Sancho Saldaña (Versión para imprimir)

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Capítulo I
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Sancho Saldaña José de Espronceda


En resolución él mostraba en su apostura que si estuviera bien vestido
le juzgaran persona de calidad y bien nacida.

Las barbas y los cabellos
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
tiénelos fasta la cinta,
fasta la cinta y aun mase;
la cara mucho quemada
del mucho sol y del aire,
con el gesto demudado
muy fiero y espantable.
ANÓNIMO, Romance del conde Dirlos.


Serían las tres de la tarde un día del mes de agosto cuando un mozo de apariencia pobre y en traje muy derrotado, después de haber atravesado el arenoso pinar de Olmedo, se sentó a las frescas orillas del río Adaja al pie de un árbol que sombreaba la corriente y convidaba a descansar. Parecía ser de edad de dieciocho años, y aunque el polvo del camino y el calor del sol le traían algo desfigurado, su mirada era alegre, su semblante noble y su cuerpo airoso, siendo este elogio tanto más justo cuanto menos su traje y adornos le ayudaban a merecerlo. Traía un coleto de ante tan acuchillado, roto y mugriento, que apenas se conocía de qué era; una sobrevesta que había sido de color verde, y de que aun quedaban algunos jirones raídos; un sombrero tejido de hojas de árboles, las piernas y pies descalzos y una lanza en la mano derecha, que tal parecía el palo de que venía armado, y que tenía por contera un regatón de hierro.

-Veamos -dijo al sentarse- si aun aquí dentro del agua me mortifican también estos malditos tábanos que me persiguen.

Y entró ambos pies en el agua hasta la rodilla con mucho cuidado de no mojarse el vestido, como si lo tuviera en mucha estima y no quisiera echarlo a perder. Luego que se refrescó del fuego de las arenas y repuso de las picaduras de los tábanos, sacó un pañizuelo blanco muy limpio de un zurrón que traía, pero tan desgarrado y abierto por tantas partes que por la más pequeña le cabía el puño. Tendiólo sobre la hierba a guisa de servilleta, y exclamó:

-¡Oh cara camisa mía, que por tanto tiempo fuiste mi más íntima amiga, y que tan aficionado me tenías que siempre te quise tener conmigo y te traje tan a raíz de mi carne por tanto tiempo! ¡A qué punto hemos llegado, amada camisa mía, que cuando creí que de tanto andar juntos y tan apegados te habrías convertido en mi propia carne, y que éramos los dos uno mismo, hallé que de tus anchos y espaciosos vuelos no quedaba ya otra cosa que este pedazo que encontré a duras penas buscándote por mi cuerpo, y que ha venido a parar en mantel a cuenta de tus servicios! Omnia moriuntur, como decía el abad de Benedictinos que me crió. Consuélate, que por ti no se dirá al menos de tu amo que no come pan a manteles; consuélate, celosía de mis manjares, pues tal te puedo llamar, que eres más transparente que el cristal, más diáfana que el aire, y tienes más heridas que el guerrero más veterano y acreditado.

Mientras apostrofaba de esta manera al triste resto de su malograda camisa, iba sacando del alforja las consumidas y poco apetitosas viandas que llevaba para el camino, y se entretenía en colocarlas con el mejor orden, simetría y cuidado que le era posible. Consistía su repuesto en dos o tres mendrugos de pan algún tanto petrificados, un pedazo de queso ovejuno no muy tierno tampoco, dos o tres tomates crudos y una bota de vino blanco, aunque más llena de aire, al parecer, que de vino. Sacó tras esto un estoque, que no era menos larga la navaja que le servía, contempló un rato con muestras de mucho gusto la armonía y distribución de sus platos, y empezó su ocupación gastronómica con aire desenfadado y apetitoso.

-Algo rebelde te encuentro -dijo al dar una dentellada en uno de los mendrugos, y que él presumió que le costaba un diente-; no creí -prosiguió- que después de quince días que te llevo en mi compañía, y cuando más amañado y suave de trato debía encontrarte, te hallase cada vez más duro de corazón y menos sociable. Pero yo te castigaré, y haré ver hasta dónde raya mi valor y tu presunción.

Dicho esto clavó el diente a modo de perro de presa en el endurecido mendrugo, quedando indecisa la victoria por un momento, hasta que al fin el ruido de los demolidos coscurros, y el simultáneo movimiento de las poderosas quijadas, la declararon por el mancebo, que no satisfecho con este importante triunfo, siguió con el mayor denuedo hasta sepultar en su vientre desde el primero hasta el último de sus enemigos. Concluida esta operación, y si no satisfecho su apetito, aliviada su necesidad, se echó al río de bruces y bebió agua: lió en seguida el mantel, tentó la bota, y viendo que estaba vacía dio un suspiro y, doblándola, la guardó en el zurrón con los demás utensilios de su comida. Tomó en seguida unas hojas de un libro manuscritas de buena letra en latín en que venía envuelto el queso, tendióse a la larga sobre la hierba, y empezó a deletrear a voces como es uso de mal lector.

Luego que hubo leído un rato exclamó:

-¿Y qué quiere decir todo esto? ¿Y es posible me haya costado tanto azote, y al fin y al cabo no haya podido el buen abad salirse con la suya de que yo aprendiera? Aunque a decir verdad, yo creo que él no sabía mucho más de lo que me ha enseñado. ¡Oh vida regalada del monasterio! ¡Cuántas veces te echo de menos! Sólo por aquello de dulces, exubiae dum fata Deusque sinebant, como repetía el buen abad cuando me regalaba el rostro con alguna palmada, y no de las más suaves, en prueba de su cariño; sólo por eso conservo estas pocas hojas, de que no he podido aún entender la primera llana, y por lo que me imagino, y no sin razón, que tampoco entenderé la última. Pero, en fin, basta de lectura, y durmamos un poco hasta que caiga la tarde y me pueda aprovechar del fresco para seguir mi camino.

Diciendo esto se cubrió el rostro con el sombrero, y de allí a poco empezó a roncar con tanta fuerza y estrépito, que su ronquido bastaría a despertar los siete durmientes y aun a hacer levantar los muertos el día del Juicio final.

Era entonces la hora de la siesta, y el sol en toda su fuerza abrasaba los extendidos campos de Castilla, que si bien más poblados en aquellos tiempos, no por eso los hacía menos áridos la sequedad propia de la estación, y sobre todo desde Olmedo a Cuéllar, que era el camino que a lo que parecía llevaba nuestro galán. Un bosque de pinos cubre aún hoy día este camino arenoso, en que se hunde a veces la pierna hasta la rodilla, y donde el sol, quebrando sus rayos en cada grano de arena, reverbera del suelo con un esplendor tal que deslumbra, dobla calor y aumenta el cansancio y la fatiga del caminante. Sólo se oye el chirrido cansado de la chicharra y el zumbido monótono de los tábanos; y si algún soplo de viento viene acaso a mecer la copa de un pino, cuando el viajero abre los secos labios con ansia para recogerlo, respira el viento abrasado de los desiertos o un cierzo de fuego que le consume de sed y le quema en vez de regalarle con su frescura.

Tres ríos, si tal nombre merecen tres arroyos algo crecidos, dividen este camino a corta distancia unos de otros, que los naturales distinguen con los nombres de Adaja, Pirón y Cega, siendo este último la línea o frontera que separa las tierras del castillo de Iscar de las de Cuéllar. El Adaja, vadeable aun en invierno, y última linde de Olmedo a Iscar, moja humildemente esta tierra, que se lo sorbe; pero en sus sombrías orillas, cubiertas de frondosos árboles, se respira ya aire más fresco, y ofrece una isla de verdura en medio de aquel desierto.

En sus riberas, pues, como hemos dicho, descansaba nuestro desembarazado mozo de la penosa marcha que había traído, y no haría aún media hora que dormía a pierna suelta cuando sintió una cosa fría que, levantando el sombrero que le tapaba la cara, se refregaba contra él, al mismo tiempo que un peso en el pecho, que se removía. Abrió los ojos, y vio que era un perro mastín de gran tamaño y adornado de sus carlancas, que, después de haber satisfecho su sed en el río, se había llegado a olerle, y le afirmaba las manos en el pecho mientras le humedecía el rostro con el hocico.

-Voto al perro, y mal año para tu amo -gritó con enfado de verse despertar tan fuera de sazón-. ¡Quítate! -y lo empujó al mismo tiempo con fuerza echando mano al desmesurado bastón que hemos tratado de describir.

El perro se retiró atrás dos o tres pasos gruñendo como preparándose para embestirle, y el mozo, ya puesto en pie, enarboló el palo en alto y aguardó a su enemigo con resolución. En esta actitud estaban frente a frente careados, cuando la voz de un hombre y un silbido llamó la atención del mastín, haciéndole mudar de intento, y de allí a poco volvió tranquilamente hacia su señor, que saliendo de entre los árboles descubrió una facha tan rústica y salvaje, que no dejó de sorprender a nuestro campeón.

Era de poca estatura, cuadrado, ancho de espaldas y muy fornido de miembros: sus brazos, que llevaba desnudos, estaban cubiertos de un vello tan espeso, largo y cerdoso, que parecía crines; las piernas arqueadas, sus maneras bruscas, su pelo y barba negros, siendo ésta tan poblada, crecida y rizada que le cubría todo el rostro, sin dejar ver en él más que dos ojos grandes y verdes que parecía que lanzaban rayos, y acaso de tiempo en tiempo dos hileras de dientes blancos como el marfil y tan juntos que parecían uno solo. No obstante aunque su traza imponía, y aun podría decirse asustaba, no se sentía al verle aquel horror que inspira la vista de un animal feroz, y en la viveza y valentía de sus ojos se notaban quizá más señales de nobleza que de crueldad. Traía vestido un sayo baquero y abarcas por zapatos; llevaba en la mano izquierda un arco y algunas flechas suspendidas de un cinto de cuero, que le aseguraba asimismo un hacha de armas de dimensión disforme y extraordinario peso, y pendiente de una cuerda que le rodeaba los hombros colgaba a su espalda una bocina o cuerno de cazador.

Todo esto vio y observó el roto mancebo, dudando si se pondría en defensa, o huiría, o le aguardaría con tranquilidad. El primer pensamiento le pareció perjudicial y disparatado, considerando la desigualdad de sus armas; el segundo casi le pareció mejor, pero viendo que el recién venido no hacía movimiento ninguno ofensivo, y que muy lejos de eso le había evitado la riña con el mastín, se determinó a esperarle a pie firme.

El perro entre tanto llegó coleando a su amo, que alargándole la mano y pasándosela por el lomo, le dijo:

-Sagaz, ¿quién diablos te manda meterte con un hombre dormido? No te tengo yo enseñado a tan poca cosa. Serénate, muchacho -añadió, acercándose al derrotado y descubriendo con una sonrisa irónica el marfil de su dentadura-, que no parece sino que ibas a venir a las manos con un león, según lo alborotado que te pusiste.

-No me alboroto yo por tan poco, y aunque el gozquejo es de buen tamaño, no sé cómo le hubiera ido si le hubiese arrimado yo la punta de mi bastón.

-Quizá mejor que a ti -repuso el de la barba negra-, porque no hubiera encontrado en qué morder sino en la carne, según lo ligera y escasamente que vas vestido.

-Es el mejor traje de verano que tengo -replicó el mancebo con desenfado.

-Y el que más generalmente te pones todos los días, a falta de otro mejor -repuso el otro con sorna.

-Me he dejado el equipaje ahí cerca por caminar más a gusto -respondió sin cortarse el derrotado mozo.

-Pareces arriscadillo y resuelto -contestó el recién venido en el mismo tono.

-Quizá más de lo que tú crees -le contestó el mancebo.

-¿Y hacia dónde se camina tan a la ligera, señor galán? -preguntó el de la barba negra.

-Pregunta es esa -repuso el mozo- sobre que es necesario pensar mucho antes de responder, y todo lo que yo puedo decirte es que el fin de mi camino será donde yo me pare, y que el lugar donde me quede será donde me vaya bien y encuentre en qué ejercitar mis talentos.

-Según eso, no llevas otro camino que el que te dé tu buena o mala ventura, y si aquí mismo se te ofreciese un acomodo tal como tú deseas, aquí mismo te quedarías.

-Ciertamente -repuso el mozo-, aunque a decir verdad no sé qué comodidad puede hallar un hombre como yo en medio de este desierto.

-Puede hallar -replicó el Velludo- una colocación libre y honrosa que le ponga al igual de los señores más poderosos, y aun le dé derecho a veces para alternar con ellos; puede hallarla tal, si le sopla el viento de la fortuna, que llegue a ser él mismo un señor, y a tener castillos, ejércitos y vasallos.

-¡Brillante colocación, amigo mío! -respondió el derrotado-. Pero ¿no podía yo saber qué género de talento es preciso para entregarse con fruto a ocupación de tanta monta y tan productiva?

-No hay duda, pero antes es necesario que sepa yo quién eres, qué papel has representado en el mundo, cuál es tu inclinación decidida y cuáles tus más aventajados talentos, que puesto que me pareces mozo de disposición, todavía necesito examinarte más antes de darte tan honroso cargo.

-Si no viera que habláis con seriedad -repuso el mancebo-, dudaría de lo que me decís, porque a calcular por vuestra apariencia (y esto sea dicho salvo el respeto que me inspira ese colgajo de hierro que lleváis al cinto), no promete vuestra traza más ventajas al que vuestra señoría proteja que ofrece la mía (sin faltar sea dicho al respeto que merecéis) -y esto dijo echándole una mirada picaresca de la cabeza a los pies, y concluyó su discurso con una profunda inclinación jocoseria.

El hombre de la barba negra se sonrió y le miró como agradado de su desenvoltura, y dándole una palmada en el hombro le dijo:

-¡Pobre niño! ¡Cómo se conoce que aún no has visto el mundo sino por un agujero, como se suele decir, y que juzgas sólo por las apariencias, sin considerar que si yo te juzgase por la tuya te propondría en mi imaginación para empleo de tanta importancia! ¡Pobre niño! No sabes tú con quién hablas; si lo supieras temblarías en mi presencia en vez de bufonear.

-Todo puede ser -contestó el roto-, pero desde que dejé de oír en boca del abad de Benedictinos la cruel máxima de que la letra con sangre entra no he vuelto a temblar nunca, excepto cuando me acuerdo de la sangre fría y cachaza con que ponía en ejecución su inexorable sentencia.

-Pues tengamos paz si es así -dijo el del hacha-, porque si un abad te hacía temblar con sus máximas, yo tengo algunas que si te las dijese parecería que te habías quedado de pronto sujeto a convulsiones y perlesías, y así repito que tengamos paz, y sentémonos sobre la hierba, donde me contarás tus hazañas, y veré si eres digno del empleo en que he pensado ocuparte.



Y diciendo y haciendo se sentó, y tirándole del brazo con fuerza obligó a nuestro mozo a que se sentase a su lado. La impresión de la mano del de la barba negra en el brazo del derrotado, dándole una alta idea de su musculatura, le quitó la gana de chancearse, y el tono con que pronunció su amenaza le pareció que tenía un no sé qué de verdad tan expresivo, que le infundió cierto respeto y le llenó de consideración hacia su persona.

-Pídoos porción -le dijo- si os he tratado con demasiada libertad, pero mi buen humor es tal, que cuando no tengo de quién, hasta de mí mismo me burlo.

-Basta ya -le respondió el de la barba- y dime cómo te llamas, que me parece que me has de acomodar para mi servicio.

Volvióle a mirar el mozo, y no le pareció hombre de muchos criados el que se le proponía por amo; pero el respeto que le inspiraba le impidió hacer más observaciones, y empezó su historia de esta manera:

-Yo me llamo Usdróbal, soy natural de León y nunca he conocido a mis padres; cuando tuve uso de razón me hallé recogido en un convento de monjes Benedictinos y al cargo de un abad que se empeñó en enseñarme a leer y en que aprendiese latín. Aunque mi talento era despejado a voto de aquellos padres, yo era más inclinado al juego que no al estudio. Y como me empeñé en no aprender, me salí con la mía, y con la de no entrar en la regla, que era el piadoso intento de mi maestro. Dios me llamaba a mí por diferente camino, y así mi primera hazaña fue convertir en pájaras y otras transformaciones las hojas de una biblia que había costado diez años de trabajo a un copista, y que hallé en la celda del buen abad. Costóme esta diversión tanto azote, que tomé odio a los libros, y de aplicado que podría haber sido llegué a aborrecerlos con tanto ahínco, que determiné no volver a abrir ninguno más en mi vida, más que me fuese en ello toda mi fortuna y mi bienestar.

»Tenía yo doce años, y era lo que se llama una alhaja; llevaba regularmente dos palizas al día, robaba cuanta fruta había en la huerta y hacía más daño que la langosta; bebía el vino de la bodega, y siempre estaba haciendo diabluras o meditándolas. Si entraba en la cocina, me entretenía en echar ceniza en las ollas, y me reía de los gritos del cocinero y de los gestos de los buenos padres; echaba sal en las camas para que no pudieran dormir, tocaba las campanas a vuelo cuando estaban, a mi entender, en la mejor parte de su descanso; perseguía cuantos animales había en el convento, desde la cuadra hasta el gallinero, y, por último, hasta el respetable abad no se halló tampoco exento de mi jurisdicción.

»Juntábame yo con otros chicos de mi edad, que si no eran de lo mejor, eran al menos de lo más malo, y como para sus empresas y las mías necesitábamos dinero, y yo siempre he tenido altos pensamientos, pagaba por todos y buscaba para todos lo necesario. El bolsillo del abad me parecía a mí inagotable, y así por esto como por las razones ya dichas le hacía yo frecuentes sangrías, hasta que le forcé a guardarlo y le puse sospechoso de todo el mundo. Viéndome ya sin tesoro, pasé de caballero a mercader, quiero decir que vendía lo que topaba en su celda, amén de lo que podía extraer de la despensa cuando el despensero se descuidaba. Creía yo inocentemente que aquellos buenos padres no se enfadarían conmigo por tal cual friolera que a mí me pareciese bien y me conviniera para mi uso; pero me engañé, porque habiéndome atrapado en una de estas travesurillas, me llevaron a la celda del padre abad, que me echó un largo discurso sobre los inconvenientes que traía para el cuerpo y el alma el feo vicio del robo, y me hizo sentir en seguida los que traía para el cuerpo mandándome coger por cuatro robustos legos, quienes, a pesar de mis gritos, patadas y mordiscos, me molieron a azotes, encerrándome, además, en un sótano, de donde no salí sino para dejar el convento, aunque esto no fue hasta que encojé las mulas de la labor y satisfice mi venganza como mejor pude y me pareció.

-No me disgusta el principio -interrumpió el del hacha-, y para tan niño hiciste cuanto se podía esperar de un muchacho bien inclinado. Supongo que no sólo te saldrías del convento, sino del pueblo.

-Así fue -continuó Usdróbal-; no bien había vuelto las espaldas al claustro, cuando, sin saber a dónde iba, eché a correr por los campos, y no paré hasta que, fatigado de andar, y no viendo dónde recogerme por ser ya entrada la noche, empecé a afligirme, me recosté contra un árbol y me eché a llorar. Ya estaba yo pesaroso y arrepentido de lo que había hecho, y no sabía si volver al convento y pedir por caridad que me recogiesen o qué hacer de mí sin conocer el mundo, muerto de hambre, solo y en medio de un monte; pero el temor de ser desollado vivo por mis hazañas y la imagen de los cuatro legos se me presentó tan al vivo, que deseché al momento esta idea como un mal pensamiento, y resolví morir primero que verme otra vez objeto triste de su injusto resentimiento. Aunque no había dormido casi nada la noche antes, ocupado en mis venganzas, y había caminado sin descansar todo el día, el hambre había desterrado el sueño de mis ojos de tal manera que los tenía más abiertos que una liebre, y todo era acordarme de la buena mesa que había perdido, y de la imposibilidad en que me hallaba de cenar por entonces y aun de comer en mucho tiempo, a lo que yo, no sin pesadumbre, me imaginaba.

»Estando en estos melancólicos pensamientos y registrando a un lado y otro por si veía alguna luz que me encaminara, vi venir por la falda del monte dos luces hacia donde yo estaba y que, a pesar del deseo que tenía de hallar alguna que me sirviese de guía, no dejaron de imponerme un poco y de hacer pensar a mi sobresaltada conciencia si sería cosa del otro mundo. Púseme en pie al instante, y poco después vi dos hombres, cada uno con un hacha encendida y armados de punta en blanco, que acompañaban unas andas, que traían suspendidas otros dos más, marchando con lentitud por no incomodar al caballero herido que venía en ellas; detrás venía otro soldado a caballo con uno del diestro, que era del caballero, según supe después, y que iba todo encaparazonado de hierro; llegaron adonde yo estaba, y uno de los soldados dijo en viéndome: «Aquí está justamente un chico que podrá ir a avisar al castillo para que todo esté dispuesto a la llegada de nuestro amo.» Y habiendo convenido todos en mi utilidad, me dieron las señas del castillo y me enviaron de mensajero.

»Llegué al castillo, y después de haber desempeñado mi comisión, aguardé la venida del dueño de la fortaleza, que aquel día no sé con qué intención había tratado de saltar con su caballo de más alto que lo que es permitido saltar sin hacerse daño, y se había quebrantado cuantos huesos tenía en su cuerpo. Todo estaba ya arreglado, y sus gentes en movimiento cuando él llegó; entraron sus soldados, acostáronle en su cama y nadie se volvió a acordar de mí, ni yo me atreví a preguntar nada a nadie. Llegó la hora de cenar, sentáronse todos a la redonda y empezaron a dar del diente con tanta gana que se redoblaron las mías. Nadie me había convidado, ni aun me habían echado de ver, lo cual, visto por mí, deliberé sentarme también, y empecé a comer con ellos con el mayor desembarazo del mundo. Miráronme todos y algunos se sonrieron, pero uno de muy mala cara y muy serio, después de haberme mirado de hito en hito largo rato sin pestañear, preguntó si yo era espía, para en ese caso colgarme de una almena en menos tiempo que había tardado en decirlo. Respondí al momento que no, y casi me quitó las ganas de cenar la pregunta de aquel buen hombre; pero habiendo explicado el motivo de hallarme en la fortaleza y viendo algunos allí de los que me habían enviado, atestigüé con ellos, conté mi historia y quedaron muy complacidos. Diéronme ocupación al momento, y me recibieron todos por su criado; procuraba yo servirles en un principio lo mejor que podía, pero como eran tantos y yo uno solo, el servicio iba siempre atrasado; ellos me maltrataban, y yo, que empezaba a disgustarme de servirles de dominguillo, dejé rodar la bola, y propuse hacerme hombre de armas para darles a entender que no sufría más pulgas que las que no me podía echar de encima.

»Habían ya pasado dos años y tenía yo diecisiete; no había cosa buena ni mala que no supiera; manejaba la espada, el arco y el caballo tan diestramente como el mejor veterano; me habían dicho algunas mozas que tenía aire de caballero, y no deseaba más que una ocasión de señalarme. La primera que se me presentó fue justamente con el que me quiso colgar por espía la primera noche. No se me había olvidado su buen deseo, y hacía mucho tiempo que, así por esto como por algunos malos tratos que había experimentado de él, le andaba buscando quimera. Un día se me proporcionó su caballo. Era uno de los mejores que había en el castillo, y él lo quería como a las niñas de sus ojos; uno de los que yo cuidaba riñó con él y le acertó un par de coces tal que lo dejó cojo. El veterano que lo vio, echándome a mí la culpa, tiró de la espada y, se vino a mí decidido a probar el temple en mis costillas. Tiróme una cuchillada que le paré con un palo que hallé a la mano, y a tiempo que levantaba el brazo para secundarme con otra, levanté el palo y le acerté un garrotazo en la sien tan de lleno y aplicado con tanta fuerza que cayó en el suelo cuan largo era. No me entretuve en ver si estaba muerto o aturdido del golpe, sino ensillando un caballo monté en él, y fingiéndome portador de un aviso de mucha importancia, pasé el puente levadizo, y en llegando al campo dejé al animal la rienda libre y huí por donde quiso llevarme.

»Anduve dos días, y al tercero caí en una emboscada de moros, que, después de haberme quitado el caballo y cuanto llevaba, me dieron cien palos y me dejaron por muerto. Recogióme un pobre pastor que se compadeció de mi juventud, y luego que estuve curado dispuse mi viaje a Cuéllar, donde pienso entrar en el cuerpo de aventureros que mantiene el dueño de aquel castillo.

-Amo muy sombrío y melancólico te ibas a echar si no me hubieses hallado aquí -dijo entonces el de las barbas-, porque Sancho Saldaña es más oscuro que la más oscura noche de invierno.

-Sí, eso dicen, y...

-Y si fuera eso sólo, pero no me toca a mí hablar mal del que me ha proporcionado más de una ocasión de lucirme en mi facultad. Ya le conocerás si sigues conmigo, algún tiempo.

-¿Conque tenéis relaciones con él? -preguntó el mozo.

-Y tantas -replicó el del hacha-, que puedo decir que no hace cosa alguna sin consultarme, y aun sin valerse de mí en la mayor parte de las que emprende. Pero no preguntes más, que has de ver maravillas si te enganchas a mi servicio. Sólo te aconsejo si entras en él que hables poco y hagas mucho, porque entre mis gentes una palabra suele costar la vida, y la acción más reprensible del mundo no vale la pena de que piensen un momento en ella.

-Pues, señor -exclamó Usdróbal-, dicho y hecho; aunque no os conozco, soy vuestro; no sé qué tenéis que parecéis digno de mandar hombres de mi disposición; manos a la obra, y ya veréis que no os dejaré mal en ningún peligro, que aunque nada habéis dicho presumo que sobrarán.

-Sobrarán -respondió el del hacha- en donde alcances la estimación de tus compañeros y adelantes en tu carrera. Ahora...

Apenas había dicho esto cuando dos silbidos, que venían del otro lado del río, interrumpieron su conversación, y el de la barba negra se levantó, y mirando hacia donde se oían vio venir a Sagaz, que se había alejado mientras hablaban, corriendo hacia él y ladrando con la intención de avisarle.

-Vamos -dijo su amo a Usdróbal-, ven conmigo y no te extrañes de lo que veas por raro, malo o bueno que te parezca.

-Vamos -repuso Usdróbal-, que ya te he dicho que tuyo soy.

Y así diciendo siguió los pasos de su nuevo amo, vadearon el río, y de allí a poco se perdieron de vista entre los pinares de la otra orilla.


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Capítulo II
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Sancho Saldaña José de Espronceda


Juzgan ser desconformes los presentes
las fuerzas de estos dos por la apariencia,
viendo del tino el garbo, y los valientes
niervos; edad perfecta y experiencia;
y del otro los miembros diferentes,
la tierna edad y grata adolescencia,
aunque a tal opinión contradecía
la muestra de Orompello y osadía.
ERCILLA


Poco tiempo habían andado cuando en medio de una plaza de arena que se formaba en el bosque vio Usdróbal hasta ocho o diez hombres cuyas extrañas cataduras, diversos trajes y armas no le hicieron juzgar muy bien del amo que había tomado. Llevaban los más de ellos espadas y ballestas, y su traje era muy semejante al del hombre de la barba negra. Algunos iban vestidos medio a la morisca, con turbantes en vez de gorras de cuero, y usaban puñal y alfanje; pero el que más le extrañó fue uno, cuya única arma era un cuchillo de monte muy largo y que, apartado de los demás, rezaba al son de un rosario de cuentas muy gordas con mucha devoción y recogimiento. Parecía absorto en sus oraciones, tenía puestos los ojos en tierra, y de cuando en cuando cruzaba las manos, alzaba los ojos y suspiraba de lo amargo.

Cuando ellos llegaron no hizo más movimiento que si no perteneciese a este mundo. Todos los demás saludaron con mucho respeto al de la barba negra, como jefe suyo, y uno que se señalaba por su alta estatura, ojos saltones y lo carirredondo y colorado que era, se llegó a él, y llamándole aparte le estuvo hablando en secreto con tanto recato que, a pesar que Usdróbal tenía el oído listo y trató de coger algo de lo que hablaban, sólo pudo entender el nombre del señor de Cuéllar entre el sordo murmullo de sus palabras. Parecióle, con todo, que su amo oía con gusto lo que le decía aquel truhán y que iba poco a poco mostrando los dientes como en señal de contento, aunque no se le ocultó que había algo de siniestro en sus ojos y, en su sonrisa.

Concluido este coloquio, volvió el de la barba negra, y tomando a Usdróbal de la mano lo presentó a su gente, que no había hecho más caso de él hasta entonces que si hubiese sido invisible.

