoe: 207

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Robinson Crusoe Daniel Defoe


De este modo, salí de Lisboa y, como estábamos todos bien montados y armados, formábamos una pequeña tropa, de la cual tuve el honor de ser designado capitán, no solo por ser el mayor, sino porque tenía dos criados y era el promotor del viaje.

Así como no he querido aburriros con mi diario de mar, tampoco quisiera hacerlo con el de tierra, aunque durante este largo y difícil trayecto, nos acontecieron algunas aventuras que no debo omitir.

Cuando llegamos a Madrid, siendo todos extranjeros en España, decidimos quedarnos algún tiempo para ver las cortes de España y todo aquello que fuese digno de verse. Como estábamos a finales del verano, decidimos apresurarnos y salimos de Madrid hacia mediados de octubre. En la frontera con Navarra, en varios pueblos nos dijeron que había caído tal cantidad de nieve en el lado francés de las montañas, que muchos viajeros se habían visto obligados a regresar a Pamplona, después de haber intentado proseguir su camino con grandes riesgos.

Cuando llegamos a Pamplona, confirmamos lo que nos habían dicho. A mí, que siempre había vivido en un clima cálido, en el cual apenas podía tolerar las ropas, el frío se me hacía insoportable. En realidad, a todos nos resultaba más penoso que sorprendente sentir el viento de los Pirineos, tan frío e intolerable, que amenazaba con congelarnos las manos y los pies; sobre todo, cuando hacía apenas diez días que habíamos salido de Castilla la Vieja, donde no solo hacía buen tiempo, sino calor.

El pobre Viernes se asustó verdaderamente cuando vio aquellas montañas, cubiertas de nieve y sintió el frío, pues eran cosas que jamás había visto ni sentido en su vida.

Para empeorar las cosas, cuando llegamos a Pamplona, siguió nevando con tanta violencia e intensidad, que la gente decía que el invierno se había adelantado. Los caminos, que de por sí eran difíciles, se volvieron intransitables. En pocas palabras, la nieve era tan densa en ciertos lugares, que resultaba imposible pasar y, como no se había endurecido, como en los países septentrionales, se corría el riesgo de morir enterrado en vida a cada paso. Permanecimos no menos de veinte días en Pamplona, donde advertimos que se aproximaba el invierno y que el tiempo no iba a mejorar, pues se trataba del invierno más severo que podía recordarse en toda Europa. Propuse que fuésemos a Fuenterrabía y de allí, tomásemos el barco para Burdeos, que solo era una travesía corta por mar.



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