-Caballeros -dijo-, aquí traigo este mocito, que, aunque como muestra es de poca edad, tiene el corazón bien puesto y es hombre que nos conviene; desde hoy tendrá su parte en nuestras empresas, nuestro botín y ganancias. Zacarías, a ti encomiendo este niño, edúcale y cuida de él; no le falta disposición, y creo que has de sacar un excelente discípulo. Ya sabes lo que te he dicho -prosiguió, dirigiéndose a Usdróbal-: muchas manos y poca lengua; buen maestro tienes, procura tú imitarle, y desde ahora puedes contarte por alistado a las órdenes del Velludo.

-Todo se hará como vos mandáis -respondió el maestro con un tono de voz tan débil y afeminado que se le podría haber tomado por mujer a no ir vestido de hombre-; pondré a este joven en el camino de la virtud y le enseñaré la moral necesaria para que se lave de las gotas de sangre que manchen sus manos por casualidad.

Y sin alzar los ojos siguió en sus meditaciones.

-Lo primero que hay que hacer es armarle Y que se quite esos trapos -dijo el Velludo-, porque claro está que el soldado se ha de vestir de la hacienda de su señor. Que uno de vosotros se llegue a nuestro almacén y traiga con qué vestirlo.

No había acabado de decirlo cuando uno de los moriscos echó a correr con tanta ligereza que no le alcanzara el viento, y de allí a poco volvió cargado con todo lo necesario.

-Toma, cristiano -le dijo, entregándole un sayo de cuero, una gorra de lo mismo, el resto del vestuario y las armas correspondientes-; toma y quítate ese espantajo de la cabeza (aludiendo al sombrero de rama), que pareces un asno cargado de leña verde.

-Gracias -repuso Usdróbal-, y por los muchos que habrás desnudado, sin duda alguna, en tu vida, ayúdame a vestir ahora y cuéntame entre tanto si la ocupación que traéis en este desierto es más santa de lo que a mi se me ha figurado.

-Yo no hago más que lo que me mandan -repuso el mozo con aspereza-, y en cuanto a si es bueno o malo, no me entremeto, cuanto más que ahí está el señor Zacarías, que sabe leer y reza en latín, y dice que en el mundo hay de comer para todos, y que el que no tiene es menester que busque, y yo juro por Mahoma que lo que él dice me parece bien.

-Lo que yo digo -dijo entonces Zacarías (que entreoyó la conversación) en su tono melifluo y afeminado- es que tú eres un pagano, que aplicas mis máximas como mejor te conviene, tuo more. La moral, hijo mío -prosiguió con Usdróbal-, es la ciencia que yo predico, y puedo tener la vanidad de decirte que, gracias a mí, ha hecho grandes progresos entre estas gentes.

-No creo -dijo entonces Usdróbal- que aquí haya venido tanta gente honrada a aprender únicamente eso que llamáis moral, y si no creyera que otras ocupaciones más nobles os sirven de entretenimiento, no me quedaría aquí más tiempo que tarda en cantar un pollo.

-Dos años hace que estoy en la compañía -dijo el morisco-, y desde que oí al señor Zacarías le he dejado el encargo de esas cosas que nos predica, y si he pensado media hora en ellas, Alá permita que no vea yo ponerse el sol esta tarde.

-Fariseo excomulgado -exclamó el moralista sin mudar de tono-, ¿cómo te atreves a hablar así? ¿Quién te ha enseñado a ensangrentar tus armas, lavabo manus, como Pilatos? ¿Quién te ha adiestrado en meter la mano en el bolsillo ajeno sin que faltes a la caridad? Y, por último, ¿quién ha hecho más célebre en estos contornos la partida de nuestro insigne, formidable y respetabilísimo capitán el Velludo sino este humilde gusano que ves aquí? Humilissimus vel miserabile.

-Toma -dijo el moro-. ¿Y quién lo niega? ¿Digo yo lo contrario? Yo lo que digo es que no entiendo esas jeringonzas, y que sin saberlas sé manejar mis armas como el primero. Lo que quisiera era que se armase una tramoya donde se viera a las claras quién era Amete el Izquierdo, aunque ya se ha visto más de una vez que yo no soy nuevo, como este mozo recién venido.

-Pero vamos claros -preguntó Usdróbal-, ¿es ésta una partida de ladrones o qué clase de gente somos?

Aún no había acabado de preguntarlo cuando un puñetazo en el cogote, de buena marca, que lo dejó medio atontado y le hizo zumbar los oídos por media hora, le dio a conocer la insolencia de su pregunta y el peso enorme de la mano descomunal del gigante de los ojos saltones que había estado hablando con el Velludo. No le pareció a Usdróbal muy bien el aviso, y cebando mano a su puñal como pudo, en medio de su aturdimiento, tiró un golpe con él a su advertidor con tanta fuerza, que a haber ido con mejor tino no le hubieran vuelto a dar ganas de avisar a nadie tan bruscamente. Pero Zacarías le tuvo el brazo en lo mejor de su furia, y poniéndose entre los dos estorbó al mismo tiempo al gigante que le embistiese.

-¡Paz, hijos míos! La cólera nos arrastra a cometer acciones de que luego nos arrepentimos, y el hombre es una bestia feroz cuando se deja arrebatar de su ira: indomita silvartim fera, como dice no me acuerdo quién. A sangre fría se debe herir a su enemigo y tomar venganza de las injurias.

-Mosén Zacarías -dijo el de los ojos saltones medio en provenzal, medio en castellano-, voto a Deu que si este mozo llamar lladre a nos, que le haga yo se arrepienta.

-¡Cómo! ¿Qué es esto? -gritó el capitán a Usdróbal- ¿No hace una hora que estás con nosotros y ya has armado quimera?

-No es quimera -replicó el catalán-, es que yo enseñé a parlar a este home.

-Por cierto, Usdróbal -dijo el Velludo-, que te creí de más penetración y más mundo; ya te he dicho que la lengua casi está de más entre nosotros y que mires bien lo que hablas.

-No tengáis cuidado -repuso Usdróbal-, que ya veo por mí mismo cuán a la letra toman aquí ese consejo de callar y hacer, y esto me servirá a mí para en adelante; pero juro... -añadió lleno de cólera y entre dientes.

-No jures -interrumpió con tono suave el hipócrita Zacarías-. Utrum juramentum, y no me acuerdo qué más; puedes tomar la venganza que sea justa, puesto que es justa la defensa propia, justum et tenacem, sin que cargues tu conciencia con juramentos: que la conciencia es lo principal, hijo mío.

-No sé -dijo entonces un viejo que tenía toda la cara llena de cicatrices- para qué trae aquí el capitán chiquillos.

-Los traerá -dijo otro con un ojo remellado y el otro bizco- para que nos sirvan de diversión.

-A su edad -replicó el morisco- ya había yo hecho más de una hazaña, pero éste apostaría a que no tiene fuerza para cortar el dedo meñique a un hombre de sólo una cuchillada.

-Usdróbal -exclamó el capitán sonriéndose-, ¿qué diablos tienes que no vuelves por tu honra? Parece que estás aturdido aún con el aviso de nuestro teniente.

Lo que decía el Velludo en parte era cierto.

Usdróbal, aunque determinado y animoso, naturalmente probaba en aquel momento la sorpresa que causa generalmente a un muchacho de poca edad la reunión de mucha gente desconocida, y cuyos usos, lenguaje y vestidos no dejan de extrañarle, puesto que la principal causa de su silencio más provenía del mal humor que había engendrado en él la imprevista bofetada del catalán y el ansia de vengarse que lo punzaba.

-Estoy reconociendo el terreno -contestó, no obstante, con mucha calma.

-Mejor te han reconocido a ti el cogote -replicó el morisco-, que todavía te está echando humo del bofetón.

-Como fue a puño cerrado no le duele -añadió con mofa el de los ojos bizcos.

-No creo que me hayáis traído aquí -dijo Usdróbal al Velludo, mostrando un sosiego que desmentía el color encendido de sus mejillas- para servir de juguete a vuestros soldados, o lo que sean, y juro que si tal supiera...

-Amigo mío -le respondió el capitán-, yo no te he tomado para nada de eso; pero si te pican moscas, a ti te toca sacudírtelas, que no a mí.

-Sí, hijo mío -añadió Zacarías con su voz melosa, acercándose al corro que ya se había formado alrededor de Usdróbal-, aquí cada uno tiene que mirar por sí, y de otro modo no hay santo que le socorra: nulla est redemptio.

-Al contrario -dijo el bizco, alargando la cara socarronamente y aparentando compadecerse de él-, aquí está mejor que en casa de su padre, y tiene una porción de amigos que le servirán a su voluntad. ¿Os ha hecho mucho daño? -continuó, llegándose a él.

-No os acerquéis a mí -repuso Usdróbal-, porque aunque os parezca manso...

-Pero, hombre, yo -replicó el bizco- no vengo con mala intención; al revés, la mía es buena; os veo solo y os he tomado cariño desde que os vi. ¿No es verdad que da lástima de él? -preguntó volviendo la cara a los otros, a tiempo que hizo un gesto al morisco para que se pusiese a cuatro pies detrás de Usdróbal sin que éste se apercibiese-. A mí no me gustan juegos -continuó. Y viendo que ya su compañero estaba en la disposición que le había indicado, se hizo él mismo empujar de otro, y cayendo sobre Usdróbal le dio un pechugón tan fuerte que, yendo éste a echarse hacía atrás tropezó sobre el morisco y cayó de espaldas.

Las carcajadas y la grita que se movió a su caída en toda aquella desalmada gente aturdieron un momento al pobre mozo, que, no pudiendo contener tiempo su ira y levantándose como un rayo, tiró de su alfanje y se arrojó sobre ellos, sin considerar su número, sin pensar en otra cosa que en su venganza.

-¡A él! ¡A él! -gritaron todos-. ¡A él, que se ha vuelto loco! Vamos a atarle a un pino. ¡Se ha vuelto loco!

Y diciendo y haciendo cayó sobre él una nube de forajidos, y a pesar de su valor y la cólera que le hervía, se vio al momento cercado de todos ellos y asido tan fuertemente que no podía menearse.

Pintar la rabia que se apoderó entonces del animoso mancebo sería imposible; baste decir que la palabra se le cortó entre los dientes y que arrojaba espuma y volteaba los ojos como si de veras estuviese demente, y sin duda le habría ahogado su furia si el capitán no le hubiese hecho soltar diciendo:

-Aquí no permito yo que se riña sino uno a uno, y juro por la Virgen de Covadonga que no hay uno de vosotros que solo a solo haga perder un palmo de tierra a este mozo, a pesar de su poca edad.

Los bandidos, pues tal era su oficio, creyeron en un principio que el Velludo se chanceaba, pero habiendo conocido en sus ojos que no hablaba en broma, se separaron dejando a Usdróbal, a quien él prosiguió diciendo:

-Si quieres satisfacerte del agravio que has recibido, yo te apadrino, y elige el que quieras para pelear.

-Eso es hablar -dijo Usdróbal, ya más sereno-, y por de pronto quiero medir la cara de un tajo a ese grandullón que avisa a bofetadas, y después uno tras otro podrá venir el que quiera.

-¡Bravo! -gritaron los bandoleros, para quienes no había en el mundo espectáculo más divertido que ver dos hombres hacerse pedazos; y al punto se presentó el catalán esgrimiendo una espada que en lo larga y pesada podría haberse creído la del Cid, que se guarda en la catedral de Burgos.

-Hijo mío -dijo Zacarías a Usdróbal-, no te dejes arrebatar de la ira.

-Sí, sí tins algo que dexá al mundo, podes encargarlo a ese home -gritó mofándose el catalán-;ya podes encomendarte a Deus.

-Y tú al diablo que te lleve -le respondió Usdróbal, echando mano a su alfanje-, que ahora puede que te envíe yo a hacerle compañía a los infiernos.

-Buen ánimo, Usdróbal, y no me dejes mal -le gritó el capitán viéndole que se iba para su contrario.

-¡Espera! ¡Espera! -gritaron todos; y formando un corro bastante ancho para que los peleantes pudiesen moverse acá y allá, ya retirándose o avanzando, fijaron sus ojos en ellos, muy persuadidos de que a las primeras de cambio iría el atrevido mozo a contar al otro mundo el resultado de su combate.

El catalán estaba parado en medio, muy ufano con su espadón, riéndose de la poca estatura de Usdróbal, que apenas le llegaba al hombro, y mirándole con tanto desprecio como el gigante Filisteo cuando vio venir a David. Usdróbal le miró de arriba abajo con mucha calma, y el capitán, dando dos palmadas, dio la señal de la acometida.

El primero que embistió fue el catalán, que, levantando el brazo en alto, tiró una cuchillada tan vigorosa, que a haber cogido a Usdróbal le hubiera hendido de medio a medio. Pero éste, con la ligereza de un corzo, saltó hacia atrás, y hurtando el cuerpo dejó al aire que recibiese en su lugar el golpe, y acometiéndole con la misma presteza en el mismo instante se llegó a él tan cerca y descargó su golpe, con tanto tino, que se le rajó el sayo de cuero de arriba abajo, arañándole de paso el pecho con el alfanje. Este movimiento tan rápido y tan acertado volvió la esperanza en el ánimo del Velludo y cambió la idea que todos habían formado del resultado de la pelea, quedando ahora suspensos y sin saber por quién se decidiría. El catalán, que vio tan cerca de sí y tan pronto a su impetuoso enemigo, no pudo menos de sorprenderse, y mucho más considerando que, como se había metido casi debajo de él, no le dejaba espacio para herirle con la espada ni tiempo de retirarse, exponiéndose en este caso a recibir la punta del alfanje en su corazón. En tal aprieto no tuvo más recurso que abrazarse con él, lucha muy desigual para Usdróbal a no haberle éste cogido por la cintura, lo que al cabo le daba alguna ventaja. Entonces fue cuando todos creyeron que la inmensa mole del catalán sin duda le abrumaría, especialmente el capitán, que, a pesar del poco tiempo que le conocía, se le aficionaba cada vez más por su intrepidez.

-¡Firme, muchacho! -gritaban unos.

-¡Agárrate bien! -decían otros.

Mientras que Usdróbal, más enlazado al cuerpo de su contrario que las serpientes de Laocoonte, volteaba acá y allá con los pies en el aire a cada sacudida del catalán.

La más viva alegría brillaba en los rostros de los concurrentes, viendo alargarse la diversión, y así unos azuzaban, otros aconsejaban, todos sin saberlo ellos mismos, echándose hacia adelante y estrechando el círculo, a pesar del Velludo que los contenía; por último, el catalán y su enemigo, que se había cogido a él como un gato acosado se agarra y sostiene de una pared, cansado el uno de forcejear para derribarle y el otro para sostenerse, soltáronse, ambos el brazo derecho con intención de echar mano a los puñales que tenían al cinto y concluir de una vez. Pero Usdróbal, más listo, habiendo conocido el intento de su contrario y asiéndose bien con la mano izquierda, sacó del cinto de éste su propio puñal, dejándole desarmado; y a tiempo que el catalán, pugnando por impedírselo desciñó ambos brazos, el determinado mozo, desembarazándose de sus garras, dio un salto atrás y otro adelante en el mismo punto con tanto brío, llevando el puñal en alto, que le atravesó de parte a parte y le hizo venir al suelo al empuje de su arremetida.

-¡Viva! ¡Bravo! ¡Bien!

Y cien palmadas resonaron en medio de estas aclamaciones, vitoreándole a porfía los mismos que poco antes le habían despreciado, y sobre todo el capitán, que yendo a él le abrazó, diciendo:

-¡Viva! Usdróbal, me has dejado con lucimiento.

-Preguntad -éste- si hay alguno más que quiera reemplazar a ese pobre bestia- y recogió del suelo con mucho sosiego su alfanje.

-No, amigo mío, -replicó el Velludo-, no creo que quieras quitarme el mando quitándome mis vasallos. Vamos, Urgel -continuó, volviéndose al derribado catalán-, ¿qué tal las manos del mocito? ¿Sabe lo que se hace? ¿Eh? ¿En dónde te arañó?

-Voto va a Deu el noy, que creo que me ha dejado manco -repuso Urgel, a tiempo que se levantaba sonriéndose, sin muestras de resentimiento.

Miráronle la herida, que no le dejaba mover el brazo, y aplicándole un poco de aguardiente que traía el bizco en un zaque de cuerno, te apretaron una venda lo mejor que pudieron, riéndose todos y festejando el lance como si hubiese sido el más gracioso sainete.

-Voto va Deu -decía el bizco-, te descuidaste; no creo nunca haber reído más sino el día aquel, hace seis meses, que estábamos bebiendo vino y te cortó Zacarías por entretenimiento las pantorrillas con su cuchillo.

-Estaba éste -dijo el morisco riéndose- como una uva, y el otro más, y éste le decía corta, corta, y el otro dijo corto, y le hizo dos o tres sajaduras que ni pintadas.

-Pues hoy, voto a Deu, no dije yo corta, más volía cortar, y non pas pude, pero non pas hablemos de eso -continuó el provenzal dirigiéndose a Usdróbal-, y aí tins la mano izquierda, que ésta non podo dártela, y quedamos amigos.

-Sí, tómala, y pelillos a la mar -respondió Usdróbal, alargándole su derecha-; todo está olvidado.

-Hijo mío -dijo Zacarías, que había vuelto a tomar su rosario-, buen ojo tienes y buena mano; si arreglas tu conciencia y aprendes bien el oficio, te corregirás del defecto que tienes de ser algo violento en tu cólera y demasiado pacífico a sangre fría.

Dicho esto se retiró a un lado y volvió a sus acostumbradas meditaciones. En esto estaba ya Usdróbal muy querido y considerado de sus compañeros, merced a su buena suerte y animosa disposición, cuando un hombre, que por su traje no parecía pertenecer a la compañía, llegó a ellos con mucho misterio, mirando a un lado y a otro, como receloso de que le siguieran; llamó al Velludo y se apartó con él a un lado secretamente.

-¿Qué hay de nuevo? -le preguntó el capitán-. ¿Sale mañana el conejo de su madriguera o no sale?

-Sale -le respondió el otro-, y lo que hay que hacer es tener buenos perros para que no se escape.

-Eso va de mi cuenta -respondió el capitán-; tu amo, el señor de Cuéllar, y yo hemos tratado lo que hay que hacer, y sería yo el perro más perro del mundo si no se lo entregase como desea. La cosa está en que ella se asome siquiera a la puerta do su castillo.

-Pues mañana se te cumple el gusto -repuso el recién llegado-, y cuando yo te lo afirmo no lo dudes. No han salido antes a caza por la muerte de aquel petate viejo de su padre, pero ahora lo que sé decirte es que para mañana me han mandado que prepare los halcones, y doña Leonor, si cabe, es más aficionada a la caza todavía que su hermano.

-Pues dicho y hecho; dile al señor de Cuéllar que mañana en todo el día cuente con ella. ¿Y a qué lado van, sabes?

-Correrán regularmente todo el Pinar de Iscar -replicó el halconero.

-No hay más que hablar, está bien -contestó el Velludo.

-Pero cuidado, ya sabéis que ella debe ignorar que todo esto se hace de orden del señor de Cuéllar. ¡Pobrecilla! Casi me daba lástima esta tarde cuando la vi, pensando en quién se la va a llevar.

-En efecto -respondió el capitán-, si se la llevase el diablo sería mejor para ella que no ir a poder de tu amo; y creo que es linda como un sol.

-Es la mejor moza -dijo el halconero- que he visto en mi vida; no hay un balcón más listo ni más gallardo.

-Pues, señor, eso no nos toca a nosotros considerarlo -contestó el capitán-, si se fuese a pensar en lástimas, se tendría que estar un hombre toda la vida sin matar un pájaro. Dile a tu amo que está corriente. ¿Quieres echar un trago?

-Vaya, venga una bota de vino y me voy, no sea que ese maldito vicio de Nuño, que desconfía de todos, sospeche de mí no viéndome en el castillo.

El capitán entre tanto mandó a su perro que trajese la bota que llevaba uno de los ladrones, y habiendo vuelto con ella la alargó al halconero, que la besó un rato muy cariñosamente. Luego que hubo bebido se despidió y alejó con el mismo recato que había venido, y el Velludo volvió adonde estaba su comitiva.

Como ya se había puesto el sol, determinaron retirarse a su habitación, y emprendieron alegremente su marcha.

Llevaban a Usdróbal en medio, agasajándole a su manera y tratándole como si hiciese un siglo que anduvieran juntos, y cada cual le refirió sus proezas durante las dos horas largas que tardaron en llegar a las márgenes del Pirón, donde había una cueva en la misma orilla, de entrada muy estrecha y disimulada.

No pudo menos Usdróbal de horrorizarse de algunos hechos que le contaron, pero no había otro remedio, y hubiera sido mirado como una flaqueza manifestar el menor disgusto. Disimuló lo mejor que pudo, entró en la cueva, bajó una cuesta muy pendiente, guiado por el Velludo, y en un espacioso salón subterráneo, donde había algunas camas de hierba seca, durmió aquella noche con sus nuevos cofrades los bandoleros.


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Capítulo III
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Sancho Saldaña José de Espronceda


Hermosa cazadora
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
el cabello de oro suelto al viento
de rosas y de flores coronado,
¿eres Napea de este valle estrecho
que alcanza con ligero movimiento
al jabalí sediento
al jabalí sediento
y del ciervo la planta voladora?
HERRERA


Rondaba en torno dél un cuerpo muerto,
negra fantasma o sombra descarnada
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . y con amiga
caricia le adestró con ir delante
pidiéndole por señas que le siga.
VALBUENA

Apenas el sol brillaba en el horizonte cuando un confuso estruendo de bocinas, ruido de gente y estrépito de caballos, resonaron a la redonda por el pinar y anunciaron la grita y algazara que precede a una cacería.

-Arriba, muchachos -gritó el Velludo a su gente, que, ya despierta, estaba dando fin a un lechón de que había cenado la noche antes y vaciando algunas botas de vino, sentada a la redonda a la entrada de su habitación.

-Hoy tenemos que hacer -prosiguió-; y aunque la empresa no creo que sea arriesgada, pido, no obstante, que estemos alerta, no se nos escape la liebre.

Concluyeron su almuerzo, y todos se pusieron en movimiento muy alborozados con las noticias de su capitán, que, dirigiéndose a Zacarías, le llamó para que reemplazase en su empleo al catalán, que aquel día, a causa de su herida, tenía que quedarse de guardia. Zacarías llegó al Velludo con el rostro muy compungido y los ojos cubiertos de lágrimas, lo que habiendo notado éste, le preguntó qué le había sucedido que así lloraba.

-He tenido un sueño esta noche -le contestó, suspirando con voz muy tenue- que me tiene extremadamente afligido. ¡Ah!

-Pues entonces -respondió el capitán, sonriéndose- no me lo cuentes, y oye las órdenes que voy a darte, y dejémonos de maulerías.

-Es que en medio de mi sueño -replicó Zacarías, debilitando más el tono de voz y sollozando- he sentido que me llamaban. ¡Hi! ¡Hi!

-¡Vive Dios! -exclamó el Velludo no sin enojo-, que si venís a llorar ahora, que os haga yo que lloréis de veras.

-Placida, cuput exultit unda. ¡Hi! ¡Hi! ¡Hi! Mostradme la cara plácida -respondió Zacarías.

-¡Por la Virgen de Covadonga! -repuso enfadado, el Velludo-, pensad que no soy un ama de cría y que tenéis ya cerca de cincuenta años.

-Si os enojáis conmigo me callaré -replicó el hipócrita gimoteador-; yo sólo quería deciros... ¡Hi! ¡Hi!

Si no hubieran sido la destreza y habilidades de Zacarías tan útiles al Velludo, sin duda éste no habría aguantado su impertinencia, ni oídole llorar apenas, cuando le hubiese enjugado los ojos con el mango, si no con el filo, de su hacha, de modo que no hubiera vuelto a tener necesidad otra vez de nadie que le consolara, pero la conocida sutileza del viejo hipócrita para ciertos planes y su mucha destreza para ponerlos en práctica le hacían tan necesario a su capitán, que, viendo que persistía en llorar, tuvo a bien callarse y oírle, aunque no sin juntar las cejas de cuando en cuando, mover la cabeza, mostrar su impaciencia, interrumpiéndole con un «¡Hem!» u otra expresión de enfado más de una vez.

-Tengo que oíros por fuerza -dijo el Velludo-, decid lo que queráis, y breve.

-No gastaré mucho tiempo -repuso el dolorido moralista-, porque el diablo suele aprovecharse de aquel que pasamos ociosamente.

-¡Hem! Decid -interrumpió el capitán.

-Voy a ello... esta noche..., temor in anima, y no sé más Quare conturbas me? ¡Hi! ¡Hi!

-¡Hem! -volvió a exclamar el Velludo dando una patada en el suelo violentamente.

-Vino, como digo -continuó Zacarías-. ¡Ah! Si estuviera aquí el ermitaño que me enseño latín, ¡cuán oportunamente encajaría aquí sus textos!... ¡pero yo, miserable gusano! ¡Miserabilis!

-Adelante -gritó el capitán.

-¡Ah! Sí, no os irritéis. La ira..., aquí venía bien un texto, pero no me acuerdo; seguiré; vino la voz, y dijo: «¡Zacarías! ¡Zacarías!» Y creí yo que me llamabais vos, que habíais tenido alguna visión...

-¡Diablo! -gritó el capitán-. ¡Qué visión! Sigue. ¡Voto va!...

-¡Señor! ¡Señor! No os enojéis con vuestro humilde siervo. ¡Hi! ¡Hi! Paso adelante -prosiguió Zacarías-. Pues es el caso que siguió la voz diciendo: «El infierno se abre ya para devorarte, y no te basta para evitarlo el viaje que hiciste a Tierra Santa de peregrino, ni haber sido sacristán, ni vivir ahora en el Yermo, nada, si no predicas a tus compañeros y logras de ellos que no echen maldiciones, ni blasfemen, ni juren como acostumbran...» «Está bien, ¡yo lo predicaré! ¡Yo lo predicaré!», dije, y no oí más. ¡Hi! ¡Hi! ¡Hi!

-¿Has acabado? -preguntó el capitán.

-Sí, señor; vuestro siervo no oyó más; pero es preciso que vos seáis el primero que os corrijáis del vicio de jurar a cada momento.

-Pues dame por corregido, y óyeme.

-¿Me lo prometéis?

-Te lo juro, y óyeme, que antes es la obligación que la devoción.

-A un mismo tiempo, señor, a un mismo tiempo -replicó Zacarías, enjugándose los ojos con los dedos.

-Está bien -contestó el Velludo-; tratemos ahora de lo que hay que hacer, y no canses. En primer lugar, hoy desempeñarás las funciones de teniente en vez del catalán, y dispondrás de la mitad de la tropa, dividiéndola en varias emboscadas por todo el pinar, acá y allá, según mejor te parezca. En segundo lugar, ¿no oyes? ¿Qué diablos estás ahí murmurando?

-Sí oigo -replicó Zacarías con su acostumbrada mansedumbre-; pero estoy al mismo tiempo repasando un texto.

-Pues como digo, seguirás sin perder de vista una joven... esto es, si va por donde tú estés: ya la conoces, la del castillo de Iscar.

-¡Ah!, sí, la que no quiere dar al César lo que es del César -contestó Zacarías-; es decir, la que se niega a un hombre tan santo como el señor de Cuéllar.

-La misma, pero no hay que mentar delante de ella semejante nombre ni aun por asomo -respondió el Velludo.

-Entiendo -replicó el gazmoño-, entiendo lo que se quiere.

-Para esta noche ha de estar ya en mi poder, cueste lo que costare, aunque el de Cuéllar me ha encargado que no se haga nada a la fuerza y procedamos con astucia en todo.

-Se hará -respondió Zacarías- como deseáis.

-Sin hacerle daño alguno -replicó el Velludo-, ni tocarle al pelo de la ropa, aunque de esto yo cuidaré, porque ninguno de vosotros es de fiar; y cuidado que el que tenga la suerte de apoderarse de ella le haga el menor mal, porque de un hachazo haré yo que le bailen los sesos. Ahora llévate la gente que necesites y ve arreglando la emboscada por la parte de la derecha al otro lado del convento, que yo me voy por la izquierda. Si pudiera ser, sería mejor evitar un encuentro con los cazadores y retirarnos a la cueva al momento que se haga el robo.

-Se hará como deseáis -respondió Zacarías con mucha humildad- y vuestro siervo os obedecerá; servum erat... erat... ¡Maldita memoria la mía! Me alegro de hacer este servicio al señor de Cuéllar, que tiene trazas de ser un bendito.

Dicho esto contó su gente, llevándose seis hombres consigo, y entre ellos a Usdróbal, predicándoles por el camino que no jurasen, sino, al contrario, imitasen su devoción, no dejándose tentar del demonio, etc.; y el Velludo, seguido de su mastín, echó a andar con otros tantos hacia la parte opuesta del bosque.

En este tiempo los cazadores habían soltado los balcones, que, ya remontándose hasta las nubes, ya deteniendo el vuelo, ya desprendiéndose por los aires, habían levantado una garza que perseguían.

El tropel de los caballos lanzados a la carrera resonó al punto por todo el bosque, y Leonor de Iscar, que acompañaba efectivamente a su hermano, como el halconero avisó al Velludo, no había sido la última que a rienda suelta seguía el vuelo del pájaro cazador, muy ajena de la celada que le preparaban. El estrépito que traían dio a conocer al Velludo el camino que debía seguir sin ser visto, aunque más de una vez, oculto entre las ramas, vio pasar la divertida tropa no lejos de donde estaba, y la rubia cabellera de Leonor, que ondeaba suelta en elegantes rizos sobre su espalda, brilló como un rayo de sol entre los árboles a los ojos del bandolero. Seguida de su hermano y algunos otros, aguijaba un generoso caballo tordo con tanta bizarría y atrevimiento como el cazador más experimentado, y a su agilidad y a la presteza de su carrera se la habría podido tomar por una sílfide, volando en alas del viento, llena de belleza y de gallardía. Cualquier mal paso que se ofrecía a su camino, cualquiera zanja, era ella la primera que la saltaba, a pesar de los gritos de su hermano, que trataba de contenerla, y con admiración de todos los que la veían; y su halcón, que había sido el primero lanzado sobre la garza, parecía querer imitar a su señora en el empeño con que la acosaba, de lo que iba ella no poco vanagloriosa. Ya se cernía sobre su presa con airosa confianza, o ya, calando de lo alto, se arrojaba con velocidad, mientras la garza, dando temerosos graznidos, buscaba en vano dónde acogerse de su enemigo. Por último, Leonor vio a su halcón caer sobre ella y venir ambos pájaros al suelo revoloteando.

Era entonces el momento de gloria para los cazadores, que miraban como un triunfo la dicha del que llegaba primero a arrebatar al halcón su presa. Todos en aquel momento espolearon a sus trotones con más ahínco que nunca, impeliéndolos con la velocidad del rayo, y cortando por diferentes caminos para llegar antes al sitio donde el halcón y su presa se habían derribado luchando. Leonor fue la primera que lo vio y la que primero arrojó su buen tordo por el sendero que se le presentó delante.

Ya unos a otros se atropellaban, trabajando éste por ganar y aventajar al que tenía a su lado, aquél por interponer su caballo y detener al que le seguía y trataba de adelantárse, y Leonor, sola delante de todos, volaba sin reparar en zanjas y precipicios. De repente el caballo de su hermano se precipita y llega a juntarse al suyo, y un hoyo hondísimo y de bastante anchura parece oponerse a su velocidad. Era preciso torcer a un lado o, de lo contrario, despeñarse en aquella sima, que no habría podido saltar el trotón de más ligereza. Ya iba Leonor a tomar la vuelta cuando, volviendo la cabeza para ver qué distancia llevaba a los que la seguían, ve el caballo de su hermano, furioso de la carrera, desbocarse y precipitarse, y, sin que bastasen a contenerle el freno ni la destreza de su jinete, abalanzarse desesperadamente hacia el precipicio. No era tiempo de pararse a reflexionar. Leonor lanza un grito, da vuelta de pronto a su palafrén y como un viento se pone entre su hermano y el despeñadero, coge la rienda del desenfrenado animal y, tirándole fuertemente de un lado, corta el ímpetu de su carrera y salva la vida de su hermano, dejándole, más que nunca, sorprendido de su agilidad.

Este suceso fue causa de un momento de detención; no obstante, Leonor se arrojó la primera a quitar al halcón la desdichada garza, apeándose de su caballo, y cuando los demás llegaron, ya el pájaro vencedor pulía las plumas de su pecho airosamente posado en la mano de la intrépida cazadora. Alzaron todos mil aplausos a su victoria, y Hernando (que así se llamaba su hermano) no pudo menos de abrazarla cariñosamente, jurando que le debía la vida.

-¿Y qué hubiera sido de mí en el mundo si te hubiese perdido? -respondió Leonor con una dulce sonrisa-; ¿a ti, al único apoyo que me ha dejado mi padre? Pero tú dices eso sólo por galantería.

-No, a fe de caballero -replicó Hernando-; tan cierto es eso como que nadie puede disputarte el triunfo en la caza, no sólo entre las damas, sino entre los más ágiles caballeros.

-¿Te burlas, Hernando? -respondió Leonor-. Te he visto más de una vez sujetar tu caballo a tiempo que me alcanzabas; pero dejémonos de cumplimientos y vamos a ver qué tal nos dan de comer estos buenos monjes que nos aguardan.

Diciendo así, con aquella gracia que presta la hermosura de una mujer a cuanto dice, saltó sobre su caballo con mucho donaire y delicada soltura, y habiéndola imitado Hernando, se encaminaron todos hacia el convento que a lo lejos entre los árboles se descubría.

Este edificio aislado, de que hoy día quedan algunas ruinas, estaba situado, yendo de Iscar a Cuéllar, a la derecha de los pinares sobre las márgenes del Pirón; su arquitectura gótica, sus puntiagudas torres y su fachada lóbrega y espaciosa correspondían al gusto del siglo en que se construyó, y solo en aquel desierto, era un asilo muy a propósito para los que deseaban retirarse a la soledad. Un extenso cercado, que servía de huerta, daba entrada a un cementerio, donde estaban enterrados los primeros poseedores del castillo de Iscar, y en que se contaban hasta veinte lápidas escritas con los nombres y hazañas de los ilustres abuelos de los dos hermanos. En otro tiempo había habido en aquel sitio una ermita dedicada a un santo célebre por sus milagros, pero la devoción y las limosnas de los señores de Iscar la convirtieron por último en un convento, engrandeciéndola con sus dádivas, y desde entonces todos los propietarios del castillo habían tomado a los monjes bajo su protección, habiendo hecho allí grabar las armas de su nobleza y establecido su panteón. A pesar de las vicisitudes de los tiempos, la fe y devoción de los habitantes de Iscar no había perdido nada de su primer ardor. Y así Hernando como si, hermana acostumbraban de tiempo en tiempo a ofrecer a Dios en aquel templo oraciones y a visitar los sepulcros de sus antepasados.

El abad, a quien de antemano habían avisado, los aguardaba ya en una habitación fuera de clausura en el vestíbulo del convento. Había hecho disponer allí una abundante comida para los señores, mientras para los criados se preparó el banquete a la sombra de los pinos con la misma abundancia, aunque con menos preparativos. Todos los pobres de los alrededores habían acudido al gaudeamus que les esperaba, porque en tales festines tenía todo el mundo entrada libre, el vino iba a cántaros y el regocijo era general.

Los señores de Iscar, cuando llegaron, fueron recibidos con mil vivas de los parásitos que aguardaban hartar su hambre a costa ajena aquel oía, y el abad del convento, hombre respetable por sus años y grave aspecto, salió a recibirlos acompañado de otros padres, y en llegando a ellos los saludó inclinando la cabeza ligeramente:

-El Señor sea con vosotros.

Ambos hermanos, apeándose de sus caballos, hincaron rodilla en tierra y le besaron la mano, uno después de otro, con mucho respeto, y el abad, levantándolos con majestad y como acostumbrado a recibir semejantes muestras de consideración, los llevó a la iglesia para que orasen.

-Ya, hijos míos, que habéis venido hoy a visitar los humildes siervos de Nuestro Señor -dijo el reverendo-, os pagaremos con la mejor voluntad la honra que nos hacéis, porque en la mesa del pobre no hallará el rico lo que arroja de la suya para sus perros.

-Señor -respondió Hernando-, si esta mansión es, agradable a Dios, ¿por qué no lo ha de ser para los potentados de la tierra?

-El que se humilla ante Dios será ensalzado.

Entraron luego en la iglesia, arrodillándose todos, y rezaron sus oraciones. No obstante el recogimiento de la hermosa hermana de Hernando, no pudo menos de distraerla y admirarla el éxtasis de un hombre que, a poca distancia suya, ya se golpeaba furiosamente el pecho, ya besaba la tierra, o ya, puesto en cruz, parecía como enajenado. Era alto, seco y amojamado, y no era la primera vez que aquel día se había presentado a sus ojos, figurándosele, y no sin fundamento, que le había visto ya en el bosque tan cerca de ella, y siguiéndola a todas partes, como si fuese su sombra. A despecho de la humildad que manifestaba, su apariencia no le era muy favorable, teniendo más trazas de hipócrita consumado que de verdadero religioso, y, sin saber por qué, Leonor sintió cierta repugnancia al verle, que no pudo menos de comunicar en voz baja a su hermano. Pero éste, sin reparar casi en él, le contestó que era una simpleza tener miedo de un hombre que sería, sin duda, algún pobre atraído allí por el olor del banquete como otros muchos. Con esto Leonor quedó tranquila, o aparentó quedarlo, y al tiempo que estaban en todo el fervor de su devoción, el supuesto padre vino andando de rodillas hacia ellos, como si quisiera llegarse así hasta el altar en un éxtasis tan profundo que sin reparar en Hernando tropezó con él, de lo que éste muy irritado, y sin poder contenerse, indignado de la torpeza de aquel villano, le dio un empellón sin mirarle que le arrojó de sí haciéndole caer en tierra. Pareció el pobre llevar este golpe con resignación yéndose a otro lado al instante, sin interrumpir sus rezos al parecer, donde después que estuvo en oración algunos minutos se levantó y salió de la iglesia andando de espaldas hacia la puerta.

De allí a un rato, Hernando, su hermana y el abad salieron también de la iglesia, y cuando entraron en la sala del comedor, Hernando echó de menos un rosario de oro que llevaba colgado al lado, y que no pudo hallarse por más que se buscó en todas partes.

Sin duda el pobre se lo había llevado por equivocación. Pero este suceso, no habiendo alterado en ningún modo la alegría de los convidados, el abad bendijo la mesa, y los dos hermanos se sentaron a la cabecera mientras que algunos otros gentileshombres de su comitiva se colocaron a los extremos.

-¿Y qué tal, buen padre, ahora que no interrumpen las armas la paz de vuestro retiro -preguntó Hernando al abad-, se ha repuesto el convento de las pérdidas que sufrió en las últimas disensiones?

-Dios prueba al justo en las tribulaciones -respondió el abad-, pero ahora que se ha servido dar la paz a sus reinos, gozamos de bastante tranquilidad.

-¿Y vos creéis que esta paz sea duradera?

-Nosotros al menos lo deseamos -replicó el abad.

-Pues yo no -repuso el señor de Iscar-; ni lo deseo, ni creo tampoco que el usurpador del trono de su padre goce largo tiempo del poder que con tan poca razón ejerce, y día llegará...

-Hijo mío -interrumpió el abad-, los caminos de Dios son desconocidos al hombre; cuando yo en otro tiempo vestí la cota en vez de la cogulla, no deseaba menos que vos la guerra, pero era contra los infieles enemigos de la religión y no contra mis propios hermanos, como ha sucedido ahora, y como esperáis que vuelva a suceder dentro de poco tiempo.

-¿Y vos, que habéis recibido tantos agravios de uno de los primeros favoritos del rey don Sancho, quiero decir de Rodrigo Saldaña, que tanto ha perseguido vuestro reposo, cómo no deseáis vengaros de vuestros enemigos? -exclamó el joven señor de Iscar con impetuosidad.

-La venganza es un sentimiento profano que no entra nunca en el pecho del humilde siervo de Dios -repuso el abad-, y el señor de Cuéllar desaparecerá como su impío padre, y sobresaltarán su vida los remordimientos.

-Así es -dijo Leonor-, que he oído decir que Sancho Saldaña no tiene una hora de tranquilidad. Hernando y yo le hemos conocido cuando éramos aún niños, y ¿quién había de pensar que aquel Saldaña sería el mismo que hoy hace hablar de su impiedad en todos estos contornos?

Poco después de esta conversación, y habiéndose levantado de la mesa los dos hermanos, salieron al campo y Leonor repartió entre los pobres que más infelices le parecieron algunas monedas que llevaba para el efecto. Colmada de bendiciones de los ancianos, y admirada de los jóvenes por su belleza, volvía ya adonde su hermano y el abad disputaban sobre el derecho que tenía a la corona Sancho el Bravo, rey de Castilla en aquella época, cuando notó que una mujer cubierta de pies a cabeza de una almalafa o capa morisca, cuya capucha le cubría el rostro, la seguía tirándole del vestido como tratando de detenerla. Ya había vuelto Leonor la cabeza más de una vez a mirarla, y habiéndola tomado por una pobre, le había dicho con dulzura que se retirase y no la molestase más, pues había dado para todos la limosna que le pedía. Pero no por esto la impertinente pobre dejaba de seguirla sin querer separarse de ella, y tirándole del vestido cada vez con más fuerza. Viendo Leonor su tenacidad, creyó sería alguna más infeliz que las otras que no tenía bastante con lo ya dado, y sacando una moneda de oro, alargó la mano para dársela sin pararse. Pero cuál fue su sorpresa viendo que aquella mujer que con tanto empeño la perseguía, y que ella creía una de las más miserables, se negaba a recibir el dinero que habría llenado de regocijo al más descontentadizo mendigo.

-Mujer -le dijo entonces- ¿qué quieres de mí?, ¿ni qué otra cosa puedo yo darte?

-Yo no quiero ni necesito nada de ti -le respondió una voz suavísima en tono tan bajo que Leonor tuvo que acercarse para oírla bien-; al contrario -prosiguió-,vengo a hacerte un favor; no desoigas la voz del que habla en mí, y si no quieres antes de la noche que se trueque en lágrimas tu alegría, retírate ahora mismo a tu castillo y no vuelvas a los pinares, porque hay quien te cela, y sigue, y te ojea, y antes de tres horas te tendrá en su poder.

En diciendo esto se retiró y ocultó entre la confusión de la multitud, sin que Leonor, que había quedado atónita y sorprendida, pudiese seguirla ni aun preguntarle quién era el que así la seguía y trataba de robarla cuando parecía más arriesgado que nunca intentarlo, en un día en que iba rodeada de un séquito numeroso y pronto a sacrificarse por ella. En medio de estas reflexiones la buscaba, no obstante, vanamente, preguntando por ella a cuantos hablaba, sin poderla encontrar en ninguna parte, no habiendo visto nadie semejante mujer, lo que aumentando el misterio redoblaba su curiosidad.

El hombre seco y devoto que había sin duda robado el rosario de oro a su hermano en la misma iglesia, era el único que ella había visto algunas veces a su entender como si la observara; pero fuera de que un hombre solo no podía acometer semejante empresa, hubiera sido ridículo creer capaz de ella a un viejo villano a quien Hernando de sólo un leve empellón habría hecho rodar por tierra. Sin embargo, un secreto presentimiento la molestaba cuanto más se decía a sí misma:

-¿Qué fin podría llevarse esta mujer en engañarme tan neciamente? Lo mejor será decírselo a mi hermano y dejar para otro día la prueba de los galgos, que harto tiempo queda para correr una liebre. ¿Y si se mofa de mi, diciéndome que creo en brujerías? ¿Y si piensa que desdoro mi linaje y me reconviene de tener temores indignos de una dama de mi jerarquía? No, no se lo diré, él dispondrá lo que guste, y cúmplase la voluntad de Dios.

Pensando así, y esforzándose a disimular el sobresalto que a su despecho alborotaba su corazón, llegó adonde su hermano, que ya había concluido su disputa con el abad, examinaba dos galgos nuevos, hablando con un montero mientras se disponía todo para probarlos. Estaba tan ocupado de su diversión, que no percibió la mudanza del rostro de Leonor, que en vano se animaba interiormente a sí misma y procuraba disfrazar su sobresalto bajo la máscara de la alegría.

-Veremos si esta tarde -le dijo Hernando volviéndose a ella con muestras de mucho contento- te llevas la palma en la caza de liebres, como esta mañana en la del halcón.

-Mejor sería -le respondió su hermana con timidez- dejar para otro día la prueba...

-¡Cómo! -repuso su hermano-; ¿tú, la reina de la caza, y que aguardabas esta tarde alcanzar nuevos triunfos, quieres retardar ahora la prueba de los dos mejores galgos que han acosado una liebre?

-No..., pero... -replicó Leonor sin saber qué decir-, ya ves... el cielo está muy nublado, y por la parte de Olmedo parece anunciar una tempestad.

-Puede ser -le contestó Hernando echando una ojeada hacia arriba-; pero antes que la tormenta empiece habremos nosotros acabado nuestra faena, y al contrario, mejor, porque así el sol no nos molestará como esta mañana y el aire es más fresco.

-Entonces haz lo que quieras -dijo Leonor viendo que eran inútiles sus excusas-, pero te ruego que no te separes de mí durante la caza.

-¿Tienes miedo? -le preguntó su hermano riendo.

-No -replicó Leonor-; pero ya ves, así estaremos más cerca y podremos auxiliarnos en caso de algún peligro.

-Es cierto -repuso su hermano-; podrás tú auxiliarme a mí como esta mañana, que si no es por ti me desdeña el brioso en aquella sima.

En esto ya los cazadores estaban a caballo aguardando las órdenes de su señor, los perros alborotaban con sus ladridos, pudiendo apenas los monteros contener su alborozo, y los caballos, hiriendo, la tierra con sus ferradas manos, mostraban con sus relinchos y su inquietud el fuego que los animaba. Leonor y su hermano se despidieron de los buenos padres, y en particular del abad, que habiéndoles echado su bendición volvió al convento, mientras ellos, saltando a caballo, rompieron la marcha entre los gritos de la multitud, que aún se entretenía con los restos del banquete y algunas botas de vino, puestos acá y allá en diferentes corrillos sobre la arena. En uno de ellos estaba sentado el piadoso Zacarías, que cuando vio pasar a los dos hermanos tuvo buen cuidado de encogerse y agazaparse, ocultándose detrás del que tenía al lado, no gustando sin duda de darse a la luz a causa de su humildad. Luego que los hubo visto alejarse, dio en el hombro al bizco y al musulmán, entre quienes se había sentado, y, poniéndose en pie, tomó una bola diciendo:

-Hijos míos, vaya el último trago; tú, fariseo, levántate, y tú, hijo bizco, ve si puedes hacerlo también. No sé por qué bebes vino sabiendo que te hace mal. ¿No sabes que la gula es un enorme pecado? Es verdad que no has bebido arriba de diez cuartillos, pero si no te sienta bien, ¿por qué quieres tentar a Dios? Y tú, morisco, tampoco debías beber vino por tu religión; pero tú eres un moabita enemigo de Israel.

-Yo lo bebo a la salud de Mahoma -respondió el morisco-, y así no creo que lo lleve a mal.

-Vamos, vamos, ayuda a ese hombre -respondió Zacarías- y no perdamos tiempo, que ya viene la caza por este lado.

El morisco ayudó a su compañero a levantarse, que apenas podía abrir los ojos, y que puesto en pie se quedó con mucha gravedad mirándolos, y siguiendo con la parte superior de su cuerpo el movimiento pausado de una péndola de reloj.

-Cuida que no te vea el capitán -le aconsejó Zacarías-, no sea que te haga dormir la borrachera de modo que no vuelvas a despertar, y ve por dónde te escondes, y hasta la vuelta.

-Creo -le dijo el morisco- que con el vino se te han puesto los ojos derechos; adiós, hasta que se te pongan torcidos.

Zacarías y el moabita echaron a andar, dejando a su compañero apoyado en el tronco de un árbol hablando solo, y dando tales berridos de cuando en cuando, que atrajeron a su alrededor a los que ya no teniendo más que comer, hallaron para postre en su borrachera un agradable entretenimiento.

Entre tanto las dos divisiones de los bandidos habían ido poco a poco estrechando la distancia, viendo el punto que los cazadores habían tomado, sin perderlos nunca de vista, con la esperanza de que Leonor en el calor de la caza echaría por algún sendero sola, o acompañada a lo más de su hermano y alguno de sus servidores. En toda la mañana se les había ofrecido ocasión para poner su intento en ejecución, y el Velludo, ya desesperado de no poder cumplir la palabra que había dado al señor de Cuéllar, bramaba de coraje, sin haber querido probar bocado, dudoso ya si los embestiría con su gente y la arrebataría por fuerza. Era este el plan más acomodado al carácter del capitán, y el que, a dejarse guiar por su corazón, hubiera él llevado a efecto con más placer. Pero la promesa que había hecho al de Cuéllar encerraba justamente la cláusula de no ejecutar nada a la fuerza, y esto le tenía ligadas las manos, porque él sabía muy bien que así Hernando como su tropa no dejarían robar a Leonor sin vender antes sus vidas tan caras como pudiesen. Esto le traía pensativo, y mucho más viendo que Zacarías, el más ingenioso de los suyos, y en quien él, en asunto de tramoya tenía toda su confianza, no había ideado nada hasta entonces que le sacara de aquel apuro. Distraído así estaba y apesadumbrado, cuando poniendo por casualidad los ojos en su mastín, que estaba tendido al pie de un árbol, pensó que la astucia de aquel animal podía serle de utilidad.

Era este perro uno de los personajes más principales de la partida, leal a toda prueba y valiente como un león. Le había enseñado su amo a obedecer a la voz, entendiendo con tanta prontitud y haciendo tales cosas, que parecían increíbles si no tuviésemos en el día tantos ejemplos del instinto particular de estos animales. A una voz acometía y, se retiraba, reunía los bandidos donde le mandaba su amo, era un centinela incansable, cazaba como un lebrel, buscaba los rezagados en las noches oscuras y los conducía adonde estaban sus compañeros, atraía los viajeros perdidos y se los entregaba a su amo para que los despojase, siendo su inseparable compañero en todas las expediciones. La vista del perro le sugirió un pensamiento que reanimó su esperanza ya decaída, y haciendo llamar a los seis hombres que tenía en acecho, les ordenó reunirse y marchó con ellos al encuentro de los cazadores, habiendo enviado orden a Zacarías para que estuviese más vigilante que nunca, pues le iba a enviar la dama por aquella parte. El ladrido de los perros y el sonido de las bocinas indicaba el camino que seguía la liebre a la alegre tropa de Hernando, que, muy ajena del peligro de su señora, seguía a rienda suelta la pista. Leonor, sin embargo, temerosa aún del aviso de aquella mujer, no se entregaba a su diversión con el arrojo que había manifestado por la mañana, siguiendo siempre el camino menos espeso de árboles y al mayor número de cazadores, sin atreverse a separarse nunca, yendo siempre detrás de ellos en la carrera.

De repente Sagaz, a la voz de su amo, sale ladrando de entre los pinos, embiste a su caballo, y clavando los dientes en las ancas del animal le asusta y alborota de modo que poniéndose de manos coge el freno con los dientes, y sin poderlo sujetar la dama escapa dando botes arrebatado de todo brío, y sin cesar perseguido del inteligente mastín, que cada vez le acosa más, mordiéndole cuantas veces puede alcanzarle.

Iba Leonor, como hemos dicho, la última, y los cazadores, ocupados en perseguir la liebre, no vieron su apuro ni oyeron sus gritos por el momento. Su hermano, que nunca la abandonaba, fue el único que al ver su riesgo volvió su caballo con intento de favorecerla. Su primer impulso fue arrojar al perro la jabalina o lanza corta de que venía armado; pero ya fuese que el ímpetu de la carrera o la precipitación con que la arrojó no le dejasen tiempo bastante para apuntarle, la jabalina, sin herir en su blanco, quedó temblando clavada en tierra hasta la mitad.

La violencia del palafrén de Leonor obligó al señor de Iscar a lanzarse en su seguimiento a toda la furia del suyo, y así por esto como por ser el bosque muy espeso, por pronto que a su voz acudieron algunos de los suyos, no pudieron acertar el camino que habían tomado. El Velludo, viéndolos que volvían, mandó a su gente que dieran voces andando sin detenerse para atraerlos hacia otra parte, lo que haciéndoles creer que era aquel el camino que habían tomado sus amos, acabó de trastornarlos del todo, obligándolos a que siguiesen la dirección enteramente contraria. El sendero que primero se ofreció al desatentado caballo de la afligida Leonor era precisamente aquel donde se habían emboscado Usdróbal y Zacarías, y el Velludo no dejó de darse el parabién de haber salido adelante con su empresa cuando pensó que dentro de poco estaría la dama en poder de sus dos satélites. Entre tanto ya había sentido Zacarías el ruido de los caballos que se acercaban, y echando mano al cuchillo avisó a Usdróbal que se preparase.

-Hijo mío -le dijo-, ya llegan los enemigos; ten caridad, enfrena la ira; a sangre fría no hay que dejarse arrebatar de la cólera; tú cuidarás de la dama; pero ten cuenta que la carne es frágil, y no caigas en tentación. ¡Ahí están, hijo mío!

A ese tiempo, saliendo de donde estaban ocultos en el momento en que el caballo de la hermosa cazadora pasaba en toda la violencia de la carrera, Usdróbal se arrojó encima, y apoderándose de una rienda le hizo volver de pronto, haciéndole parar de golpe con tanta furia, que la dama perdió los estribos y estuvo a pique de caer al suelo. El caballero que la seguía metió entonces las espuelas hasta los talones a su caballo, tratando de libertarla; pero Zacarías, que aunque rayaba ya en los cincuenta era listo como una pluma, se interpuso entre él y la dama con tal presteza, dando el lado para estorbar que le atropellase, que le cortó al momento al animal los tendones del brazo con un cuchillo, haciéndole caer de golpe con su jinete.

-¡Bravo, Usdróbal! ¡La espada parece que es la de Absalón! ¡Ha echado por tierra al soberbio! -exclamó Zacarías enseñándole su cuchillo-. Monta a caballo y toma en brazos a esa dama, que se ha trastornado del susto.

-Vamos, hijo mío -y dando dos silbidos, se presentaron al momento el morisco y los otros dos que estaban ocultos en aquel lado.

-¡Perros! -gritó el caballero que había caído debajo de su palafrén, y forcejeaba por levantarse-: soltad esa dama, si no, voto a tal... juro... villanos... Pero no, venid, tomad mis tierras, mis castillos, mi vida; venid, yo os daré oro, todo os lo daré por ella, ¡infames!

-Vamos de prisa, hijos míos -dijo a Usdróbal el moralista-, porque yo soy, compasivo y me enternecen los lamentos de ese infeliz. En mí puede mucho la caridad: ¡vamos, vamos, que no vuelva yo a oír los gritos de ese pobre hombre, porque me rasgan el corazón!

-Por cierto -dijo Usdróbal conforme iban andando-, que la presa que llevamos vale más que el trabajo que nos ha costado ganarla.

-Usdróbal, hijo mío, no mires la belleza de esa dama -contestó Zacarías a tiempo que le echó él una mirada a hurtadillas, y no de lástima-. Las mujeres perdieron a Salomón. Señora, no lloréis -añadió dirigiéndose a ella-; Dios prueba nuestra paciencia en las adversidades, y si tenéis la conciencia limpia, no os debéis apesadumbrar por nada. Aquí no se os quiere mal; sólo que nuestro capitán es tan caritativo, que siempre está dispuesto a socorrer a las doncellas menesterosas. No es mala alhaja ésta -prosiguió, echando mano al collar de la dama-, yo no soy inteligente, pero...

-En verdad, maestro Zacarías -exclamó Usdróbal-, que como pongáis la mano en cualquiera cosa de esta señora, que a pesar del respeto que merecéis nos hemos de ver las caras.

-Por poco te enojas, hijo mío -respondió Zacarías-, y no sabes mucho de caridad cuando ignoras que la mejor ordenada empieza por uno mismo.

-Por ahora -repuso Usdróbal- no quiero atender a vuestras lecciones; me queda demasiado tiempo para aprender.

Y volviéndose a la dama, se esforzó a consolarla, excusándose como mejor pudo de su tropelía, y ofreciéndose por su defensor entre aquella gente. Hasta entonces había oído ésta sin notar casi lo que la pasaba, y en medio de su trastorno se había imaginado más de una vez que todo aquello era un sueño. Pero la voz de Usdróbal, dándole a conocer que su desgracia era cierta, le hizo al mismo tiempo tomar ánimo y, volviendo hacia él sus hermosos ojos llenos de lágrimas, mostró en ellos una expresión tan dulce de lástima y de dolor, que Usdróbal no pudo menos de jurarle que moriría primero que permitir la ofendiesen en su presencia.

-Yo os doy gracias, mancebo -le respondió Leonor con un eco de voz que penetró a lo más íntimo de su corazón-; yo os doy gracias, pero mi desventura no es menos cierta por eso. Con todo, aun hay una cosa que la haría menor si vos me quisierais informar de ella. ¿El caballero que me seguía, qué es de él? ¿Era suya la sangre que me parece que vi correr por su vestido al tiempo de su caída?

-Tranquilizaos, señora -repuso Usdróbal-, la sangre era de su caballo, y él vino al suelo sin más daño que haber caído debajo del animal. Fue un golpe maestro de mi caritativo director que aquí veis, incapaz de hacer mal a una hormiga si no es forzado de la necesidad, como él dice, y sin dejarse arrebatar de la cólera.

La dama pareció tranquilizarse, y aun animarse, con la noticia del caballero. Puso entonces los ojos con más cuidado en su defensor, que no quitaba los suyos de ella, y su juventud, nobleza y alegre fisonomía la hubieran acabado enteramente de tranquilizar si los hundidos ojos de Zacarías, su rostro seco y sin barba, su talante hipócrita y su paso de gato que va en acecho no le hubiesen dado a conocer al distraído devoto que la había seguido aquel día y tanto le repugnaba. Había éste echado delante un rato para servir de guía, y como descuidado de lo que pasaba detrás de él, iba, según su costumbre, entregado a sus oraciones con un rosario en la mano y los ojos bajos, y detrás venían el morisco y los otros hablando de su compañero el bizco, y riéndose de su borrachera. Era voz común entre los de su partida, que cuando Zacarías parecía más distraído y devoto sin levantar los ojos del suelo, veía y oía más que el que parecía más atento. A pesar del poco tiempo que hacía que andaba Usdróbal con él, su sola penetración le había enseñado a desconfiarse de todos sus gestos, palabras y movimientos, y así, aunque su deseo mayor era entablar con la dama una conversación útil tal vez para en adelante, el recelo que le inspiraba su director le hizo contentarse con soltar al descuido tal cual pregunta de cuando en cuando.

-Si yo supiese quién sois -dijo en voz muy baja a la dama, y conteniendo el paso de su caballo-, avisaría a vuestros parientes y amigos para...

-Usdróbal, hijo mío, ¿qué haces?; aguija presto -dijo a esta sazón Zacarías sin volver la cara y sin perder un paso-; no te dejes tentar del demonio de la concupiscencia; la carne es frágil.

-Voto a tal -murmuró Usdróbal-, que ese maldito hipócrita no parece sino que tiene hecho pacto con el demonio. ¿Vuestro nombre? -añadió en voz muy baja.

-Leonor de Iscar -respondió la dama.

-No creo, amado discípulo mío -interrumpió Zacarías continuando su camino, y en tono de voz muy dulce, sino que esa dama y tú os habéis conocido antes, o que tú, siguiendo mis lecciones, vas oyendo sus pecados y la exhortas a la paciencia.

-Así es como vos decís -repuso Usdróbal sin titubear-, trato de salvarla de las garras de Satanás (que te lleve a ti y a tu casta) -añadió más bajo.

En esto llegaron a la orilla del río a la entrada de la cueva, donde el capitán había vuelto ya con su gente, y se alegró mucho de la llegada de Zacarías.

La compañía no era de las más a propósito para una dama. Todos voceaban, todos hablaban a un tiempo, estaban comiendo entonces a la redonda, y ya habían apurado más de una bota de vino, y sólo se oían gritos por razones, amenazas y rústicos juramentos. Las diversas lenguas que hablaban, sus caras quemadas del sol, su traje, sus armas, sus maneras salvajes y las recias carcajadas con que celebraban de tiempo en tiempo sus dichos, todo contribuía a hacer más horrible la escena que se ofreció a los ojos de la delicada Leonor, que no pudo por menos de estremecerse considerando su situación y las gentes con que se hallaba. El Velludo se adelantó a recibir la dama con más muestras de cortesía que lo que prometía su apariencia, y habiéndola ayudado a apearse mandó a Usdróbal que echase pie a tierra diciendo:

-Tú, Usdróbal, cuidarás de esa dama; creo que de todos nosotros eres el que puedes tratarla con más atención.

-Así es -continuó Zacarías-, creo que no necesita de mis lecciones. Todo el camino ha venido predicándole un sermón acerca de la paciencia en los trabajos y la caridad hacia nuestro prójimo, con tanta madurez y elocuencia como podría hacerlo yo mismo. Y la dama, a lo que me pareció, le escuchaba con aire contrito y con tanta atención, que edificaba mirarla.

-Hola... -gritó el catalán, que había salido de su Cueva a recibir a sus compañeros-. ¡Lladre de donas!

-Señor -dijo la dama al Velludo-, si sois aquí el jefe, por Dios que mientras esté bajo vuestro poder que no permitáis se me ultraje. Sea cualquiera vuestro designio, yo os prometo un buen rescate si queréis devolverme mi libertad.

El aire de nobleza y resignación con que pronunció estas palabras no dejaron de sorprender al Velludo, acostumbrado a ver temblar siempre delante de él, no ya mujeres débiles, sino hombres intrépidos y forajidos. No obstante, en vano trataba Leonor de encubrir bajo una apariencia firme la turbación que agitaba su alma; una lágrima se desprendió a pesar suyo por sus mejillas, como una gota de rocío sobre la rosa de la mañana, y sentía su sangre helada mientras se esforzaba a mostrarse con tranquilidad.

-Yo, señora -respondió el Velludo-, no entiendo de obsequiar damas, cumplo con mi oficio en teneros apresada, y os aviso que en vano tratará de libraros el que lo intente, pero os juro por la bendita Virgen de Covadonga que el tiempo que estéis con nosotros seréis respetada de todos, o dejaría de llamarme Roque el Velludo.

-¿Y no puedo esperar más de vos? -preguntó la dama.

-Aunque me ofrecieseis el tesoro del rey de Marruecos no haría más que lo que os he ofrecido.

Alzó Leonor los hombros en muestras de resignarse a su desventura al oír las palabras del capitán, y no pudiendo más se sentó al pie de un árbol, y cubriéndose la cara con ambas manos derramó un mar de lágrimas agobiada de su pesadumbre.

-Buena cara tiene la muchacha, y ya me alegraría yo de hallarla en el paraíso cuando vaya allá de este mundo -dijo a este tiempo el morisco contemplándola con brutal codicia, y acercándose a ella para mirarla.

-Cuando tú dejes el pellejo colgado de algún árbol en este mundo -repuso otro de la compañía-, irás al infierno a acompañar a los diablos en sus quehaceres.

-Voto va Deu -gritó a esta sazón el teniente- que la moza es guapa, y tin una cara como una reina.

-Yo no sé por qué hemos de trabajar siempre para otros -dijo el morisco-, y nadie es mejor que nosotros, que tan buenos los he visto yo servir de pasto a los grajos, y estar colgados por los caminos.

-No, pues como no tuviera otro que la defendiese más que ese a quien se la ha encargado -dijo el bizco, que a duras penas había acertado con la cueva, saltándole aún el vino por los ojos, abierto de piernas y con una bota en la mano izquierda-, juro a Dios que todos se habían de ir a cazar hembras al otro mundo si antes que ellos no cataba yo de la caza. Vamos, reina mía, no esté vuestra merced tan triste; veamos esa carita de rosa -añadió, alargando una de sus callosas manos al rostro de la desdichada Leonor-, no estéis tan triste, que aquí los podéis elegir como peras.

Hasta entonces Usdróbal había sufrido la mofa que le había hecho sin decir palabra, y había reprimido el deseo de despertarle de su embriaguez. Pero cuando vio la mano grosera del bandido tocar a la dama, no pudo contener su cólera por más tiempo y alzando la mano le descargó la más recia bofetada que pudo engendrar su cólera, y dio con él a sus pies. Hecho esto, y antes que los otros tuviesen lugar de dar crédito a lo que habían visto, saltó sobre él, y echando mano a la espada se puso en estado de defenderse y ofender al que le acometiera. Algunos de ellos tiraron al punto de sus puñales, y hubiera ciertamente perecido víctima de su honradez si el capitán en este momento, esgrimiendo su formidable hacha en alto, no se hubiese arrojado en medio de la pelea.

-Alto, canalla -gritó con voz de trueno-, que en bebiendo una gota de vino no parece sino que todos los demonios del infierno están dentro de vuestros cuerpos. Voto a tal, que al que no envaine su espada le envainaré yo el hacha hasta los dientes en el cerebro.

Callaron todos atemorizados y pararon en su contienda, retirándose cada uno al puesto que ocupaba antes de la pelea.

-Bravo, Usdróbal -añadió el Velludo-; defiendes la dama como el mejor paladín. Estas buenas gentes -prosiguió, tratando de excusarse con la doncella- han bebido un trago de más, y hasta que yo no mate uno de ellos no sacaremos partido. Levántate tú, belitre -añadió, dando con la punta del pie al ladrón que había derribado Usdróbal, y cuyo vino había hallado allí su centro de gravedad-, y juro por la Virgen de Covadonga que al que vuelva a mentar esta dama le cierre yo la boca para mientras viva. Vamos, que ya va llegando la noche, y el cielo parece que anuncia una tempestad; entremos en nuestra cueva y descansemos hasta mañana.

Entraron todos en ella, y Usdróbal y el Velludo, ayudando a Leonor, la bajaron en brazos casi desmayada al sombrío recinto que servía de habitación a los bandoleros. La noche, entre tanto, había cerrado ya enteramente, adelantada por la tempestad, en medio de los estampidos de los truenos, que retumbaban en las concavidades de las montañas. Las tranquilas aguas del río corrían ahora con alborotado rumor en medio del silencio de la oscuridad, y el ruido sordo de los árboles agitados y el graznido de las aves nocturnas, que volaban a buscar un asilo contra la tormenta, presagiaban un espantoso huracán. De repente sus bramidos zumbaron entre los pinos, semejantes al estruendo que produce a lo lejos el motín y las voces de una populosa ciudad. El crujido de los añosos árboles, tronchados por la violencia del huracán, resonó de tiempo en tiempo, y cielo y tierra parecieron envueltos y confundidos en la furiosa discordia de los elementos.

Una lámpara moribunda ardía en medio do la cueva y derramaba su ondulante reflejo acá y allá sobre las feroces caras de los bandidos. Algunas camas de hierba seca sobre que estaban sentados o recostados era el único adorno de aquella triste mansión, y en una especie de hueco que parecía servirles de chimenea había un asiento a un lado, donde habían sentado la dama. Estaba Usdróbal más atento a cuidarla y a defenderla que si fuese la joya de su felicidad, y el capitán, a cierta distancia, teniendo a sus pies su perro, reposaba, tal vez con menos interés por ella pero no con menos cuidado. Algunas lágrimas centelleaban en los párpados de la desventurada Leonor, y, su belleza pálida pero angelical formaba un raro contraste con los semblantes cruelmente estúpidos de los ladrones. Hubiérase creído que era un ángel celeste que había bajado de la mansión de los justos a alegrar las regiones infernales con su presencia.

De tiempo en tiempo algún relámpago que penetraba velozmente al interior de la cueva, llenándola de lúgubre claridad y realzando la triste hermosura de la prisionera, redoblaba el horror que la rodeaba.

Los bandidos, como hemos dicho, en sus camas, hablaban unos con otros, excepto el capitán y Usdróbal; mientras el bizco y el caritativo maestro, que apartado de todos había cesado en sus meditaciones, dormían profundamente en un ángulo de la cueva.

-Buena noche hace para la maga que vive ahí cerca -dijo el morisco-, que esta noche parece que se ha desencadenado el infierno.

-Ella será quizá la que habrá movido la tempestad -dijo otro-, que ya la he visto yo en noches como ésta volar de pino en pino sobre una nube de fuego dando unos alaridos que os confieso que me estremecía al oírlos.

-Una noche me la encontré yo -dijo un tercero-, y llevaba tantas luces detrás y delante de ella, que parecía un entierro. Por cierto, que mientras pasó, que no iba media vara de mí, me acordé de los rezos del señor Zacarías y me pesó de no haber aprendido algunos, por lo que no pudiendo hacer más me estuve santiguando hasta que la perdí de vista.

-Pues yo -dijo el segundo que había hablado- propuse en mi corazón dejar esta vida y hacerme fraile; pero luego pensé que para que me llevase el diablo al fin de mis días lo mismo era este oficio que otro cualquiera.

-A mí darme una figa con la maga -gritó el catalán-, voto va Deu, que es una dona que no fa mal.

-Tú como ya eres diablo -repuso el tercero- no tienes miedo de tus compañeros, que todos sois lobos de una camada.

-No habléis así -repuso el ladrón anciano, y cuya cara llena de cruces indicaba que había visto de cerca más de una vez las espadas del enemigo-, no habléis así con mofa a estas horas, ni repitáis tanto el nombre del diablo. ¡Jesús me valga! -añadió santiguándose-, porque os puede suceder lo que le sucedió a un caballero, de quien fue escudero mi padre muchos años, y que se burlaba de todo.

-Vaya, contadlo, señor Tinieblas, y así pasaremos el rato -dijo el morisco.

-¡Cuento, compañeros, cuento! Hagamos corro -dijo el segundo bandido. Y reuniéndose todos alrededor del viejo, le rogaron que les contase la historia de su caballero, y el veterano, viéndolos a todos atentos, empezó luego de esta manera:

-Érase que se era un señor de Castilla, que era dueño del castillo de Rocafría y de otros muchos castillos, lugares y tierras, y capitán de más de trescientas lanzas. Tenía este hombre muy mala vida, y no creía en Dios ni en el diablo, y juraba que desearía verse a solas con Lucifer... ¡Jesús me valga! -interrumpió con voz más fuerte el historiador, y todos se estremecieron.

En este tiempo el mastín se había levantado de donde estaba, y con más muestras de miedo que de arrogancia se acercó a la boca del subterráneo, y en dando dos o tres ladridos volvió atrás todo trémulo, rabo entre piernas, y despidiendo aullidos tan prolongados y lúgubres que podían cuando menos entristecer el ánimo más esforzado.

-Silencio, Sagaz -le gritó su amo-: ¿qué diablos tienes que estás temblando?

El perro calló a la voz del Velludo y se volvió a echar a sus pies todo azorado, como si viese delante de él sueños o sombras de aparecidos, que era lo que se creía entonces cuando los animales, sin motivo aparente, se agitaban y entristecían.

-Me parece que oigo un ruido como de muchas cadenas -dijo uno de los ladrones.

-Es el viento, que grita con la voz de cien condenados -replicó el morisco.

-Pues como iba diciendo -continuó el veterano-, tenía este caballero amores con una dama, y no la podía alcanzar porque era muy honesta y hermosa, que me parece que la estoy viendo. Sucedió, pues, que yendo días y viniendo días, el caballero se desesperó, salió al campo y compró una cuerda para ahorcarse muy retorcida, e iba maldiciendo el día en que nació y la hora en que vio a la dama, y maldijo luego su alma y llamó al demonio. ¡Jesús me valga! -interrumpió de nuevo, persignándose como tenía de costumbre.

-Y como digo -continuó- que iba desesperado, se levantó de repente una tempestad tan negra que no se veía a sí mismo, y el viento era tan recio que tuvo que echarse al suelo más de una vez para que no lo llevase como una paja; un relámpago...

En este momento la luz del que penetró en la cueva fue tan viva, que deslumbrándolos y asustándolos interrumpió el cuento tercera vez. El trueno que le siguió pareció retumbar encima de ellos con tan continuado y espantoso estrépito, que no creyeron menos sino que desgajado el cielo en mil rayos se había desplomado, hecho piezas, hasta el centro de los abismos. Quedaron todos asordados y aturdidos por largo rato; y hasta el capitán y Usdróbal agacharon la cabeza como amedrentados. La dama besó una reliquia que traía pendiente de un collar, toda sobrecogida y llena de devoción. Zacarías, que estaba como hemos dicho durmiendo, se levantó de repente despavorido, se hincó de rodillas, y empezó a pedir perdón de sus culpas como si hubiese llegado su última hora. El bizco en medio de su letargo, empezó a gritar que callaran, que no podía dormir con el estrépito que traían, y que el suelo se había hundido por donde él estaba. Por último, pasado el primer susto e informado Zacarías de lo que era:

-Mala hora -dijo- es ésta para cuentos, y mejor sería que cada uno, como mejor supiese, rezase y examinase su conciencia poniéndose a bien con Dios.

-Así es -añadió el veterano-; pero el suceso de este hombre puede servirnos de ejemplo, y no será malo concluirlo ya que he empezado a contarlo.

En esto el viento había redoblado su furia y azotaba con pavoroso bramido la entrada de la caverna; los relámpagos se sucedían sin interrupción y el trueno dilataba su voz, estallando de tiempo en tiempo, con estampidos más horrorosos. Sagaz corría a un lado y otro de la cueva lleno de espanto, desatentado, todo erizado y aullando.

-Siento otra vez el ruido de las cadenas -exclamó el mismo que había primero esta observación.

-¡Santa María me valga! -gritó el veterano sobresaltado-. ¡La maga está entre nosotros!

-¡La maga! -gritaron todos a un tiempo, y huyeron a refugiarse al fondo de la caverna. Un espantoso fantasma vestido todo de negro, con una antorcha en la mano, se apareció en este instante. Sus ojos lanzaban llamas, su semblante era lívido, y sus brazos largos, secos y descarnados, semejaban a los de un desollado cadáver, mostrando todos sus músculos y ligaduras. Brillaba en medio de los relámpagos como un espectro rodeado de luz y vestido del nebuloso ropaje de las tinieblas.

-¡De profundis exaudime! -gritó Zacarías tapándose los ojos y volviendo la cara a un lado.

-¡Bendita Virgen del Tremedal! ¡Miserere mei Domino! -exclamó Usdróbal, levantándose todo azorado.

-¡Virgen de Covadonga! -gritó el capitán andando hacia atrás dos o tres pasos, mientras su perro temblaba con la cola baja, fijos los ojos en la fantasma, y aullando muy tristemente-. Por Santiago, yo te conjuro.

La maga entretanto tendió su mano izquierda a Leonor, que, pálida como la muerte y temblando, se dejó coger su derecha sin tener ánimo para desasirse, y agitando la antorcha y haciéndole señas que la siguiera la sacó medio arrastrando de la caverna, sin que ninguno de los bandidos reuniera bastante espíritu para oponerse.


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Capítulo IV
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Sancho Saldaña José de Espronceda


Tal de mi afrenta y mi dolor cargado
en la seguridad nunca sosiego,
y en el sosiego siempre estoy turbado.
HERRERA


Fuéme la suerte en lo mejor avara:
sombras fueron de bien las que yo tuve,
oscuras sombras en la luz más clara.
DEL MISMO


Mal venido seáis, le dice,
alevoso a mi presencia,
hijo de padres traidores.
ANÓNIMO



A la izquierda y en medio del camino de Olmedo a Cuéllar, sobre una altura, se ven, aun hoy día, los arruinados torreones del antiguo castillo de Iscar. Sus primeros propietarios fueron los árabes, que manteniendo allí una guarnición respetable, se servían de él como de un punto central de comunicación entre dos pueblos de tanta importancia como eran Olmedo y Cuéllar en aquella época. Tuviéronlo después en tenencia, o como gobernadores por el rey, varios señores hasta que, arrojados los árabes de ambas Castillas, les quedó en feudo con todas sus dependencias a los ascendientes de doña Leonor. Todos ellos habían ocupado empleos muy principales, siendo tenidos en mucha estima por los reyes a quienes sirvieron, y que premiaron su mérito con honrosos cargos.

Pero, en el momento de nuestro historia, las últimas revoluciones habían oscurecido el brillo de su familia, debilitado su influencia y apocado su engrandecimiento, habiéndose declarado el jefe de ella por el partido de Alfonso el Sabio cuando las revueltas que armó su hijo, ambicioso de la corona. Sin entrar en las causas que pudieron hacer despreciable a los ojos de su pueblo un rey tan ilustrado y poderoso como don Alfonso, y tan respetado de los extranjeros, como para la inteligencia de algunos sucesos es preciso ofrecer el cuadro de la época a que se refieren, echaremos una ligera ojeada sobre la situación en que se hallaba entonces España. Las conquistas de los dos reyes de Aragón y de Castilla, don Jaime y Fernando el Santo, habían reducido la potencia sarracena a los últimos rincones de la Península, siguiendo a estos reyes la victoria por todas partes y extendiendo la fe y las armas cristianas con sus nuevos triunfos. Pero estas guerras, si bien aumentaron las fuerzas de los cristianos, enflaquecieron al mismo tiempo las de los reyes, no habiendo perdonado, particularmente el de Castilla, medio alguno para conseguir su loable empresa de librar toda España del yugo árabe, y habiendo consistido éstos en aumentar los furos y preeminencias de la nobleza, para que con mayor empeño le socorriesen. El orgullo de aquellos hombres, criados en las armas y belicosos por naturaleza, creció de punto desde entonces de tal manera que cada uno pensó igual su autoridad a la de su rey, y aun los hubo que se creyeron con derecho a vengar con las armas los agravios que de él recibieran, e incitaron los pueblos a la rebelión. Así que cuando convenía a su interés o engrandecimiento se aliaban unos con otros, dejando aparte sus diferencias particulares, y hacían temblar al monarca en su mismo trono, como sucedió últimamente a don Sancho, que a despecho de su genio e intrepidez tuvo que sosegar a buenas y un adular el orgullo del revoltoso don Juan Núñez de Lara por miedo de su influencia.

Con hombres tan poderosos y, pueblos avezados a sus antiguos usos y a seguir el movimiento de sus señores, tenía que lidiar Alfonso el Sabio al ceñirse la diadema de sus antepasados. Sus leyes, admiradas de las naciones extrañas y seguidas hasta hoy mismo en la nuestra, hallaron entonces tantos obstáculos, cuanto que todos temían que a su sombra el rey atropellase sus antiguos fueros y sus franquezas. El pueblo no consideró que de ellas emanase acaso su emancipación de los derechos del feudalismo; todos las miraron como enemigas, y el vulgo bárbaro y lleno de supersticiones, ora ridiculizaba a su rey, ora llamaba inquietud a su sabiduría. Añadióse, además, que las continuas guerras de su padre, habiendo agotado los tesoros reales, Alfonso X se vio obligado a remediar de algún modo la escasez de metálico que se sentía. Aumentó el valor de la moneda que mandó labrar, siendo de menos peso que la que había corrido hasta entonces, lo que, poniendo impedimento en el cambio, fue una de las principales causas del descontento general que se manifestó en su reinado. Tacháronle de avaro, siendo así que nunca ha habido rey más espléndido, y le motejaron de injusto cuando fue el primero en España que fijó el modo de administrar justicia.

En todas estas murmuraciones, de que nuestro historiador Mariana hace cuenta casi para acriminarle, tenía sin duda más parte la envidia y el interés sórdido de algunos particulares que la verdad; pero esparciéndose por los pueblos disponían el ánimo de muchos en contra suya, y como de la murmuración al desprecio no hay más que un paso, y de sentirlo a manifestarlo nada, bien pronto este rey, que podría citarse como modelo, se halló envuelto en discordias civiles, vio a su familia armarse contra él, y oyó vitorear al principal rebelde, su propio hijo, con el título de rey, que le concedía antes de tiempo la adulación. La muerte del primogénito don Fernando fue el motivo de esta última desgracia, que puso en término al sabio desventurado monarca de acogerse al mayor enemigo de los cristianos, el rey de Marruecos, para que le ayudara contra don Sancho. Este príncipe, que estaba por otra parte dotado de grandes prendas, apenas había muerto su hermano forzó, por decirlo así, a su padre a que le reconociese por heredero con perjuicio de los dos de La Cerda, hijos del príncipe primogénito. No es éste tiempo de disputar si la corona le tocaba a él, o pertenecía de derecho a los nietos de don Alfonso; pero no podemos dejar de decir que don Sancho mostró demasiada codicia de poseerla. Su bravura, su liberalidad, su cortesanía y buena maña influyeron de tal manera en los ánimos de los castellanos que la mayor parte siguieron sus estandartes, y así los nobles como los eclesiásticos de más nota abrazaron su partido, formando con él una especie de comunidad, como manifiesta el acta de lo resuelto en las Cortes de Valladolid el año de 1828. Sus hazañas y sobre todo la fortuna que, como decía Carlos V, gusta más como mujer de favorecer a los jóvenes que a los viejos, hizo de modo que el mayor número se declarase en contra de la razón, y que a pesar de los esfuerzos de don Alfonso y de la excomunión lanzada contra el mal hijo por el pontífice, la victoria diese al fin el color de la justicia a las pretensiones de Sancho el Bravo. Murió en estas agonías don Alfonso, y sus nietos quedaron excluidos de la corona, habiéndoles obligado a vivir en Játiva por un convento hecho con el rey de Aragón; y don Sancho, que hasta entonces por burla o hipocresía se había contentado con el título de infante mientras vivió su padre, subió al trono después de haber hecho enterrar suntuosamente como rey al que había arrebatado la corona mientras vivía.

Quedó España, como es de suponer, al cabo de esta discordia tan trastornada y revuelta, que al principio del gobierno de Sancho puede decirse reinaban en su lugar más que sus órdenes los furores de la anarquía. Los odios más inveterados renacieron en el trastorno de la revolución, renováronse las pretensiones de la ambición, y los robos, los desórdenes y todos los crímenes juntos hallaron ancho campo en que desplegarse, habiendo incendiado la antorcha de la discordia desde el palacio del soberano hasta el pacífico hogar del labrador. Bastaba que una familia se declarase por un partido para que la otra se decidiese por el contrario; así que la guerra seguía aun después de la muerte de don Alfonso, y cada castillo, cada pueblo era un campo de batalla donde a sombra del interés público combatían el rencor, la codicia y la ambición de algunos particulares. Las hordas de ladrones, que infestaban los caminos descaradamente, estaban protegidas de oculto por los señores, que se valían de ellos para las acciones que un resto de vergüenza les impedía cometer a las claras, haciendo instrumentos de su amor o de su venganza a la escoria de la sociedad.

Tal era la situación del país cuando don Jaime de Iscar se retiró a este castillo, no habiendo querido doblar la rodilla delante del nuevo rey como habían hecho el mayor número de los partidarios de don Alfonso, y haciéndose tachar de sus enemigos como defensor oculto de los de La Cerda. De todos sus señoríos sólo había conservado este castillo, habiendo perdido el resto de sus posesiones en el tumulto de la guerra civil.

Quedó, pues, arruinado y declarado rebelde por el partido del vencedor, y el viejo caballero, que había seguido constantemente la suerte de Alfonso el Sabio, recibió por premio de su lealtad el sentimiento de verse al fin de sus años sin tener más que dejar a su posteridad que el esplendor de su sangre y el mucho más brillante aun de una larga vida gastada en defensa de su patria y de la causa noble de la justicia. Dos hijos que tenía, y algunos veteranos llenos de heridas y cubiertos de canas en su servicio, fueron los únicos compañeros de su destierro. Su hijo mayor, Hernando, tenía entonces veintitrés años y había hecho sus primeras armas en la última revolución y al lado de su anciano padre. Su juventud, su valor y el porte y continente de su persona, hacían que el generoso don Jaime fundase en él las esperanzas de su casa y la gloria de su nombre para lo futuro; pero la ternura, el gozo de su corazón, la alegría de sus canas era una hija que tenía entonces diecinueve años y reunía a una hermosura poco común todas las gracias de su sexo, toda la gallardía de la juventud y un carácter tan dulce y suave como lleno de entereza y de majestad. Era el ángel consolador de los pesares de su anciano padre.

Cuando éste, poseído del descontento natural a su avanzada edad y perdonable en un desgraciado, se entregaba a pensamientos tristes, la vista de Leonor bastaba a disipar enteramente sus penas, y una caricia de su hija era para su corazón el rocío de la tranquilidad, que renovaba el brío de su alma marchita por los años y las desgracias. Pero como al fin la mano de la muerte...

nos corta a todos de vestir un paño, sin hacer diferencia en la medida,

como dice uno de nuestros poetas, y sin que basten a ablandar su encono las lágrimas de la orfandad ni de la hermosura, las enfermedades del anciano se aumentaron por último con sus disgustos, y el día que recibió la nueva de que le declaraban rebelde murió de pesadumbre y en brazos de sus hijos a poco tiempo de su destierro. Quedó Leonor huérfana y bajo la guarda y tutela de su hermano Hernando que, aunque duro de carácter, la amaba con todo su corazón. Fortificado éste en su castillo, bien provisto de víveres y defendido por los leales guerreros que habían seguido a su padre, no tenía que temer ningún asalto de aquellos a que estaban expuestos en tiempos tan revueltos los que eran declarados rebeldes por el partido de Sancho el Bravo.

Pero un enemigo más temible que todas las partidas de bandoleros y todas las órdenes de la corte amenazaban turbar la paz del corazón de Hernando, el reposo de sus gentes y la seguridad de su hermana. Un amigo íntimo, mirado ya como enemigo por la diferencia de los partidos y el rencor inherente a las revoluciones, acabó de convertirse en enemigo mortal de su tranquilidad.

El señor de Cuéllar, Sancho Saldaña, de quien ya más de una vez han hablado algunos personajes de nuestra historia, poseía en aquella época el soberbio castillo que hay en este pueblo, y se llamaba entonces el de la Rosa. Era el señor más poderoso de todos aquellos contornos, extendiéndose su poder sobre la mayor parte de las poblaciones que ahora forman el partido de este corregimiento hasta el Duero, cerca de Valladolid por un lado, y por otro hasta Segovia y muchas leguas a la redonda. Su padre, que había sido compañero y amigo íntimo de don Jaime hasta la rebelión de don Sancho (en que como se ha dicho tomó cada uno su partido), había ganado muchas de estas tierras de los partidarios de don Alfonso entrando en ellas a fuerza de armas, vinculándolas en su provecho y extendiendo de este modo su poderío.

Así por esto como por haber sido antes amigos y no haber seguido contra su opinión las armas de don Alfonso, cobróle tal aborrecimiento el viejo don Jaime que el nombre de Saldaña era para él más villano que el del más ínfimo bandolero y, llevado de su tenacidad, se negó a oír cuantas proposiciones de paz le hizo en todas ocasiones su compañero. Añadíase a esto lo que del hijo, dueño absoluto ya de tan cuantiosos bienes, publicaba la fama en aquellos pueblos. Teníanle unos por asesino y cruel, otros por cobarde; tal le creía temerario, aquel le juzgaba bueno, y mientras no faltaría alguno que le tenía por generoso, otro le tachaba de miserable y la mayor parte creían al ver su rostro, siempre tétrico y melancólico, y su amor a la soledad, que ora algún demonio revestido de figura humana por algún tiempo, que sentía ver acercarse la hora en que había de desaparecer para siempre y volver a los fuegos de que había salido.

Ayudaba a creer esto que su padre había sido enterrado secretamente, y que era voz pública se aparecía de noche en las bóvedas del castillo, y sobre todo la repentina desaparición de una hermana suya, que, aunque de mucha belleza y sin el ceño y cruel aspecto de Sancho Saldaña, también la habían visto siempre triste, melancólica y pálida, como una estrella próxima a obscurecerse. Añadíase, además, que nadie de afuera sabía la verdad de lo que pasaba dentro de la fortaleza; tal era el silencio que reinaba en habitadores, y que todos hablaban únicamente por conjeturas, lo cual hacía que se exagerasen los hechos e inventasen algunos, adornándolos con tan increíbles sucesos y tan ponderados, que el pasajero se llenaba al oírlos de espanto y curiosidad.

El padre de Sancho Saldaña había cautivado una mora muy joven en una de sus correrías, que había quedado desde entonces en el castillo, y éste era otro tema que daba no menos materia que los anteriores a infinitos cuentos y hablillas. Imaginaban algunos que esta cautiva era una artificiosa bruja que por sus encantos y sortilegios había hechizado al hijo del difunto señor de Cuéllar, mientras otros aseguraban que era el genio maléfico y enemigo de la familia, disfrazado en aquel traje, que conspiraba continuamente en su destrucción. En fin, todo era misterioso en el castillo, y todo era misterio cuanto acerca de él se hablaba en sus cercanías. Hoy mismo al mostrar sus almenadas torres al caminante, y sus muros cubiertos de musgos donde asoma ahora el pintado lagarto su fea cabeza, o corre la rápida lagartija entre derribadas piedras, vestido el suelo de hierba y vil cascajo, el paisano, cuando refiere las tradiciones de este castillo, habla todavía con misterio de aquella época sembrando su relación de fábulas y milagros.

Habían pasado Sancho Saldaña y su hermana la primera parte de su juventud al lado de Leonor y Hernando dividiendo con ellos sus juegos con todo el candor y aquella jovialidad con que son amigos los jóvenes. Tenía poco más o menos la edad de Hernando, y sus padres, acostumbrados a mirar los hijos de cada uno como propios suyos, miraban con gusto el cariño que Sancho tenía a Leonor, prometiéndose uno y otro a sí mismos de unirles en cuanto llegasen a la edad precisa si seguían, como hasta entonces, mirándose con afecto. Cumplió Leonor catorce años, y Sancho tenía dieciocho cuando, cesando los juegos y la confianza de niños, entró a galantearla ya como caballero, mostrándose suntuoso en festejos y haciendo en su honra sus primeros hechos de armas.

Era entonces Saldaña el joven más bizarro y galán de la corte, el de más donaire en las danzas, el más arrojado y venturoso en las armas, como Leonor era entre las damas la gala y la flor de la hermosura y la gentileza. No podía menos Leonor de ver con gusto su nombre en mil cifras, célebre ya en los torneos, de oír con placer mil músicas y trovas en su alabanza y saber que era envidiada de las hermosas; pero ya fuese por falta de sensibilidad, ya, lo que es más probable, a causa de sus pocos años, se contentó de mirar con agrado los obsequios de Sancho Saldaña, sin sentir por él otro afecto que el de la amistad y el que concede el amor propio de una dama lisonjeada.

Con todo, nadie había que no creyese tan efectuada esta unión como si hubiesen recibido ya la bendición de la iglesia, y sin duda habría sido así si la rebelión de don Sancho contra su padre no hubiese separado las dos familias, llevándolas, como hemos dicho, a diferentes partidos, deshaciendo sus planes para lo futuro y dejando burladas sus esperanzas y las de los que, dando todo por hecho, habían ya asegurado más de una vez que habían visto los contratos matrimoniales. Todo cambió desde entonces, y habiéndose retirado padre e hijo a su castillo de Cuéllar, este último conoció allí a Zoraida (que era el nombre de la cautiva), y quedó por ella perdido de enamorado. Olvidó, pues, a Leonor, olvidó todo, y en menoscabo suyo se entregó a su nueva pasión con tan desenfrenada locura que no hubo crímenes que no cometiesen sus arrebatos, de cualquier género que puedan imaginarse, ciego con los hechizos de aquella mujer, que no parecía complacida sino teniéndole siempre al borde del precipicio.

Rodeado de crímenes, entregado a un solo pensamiento en el mundo, lleno de hastío, ansioso de algo que nunca podía encontrar, desasosegado en el sosiego, agitado de tristes imaginaciones y, finalmente, cargado de penosos remordimientos que sin cesar le seguían y atormentaban en todas partes, llegó, en fin, a hartarse de la ponzoña que en copa de oro le presentaba la máscara del deleite, y a odiar al fatal objeto de sus amores con tanto más aborrecimiento y más furia cuanto le había amado con más delirio. Volvió en sí, y no pudiendo encontrar nada que bastase a satisfacer sus deseos, a consolar su tristeza, a hacerle olvidar sus remordimientos, se halló en la flor de su edad con un alma árida como la arena, y velado ya su rostro con la sombra de los sepulcros.

En vano buscaba en las diversiones que su opulencia podía ofrecerle el alivio a sus penas, que deseaba. La música servía sólo para entristecerle, los cantares más alegres, las trovas más dulces le fastidiaban, la alegría de los bailes le inspiraba el despecho, y el lujo de los torneos, las voces, el rumor del gentío y los ojos de las hermosas eran para él vastos desiertos donde se perdía sin hablar con nadie, solo siempre con sus pensamientos en medio de la multitud. Se hubiera creído al verle distraído, melancólico y solo en medio de los placeres, que era la sombra de un hombre que vagaba acá y allá sin destino, o una estatua sepulcral arrancada de la tumba que adornaba, e impelida de algún resorte oculto que la movía. La pasión que había tenido a Zoraida había agotado en su corazón las fuentes del sentimiento, y sólo le había quedado fuerza para sufrir y memoria para hacer eterno el gusano que le roía.

Fastidiado de los placeres, se entregó a toda clase de vicios para sepultar en el delirio del juego o en la embriaguez el tormento que le hostigaba. Pero ni la ganancia le alegraba ni la pérdida le entristecía, mientras el vino, lejos de borrar de su fantasía las imágenes de su tristeza, poniéndole en el estado de inercia absoluta a que reduce este vicio generalmente o comunicándole el júbilo con que trastorna y alienta el ánimo más caído, le entregaba más profundamente a todo el horror de sus pensamientos.

Entonces fue cuando, siguiendo el impulso natural al hombre de buscar su felicidad, recordó a su olvidada Leonor, propuso reformar su vida, halagó un momento sus penas con las dulces memorias de su juventud y el recuerdo de los días en que, lleno de gozo, sintió el inocente fuego del amor puro a vista de su hermosura. Nada prueba tanto el poder de la virtud como el homenaje que le tributa el vicio, y el hombre más criminal es el que admira más la inocencia, y el más corrompido suele ver con enfado las costumbres estragadas de los demás y gusta tanto del candor que, a veces, ya que no puede hallarlo en las personas que le rodean, exige al menos las apariencias.

Sancho Saldaña estaba ya harto de libertinaje, y creyó que sólo Leonor, el encanto de sus primeros amores, podría volverle la paz que había perdido, y sintió renovarse en su pecho, ya que no su primer amor, al menos un sentimiento más dulce que los que le habían agitado hasta entonces. Su alma se abrió al soplo de la esperanza por un momento, y la idea de un enlace dichoso que pusiera fin a su inquietud en brazos de Leonor y en medio de caricias desconocidas todavía para él, era tan halagüeña que a veces llegaba hasta ahogar, en algún modo, los gritos de su agitada conciencia.

Resolvió, pues, pedírsela por mujer a su padre, que aun vivía, y volviendo a vestir las ya casi olvidadas galas, ordenó a sus pajes y escuderos que se adornasen y engalanasen, disponiendo al mismo tiempo los mejores caballos de sus cuadras soberbiamente enjaezados. Un rayo de luz brilló en su encapotada frente por un momento, bien así como un rayo de sol entre las nubes de la tormenta, y la guarnición del castillo vio con asombro la mudanza que había habido en su jefe, y aquel día fue el primero, puede decirse, que alumbró el sol el castillo.

Sólo la despreciada mora veía con despecho y celos aquellos preparativos. Sus hermosos ojos negros, en que brillaba el fuego de una osadía más que varonil, giraban vertiginosos acá y allá, y la fiereza de su altiva y pronunciada fisonomía parecía realzada con su inquietud. Sus miembros temblaban de cólera, y la sangre africana, irritada con los desprecios de su amante, hacía latir con tanta fuerza su corazón, que parecía querer saltarse del pecho.

Había sido cautiva Zoraida cuando apenas rayaba en los quince años, y era lo que podía llamarse un modelo de hermosura árabe. De airoso continente, alta y briosa de cuerpo, su marcha era la del cisne cuando gira sereno en las aguas y su mirada la del águila que desafía al sol frente a frente. Sus pasiones impetuosas y vehementes daban a todos sus deseos un carácter tal de fuerza, que su voluntad había de cumplirse o debía ella perecer en su empeño. Estaba acostumbrada a arrostrar los caprichos de la fortuna, y aun a veces a vencerla y a sujetarla, y esta lucha continua en que había pasado toda su vida la había dotado de un valor a toda prueba en los riesgos y de un arrojo en sus empresas que rayaba en temeridad. Pocas veces había llorado en su vida y siempre que había derramado lágrimas había sido implorando venganzas o meditándolas. Amaba (no, amaba es poco), deliraba, idolatraba, miraba a Sancho Saldaña como a su Dios, como a su todo, y a consecuencia de tanto amarle, su mismo frenesí, su mismo amor rayaba en aborrecimiento, de suerte que le odiaba y le idolatraba a un tiempo, y a un tiempo le arriesgaba y le protegía, le despreciaba y le defendía, buscándole y huyendo de él, insultándole y acariciándole, y sintiendo afectos tan diferentes con la misma violencia que la pasión frenética que los movía.

Tal era la mujer que había trastornado el genio, el rostro y el corazón de Saldaña, pero que si le había precipitado en un abismo de males no había titubeado en arrojarse con él, y que si lo había llenado de remordimientos, su corazón ardía en la pasión más arrebatada y sin esperanza que puede sentir mujer. Si tal era su amor y la arrastraba a tantos desaciertos viéndose pacíficamente correspondida, ¡cuál sería su furia cuando hallase una rival que combatir, una enemiga tan temible como Leonor! Supo para qué eran los preparativos de su amante, penetró la causa de su alegría, y sin darle una sola queja riprimió su ira, calló, y sin derramar una lágrima, ni siquiera exhalar un suspiro, se retiró a meditar su venganza, determinada a morir o a llevarla a cabo, imaginándola cruel, terrible y digna del ultraje que se le hacía. El resultado probó hasta dónde llevaba sus planes el rencor con que los trazaba. Sancho Saldaña entre tanto, habiendo dispuesto su comitiva, se encaminó al castillo de Iscar resuelto a sacrificar su orgullo y a sufrir cualquiera mala razón de don Jaime con tal de lograr el blanco de sus deseos.

Llegado que hubo al puente levadizo hizo sonar su trompeta y que se anunciase un heraldo, a cuya señal, habiendo respondido desde el castillo, el heraldo anunció que su amo, el ilustre conde de Saldaña, deseaba hablar en particular con el muy noble señor de Iscar y que aguardaba allí su respuesta. Estaba en este momento don Jaime hablando con Leonor de lo que contaban del señor de Cuéllar, y cuando oyó su nombre no pudo contener su cólera.

-¿A qué viene aquí ese malsín, ese traidor a su rey? ¿Viene a insultarme? Se engaña, porque me quedan aún fuerzas bastantes para obligarle a que me respete. ¡Hernando! -gritó a su hijo-, pon los arqueros en las almenas y dile que yo no respondo a traidores sino con las armas.

-Pero, señor -contestó Hernando-, su traje y su séquito son de paz, y no sería honroso responder con armas al que se nos entrega sin ellas.

-Es verdad, y has apuntado bien -repuso el viejo-, cuanto más que el heraldo debe ser respetado según la ley de la guerra; me acuerdo todavía que en Sevilla, cuando estaba allí la flor de la caballería de España con el Santo rey, padre de nuestro monarca, degollamos una partida de moros que había ahorcado de un árbol un heraldo nuestro que llevaba a la ciudad un mensaje, obrando según la ley de la guerra.

-Señor, ¿qué mandáis que se le responda? -interrumpió respetuosamente su hijo.

-El padre de ese muchacho estaba allí entonces -continuó el buen viejo como distraído, y por cierto que era una de las buenas lanzas que había... ¡Ah!... Sí, se me olvidaba -repuso volviendo en sí-; nada, que se vayan, que aquí no tienen qué hacer; que se vayan, y cuanto antes.

La respuesta era tan definitiva que nada quedaba que replicar; pero Leonor, considerando los peligros a que se exponía su padre haciendo este desaire a Saldaña, determinó sacar de él una respuesta más dulce y que no le expusiese para lo futuro a los riesgos que cualquiera indiscreción podría atraer sobre ellos en circunstancias tan espinosas, y así añadió con voz tímida:

-Padre mío, ¿y si viene a proponeros una reconciliación?

-Entre nosotros no cabe ninguna, hija mía.

Y deteniéndose un momento como pensativo, exclamó:

-Sí, que entre, que entre; quiero seguir el parecer de nuestro sabio rey don Alfonso, que decía que antes de sentenciar es menester oír las partes.

Mucho debió de agradecer Saldaña que este dicho de Alfonso X se presentase a la memoria del caballero, pues de lo contrario hubiera tenido que volver pies atrás; pero las sentencias del sabio Alfonso eran para don Jaime tan sagradas como los preceptos de la religión, no conociendo otro rey ni otra autoridad que la suya; y aunque Sancho el Bravo era el verdadero rey de Castilla entonces, él siempre daba este título a su padre, sin que hubiera fuerzas humanas que le hicieran dar al hijo otro nombre que el del rebelde.

En esto Sancho Saldaña, habiendo recibido el permiso de entrada, llegó al salón donde estaba sentado don Jaime aguardándole, y de que había salido Leonor por respeto a su padre y decoro de su persona.

Conservaba aún Sancho algunos restos de su belleza, marchita ya por el rigor de sus pasiones y el estrago que habían hecho en él los vicios a que últimamente se había entregado; pero en medio de la palidez y severidad de su rostro y la expresión melancólica de su fisonomía, creyó descubrir el anciano en su porte vigoroso y caballerosa apostura alguna semejanza con la marcialidad y belleza del padre en los tiempos de su juventud. El primero que habló fue don Jaime, y dijo:

-Mucho me extraña vuestra visita, señor conde, que puesto que vuestro padre y yo fuimos amigos y compañeros en mejores tiempos que los presentes, ya hace años que acabó nuestra amistad y rompimos lanza con punta de tal modo que se hizo imposible entre nosotros toda reconciliación.

-No vengo ahora -respondió el conde con aire noble, aunque sumiso y arrepentido- a discutir con vos los motivos de vuestros resentimientos con mi padre. Baste deciros que mi poca edad me perdonó el disgusto de mediar en ellos, y que las causas que os resintieron con él no creo que existan para conmigo.

-Tendríais razón, joven -repuso el señor de Iscar-, si vos, dejando a un lado las opiniones de vuestro padre, hubierais depuesto al menos las armas y no hubierais seguido también el partido del hijo rebelde, que no podrá hallar paz nunca en su corazón por haber levantado bandera contra su mismo padre.

Estremecióse Sancho Saldaña al oír estas palabras que pronunció el señor de Iscar con sentimiento, frunció las cejas, y el temblor convulsivo de sus labios anunció que algún remordimiento le fatigaba; pero el anciano, sin echarlo de ver, continuó diciendo:

-Digo, pues, que tendríais en ese caso razón; pero vos desoísteis la voz de vuestra conciencia, seguisteis el ejemplo de vuestro padre, y aunque puede ser más perdonable en vos que en él, a causa de vuestra edad, yo he jurado odio implacable a los enemigos de mi rey, y si acaso puedo compadecer a alguno por el merecido castigo que les aguarda del Vengador de los justos, no podré nunca en mi vida reconciliarme con ellos. Ahora decid lo que tengáis que comunicarme.

Dicho esto se puso a mirarlo con atención, como aguardando su respuesta; pero Sancho Saldaña no se hallaba en estado de responderle. Por una parte, veía frustradas sus esperanzas, y se juzgaba condenado a ser eternamente infeliz, mientras por otra, algunas palabras de las que había dicho el anciano tenían tanta relación con alguna de las causas de sus remordimientos, que sintió ahogársele la palabra, y un estremecimiento convulsivo se apoderó de todos sus miembros. El anciano esperó un rato la respuesta, y habiendo notado sus movimientos, los atribuyó a su orgullo ultrajado por haberle supuesto un momento capaz de humillarse hasta el punto de venir a implorar de él una reconciliación.

-Veo en vos -dijo- el carácter de vuestro padre, y sé que los Saldañas han sido siempre demasiado altivos para mendigar la amistad de cualquiera que sea; pero como podíais tener algún intento que proponerme sobre el que requirieseis mi asentimiento, he empezado por haceros ver que conmigo es imposible toda reconciliación.

-Y si dependiese de ella -exclamó tristemente Saldaña- la esperanza, la felicidad de un joven que, aunque criminal, nada os ha hecho para merecer vuestro odio; si dependiera de vos que un alma se ganara todavía para el cielo en vez de que, entregándola a la desesperación, quede abandonada a todas las asechanzas de Satanás, entonces, señor, entonces, ¿que diríais? ¿Qué determinaríais?

-Hablad -repuso al momento don Jaime-: el sabio rey don Alfonso decía que todos tienen derecho a exigir siempre que se les oiga.

-Señor -continuó el conde, lleno de agitación-, de este momento depende mi vida o mi muerte; vos sólo podéis pronunciar mi sentencia, vos sólo podéis salvarme, de una sola palabra vuestra depende mi felicidad. No me consideréis como el hijo de Rodrigo Saldaña, miradme como un extraño; suponed en mí un pasajero que en la oscuridad de la noche no puede encontrar un asilo donde refugiarse de la lluvia y os pide hospitalidad; mirad en mí un pecador arrepentido, un hombre que va a arrojarse a un abismo, y cuya muerte podéis evitar con sólo tenderle una mano que le separe. Miradme así, y no me negaréis el tesoro único que deseo en el mundo, el día, la vida, el cielo de mi corazón.

-Hablad, pues -exclamó conmovido el anciano- y yo os prometo que como mi honor y el de mis hijos no peligre ni se mezcle en lo que me pidáis, que, olvidando todo resentimiento, os concederé lo que me suplicáis tan de veras.

Sancho Saldaña bajó un momento los ojos al suelo como indeciso, miró a don Jaime, volvió a bajarlos, y como un hombre que arroja de sí un peso superior a sus fuerzas, dio un suspiro y dijo en voz apenas inteligible:

-Yo amo a Leonor.

-Sé que la habéis amado; continuad -repuso gravemente don Jaime.

-La he amado, sí, pero nunca tanto como ahora que veo en ella la fortaleza de mi descanso -repuso el conde-; la he amado, pero ahora veo en ella sola el reposo y la paz de toda mi vida. Yo vivo ya ha mucho tiempo fatigado y harto de cuanto bueno y malo me rodea; el mundo es más viejo para mí, a pesar de mis pocos años, que lo es para vos al cabo de vuestra edad; todo está usado en él; nada hallo nuevo en la Naturaleza; la luz del sol, la noche, la primavera, lo más bello, lo más tremendo con que puede recrear el cielo o amenazar en su cólera, nada me inspira un sentimiento nuevo; sólo Leonor es el único objeto que puede inspirármelo, sólo ella puede volver a mi alma la sensibilidad que ha perdido. Su mano...

-Joven, ¿sabéis lo que me pedís? -repuso don Jaime levantándose con dignidad-. Nunca mi sangre se mezclará con la vuestra, así como la lealtad no se ha mezclado nunca con la traición.

-Ved, señor -exclamó el conde-, que va mi dicha en vuestras palabras.

-Silencio -replicó el caballero-. Os he oído con paciencia, y es cuanto podíais exigir de mí; os compadezco, pero no penséis más en Leonor.

-¿Y me abandonaréis a mi suerte? -dijo el conde en actitud decente, pero suplicante-. ¿Desecharéis mis súplicas y me dejaréis en el camino de la perdición?

-Basta, basta -replicó el anciano-, y en verdad que es humillante para un hombre de vuestro linaje abatirse tanto delante de su enemigo.

-¿Queréis serlo? -respondió Saldaña, recobrando su natural fiereza, impelido de su altivez-; pues bien, sobre vos caigan los nuevos crímenes que me haga cometer la dureza de vuestro corazón, sobre vos caigan las maldiciones de un joven perdido en lo mejor de sus años y condenado ya en vida a todos los tormentos del infierno. Sobre vos...

-Basta, he dicho -replicó irritado don Jaime-; salid de mi castillo, y dad gracias al modo y la intención con que habéis venido que no os mando arrojar por una ven tana.

-¿A mí? -repuso todo encolerizado don Sancho-. ¿A mí? -pero conteniendo su ira, continuó-: Viejo cruel, no me precipitéis; un crimen es para mí poca cosa; dame tu hija, yo te pediré perdón, yo seré feliz y te lo deberé a ti solo, si no... poseerla no me costará más que cometer un delito.

-¡Hernando! -gritó el anciano a su hijo, que se presentó al momento a su voz-, echad del castillo a ese traidor, hijo de un traidor, que viene a insultar mis canas.

-¡Conde don Sancho!... -dijo entonces Hernando.

-¡Hernando! ¡Amigo! -exclamó Saldaña.

-¡Conde don Sancho, repito, obedeced a mi padre!

-Está bien -repuso el conde-, salgo de vuestro castillo; no mancharé mi espada en la sangre del amigo de mi juventud, porque ya tengo bastantes manchas de sangre inocente en mis vestidos; pero juro que ha de ser mía Leonor, ha de ser mía, ¡vive Dios!, de fuerza o de voluntad.

Dicho esto dejó el castillo, y metiendo espuelas a su caballo corrió a rienda suelta hasta Cuéllar sin ver el camino que llevaba ni reparar si le seguía o no su gente. Desde entonces mil imaginaciones, mil venganzas le agitaron, y la cólera y el orgullo luchaban en su corazón; pero ya sea el miedo de irritar a Leonor, particularmente si atropellaba el castillo de su hermano asaltándolo para robarla, ya que creyese, vista la guarnición de la fortaleza, que era empresa de mucho tiempo y dificultad, lo cierto es que en mucho tiempo pareció haber olvidado su juramento y no hizo o no pareció hacer intención de cumplirlo. Con todo, día y noche pensaba en su felicidad, y, por consiguiente, en Leonor, y resuelto, por último, a poseerla de cualquier modo, imaginó robarla como único medio que le quedaba.

El Velludo, a quien daban este mote por el mucho vello de que estaba cubierto, era el ladrón más famoso en Castilla y el terror de aquellos contornos. Había sido soldado en su mocedad y militado en diversas partes, habiendo alcanzado en todas ellas fama de esforzado, y debiendo esta gloria tanto a su buena suerte como a su intrepidez natural. Era entonces de edad de cuarenta años, y no había perdido nada de la robustez y fuerza de su juventud. Fiero y colérico en demasía, no dejaba de ser a veces cruel si le arrebataba la ira, pero su índole era generosa naturalmente, y más bien hacía mal por oficio que por inclinación. Durante las refriegas de Castilla, y en medio de la confusión que dominaba en el reino, había tomado las armas y formado su tropa de bandoleros, saqueando acá y allá, tan pronto a un partido como a otro, prestando sus servicios a todos cuando la utilidad de éstos se convenía con su interés propio, y distinguiéndose siempre en sus hechos tanto por su astucia como por la osadía de sus planes.

A éste, pues, comunicó los suyos Sancho Saldaña, imaginando diestramente el modo de robar a Leonor sin que él apareciese culpable.

Ya hemos dicho que había dejado pasar el conde mucho tiempo desde la entrevista con don Jaime hasta el momento de cumplir su empresa, y en más de un año después de la muerte del caballero no tuvo medio o no se resolvió a efectuarla. Presentósele la mejor ocasión que podía esperar, sabía que la caza era una de las diversiones favoritas de los dos hermanos, y habiendo introducido un halconero de su confianza en el servicio del señor Iscar, tuvo aviso del primer día en que pasado el tiempo del duelo volverían los hermanos a su acostumbrado divertimiento.

Llamó al punto al Velludo, y ofreciéndole una recompensa considerable, trataron juntos del modo de robar a la dama sin que él se comprometiese y, al contrario ganase su voluntad. Para esto se valieron del modo ya referido en el capítulo anterior, teniendo Saldaña el intento de al siguiente día presentarse delante de los bandidos, que habían de huir a su vista y abandonarle a Leonor para que él, como libertador suyo, mereciese de este modo su afecto con menos dificultad.

Pero el cielo, que vela sobre la inocencia y convierte en humo las asechanzas y los pensamientos del impío, hizo que en medio de la agonía de Leonor se presentase a deshora un ser en apariencia sobrenatural que, aterrando con su vista a aquellos hombres supersticiosos y crédulos, la libertó por entonces de sus enemigos y desbarató los planes del tétrico y desesperado Saldaña.


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Capítulo V
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Sancho Saldaña José de Espronceda


El bosque era muy espeso,
todos perdido se hane,
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
andando a un cabo y a otro
mucho alejado se hae:
tantas vueltas iba dando
que no sabe donde estae,
La noche era muy escura,
comenzó recio a tronare.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Romance del marqués de Mantua y Valdovinos.


A este tiempo toda la tropa de Iscar estaba vagando por los pinares. Los cazadores, después de haber registrado el bosque por todas partes en busca de sus señores, habían hallado al fin de mucho tiempo, caído aún debajo de su caballo que le había cogido una pierna, al único testigo de la pérdida de Leonor. Estaba éste con el humor que fácilmente podemos imaginarnos se encontraría en su situación un hombre de un genio intrépido y arrebatado. Había visto robar a su hermana ante sus mismos ojos a dos hombres que creía por su clase incapaces e indignos de medirse nunca con él, y que entonces se habían burlado de su valor derribándole, cometiendo su intento y mofándose de sus amenazas.

Añadíase, además, a esto, que ya era bastante para exasperar otro ánimo menos colérico y orgulloso que el suyo, haber estado más de dos horas caído con su caballo, haciendo esfuerzos para levantarse y sin haber podido siquiera mover la pierna, que tenía cogida debajo, con tan crueles dolores, que sólo podía calmarlos un tanto la ira que le sofocaba. En esto llegaron, como se ha dicho, los cazadores, y Hernando en cuanto los vio:

-Juro a Dios -dijo-, canalla, perros, que os he de mandar colgar de una almena; id, seguid por ahí todo derecho, a la izquierda han llevado a vuestra señora dos malsines como vosotros. Seguid por ahí, ¡vive Dios!, ayudadme a salir de este maldito animal, que creo que me ha de haber roto esta pierna.

No había acabado de decir esto cuando un cazador ya viejo, y que parecía el jefe o capataz de los otros, gritó:

-Vamos, pie a tierra dos de vosotros; tú, Cantor, buen viejo, y tú, Garci-Pérez, ayudadme a sacar a nuestro amo.

Y diciendo y haciendo, cogidos dos de la cola del animal y el viejo tirando de ambos brazos al caballero, lograron ponerlo en pie, aunque con mucha dificultad.

-Así me sucedió a mí en la batalla de... -dijo el que parecía capataz, mientras apoyaba la pierna derecha en la barriga del animal y tiraba por bajo de los brazos de su señor-. Vaya una noche que pasé; toda la noche debajo de mi caballo sin poderme menear más lejos que un caracol en medio minuto.

-¿Y qué diablos importa a nadie lo que te sucedió esa noche? -interrumpió Hernando, lleno de enfado, y sin saber con quién desahogaría su cólera.

-Cierto es que no le importa a nadie -replicó el veterano con la misma calma-, pero a mi...

-¡Basta, por Dios, Nuño, basta! Y dadme ahí otro caballo, y vamos -interrumpió otra vez el señor de Iscar.

-¡Que nunca me ha de dejar hablar! Vamos, es lo mismo que el padre: no podía sufrir que hablasen delante de él -murmuró Nuño entre dientes-. Pero qué, ¿estáis herido? -añadió, mirándole con cuidado.

-No, no tengo nada -repuso Hernando con impaciencia.

-La sangre es de este pobre animal -respondió el viejo a quien Nuño había llamado Cantor-; ha caído, si, pero como un pino hendido por el hacha del leñador.

-Pobre Brioso -dijo entonces Nuño, acariciando la frente del alazán-. ¡En dónde has venido a caer! Ya sé yo que tú eres leal para tu jinete; vaya, que se encargue alguno o en llevar a este pobre bicho al castillo; quiero a este caballo, porque lo montaba muchas veces el padre de don Hernando y nos hemos hallado juntos en más de un encuentro.

-Vamos, Nuño, Nuño, ¡a caballo! -gritó Hernando, reprimiendo su ira por el respeto que le imponía el más antiguo servidor de su casa-. Vamos; ¿así olvidáis que está mi hermana en peligro?

-A caballo -contestó el veterano, y saltando en el suyo con más ligereza que lo que prometían sus años, prosiguió diciendo-: Vamos, guiad adonde queráis.

-Voto va -continuó, siguiendo a galope la senda por donde había echado su amo-, voto va, que es doña Leonor la joya más rica que hay en la casa. ¡Cómo la quería su padre! ¡Y a mí me quiere tanto! Por Santiago, que me muera yo esta noche si no la saco aunque sea de mano de los filisteos. Mira, Cantor -añadió, dirigiéndose a su compañero-, ¿te acuerdas de don Jaime? Mira, mira cómo se le parece su hijo; ahí va a caballo que por detrás se me figura que le estoy viendo. Te juro que como yo vuelva a hablar a doña Leonor... ¿Cómo la llamabas tú en tu canción?... Aquello de un cielo...

-Todo es poco -repuso el Cantor- para alabar aquellos ojos de dulzura y de majestad.

-Sí, pero di la canción -insistió el viejo.

-¿Cómo quieres que recite yo versos al paso que vamos? ¿Te parece a ti que mis canciones son para oídas a galope y en un camino?

-Toma, más de una vez -replicó Nuño- las he tarareado yo yendo a escape a embestir a los enemigos; me acuerdo, en la batalla de...

-Calla, que el amo ha hecho alto y me parece que nos hace señas de que vayamos.

-Está de Dios -murmuró entre sí el buen viejo- que nunca me han de dejar hablar.

En efecto, era así como decía el Cantor. Hernando, adelantándose de toda su tropa, había seguido a todo el galope de su caballo el camino por donde presumía que Usdróbal y Zacarías habrían conducido a Leonor; pero habiendo llegado a un sitio cubierto todo de maleza, y donde no había seña de pisada alguna, creyó que había perdido la senda, y los llamaba para tratar con ellos el rumbo que habían de seguir.

Empezaba ya a oscurecer, y la tempestad, que había hecho recogerse a los bandoleros, anunciaba ya su furia con algunos relámpagos de tiempo en tiempo. Poco impedimento era éste para el ánimo del señor de Iscar, y mucho menos en la impaciencia que le agitaba; pero la absoluta ignorancia en que se hallaba del camino que habían tomado los robadores le tenía suspenso y no sabía si pasar adelante o volver atrás.

El convento del Pinar, único edificio aislado en aquel desierto, se descubría apenas a cierta distancia entre los árboles, y era de presumir que no habrían elegido aquel camino los bandoleros, siendo por razón del convento el más fácil que había de hallar. Por otra parte, el río Pirón, que corre allí cerca, era el paso que dividía las tierras de Iscar de las de Cuéllar, y no era probable que hubiesen vadeado el río hacia este punto, siendo fama que aquella parte era la única en todo el país respetada de los ladrones. Perdido en estas imaginaciones había hecho alto, y a poco tiempo tuvo a su lado al Cantor y a Nuño, que llegando a él muy quedito le preguntaron si había descubierto algo.

-Nada, por mi desgracia -repuso Hernando-. He venido todo el camino ojo alerta figurándome ver a Leonor tras de cada mata. La hemos perdido -añadió meneando la cabeza y haciendo cierto rumor con la lengua contra los dientes de arriba, que anunciaba la poca esperanza que le quedaba-. ¡Cómo ha de ser! Será menester que nos retiremos; la noche trae mala cara.

-Poco importa la cara que traiga la noche -repuso Nuño- si sabéis algo, o podéis darme a mí indicios de dónde podría yo encontrar a doña Leonor. Que por Santiago, las tempestades y yo nos conocemos ya ha mucho tiempo, y ni uno ni otro nos hacemos mal, y yo os prometo que, como siquiera me indiquéis lo bastante para que yo imagine dónde se puede hallar, la he de traer o me he de dejar de llamar Nuño Vero. Me acuerdo una noche...

-Lo -mismo digo -interrumpió el poeta-. ¿Qué será de nosotros en el castillo si no vemos brillar nuestra aurora en los ojos celestiales de la virgen de Iscar? No, es preciso buscarla a todo trance; es preciso.

-Bravo, buen trovador -exclamó Nuño, que, aunque resentido de las interrupciones continuas que ponía el poeta a su conversación, le había hecho olvidar la que acababa de sufrir el buen deseo que manifestaba-; tú me acompañarás en mi expedición esta noche, y vos -continuó, dirigiéndose al señor de Iscar- os podéis retirar con la gente.

-La gente se podrá ir sola -repuso el señor de Iscar-, que por Dios no se ha de decir nunca que dejé en el peligro a la que mi padre confió a mi cuidado.

-Pero, señor -replicó Nuño-, la noche va entrando y el huracán amenaza ser espantoso, y aunque ya más de una vez os he visto enristrar lanza contra...

-Ya he dicho -interrumpió Hernando- que la gente se puede ir y que yo me quedaré con vosotros.

-Está de Dios que nunca he de acabar de decir lo que siento -susurró a media voz Nuño Vero, para quien no había nada tan incómodo como que le interrumpiesen cuando estaba hablando.

-Mandad a la gente que se retire -continuó su amo.

-Sí -replicó el veterano-, todos se irán, menos ese halconero nuevo que viene ahí con nosotros, y que conoce esta tierra como la palma de la mano. Y cuanto más, que siempre me acuerdo que vuestro padre recomendaba tomar un guía para ciertos casos, y más de un ejército se hubiera perdido si...

-Pues bien, llamadle y vamos -interrumpió el Cantor.

-Voto va, señor trovador -dijo irritado Nuño- que más de una vez os he dicho que nunca me interrumpáis cuando hable, y no parece sino...

-Vamos pronto, Nuño, antes que sea más tarde -dijo Hernando.

-Otro que tal -exclamó el veterano al verse interrumpido de nuevo; y metiendo espuelas a su caballo llamó al halconero y ordenó al resto de la tropa que se retirase al castillo, lo que hicieron obedeciéndole, aunque todos con mucho disgusto y más gana de acompañar a su amo que de retirarse.

Quedaron, pues, solos los cuatro, y habiendo preguntado al halconero si sabía la habitación de los bandoleros o hacia qué parte podía caer, éste respondió que, aunque no podía fijamente decirlo, creía que poco más o menos acertaría. Y sirviéndoles de guía echó delante, y poniéndose todos en marcha emprendieron su camino a poca distancia de él.

Era este halconero el espía que, como se ha dicho, había introducido Sancho Saldaña en el castillo de Iscar y el que avisó al Velludo del día y sitio en que había de suceder la caza. Conocía a palmos aquella tierra, y era, en efecto, el mejor guía que podía haber tomado nuestro caballero si hubiese ayudado su buena intención a su habilidad. Pero su voluntad era de las más torcidas, y en este momento no trataba nada menos que de entregarlos en manos de los bandidos para que los robaran y aprisionaran, y haciéndoles pagar su rescate, tener él parte en la presa sin apariencia de culpa alguna. Con este mal intento caminaba en medio de la oscuridad a la luz de los relámpagos que de tiempo en tiempo envolvían el bosque en un mar de fuego deslumbrando a los caminantes y sepultándolos en nuevas sombras y lobreguez.

Era el halconero naturalmente cobarde, y el estallido de los truenos y el brillo de los relámpagos espantaban su caballo de tal manera que a cada instante se paraba renovando el miedo de su jinete con la superstición que corría entonces de que estos animales veían espíritus y aparecidos cuando, reacios a la brida, no seguían adelante su movimiento. Pero el veterano Nuño, que tenía un temple de alma muy diferente, aunque en otras cosas pagara también tributo a la superstición de su siglo, se acercó a él y dijo a su amo:

-El miedo de este necio le va a hacer perder el camino, y lo mejor será ponernos a su lado no sea que vuelva grupa en medio de la oscuridad y nos deje, como nos sucedió una vez el año de 1243, poco antes de...

-No me parece mal tu consejo -interrumpió Hernando, y poniéndose junto al guía le dijo si estaba seguro del camino por donde iba.

-No mucho -repuso el guía-, y creo que haríamos mejor en volvernos, porque el huracán amaga romper muy pronto y puede sepultarnos entre la arena cuando no debajo de algún pino de los que tronche.

-Cobarde criatura -respondió el Cantor-, debía dar gracias al que te ofrece ocasión de ver uno de los espectáculos más sublimes de la Naturaleza, cual es una tempestad.

-Más me gusta en noches como ésta -replicó el guía- una bota de vino con buena cena y una mala cama bajo techado que la tempestad más bonita que vos os podéis pensar. Que por Dios, que no es bueno andar a estas horas por los caminos.

-Siempre he oído decir lo mismo a todos vosotros -replicó Nuño-, pero ya yo entiendo a los guías, que de algo me han de servir cuarenta años que llevo de andar por el mundo, y ya no soy ningún niño y no me la pega nadie. Me acuerdo una vez que le metí a un paisano... hará ahora diez años, el de 1274, día de San José, por la noche, cuando entramos en el reino de Granada diez mil peones y más de tres mil caballos, que, como iba diciendo...

-Acabaréis, voto a tal -interrumpió Hernando-, que con los truenos y vuestra sempiterna charla no puedo oír bien las voces que me parece que suenan ahí cerca.

-No son malas voces -respondió el halconero-; es el bramido del huracán, y lo mejor será que echemos hacia este lado -añadió dirigiéndose a las orillas del Adaja- si no queremos hallar aquí nuestra sepultura.

No había acabado de decir estas palabras cuando se desató el huracán con tanta furia que tuvieron que apearse de los caballos, y de allí a poco sintieron crujir junto a sí los árboles y oyeron el estruendo de su caída.

-¡Dios mío! ¡Virgen Santa! -gritó el halconero, tan despavorido y amedrentado que sus miembros se paralizaron y no acertaba a moverse.

-Sácanos de aquí, ¡vive Dios! -exclamó Hernando, cogiéndole fuertemente de un brazo-, o te barreno el pecho de una estocada.

-Adelante, pillo -gritó Nuño, asiéndole del otro brazo-, adelante o te ato ahí a un árbol para que observes despacio la tempestad como nuestro amigo el poeta, que está en sus glorias. Vamos, Cantor, ¿en qué diablos estás entretenido que no nos sigues?

El poeta entre tanto, sin acordarse del peligro que le rodeaba, contemplaba absorto a la luz de los relámpagos el trastorno sublime y la confusa belleza de la tempestad. Ya veía rasgarse el cielo en llamas y descubrir a sus ojos otros mil cielos ardiendo, ya seguido de espantosos truenos lanzarse el rayo en los aires brillante como las armas de mil guerreros, ya imaginaba que oía en los bramidos del huracán los cantos de guerra de un ejército numeroso.

-Vamos, trovador, síguenos -le dijo Hernando, cogiéndole de la aljuba a tiempo que un relámpago le mostró el éxtasis de su poeta.

El guía, temeroso de Nuño, que iba aconsejándole de desvanecer el miedo so pena de verse obligado a cumplir la promesa que le había hecho, emprendió de nuevo su marcha y el Cantor echó detrás de él con su amo.

-En verdad -dijo- que mejor tempestad ni más magnífico espectáculo hace ya tiempo que no se presentaba a mis ojos. ¡Qué grandiosidad! No parece sino que el cielo y el bosque y todo está ardiendo en la naturaleza, y el bramido del huracán suena como los quejidos de las fieras que ven desaparecer entre las llamas el abrigo a que se recogían.

En esto llegaron a la orilla del río en cuyas aguas rielaban los relámpagos como si el fondo fuera todo de fuego, y el guía pidió licencia para reconocer el terreno, pues, según dijo, estaba allí cerca la caverna de los ladrones.

Como no había motivo ninguno para desconfiar, el señor de Iscar no tuvo reparo en dársela, aunque muy a despecho de Nuño, que quería seguirle. Trató con todo de echar tras de él, y dejando su caballo al Cantor empezó a caminar a su lado; pero habiendo tropezado en las raíces de los árboles a tiempo que un relámpago le deslumbró con su luz, cuando volvió a levantarse halló que el guía había desaparecido, haciéndoselo creer del todo que, habiéndole llamado a voces, no respondía.

-Mal haya yo -exclamó- que te solté el brazo, cuando caí, para no romperme las narices y no hice que te rompieras el alma haciéndote caer conmigo. ¡Tunante! ¡Hola, malsín! ¿Dónde andas? Yo te juro que si te cojo que te he de enseñar a no abandonar otra vez en tu vida al que te tome por guía. Y no es eso lo peor, sino que ¿cómo vuelvo yo ahora adonde ha quedado mi amo y ese maldito de Cantor, que siempre me interrumpe en lo mejor de mi conversación? Mira, malsín -prosiguió, gritándole al guía-, vuelve, voto a tal... Bien decía mi amo, el padre de don Hernando, que a veces era precaución necesaria llevar atado el guía de modo que no se pudiese escapar. Si yo le pudiese coger, pero ¿qué? Pies para qué os quiero; irá ese tunante por ahí con el miedo que lleva que no le alcanzará el viento. Hasta el castillo lo menos no para de correr. Pero a bien que mañana será otro día.

No era el camino de Iscar el que había tomado el halconero, y el buen Nuño se engañaba en su pensamiento, no siendo el miedo sólo sino su mala intención lo que le hizo desaparecer. Con todo, las voces de Nuño le asustaron de tal modo, creyéndose perseguido, que, sin ir directamente a la cueva de los bandidos, se agazapó y escondió entre unos matorrales hasta que cesó enteramente de oírlas. Entonces, arrastrándose como pudo, se deslizó hacia el río junto a la boca de la caverna por dar la alarma entre los ladrones y avisar al Velludo que sorprendiese y robase al señor de Iscar.

Pero cuando ya estaba próximo a cumplir su traición e iba a entrar en la cueva, fue cuando un espectro, que él temía mucho y conocía muy bien, salía de ella agitando una encendida tea teniendo asida de la mano una hermosísima joven, que le seguía toda trémula y demudada, y en quien el halconero reconoció a Leonor. No creyó menos al ver la repentina aparición sino que aquella cueva era la entrada del otro mundo, y recogiendo en su mente cuantas oraciones y rezos pudo recordar en aquel apuro, empezó a santiguarse muy de prisa y a correr con más miedo de la aparición que de todo el riesgo con que le amenazaba la tempestad. Entre tanto la maga apagó la antorcha, acaso por precaución, y emprendió su marcha sin hablar palabra a Leonor y sin soltarla del brazo, mientras ésta la seguía como por instinto.

En esto Nuño, que siempre hablando entre sí había seguido adelante por la orilla del río, tropezando aquí, cayendo allá, y cada vez levantándose con más brío con la esperanza de hallar el guía, vio a la luz de un relámpago un bulto negro que se deslizaba y desvanecía entre los árboles.

-¡Ah, malsín! -exclamó-, ya te he visto, y por Santiago que te he de atrapar o mal me han de andar las manos.

Y favorecido de otro y otro relámpago, que se sucedieron, siguió el camino que a su entender había tomado el bulto que él imaginaba que era el guía. Pero no había andado unos pasos cuando, crujiendo en mil astillas y estallando un pino en dos partes tronchado por el huracán, vino al suelo con grande estrépito tan cerca de él, que, rozándole con las ramas, le hizo dar en tierra cuan largo era. Mil remolinos de arena pasaron sobre el pobre Nuño, y cuando pudo levantarse y abrir los ojos, a la luz de un relámpago divisó una cosa negra en el viento a cierta distancia que, a su entender, cuando volvió la oscuridad, había desaparecido en el aire con el relámpago.

Ya hemos dicho que Nuño no dejaba en ciertas cosas de ser algo supersticioso. Había visto aquel bulto, que él imaginaba el guía, justamente junto al árbol que le había a él derribado atropellándole en su caída, y siendo de presumir que el bulto negro hubiese caído precisamente debajo, cuando fue con intención de ver si estaba reventado o no, halló únicamente el tronco del árbol y no oyó quejido alguno ni tentó ningún cuerpo humano como él aguardaba encontrar. La vista del mismo bulto poco después en el aire, a lo que él se había imaginado, trastornó completamente su juicio, y se dio a pensar que el halconero había muerto efectivamente en la caída del árbol, pero que, apenas había expirado, los diablos se lo habían llevado por los aires en cuerpo y alma.

-Ya me figuraba yo -se decía a sí mismo- que tú no eras bueno, según el mucho miedo que tenías de andar de noche a estas horas; pero nunca creí que apenas cayeses en tierra muerto te hiciesen volar por los aires. ¡Jesús, Jesús me valga! Siempre me acordaré de aquel peregrino de Tierra Santa que contaba el caso de aquel condenado. ¿Pero qué diablos habría hecho este pobre halconero sino beber algún día algún trago de más o dar suelta al balcón de cuando en cuando sin que lo supiese el amo? Yo para mí tengo que con un poco de purgatorio tendría bastante. ¡Quién sabe!...

Entretenido en estos pensamientos caminaba sin saber dónde, cuando el ruido de dos caballos que se acercaban le despertó de ellos, y parando el oído por si acaso le engañaba el viento, dijo:

-Ya os conozco, ya os conozco, que son el Rubí y el Moro que traen al amo y a nuestro músico. No hay caballo en el castillo que si le siento andar no le conozca yo por su nombre.

No había acabado de decir esto cuando su amo y el Cantor llegaron junto a él y pararon, habiéndole conocido en la voz.

-¿Qué diablos haces ahí, Nuño? -le dijo su amo-. ¿Dónde está el guía? ¿Y cómo nos habéis dejado allí tanto tiempo?

-Muchas preguntas son esas -replicó Nuño- para responder a todas con claridad...

-Vamos, hombre, responde -interrumpió Hernando-, sin meterte en dibujos...

-Señor -respondió Nuño- no tengo que decir más sino que el pobre halconero, por muy lejos que esté el infierno, debe a estas horas estar ya en él, según el paso a que vi le llevaban los diablos.

-¿Estas loco, Nuño -exclamó Hernando-, o te atreves a burlarte conmigo?

-Señor -respondió Nuño con gravedad-, hace cuarenta años que entré al servicio de vuestro abuelo, y desde entonces hasta ahora no hay hombre viviente que pueda decir que me ha oído mentir una vez en mi vida. Lo que digo es tan cierto como que lo he visto yo, y repito que le vi llevar en volandas por los aires como no quisiera que me llevasen a mí; y como no creo que haya volado nadie hasta ahora si no es en posta para el infierno o por permiso de Dios para ir al cielo, me inclino a creer que nuestro guía ha tomado el primer camino.

-Vamos, maese Nuño, sin duda que estáis loco -respondió el Cantor.

-Vos lo estaréis, señor músico -replicó Nuño encolerizado-, que yo no lo he estado en mi vida, y sabed que si al hijo de mi amo le sufro que me diga lo que le parezca, no por eso aguanto que...

-Reportaos, Nuño -interrumpió el señor de Iscar-, y vamos a nuestro castillo, si es que podemos acertar con él. ¡Cómo ha de ser! -continuó, dando un suspiro-, hemos perdido a Leonor, y ya veo que esta noche es imposible encontrarla.

Dicho esto, dejó el Cantor su caballo a Nuño, y llevando del diestro el que había servido para el guía, echaron a andar en silencio, aunque Nuño no dejó de murmurar todo el camino picado con el poeta que le había llamado loco, y a cada paso le interrumpía. Por último, al cabo de muchas vueltas y revueltas, y después de haber perdido más de una vez el camino, llegaron al castillo de Iscar, en cuyas almenas ardían las alumbradas, que se llamaban almenaras, y que había costumbre de encender de noche siempre que se quería comunicar algún aviso a otras fortalezas o de dirigir tropa o caminantes extraviados. Poco antes de llegar, y para mayor desgracia, la tempestad se deshizo en lluvia con tanta furia que parecía que el cielo se desgajaba y deshacía en agua, así que, muertos de cansancio, calados y desesperados del mal éxito de su empresa, entraron en el castillo Hernando, el viejo Nuño y su contrapunto el Cantor, lleno el primero de impaciencia y de mal humor, y deseando que amaneciese, agitado de mil temores por la situación en que su hermana se encontraría.

Al echar pie a tierra Hernando, el paje que le tenía el estribo se acercó a él y le dijo que aquella tarde, poco antes de oscurecer, un caballero armado, que venía del castillo de Cuéllar, había estado a avisar que el robo de Leonor se había cometido de orden de Sancho Saldaña. Era la peor noticia que, después de tantos azares, podía recibir el señor de Iscar y la que más lastimó su orgullo y su corazón. Hasta entonces el cuidado por su hermana se limitaba a chocar con una horda de bandidos y deshacerla; pero cuando supo que era el señor de Cuéllar el robador de su honra, y recordó la escena que había pasado entre su padre y él, su cólera rompió en mil imprecaciones y amenazas, jurando extinguir hasta el nombre de su enemigo.

Subió a su cuarto, acompañado de Nuño, bramando como un toro, confuso y desesperado, sin saber qué partido tomar en circunstancias tan apuradas, adoptando ya uno, ya otro y desechando todos. Por una parte, conocía el poder del señor de Cuéllar y la nulidad del suyo si le declaraba abiertamente la guerra; por otra, no tenía otro medio de romper con él. Por último, se resolvió a ir a buscarle a su castillo, tacharle de traidor y desafiarle.

-¡Infame! -gritaba en su desesperación, paseándose por la sala-. Tú no querías mancharte en la sangre del amigo de tu infancia pero querías mancharle con la deshonra de su propia hermana. Yo te juro, ¡oh!, ¡sí!, que me he de hartar de tu sangre. ¡Traidor!, traidor a tu rey y al que llamabas en otro tiempo tu amigo.

-Señor -exclamó Nuño-, tranquilizaos. ¿Qué nuevo motivo hay para que os dejéis arrebatar de esa furia? ¿Ha sucedido algo más a doña Leonor?

-¡Leonor! ¡Leonor! -exclamó Hernando lleno de pesadumbre-. ¿Por qué no morirías en la cuna antes de deshonrar la sangre de nuestro padre? Pero no, tú no tienes la culpa, tú eres inocente y pura como el día en que naciste... ese monstruo... sólo ese monstruo. ¡Oh! ¡Oh!

Y diciendo esto se arrojó boca abajo contra la cama bramando de cólera y de dolor.

-Señor -gritó Nuño-, ¿qué tenéis?

-Nada -repuso el señor de Iscar, levantándose como avergonzado de haber dado rienda suelta a su dolor delante de su criado-; nada, vete, déjame.

-Pero, señor... -repitió el veterano, sentido de que su amo no se franqueara con él.

-Nada, Nuño, nada -repuso Hernando con calma-. ¡Cómo ha de ser! Hemos perdido a Leonor. Vete a descansar, vete -y empujándole suavemente cerró la puerta, quedándose solo en su habitación, donde pasó la noche entre quejas y maldiciones pensando en los medios de vengarse de su enemigo.


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Capítulo VI
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Sancho Saldaña José de Espronceda


¿Qué duende o qué patarata
es el que veis, embusteros?
El Dómine Lucas


No bien se había retirado Nuño del cuarto del señor de Iscar, cuando al bajar al patio donde estaban las caballerizas el primer objeto que vio, o que creyó ver, fue al montero, que él creía a aquellas horas en el infierno. Pensó que era ilusión de sus ojos, y frotándoselos con ambas manos volvió a mirar y volvió a verlo, y frotóse otra vez los ojos y los abrió otra vez, y otra vez vio la misma cara y la apariencia misma del guía. Creyó entonces que era una aparición, y alzando la voz empezó a decir:

-En nombre de Dios te digo que me digas quién eres y a qué has vuelto al mundo, porque no creo que ningún muerto vuelva a él sin motivo. Y tú eres sin duda la aparición del guía en su misma forma, y como tu muerte fue tan inesperada, sin duda dejaste algunas cuentas que arreglar por acá.

No pudo menos el halconero de echarse a reír oyendo que le apostrofaban ya como si fuese ánima del otro mundo; pero el temor que tenía a Nuño (y él sabía bien por qué) le hizo contener la risa y responder con mucho comedimiento:

-Estáis equivocado, maese Nuño; yo no me he muerto nunca, ni soy ánima del otro mundo; soy el pobre montero a quien el miedo de la tormenta entorpeció tanto que no acertó a serviros de guía.

-No -repuso Nuño-; tú eres algún diablo en carne, y puede ser que estés vivo; pero que tú no has volado esta noche por los aires, eso no habrá nadie en el mundo que me lo quite de la cabeza.

Una carcajada que oyó detrás de él interrumpió en este momento la conversación, y volviendo la cara halló que el que se reía era el Cantor, que había estado oyendo sus exorcismos. En ningún tiempo podía haberse presentado el Cantor a peor hora que aquella en que tan de repente se ofreció a los ojos de Nuño, y hubiera dado éste todos los días que le quedaban de vida por que no le hubiese oído ni visto estar hablando con el halconero. Con todo, reprimiendo la ira que le causaba para él su intempestiva risa:

-Por cierto -dijo-, señor poeta, que no creo en esta ocasión haber dado motivo a que se burle nadie de mí, y que si no fuera por el mucho...

-Vaya, buen Nuño... -interrumpió el Cantor.

-No me interrumpáis -gritó el veterano.

-Pero, hombre... -fue a decir el Cantor.

-No me interrumpáis, ¡vive Dios! -gritó otra vez Nuño, encendido en cólera.

-Pues bien, seguid -repuso el Cantor.

-Pues bien, sigo -prosiguió Nuño-, y digo... que... cuando... ya perdí el hilo; por vida de las interrupciones, que no parece sino que tratáis de divertiros conmigo, y voto a tal que...

-No es eso -replicó el poeta-, sino...

-Otra vez. ¡Juro a Dios! -exclamó el veterano, cada vez con más enojo-, que si me volvéis a interrumpir que os enseñe yo a hablar conmigo.

No era el Cantor hombre a quien imponían los gritos y las amenazas; pero, a pesar de las continuas quimeras que a cada momento tenían, eran él y el buen Nuño compañeros inseparables, y ya hacía más de veinte años que eran amigos. Uno y otro tenían su flaco, siendo el de Nuño figurarse que sus palabras eran de mucha importancia, Y no sufrir que nadie le interrumpiese; y para hacer perder los estribos al poeta no había más que despreciar o censurar su música o las trovas que componía. Uno y otro habían sido los favoritos de don Jaime, que si en el uno premiaba la lealtad y el valor con su estimación, en el otro, como buen admirador de su rey, respetaba el talento, siguiendo la máxima de aquel verso de Alfonso el Sabio:


Ca siempre a los sabios se debe el honor.

Hernando, fiel en todo a los principios de su padre, los miraba como dos joyas de su casa y los tenía en tanta consideración como si fuesen parientes suyos.

En este momento conocía el Cantor que la cólera de su amigo no provenía tanto de las interrupciones como de la carcajada con que le había saludado al sorprenderle con el halconero, a quien él creía ánima del otro mundo, y así torciendo la conversación, le dijo:

-Pero ¿cómo diantres ha venido ese hombre aquí primero que nosotros?

-Yo no sé siquiera -replicó Nuño- cómo está aquí después de haberle yo visto ir por el aire como si fuese una pluma.

-Sobre las alas del huracán como si fuese el genio de la tormenta -enmendó el poeta-. Pero ¿vos creéis, Nuño, de buena fe, que sea este montero que vemos aquí el mismo de carne y hueso que nos iba sirviendo de guía?

-Eso es lo que no afirmaré nunca -respondió el veterano.

-Tocadme y veréis, maese Nuño -dijo el halconero, acercándose a él.

-Vade retro -gritó el veterano, andando hacia atrás-, que sin duda tú eres algún demonio que vienes aquí para tentarnos, y no sería malo llamar al capellán del castillo para que te rociara de agua bendita.

-Pues yo te juro, Nuño -replicó el poeta, palpando al halconero-, que o este demonio está hecho y formado de la misma materia que lo estamos tú y yo (lo que no puede ser) o es un hombre como nosotros que no se ha muerto ni condenado nunca.

-No quisiera yo ser como él -respondió Nuño-, y lo mejor será que sea quien sea, se quite delante de mí, porque ya que le he visto volar esta noche, no quisiera verle hacer más milagros.

No aguardó el montero a que se lo dijese dos veces, antes a la primera se alejó y fue a su camaranchón a reposar, si podía, del susto que le había dado la vista del fantasma, y dándose la enhorabuena de haber salido libre de las manos de Nuño a tan poca costa después de haberle dejado solo sin guía en medio de la tormenta.

-¿Pero es posible que un hombre como tú -exclamó el poeta-, con sesenta años a la cola, crea que ese hombre se ha muerto, se ha condenado y haya vuelto a salir del tártaro sólo para engañarte y alucinarte?

-Dejemos eso -repuso Nuño con algún enfado-; yo juro que le he visto volar, y afirmo que si no es diablo le falta poco, y sobre eso que dices de haber vuelto sólo para alucinarme, te digo que con todas tus trovas y más años que yo no sabes lo que te pasa, y ahí está Garci-Pérez, que en el año de 1250, en el mes de enero, en las montañas de León, vimos un condenado...

-Quita allá -interrumpió el Cantor-, que no sabes lo que te dices y hablas como hablaría un caballo si tuviera don de hablar.

-Y tú no tienes más que mucho imaginarte -repuso Nuño- que sabes todo porque haces ahí cuatro coplas y rascas un poco el laúd...

-Calla, profano, y no hables de lo que no es dado comprender a tu pobre imaginación -respondió el trovador con enojo-. ¿Conque ese halconero está condenado? -añadió con cierta ironía.

-Así lo estuvieras tú, y tus trovas, y tu laúd, que maldita la falta que hacéis -repuso Nuño.

-No las volverás a oír, y la culpa es mía al querer regalar orejas de Beocia con mis canciones.

-¿Orejas de... de qué? -preguntó Nuño encolerizado-. ¿De qué has dicho?

-De nada. ¡Adiós! -replicó el poeta.

-Sí, anda con Dios, y si me vuelvo a llegar a hablarte, quiero quedarme mudo para mientras viva.

Y viendo que se alejaba su compañero, continuó entre sí, a tiempo que se retiraba a su cuarto:

-Ese maldito Cantor todo se le vuelve querer precipitarme, y un día nos la vamos a hallar los dos. Si no fuera que al fin y al cabo es un pobre hombre, y luego canta tan bien, y ha enseñado a cantar a doña Leonor, pobrecita. ¿Qué será de ella a estas horas sin ningún amigo, sola entre una caterva de pillos?... No quisiera más que verme allí con ella, que yo solo bastaba para libertarla contra todos juntos. ¿Quién ha de descansar así? -añadió, echándose sobre la cama-. ¡Cómo ha de ser!, como dice don Hernando, mañana será otro día, que decía siempre don Jaime cuando no llevábamos lo mejor de alguna batalla y teníamos que retirarnos. ¡Cómo ha de ser! -volvió a decir; murmuró luego entre dientes algunas palabras y se quedó, por último, profundamente dormido.


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Digo que es tentar a Dios
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
si mi amo es un menguado
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
un impío que no cree
que hay familiares, espectros,
lamias, brujas de copete,
vampiros, mágica blanca,
y mágica negra y verde;
yo confieso que hay de todo,
y confieso finalmente
que por presencia y potencia
existís . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
COSME, en La dama duende.


Mostraba apenas el sol sus rayos derramando vida en la Naturaleza y desvaneciendo las últimas nubes de la tempestad cuando un caballero armado de punta en blanco, montado en un soberbio caballo negro, salía del castillo de Cuéllar, camino de Olmedo, seguido de alguna gente de armas. Llevaba la visera alzada y la cabeza inclinada sobre el pecho, pensativo y triste, y en sus apagados ojos, rostro enjuto y sombrío ceño daba a entender que, aunque en toda la fuerza de la juventud, el furor de las pasiones había amortiguado el brillo de su fisonomía. Caminaba al trote, y parecía tan ajeno de lo que le rodeaba como si fuese un ser privado de todo sentido o llevase embebecida la mente en la contemplación de otros mundos.

La escena que le ofrecía la Naturaleza era en aquel momento bellísima. Al frente y a lo lejos se descubrían las almenas de Torre-Gutiérrez, doradas del sol naciente; a un lado y otro brillaba el rocío en las rubias espigas, que ondeaban mansamente al soplo del céfiro de la mañana, mientras en los oteros que ciñen aquel camino se veían colorear abundantes racimos entre los verdes pámpanos de la viña aún destilando el agua de la pasada lluvia, en cuyas argentadas gotas, que temblaban al viento quebrando el sol sus rayos, reflejaban mil iris de luz de vario y trasparente color. Más allá se divisaba a lo lejos el verde oscuro de los elevados pinos aún confusos entre la niebla, que, levantándose poco a poco entre visos y reverberos, parecía envolver misteriosamente el bosque como para ocultar en él a los humanos ojos la mansión de las sílfides y los aéreos alcázares de las hadas.

Pero nada de esto llamaba la atención de nuestro caballero, que solo y delante, como hemos dicho, de su comitiva, no levantaba siquiera los ojos ni se distraía un momento de sus áridas imaginaciones. Seguíale su gente guardando el mismo silencio, y en su ademán triste y sombrío aspecto podría haberlos comparado el poeta de Iscar a una banda de agoreros búhos, confusos y deslumbrados, huyendo de la luz del día. No obstante, a pesar de su apariencia lóbrega y disgustada, el señor de Cuéllar sentía entonces latir con más fuerza que de costumbre su corazón a impulso de la esperanza que disipaba algún tanto el hastío que le dominaba. Sus tormentos habían calmado un momento, su conciencia reposaba de su continua inquietud y la imagen de Leonor, suya ya, a lo que él presumía, vagaba ante sus ojos despertando de su largo sueño sus sentidos aletargados.

Era para él el primer día que podía decir que le lucía sereno después de seis años de padecimientos, y si no se veía más alegría en su rostro que la que ordinariamente manifestaba, no era que no sintiese ensancharse su corazón, sino el hábito del fastidio que había contraído los músculos, de su semblante. Imaginábase presentarse a Leonor bajo el agradable aspecto de su protector en el triste estado en que ella debía encontrarse; complacíase en figurarse que en su humildad y arrepentimiento reconocería ella aquel Saldaña a quien, si no había amado con todo el delirio del primer amor, había mirado al menos con afición; deleitábase, además, con la dulce idea de verse correspondido, y volviendo entonces a su pensamiento la memoria de los primeros días de su juventud recordaba con placer aquella edad en que su alma veía todo con los ojos del entusiasmo brillante, hermoso, y representábase un porvenir de encanto y felicidad. Pero su alma, en medio de estos castillos que fabricaba su fantasía, estaba llena de zozobra, y un negro presentimiento venía aún a turbar los sueños de su imaginación. Había estado tantas veces tan cerca de poseer, y aun poseyendo, lo que en otros semejantes delirios había mirado como el colmo de su dicha, y había hallado tanto hastío, tanto disgusto después del goce, que aun en estos instantes sombreaban su esperanza las tinieblas de la desesperación.

Todos estos pensamientos y otros mil que sería imposible pintar agitaban en aquel momento su corazón, ya cercándole de imágenes agradables, ya llenándolo de inquietud y desasosiego, porque Saldaña, aunque endurecido en el delito, era menos malvado que criminal. Ya habían andado buena parte de su camino cuando vadearon el Cega y entraron en los pinares que están entre este río y el Pirón.

Llegado que hubo al sitio que le pareció más oculto, mandó hacer alto, y llamando a un joven paje suyo, y en quien tenía su mayor confianza, le comunicó su designio mandándole que le siguiese, así como al trompeta que le acompañaba. Dio órdenes a su tropa de colocar vigías e ir acercándose poco a poco al Adaja, manteniéndose prontos al primer toque que oyesen para acudir al punto donde él se hallara y la trompeta les indicare. Hecho esto, metió espuelas a su trotón, y seguido de sus dos satélites tomó a escape el camino donde él presumía que había de hallar a Leonor.

Entre tanto, los bandidos, que le aguardaban a la otra orilla, no para entregarle la dama como él creía, sino para avisarle del extraordinario acontecimiento que les había privado de poder cumplir su promesa, ofrecían un cuadro particular. A un lado se paseaba el Velludo, cruzados los brazos a guisa de pensativo y meneando la cabeza de tiempo en tiempo entre colérico y avergonzado; sus ojos lanzaban chispas, y echándose tal vez manos a las barbas se las mesaba y arrancaba, distraído de lo que hacía.

-¿Qué pensará de mí Saldaña -se decía a sí mismo cuando hoy sepa que una fantasma, un ente aéreo, una mujer en fin (porque ¿qué es la maga sino una mujer?), ha bastado para arrancarme mi presa sólo con presentarse, estando yo armado y en medio de toda mi tropa? ¿Qué pensará de mí, sino que no soy otra cosa que un baladrón y que todo mi valor se enfría y que toda mi resolución se pierde con sólo que me hagan el bu como si fuere un niño de pechos? ¿Y qué hubiera hecho menos que yo una mujer? Por la Virgen de Covadonga, que con esta aventura voy a perder la fama que tantos años me ha costado ganar.

Mientras el Velludo se paseaba acometido de estos pensamientos, Usdróbal, mucho más triste aunque menos encolerizado, se había sentado al pie de un pino pensando en la hermosura de la dama, reconviniéndose también su poco valor por haberla dejado ir, y ansioso de hallarla otra vez para ofrecerle sus servicios, protegerla y defenderla de cuanto pudiera, hasta borrar así la mala idea que ella hubiese concebido de su robador.

La imagen de Leonor, sus palabras, sus movimientos, todo estaba presente a sus ojos; creía sentir aún el tacto de sus vestidos, oír aquella voz de ángel que había encantado su alma, ver su noble resignación en la desgracia y aquella mirada capaz de ablandar una piedra, todo esto y la incertidumbre en que estaba de su destino le tenían tan pesaroso y sobresaltado como si la hubiese conocido desde la infancia, ella le hubiese tomado por su protector y él estuviese obligado a favorecerla.

A otra parte, el hipócrita Zacarías se paseaba con su rosario en la mano, y entregado, como de costumbre, a sus meditaciones, sin acordarse de la dama más que para sentir no haberse apoderado de las alhajas que tenía encima y haber perdido aquella ocasión, ya que al fin y al cabo nada hacía a su conciencia haberse hecho dueño legítimamente de lo que sin duda ya a aquellas horas habría hecho desaparecer la maga con sus encantos.

Más allá, sentados sobre la arena, estaba el resto de los bandidos jugando al dado, con tan poca aprensión y memoria de lo acaecido la noche antes, como si no hubiera sucedido nada, siendo toda gente soez y desalmada, que no pensaban jamás sino en lo que tenían delante, abandonando el porvenir a la suerte y olvidándose siempre de lo pasado. Reían, bebían, juraban y armaban a cada momento pendencia con tales voces e insultos, que cualquiera hubiera creído al oír sus amenazas e imprecaciones que iban a venir a las manos unos con otros, según lo sofocados y alborotados que se ponían. Algunos estaban en pie mirando jugar, celebrando las suertes o criticándolas, alegrándose y rabiando lo mismo que si tuviesen parte en las ganancias o pérdidas. Otro les escanciaba el vino, más cuidadoso de la bota que un enamorado paladín de la dama de sus pensamientos, y todos hablaban y todos se divertían. Pero entre todas las voces sobresalía como un trueno la voz de un catalán que se alborotaba y juraba más que todos los bandidos juntos.

-Voto a Deu -gritaba a tiempo que acababa de ganar una suerte, y el mismo grito resonaba con acento duro y áspero eco en los oídos de todos cuando perdía.

No se podía juzgar por sus hechos y sus palabras cuándo le iba bien o mal en el juego, levantándose y dándose de puñadas en la cara y jurando cuando perdía, y apuñeteándose, jurando y levantándose cuando ganaba, desesperado de no haber puesto más dinero entonces que la suerte le favorecía.

Entre tanto, Zacarías, de cuando en cuando, se acercaba al corro, jugaba, ganaba y se retiraba.

-Hijos míos -decía-, más vale pasar el rato entretenidos en buenas obras que no echar el día a perros como otros hacen. Itaque homo, como dice no me acuerdo en qué salmo, encargando de no estar ocioso. Fremuerunt gentium, está de Dios que habéis de perder; si no hacéis más que maldecir, ¿cómo queréis que os proteja la Providencia?

Y con este y otros discursos se acercaba y se llevaba el dinero de los demás con mucha sutileza y aspecto muy melancólico.

-Voto a Deu -exclamó el catalán-, que este ira de homo se mama el dinero rezando, y cata que se lo lleve.

-Pues yo, voto a Mahoma -gritó el morisco-, que como vuelva a entrar la mano, jugando yo... que ya me lleva ganado casi todo lo que tengo, y...

-Paciencia, hijo mío -replicó muy dulcemente Zacarías-, no te enojes ni aíres por haber perdido este vil metal, que tú eres de los que dijo el profeta dabo alienibus, daré todo cuanto tenga al que sea cristiano.

-No entiendo yo latines, maestro Zacarías -repuso el morisco, encolerizado-, pero sé manejar la daga como el mejor de los que aquí están, y ya os lo he dicho más de una vez.

Hízose Zacarías el desentendido y se retiró a un lado a pasar cuentas a su rosario, haciendo como que rezaba y fijos los ojos al mismo tiempo en el juego sin perder suerte alguna de las que pasaban.

-Vamos, no haya disputa -dijo a este tiempo el ladrón viejo que había contado la noche antes el cuento del caballero-; ¡juego! -y echando la taba que era de diversos colores y estaba pintada de cada lado, la tiró al aire, teniendo todos los ojos clavados en ella cuando cayó para ver el color que había quedado hacia arriba, y que era señal de la ganancia o pérdida de cada uno.

Aquí fue donde perdió enteramente los estribos el catalán, que había pasado tres suertes con ésta sin ganar en ninguna de ellas. Echóse mano a las barbas y se las arrancó de cuajo, levantándose de repente como si le hubiera picado la víbora gritando y renegando y tirando el dado, que no parecía sino que se había vuelto loco y tenía en su cuerpo un enjambre de diablos.

-Voto a Deu, mala ira me trinque el coll -gritaba-, que non ha pas suerte que la mía.

En esto volvió a llegarse Zacarías al corro a tiempo que el morisco tomaba la taba para tirarla, y cuando estaba en el aire echó en el suelo algunas monedas diciendo:

-Al blanco, que es el color del alma de los justos.

A pesar de que no había jugado a tiempo, todos callaron, y el morisco no avisó ni dijo palabra pensando que saldría otro color y le ganaría; pero la suerte protegió esta vez a Zacarías como las demás, y él pasó detrás de su antagonista para recoger su ganancia.

El morisco, que sintió que apoyaba su mano izquierda sobre su espalda a tiempo de inclinarse adelante para ejecutar su intento, como estaba ya irritado viendo que siempre perdía, y no quedándole, además, dinero con que jugar, y siendo la cólera que provoca el juego al perdidoso la más violenta y arrebatada de todas, echó hacia atrás ambos codos, empujando a Zacarías con tal fuerza, que lo arrojó de sí gran trecho dando traspiés y dejando caer el dinero que había cogido. Riéronse todos de ver al viejo hipócrita andar de espaldas con tal viveza y poca seguridad, y el morisco dijo con aire de desahogo, volviendo la cabeza a mirarle:

-Vaya, señor Zacarías, idos a rezar, y no vengáis a ganar aquí con trampas el dinero a quien, aunque no reza tanto, es tan bueno como vos y como pudo ser vuestro padre.

-Tin firme -gritó el catalán riendo-, que el vino os fa mal, y andáis con él a patadas.

No respondió Zacarías a ninguno de estos insultos ni mostró en su fisonomía señal ninguna de descontento, antes acercándose otra vez recogió su dinero con mucha calma diciendo en el tono melancólico que acostumbraba:

-Hijos míos, el cielo protege a los buenos, y este moabita hace mal en enojarse con el justo, porque su alegría será pasajera, aunque a decir verdad..., pero todo esto es una chanza, y me alegro que no haya perdido el buen humor, ya que ha perdido el dinero.

-No lo doy yo por perdido, señor justo -repuso el morisco- mientras que esté en vuestro bolsillo y vos sigáis en mi compañía, que todavía me quedan manos para ganarlo.

-Tienes razón, hijo mío -contestó Zacarías-, y para que veas que quiero darte el desquite, dame esa taba, que voy a darte la suerte.

Diciendo esto la tomó, y llegándose cerca del morisco se sentó a su lado diciendo:

-¡Atención! Vamos, que Dios nos dé a todos buena ventura.

Y echó el dado al aire con tal presteza, que no parecía sino que había sido aquella la ocupación de toda su vida. Ganó él, y el morisco perdió de nuevo algunas monedas que le habían prestado. Echóla otras dos veces al aire y volvió a ganar, pero la última creyó el morisco que le había visto volver la taba al tiempo de echarla, y gritó que estaba haciendo trampas, lo que no es creíble en la santidad, buena fe y natural desprendimiento de Zacarías; pero, a pesar de estas conocidas virtudes, otros afirmaron lo mismo, y el morisco, alzando el grito, juró o que le volvería el dinero o que se lo había de quitar por fuerza, a lo que Zacarías respondió que no debían creer la voz del impío y que había jugado lealmente; pero el morisco, que ya no aguardaba a razones, montando en cólera se arrojó a coger el dinero que tenía Zacarías en la mano izquierda, jurando y perjurando que se lo había de arrancar o poco había de poder.

-Déjame y no precipites al justo -le gritaba Zacarías, mientras los demás azuzaban al morisco para que se lo arrebatase.

-¿Qué quieres de mí, hijo mío?

-Quiero que me des, perro, lo que me has robado -repuso el morisco sin soltarle la mano y forcejeando por abrírsela y cobrarse lo que había perdido, y algo más si podía; pero se las había con quien hubiera soltado el alma mil veces antes que un solo cornado.

Con todo, sin perder nada de su dulzura, y como si no comprendiese la causa de la embestida de su compañero, repitió:

-No te dejes llevar de la ira de Satanás. ¿Qué quieres de mí, hijo mío?

-Mi dinero o tu corazón -replicó el morisco, furioso de la cachaza de Zacarías.

-Vaya -repuso éste sin mudar de tono-, ¿te has empeñado? Pues toma.

Un grito del morisco, que cayó en tierra nadando en sangre, fue el primer aviso que tuvieron los bandidos que estaban viendo la escaramuza de la especie de regalo que le había hecho el justo, viendo después en la derecha de éste relucir el cuchillo, de que había echado mano sin que ninguno lo apercibiese. El morisco quedó tendido sin decir palabra, y los que se acercaron a reconocerle vieron que estaba muerto.

Este acontecimiento despertó a Usdróbal de su letargo y al Velludo le distrajo de sus imaginaciones; pero como para este último era todo aquello cosa de poco momento y estaba muy acostumbrado a ver diariamente escenas de esta naturaleza, se contentó con restablecer el orden y hacer que por entonces el juego se suspendiese.

-Este pobre mentecato -dijo, mirando con frialdad el cadáver- no sabía que el cuchillo de Zacarías es como las uñas del gato, que arañan antes de que se vean. Llevadle de ahí y echadle ahí más abajo en el río.

-Para qué nos hemos de cansar tanto; que se quede en un lado, que se lo minchen los grajos -respondió el catalán.

-Bien puede mi maestro -dijo Usdróbal- enseñar a dar puñaladas cara a cara sin que le vean, que no parece sino que las da por la espalda. Vaya, y qué bien que sabe aplacar la cólera de cualquiera. ¿Pero dónde está? ¿Se ha ido?

En esto, al volver la cabeza, le vio que se paseaba allí a un lado con el mismo aire compungido y devoto que de costumbre con su rosario en la mano y rezando con mucha tranquilidad, como si acabase de oír misa.

-Me alegro -dijo Usdróbal, que no pudo menos de horrorizarse al verle rezar o aparentar que rezaba con las manos ensangrentadas-, me alegro que os quedéis tan fresco después de haber enviado al infierno el alma de ese pobre morisco.

-Me quedo así, querido Usdróbal -repuso el maestro-, porque mi conciencia está limpia, y has de saber que la muerte de un sarraceno, de un moabita, no es pecado, y si no ya ves que el santo rey don Fernando mató muchos...

-Con la espada en la mano -respondió con indignación Usdróbal-, cara a cara y por la verdadera causa de Dios, y no villana y traidoramente como vos hicisteis.

-Pauci vero electi -respondió Zacarías-; pocos son los escogidos, pero si alguno lo estaba para la horca, era ese enemigo de Dios, y así no me remuerde la conciencia; antes bien, me alabo de haber ahorrado a otras buenas gentes la incomodidad de colgarle y el gasto de la cuerda.

-También me parece a mí -replicó Usdróbal- que sois vos de los escogidos para morir sin poner los pies en el suelo, porque a fe mía que os huele el pescuezo a cáñamo de una legua, a no ser que alguno haga con vos lo mismo que vos habéis hecho con el moabita en pago de vuestras buenas obras.

El tono de estas últimas palabras fue tan siniestro que Zacarías no pudo menos de echarle una mirada de arriba abajo temeroso de algún asalto, y seguramente no habría tenido buen fin esta conversación a juzgar por el ceño de Usdróbal y el desprecio con que miraba la hipocresía de aquel miserable, si el Velludo, que vio venir de lejos al señor de Cuéllar, no le hubiese interrumpido en este momento para que viniese a recibirle con él.

-Vamos -le dijo según iban andando- a confesar nuestra vergüenza, a decir a ese señor que vino el coco y asustó a doce hombres. Por la Virgen de Covadonga, que en la vida me ha sucedido otra igual.

-Fue la sorpresa, capitán -repuso Usdróbal-, que nos dejó sin saber qué hacer.

-¿Y cuándo ha habido nada en el mundo que haya sorprendido al Velludo? ¿Y había de ser una bruja, ¡vive Dios!, la que me había de quitar mi fama?

En esto llegó a ellos Sancho Saldaña, que, habiendo visto que se acercaban, no pudo menos de sobresaltarse, pensando si habría sucedido algo a Leonor o habría hallado medio de evadirse de los ladrones.

Su rostro demostraba el desasosiego y sus ojos giraban acá y allá como desatentados; traía el caballo fatigado del largo escape que había corrido y venía cubierto de lodo hasta la cincha.

-¿Dónde está? ¿Está ahí? -preguntó con voz ahogada y fijando los ojos en el Velludo.

-Ahí estuvo -respondió éste-, pero ya se la han llevado.

-¿Quién? -repuso al momento el señor de Cuéllar-. ¿Quién, vive Dios? ¿Y vosotros os la habéis dejado quitar, cobardes?

-No creo -replicó el Velludo, mordiéndose los labios de rabia- que haya yo merecido nunca ese título, pero ahora tenéis razón; no soy más que un gallina.

-Responde, canalla -replicó el de Cuéllar-. ¿Dónde está Leonor? ¿Quién se la ha llevado? Por todos los santos, juro que estoy tentado de hacer un estrago en todos vosotros -añadió, frunciendo las cejas y contrayendo todos los músculos de su rostro con tan sombrío ceño, que Usdróbal creyó que estaba delante del príncipe de las tinieblas.

El Velludo entre tanto no respondió ni hizo movimiento alguno, clavados los ojos en tierra, una mano en la boca y batiendo el suelo muy de prisa con la punta del pie derecho. Miróle Saldaña un instante, y echándole encima el caballo le cogió del brazo izquierdo, zamarreándole.

-Di, pillo, di, ¿dónde está? ¿Quién te asustó?

Alzó la vista el Velludo, y mirándole con ojos que parecían centellas...

-Conde -le dijo-, no me cojáis así... Por la Virgen... Soltadme, conde, soltadme -añadió, arrancándose con fuerza de su mano-. Yo sé lo que he hecho, sé que voy a perder mi reputación...

-Tú me has vendido, malsín -exclamó el conde.

-Usdróbal -respondió el capitán-, dile lo que pasó; yo no puedo; dile el ejército que tuvo que venir a llevársela.

-Un demonio, señor -repuso Usdróbal-, una bruja, un fantasma que entró a deshora en la cueva nos confundió a todos y delante de todos se la llevó en medio de la tempestad.

-¡Dios! ¡Dios! -exclamó el conde mirando al cielo y retorciéndose las manos de ira-. ¿Es posible que todo el infierno junto me persiga? Tú mientes, canalla -añadió, dirigiéndose a Usdróbal-. ¿Y quién es ese fantasma?

-Yo no miento, conde -repuso Usdróbal-; lo que os he dicho es verdad, y en cuanto a saber quién es la bruja no será muy difícil, porque creo que ha de vivir ahí en las cercanías.

-¿Dónde? Llévame al punto, que juro a fe de caballero entrar y sacarla, aunque sea de las garras de Satanás. Tantas fatigas por alcanzarla y siempre huyendo de mí, y ahora, cuando ya era mía... ¡Por Santiago! ¿He de ser yo siempre infeliz? ¡Infeliz!

Acompañó el conde estas últimas palabras con un rugido como el de un león que siente en su pecho el venablo del cazador y se ve arrancar su presa en el momento de devorarla.

-Señor -respondió el Velludo-, no sé fijamente el camino que va a la habitación de esa maga (que Dios maldiga), pero aquí habrá quien lo sepa. ¡Ojalá nunca hubiera sabido ella el de la mía!

-¿Pensáis ir, señor conde? -preguntó Usdróbal.

-Sí -replicó Saldaña, que, habiendo perdido ya la energía del primer movimiento, había quedado pensativo oyendo la respuesta del capitán-. ¿Y quién ha de venir conmigo? -continuó.

-Yo -repuso Usdróbal con resolución-, en habiendo quien me enseñe el camino.

-¿Tú te atreves? -preguntó el Velludo.

-¿Y por qué no? -respondió Usdróbal-; es preciso lavar el borrón que nos cayó anoche.

-Sí, sí, es preciso -dijo entre sí el capitán-; iremos, voy a ver si hay alguno que se atreva a enseñar siquiera el camino -y diciendo esto echó a andar hacia su compañía.

A pesar de ser todos hombres tenidos por animosos, no hubo ninguno que se resolviera a acompañar en esta empresa a su capitán.

-El señor de Cuéllar -dijo uno- puede ir solo, que ya debe conocer el camino de los infiernos, si es verdad lo que dicen que anda en negocios propios con Lucifer.

-No le acompañaré yo ni me acercaré por allí en cien leguas -respondió el viejo de la cara cortada.

En fin, por más que les rogó, mandó, amenazó y ofreció el Velludo, no pudo lograr otra cosa sino la promesa de uno de ellos, que ofreció proporcionar un paisano de Olmedo, hombre muy temido de las brujas por ser de oficio saludador, que los llevaría adonde quisieran, si la paga era correspondiente al peligro a que se exponía.

En este tiempo Sancho Saldaña había vuelto a su estado de insensibilidad, y Usdróbal estaba contemplándole detenidamente. Admirábale el ver su frente cargada de arrugas; sus ojos grandes y hermosos, pero mustios; sus cejas, ya naturalmente juntas a fuerza de contraerlas; sus mejillas secas y hundidas, al mismo tiempo que en su apostura y gallardía a caballo se descubría en él el porte, el continente y la arrogancia propios de un caballero tan poderoso.

-¿No ha vuelto aún tu amo? -preguntó a Usdróbal, como volviendo lentamente de un sueño.

-Ahí viene mi capitán -respondió Usdróbal, recargando en esta palabra.

-¿Hay guía? -preguntó Saldaña.

-Habrá uno, con vuestro permiso, que vendrá esta noche -respondió el Velludo.

-¿Y ahora no? Ya yo me lo imaginaba -dijo el conde con alguna muestra de despecho-; tú me avisarás.

El Velludo iba a excusarse de no poder ofrecer un guía en aquel momento, pero Sancho Saldaña, sin oír más, volvió a su caballo maquinalmente y se alejó a escape por donde había venido, seguido a cierta distancia de su paje y de su trompeta.

-Parece hombre extraordinario -dijo Usdróbal, siguiéndole con los ojos-, y no tiene trazas de tener nunca muy buen humor.

-El de un condenado -contestó el capitán-, aunque yo creo que es el mismo diablo en persona.

Dicho esto volvieron adonde estaba la banda, muy contento Usdróbal en parte de que la maga, robando a Leonor, hubiese así estorbado que se cumplieran los deseos del señor de Cuéllar.


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Capítulo VIII
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Sancho Saldaña José de Espronceda


¿Mas qué será consuelo a un desdichado?
Todo le cansa, aflige y le acongoja,
fuego es el agua, el céfiro pesado,
aunque vaya saltando de hoja en hoja:
sierpes las flores, áspides el prado,
del claro arroyo el murmurar le enoja,
que cuanto por el campo alegre suena
sospecha que murmura de su pena.
LOPE DE VEGA


Más perlas pendían de su hermosísimo
cuello, orejas y cabellos, que cabellos tenía
en su cabeza.
CERVANTES


Sancho Saldaña volvió a su gente melancólico y silencioso, y mandándoles que le siguiesen llegó a su castillo harto desesperado y de mal talante. Arrojóse a tierra de su caballo, que entregó a un escudero, y llamando a su paje favorito subió a una sala del primer piso, donde sin hablar palabra le hizo señas que le desarmara.

Quitóle la cota de armas y el casco, y tirando Saldaña la espada sobre una mesa salió del cuarto, pasó a otro y corrió varias salas distraído y cabizbajo, echando a un lado y otro miradas torvas, puesta la barba sobre el pecho, los brazos caídos, y, por último, se arrojó sobre un sillón de respaldo que estaba junto a una gran mesa de mármol. Puesta la mano izquierda en la mejilla y apretando el puño derecho casi sin advertirlo, ya parecía colérico, ya reposado, ya, a veces, amargamente se sonreía. Hablaba solo, ya entre dientes, ya a voces, palabras interrumpidas: «¡Leonor! Sí... -decía-; el infierno... ¿Y qué importa?... ¿No somos ya todos unos?... ¡El infierno! ¿Que la robe el infierno o yo?... ¿No soy yo un infierno?... Aquí (señalándose el corazón), ¡demonios! -gritaba-, yo... sí... tentaré las almas por vosotros. Soy peor que vosotros. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! -y soltaba una carcajada histérica y espantosa, capaz de poner grima a los mismos que él invocaba-. ¡Ah! -continuaba precipitadamente-, si en el infierno pudiese yo vivir con ella... ¿Vivir con ella? Allí, allí -añadía, clavando los ojos en tierra-, sería mi cielo, sí, mi cielo. Ella... es un ángel. ¿Qué haré? ¿Dónde huiré de mí?... ¿Dónde descansaré? No, mientras viva, jamás... ¿Y después? ¿Después? ¡Qué horror! Un abismo inmenso de penas; en fin, la mayor de todas, la vida misma que detesto eterna, eterna en la agonía de los condenados. Yo no moriré nunca... Tal vez... para volver a vivir. Yo soy réprobo de Dios, sentenciado a vivir toda una eternidad, a respirar fuego, a ser execración de los hombres, mofa de los demonios... Ya rechinan sus dientes de alegría; helos, helos allí... ¡Oh!, no, no, ¡piedad! ¡Maldición! ¿Qué oigo? Sí, la maldición de mi padre.»

A esta última parte de su discurso se levantó con los ojos desencajados, fuera de sí, frenético, preguntándose y respondiéndose a sí mismo, como si oyera otras voces, rechinando los dientes, sus cabellos erizados y corriendo acá y allá como si alguien le persiguiera, con muestras de espanto y gestos a veces suplicantes y a veces desesperados. Duró un momento el delirio, y como si se hubiesen poco a poco desvanecido a sus ojos las sombras que le creaba su imaginación y le asombraban a su entender, arrancó un suspiro de su fatigado pecho, y arrojándose en la silla segunda vez, quedó algún tiempo con apagado aspecto y sombrío ademán en la misma actitud de antes: enajenado.

Largo rato permaneció así, sin dar otra señal de vida en sus movimientos que su agitada respiración, manteniéndose inmóvil como una estatua, sin mover pie ni mano ni mudar la vista. Por último, dando un suspiro, exclamó:

-¿Qué haré? ¡Tengo que vivir por fuerza! Veamos si hay algo que me distraiga. ¡Qué! No habrá. El mal está en mí mismo, no en lo que me rodea. He oído decir que la lectura divierte; seis años ha que no leo. ¿Y qué he hecho en todo este tiempo? Nada. En fin, probemos. Leeré.

Y alargando la mano a algunos libros, bastante voluminosos, que estaban sobre la mesa, forrados en vaqueta encarnada con molduras de oro en los extremos y cerrados con broches de lo mismo, miró los títulos que sobre pergamino blanco estaban, abriéndolos uno tras otro y deteniéndose un rato para leerlos.

Era el primero que tomó un tratado de astrología de Don Alfonso el Sabio, soberbiamente manuscrito con letras de tinta encarnada sobre pergamino vitela; miró su título, y arrojándolo con desabrimiento tomó otro escrito, encuadernado con la misma riqueza, y dijo:

-Veamos qué es éste, y si engaña menos y sirve para más que la astrología. «Cantigas et trobas sagradas en alabanza de Dios, et vidas et fechos de caballeros, compuestos por el famoso Nicolás de los Romances, trovador del muy noble, muy grande rey D. Fernando III, conqueridor de Córdoba et de Sevilla, etc., etc.» Libro es éste que me entretuvo mucho en mi juventud. ¡Ah, entonces yo trovaba también, yo canté mis amores a Leonor, y ella me oía! Pero no soy ya el mismo; entonces yo era un hombre, yo amaba, yo vivía; ahora lo aborrezco todo, a mí mismo, a Leonor... Sí, la aborrezco, pues trato de sacrificarla haciéndola partícipe de mi fastidio. No, este libro no lo leeré; su lectura me atormentaría; aquí se celebra la gloria y el amor; aquí se alaba a Dios, y yo no soy digno de darle alabanzas, ni me atrevo a rezarle ni a suplicarle, y la gloria y el amor son ya plantas estériles en mi alma. Veamos otro -continuó, echando el Romancero a un lado y tomando otro más voluminoso, forrado en blanco, encuadernado con riqueza y escrito asimismo en caracteres latinos y con tinta encarnada como los otros.

-¡Ah! La Sagrada Escritura -dijo, después de haber leído el título-, éste es el libro de Dios. ¿Será un aviso del cielo que, compadecido de mis miserias, querrá mi arrepentimiento? Ya es tarde; no hay arrepentimiento tan grande que baste a lavar mis culpas. Ya es tarde, y yo he sido sentenciado hace tiempo. Pero, en fin, leamos -añadió, como resolviéndose a poner término a los encontrados sentimientos que le agitaban; y tomando el libro y abriéndolo sobre la mesa se sentó en una silla, y después de haber hojeado un momento, parándose de tiempo en tiempo como para repasar el principio de las materias y, al parecer, buscando algo determinado, halló el libro de Job, empezó a leer muy despacio, aunque sin torpeza y con bastante claridad para aquel tiempo, el versículo de Isaías, que dice de esta manera: «Debajo de ti se tenderá la polilla y te cubrirán los gusanos.» ¿Y es este el premio de mi arrepentimiento? -exclamó, cerrando el libro con ira y dándole con fuerza para arrojarlo a un lado sobre la mesa-. Otra maldición. ¡Oh! Es demasiado, es demasiado; mi alma está llena de remordimientos, mi corazón de hastío, y en mi oído sólo resuena el eco de las maldiciones que me persiguen. Es demasiado. ¡Oh! Salgamos fuera de aquí -continuó, levantándose con precipitación-. El aire de esta sala está infecto, me ahoga; yo necesito más aire, y aquí no puedo respirar siquiera. A más, ¿qué tiene de extraño que me fastidie? -prosiguió como deteniéndose y queriendo él mismo inspirarse la esperanza que no tenía-. Estoy solo, y la soledad fatiga y no ofrece ningún pasatiempo ni diversión. ¿No soy el señor de este pueblo? Pues que vengan mis vasallos a divertirme. ¡Hola! ¡Jimeno! ¡Duarte! ¡García!

Jimeno, su favorito, fue el primero que respondió a sus voces y entró en la sala a ver lo que deseaba.

Llegó a su amo con un aire de alegría y familiaridad que, a la verdad, no parecía propio del privado de un hombre tan tétrico como Saldaña; pero esto mismo era precisamente lo que le había valido su confianza.

Era este favorito de mediana estatura, y su rostro sin barba, su color blanco, sus facciones delicadas, ojos azules vivos y sus cabellos rubios y rizados hacían de él lo que se llama una miniatura. Su boca, cuyos labios coloreaba el más vivo carmín, tenía un corte malicioso, que, aunque podía decirse que le agraciaba, habría hecho, no obstante, a un buen observador desconfiar de su honradez, y tanto armado como en farseto su traza era fina y afeminada, sus movimientos sueltos y acompañados de un descaro y una desfachatez extraordinarios. Traía el manto galanamente colgado del hombro izquierdo, calzón de seda roja, medias de seda y zapato blanco con un madroño de hilo de oro en cada uno y un puñal guarnecido de piedras preciosas en la cintura. En fin, era el dechado de la moda, el mimo de las damas y la envidia de los galanes.

Había logrado la privanza del conde por su indiscreción que rayaba a veces en desvergüenza, y habiéndole conocido el humor, cuando le veía de mal temple lo dejaba entregado a sus reflexiones, y siempre sabía coger la ocasión para presentársele. Había oído sus últimas palabras, y haciendo como que le adivinaba el deseo:

-Paréceme -dijo- que vuestra señoría podría mandar se le presentasen las jóvenes del pueblo (que no deja de haberlas bastante agraciadas) y divertirse en verlas bailar. Yo sé la historia de todas ellas, y podría, mientras danzaban -prosiguió maliciosamente-, entreteneros contándoos sus pasatiempos.

-Está bien -respondió Saldaña con sequedad-; ordéname tú una fiesta, y cuenta con mil alfonsís de oro si logras distraerme de mis pensamientos.

-Yo daría mi buen humor -repuso el paje- con tal de separaros para siempre de ellos, pero no tomaré premio ninguno nunca por cumplir con el deber que me impone vuestro servicio y el afecto que os tengo.

-Ve, pues -dijo el conde-, y...; pero no, no vayas, no me dejes solo; llama algún otro y dale tú las órdenes que gustares.

-¡Duarte! ¡García! -llamó Jimeno entonces, con el permiso de su señor, y dos escuderos, viejo el primero y el otro de mediana edad, se presentaron al momento a su voz, murmurando, sin duda, entre sí de verse obligados a obedecer a la Niña, que así llamaban a Jimeno los del castillo. A pesar de esto callaron y recibieron sus órdenes con respeto, aunque al salir no pudo contenerse el más viejo y dejar de decir en voz baja a su compañero:

-Vaya el tono que usa ese títere con nosotros, que, por San Cosme, que si le cojo que le hago dar más vueltas en mi dedo meñique que las aspas de un molino de viento.

-Tienes razón, amigo Duarte, que nacimos antes que él y debería tener con nosotros más miramientos; pero en cuanto a eso de cogerle, que dices, trabajo te había de costar, porque es suelto como un gamo y valiente como un mastín.

Apenas dijeron esto se fue cada uno por su lado, refunfuñando entre dientes y maldiciéndole, a dar cumplimiento a lo que había mandado.

La sala en que quedaron Saldaña y el paje era de forma cuadrilonga, muy espaciosa y adornada con toda la elegancia y lujo que podía dar de sí la época en que pasaba esta nuestra historia; su techo acanalado, con vigas dadas de blanco, tenía el fondo azul celeste labrado de mil molduras doradas de mucho gusto, las paredes pintadas a la morisca, varios sillones de respaldo, la mesa de mármol blanco que ocupaba el testero de la sala, el suelo escaqueado de azulejos y a trechos vestido de alfombras y algunos cojines de damasco acá y allá a usanza árabe, de varios colores y con pasamanos de oro. Encima de estas almohadas se había reclinado Saldaña mientras su paje instruía a sus escuderos de su voluntad, distraído ya de lo mismo que deseaba, olvidado de su paje y cargado de pesadumbre. Miróle Jimeno un momento, y viendo que su amo no le veía ni hacía más caso de él que si estuviera a cien leguas, no atreviéndose a despertarle de su letargo, quedó a un lado entretenido en arreglarse y estirarse elegantemente la gola mientras le duraba su distracción.

Volvió en sí Saldaña de allí a un instante y pasándose la mano por la frente, como si quisiera ahuyentar de aquel modo algún pensamiento fatigoso, mandó a Jimeno que se acercase.

-Ven -le dijo- y háblame algo que me divierta.

-Estaba pensando -respondió Jimeno- que debíais ir a la corte. El rey os quiere, y no faltará allí una dama que se apiade de vuestros pesares y tratara de aliviarlos con sus caricias.

-¿Adónde dices? ¿A la corte -replicó el de Cuéllar-, a oír chismes, a fastidiarme con las intrigas de Haro, con las quejas de los Laras, a hastiarme de aquellas mujeres frívolas, que vistas una vez cansan al otro día? Quita allá, Jimeno, háblame de otra cosa.

-Pero, ¿qué puede atraeros tanto a este desierto -repuso el paje, donde no se oye la voz del heraldo que anuncia las fiestas, ni se sabe de una moda hasta que han pasado dos o tres en Toledo y ya es tan antigua como los usos del tiempo de don Pelayo?

-¿Y qué me importa a mí la moda ni los torneos, frivolidades que atraen la atención del hombre feliz en su mocedad? Hubo un tiempo en que yo deseaba parecer bien, Jimeno, en que me gustaba agradar porque me agradaba todo, pero ahora que todo me cansa, ¿qué me importa a mí desagradar a todos? ¡Ah! Yo ya, aunque quiera, no podré nunca parecer agradable.

-Vos decís eso -contestó Jimeno- porque os apegáis demasiado a un amor solo. Si fueseis como yo, que soy una mariposa... La mujer que más se resiste tarda un mes en rendirse, y entonces otra al puesto. A mí me gusta vencer, y no me contento jamás con una victoria. Ellas, generalmente dóciles, se dejan llevar por donde se las dirige, y ninguna se mata por verse abandonada del que la amó. A más, que no se me haría cargo de conciencia que se matase una mujer por mí. Al contrario, mejor, sería yo entonces el Cupido de las damas, y todas me señalarían con el dedo. Si vos hicierais así, veríais las intrigas de una para descubrir vuestros pasos, os divertirían, os entretendrían las caricias de la otra con quien fingís, y reiríais de aquella cuyas tramas conocéis y que está persuadida de que os engaña. No estaríais entonces consumido de ese fastidio que os devora, de esa inquietud, de ese no saber qué haceros. Aquí me tenéis a mí, que no tengo una hora de descanso... ¿Pero qué, no me oís?

-Sí, te oigo y te envidio -repuso el conde-; no me hables más de amores; tú eres feliz y yo ni lo soy ni lo podré ser nunca en mi vida.

-Y bien -repuso el paje, si desdeñáis el amor, ¿por qué no buscáis los laureles y los honores con que debe halagar la gloria a un hombre de vuestro linaje? ¿Acaso don Lope de Haro, con su carácter falso y su genio de víbora, tiene más mérito que vos a los ojos de nuestro rey? Lara, inconstante y rebelde a cada paso, ¿acaso os aventaja en nobleza y valentía? ¿Y por qué vos no habíais de ser su igual, y aun superior a todos ellos, y al lado del trono, punto menos que el rey, recibir los tributos de Granada, disponer de la paz o de la guerra a vuestra voluntad, humillar el orgullo y las pretensiones de vuestros enemigos, engrandecer a vuestros fieles servidores y, por último, ser el ídolo de toda la monarquía? ¿Por qué?...

-Tú tienes ambición, Jimeno -respondió Saldaña-, y por eso te expresas con tanto ardor y deseas tanto tu engrandecimiento. No es extraño, eres un niño..., y quizá tienes razón -continuó después de un momento de reflexión, yo debería ir a la corte. Tal vez la confusión, las tormentas de aquel mar de discordias y la continua zozobra que a todas horas agita el ánimo del cortesano... quizá... ¿quién sabe?... acaso me distraerían. Pero no, no, yo ya he estado en la corte; he tenido, esta segunda vez cuando estuve a prestar homenaje a Don Sancho, los títulos a mi voluntad, y todo me fastidiaba y nada bastó a llenar nunca el vacío de mi alma; ni siquiera un momento me distrajo el bullicio de la corte ni un instante disipó mi melancolía. Conozco tu mérito y tu disposición para cortesano, Jimeno, y puedes estar cierto que, aunque yo no esté en la corte, tú harás en ella tus adelantos.

-No me ha movido a lo que os he dicho -replicó el paje, disimulando su deseo bajo la máscara de la lealtad- mi propio bienestar ni lo que mi ambición me aconsejaría; sólo, en lo que os he dicho, he querido poner remedio a vuestra tristeza, porque en verdad que es lástima que un caballero como vos viva como los padres del Yermo. De mí sé decir que, si fuera señor de Cuéllar, conde de Saldaña y capitán por el rey, no pasaría mi vida encerrado en este castillo.

-No envidies mi poder, Jimeno -replicó el de Cuéllar-; cuando yo envidio tu alegría, cuando yo me tendría por feliz, no con ser quien tú eres, sino el último de mis vasallos con tal de poder estar como tú y poder mostrar una frente tan tersa como la tuya. Tú no puedes comprender mi congoja, la angustia con que late mi corazón, la tristeza, el luto que me rodea... ¡Ah!, tú eres feliz, Jimeno; tu alma es nueva, y la mía, la mía... yo la cambiaría por el alma de un condenado.

Pronunció estas palabras Sancho Saldaña con tan íntimo sentimiento, que su paje, a pesar de su indiferencia natural por las penas de los demás, quedó sin saber qué decirle, bajó los ojos y se puso a contar los pliegues de su jubón y a alisarlos con su mano derecha a guisa de pensativo. Saldaña frunció las cejas, miró a Jimeno con aire torvo, envidioso de su alegría, y estremeciendo sus miembros súbitamente, como deseoso de apartar de sí su último pensamiento, continuó, volviéndose a su paje:

-¿No sabes tú alguna trova alegre que cantarme? Allí hay un laúd -añadió, señalando a un ángulo de la sala-; tómalo y ve si te acuerdas de algo que me divierta.

-Con vuestro permiso -respondió el paje-, mientras esos gansos de Duarte y García arreglan la fiesta, os cantaré la última cantiga que compuse a una dama, a quien dejamos el otro día tres galanes a un tiempo cuando ella creía que todos la idolatrábamos.

Y tomando el laúd se sentó gentilmente en los almohadones, enfrente de su señor, y después de haber recorrido suavemente sus cuerdas preludió un acompañamiento y entonó en agradable voz de esta manera:


Dueña de rubios cabellos,
tan altiva,
que creéis que basta el vellos
para que un amante viva
preso en ellos
el tiempo que vos queréis;
si tanto ingenio tenéis
que entretenéis tres galanes,
¿cómo salieron mal hora,
mi señora,
tus afanes?

Pusiste gesto amoroso
al primero;
al segundo el rostro hermoso
le volviste placentero,
y con doloso
sortilegio en tu prisión
entró un tercer corazón.
Viste a tus pies tres galanes,
y diste, al verlos rendidos,
por cumplidos
tus afanes.

¡De cuántas mañas usabas
diligente!
Ya tu voz al viento dabas,
ya mirabas dulcemente,
o ya hablabas
de amor, o dabas enojos;
y en tus engañosos ojos
a un tiempo los tres galanes,
sin saberlo tú, leían
que mentían
tus afanes.

Ellos de ti se burlaban;
tú reías;
ellos a ti te engañaban,
y tú, mintiendo, creías
que te amaban.
¿Decid, quién aquí engañó?
¿Quién aquí ganó o perdió?
sus deseos tus galanes,
al fin miraron cumplidos,
tú, fallidos
tus afanes.


La expresión irónica y maliciosa que tomaron todas las facciones de Jimeno mientras entonó esta trova y la bulliciosa música con que había acompañado su canto habrían puesto de buen humor a cualquiera otro que no hubiera sido Saldaña. Pero éste, en lugar de divertirse del gracejo de la canción, había estado entre tanto comparando la dicha del buen paje con la amargura de su corazón; así que al acabar el canto, y cuando Jimeno aguardaba por aplauso al menos alguna leve sonrisa, su amo tenía los ojos fijos en él con muestras de envidia, y dando un suspiro le dijo:

-Jimeno, vete, vete; yo soy ahora más desdichado que nunca; vete, porque no puedo ver a mi lado un hombre tan feliz como tú.

-Señor -repuso el paje, cambiando al punto de fisonomía y aparentando el mayor dolor-, si mi alegría os ofende, yo vestiré un cilicio, comeré tierra y me ofreceré a vuestros ojos como el hombre más miserable para daros un punto de comparación en vuestro favor.

-No, ni aun así -exclamó el conde- serías tú tan infeliz como yo. En fin, basta. ¿Qué ruido es ése?

-Son las jóvenes de la fiesta que vienen a entreteneros -respondió Jimeno.

-¡Oh! ¡Oh! ¡Qué fastidio! ¿Y para qué se ha ordenado esa fiesta? Vendrán a ensordecerme con su estrépito, veré en sus ojos la alegría y la inocencia, y la envidia me devorará. No; que se vayan, que se vayan; no quiero verlas siquiera, ya me han cansado.

-Pero, señor -repuso Jimeno-, vos mismo me lo habéis mandado...

-¿Yo? ¿Yo?... Puede ser, sí; pero no importa, que se vayan.

-Pero, señor, ya llegan -respondió el paje.

-Y bien, yo me iré, y luego da tú orden de que se retiren.

Dicho esto se levantó precipitadamente, y como si alguien le persiguiera salió del cuarto.

Quedó Jimeno mirándole atónito de su repentina determinación y dudando si le seguiría o no, temeroso de incomodarle.

-Daría -dijo- la mitad de mi vida por ser dueño de sus secretos; sólo he podido saber que está enamorado de la de Iscar. Si no es más que eso, no comprendo cómo un hombre, estando las mujeres tan de sobra en el mundo, se da por una sola tan mala vida. Yo... también yo estoy enamorado; esta Zoraida parece al castillo de Albarracín, que no se sabe cómo tomarlo; pero... y qué importa; divirtámonos, y ya que aquí no ha de haber baile, lo habrá fuera de la plaza del castillo; vámonos.

Y arreglándose la gola, después de haber echado una mirada de arriba a abajo, enderezó su cuerpo con elegancia y salió de la sala gallardeando.

Entre tanto, Sancho Saldaña siguió rápidamente atravesando salas y corredores hasta que dejó de oír el ruido del tamboril, los cantos y la bulla de los bailarines, que muy a pesar suyo se retiraban, tachando a su señor de hombre de poco gusto y alabando a su gentil paje, que calmó su enojo proporcionándoles la explanada de la fortaleza para que allí saltasen y cantasen a su voluntad. Pero su señor no era extraño que los arrojara y despidiera sin hacer caso de su habilidad, siendo su mayor tormento, en el estado en que se hallaba, la dicha y el júbilo de los demás.

Paseaba entonces silenciosamente por un oscuro corredor, que separaba los cuartos y el tocador de Zoraida de las otras habitaciones. La soledad y la oscuridad de aquel sitio parecía agradarle sobremanera, y sin duda convenía con sus sentimientos. Su cielo angular de arquitectura gótica, su longitud, su estrechez, la tibia luz de la tarde que débilmente entraba por algunas claraboyas abiertas acá y allá en el techo, más apagada aún por los vidrios de colores que la quebraban, amortiguándola, y el eco que resonaba sordamente sus pasos, todo hacía aquel sitio a propósito para que allí Saldaña se embebiera a su placer en sus siniestras meditaciones. Llegaba a un extremo del corredor, y volvía siguiendo su taciturno paseo hasta el otro, midiendo sus pasos con los ojos y seguido de su sombra, que ya alargándose y creciendo desmesuradamente, ya disminuyéndose y achicándose en el delirio de su imaginación, le hacía a veces pararse y estremecerse, como si viese en ella el mal genio que le perseguía De repente, el eco melancólico de un laúd suave y lánguidamente vibrado hirió su oído con tan armoniosa música y melodía, que suspendiendo a deshora sus pensamientos, creyó que un ángel, apiadado de él, le divertía y regalaba trasladándole a la morada del Paraíso. De repente se abrió una puerta que daba a una sala de tocador adornada de espejos de Venecia, ricas alfombras y cojines a la morisca, con rejas a un delicioso jardín, donde brillaba el último rayo de sol poniente, y mil olorosos perfumes y voluptuosos aromas se esparcieron, como de una encantada mansión, alrededor de Saldaña.

Una mujer se apareció entonces a sus ojos, reclinada en los almohadones, llena de hermosura y resplandeciente en galas y pedrería. Llevaba en la cabeza un turbante de riquísimas telas, blanco y carmesí, con pasamanos de oro y perlas, y su cabello, negro y luciente como el azabache, le caía en rizos sombreando a trechos la nieve de la más airosa espalda que puede pensar la imaginación. Traía en su cuello, blanco como el alabastro, un collar de finísimos rubíes, y así las pulseras que coronaban sus manos como los carcajes que engalanaban la garganta del pie eran de oro con mil piedras preciosas allí embutidas.

Todo su traje era a la usanza mora, blanco y carmesí, como su turbante, lo que la hacía sobremanera bellísima, aunque en sus ojos negros y penetrantes se veía el ánimo y el orgullo, en vez de la dulzura propia de los ojos de las hermosas. Con todo, en este momento se dejaba ver en los suyos la expresión del dolor al través de la que le era natural, y en su enérgica y hermosísima fisonomía se mostraban claramente las señales de su tristeza.

Estaba de perfil a la puerta que había abierto para respirar el aire de la tarde, y sentada junto a la reja, a la que se enlazaban algunas ramas de árboles, con el laúd se entretenía en vibrar dulces sonidos acordes con su melancolía. Puestos los ojos al cielo, y acaso alguna lágrima solitaria bañando lentamente el lirio de sus mejillas, parecía la imagen de la hermosa Druida llorando al son de su lira en su sagrado bosque su funesto amor por el prisionero que va a perecer en las llamas, víctima de la superstición.

Saldaña la contempló un momento, mirándola con ojos en que se traslucía aún parte del amor que le había tenido y de las furiosas pasiones que le inspiraba, acercándose a la puerta sin ruido, entre deseoso de irse y de oír los acentos de su laúd. La había amado, como hemos dicho, con frenesí; pero ahora, quedándole aún algunos restos de su pasión, la aborrecía cuando recordaba que su amor por aquella mujer era causa de sus pesadumbres.

-He aquí -se dijo a sí mismo- la mujer que he adorado con todo mi corazón, aquella en cuyos ojos veía yo amanecer mi sol y el encanto de mis sentidos, el principio de mis desaciertos, el motivo de mis crímenes. Hela allí. ¿Por qué ahora no la amaré? ¿Por qué ella no podrá hacer mi felicidad?

Estaba en estas imaginaciones embebecido cuando una voz dulce como el primer amor y melancólica como su recuerdo vino a disiparlas de nuevo con un dulcísimo sonido, que hubiera dado sentimiento a un mármol, y Zoraida cantó blandamente, acompañándose de su laúd:


Canción de la cautiva

Ya el Sol esconde sus rayos,
el mundo en sombras se vela,
el ave a su nido vuela,
busca asilo el trovador.
Todo calla: en pobre cama
duerme el pastor venturoso,
en su lecho suntüoso
se agita insomne el señor.

Se agita, mas ¡ay! reposa
al fin en su patrio suelo,
no llora en mísero duelo
la libertad que perdió;
los campos ve que a su infancia
horas dieron de contento,
su oído halaga el acento
del país donde nació.

No gime ilustre cautivo
entre doradas cadenas,
que si bien de encanto llenas
al cabo cadenas son.
Si acaso triste lamenta,
en torno ve a sus amigos,
que, de su pena testigos,
consuelan su corazón.

La arrogante erguida palma
que en el desierto florece,
al viajero sombra ofrece,
descanso y grato manjar:

y, aunque sola, allí es querida
del árabe errante y fiero,
que siempre va placentero
a su sombra a reposar.

Mas ¡ay triste! yo cautiva,
huérfana y sola suspiro,
en clima extraño respiro
y amo a un extraño también;
no hallan mis ojos mi patria;
humo han sido mis amores;
nadie calma mis dolores,
y en celos me siento arder.

¡Ah! ¿Llorar? ¿Llorar?... No puedo,
ni ceder a mi tristura,
ni consuelo en mi amargura
podré jamás encontrar.
Supe amar como ninguna,
supe amar correspondida;
despreciada, aborrecida,
¿no sabré también odiar?

¡Adiós, patria!, ¡adiós, amores!,
la infeliz Zoraida ahora
sólo venganzas implora
ya condenada a morir.
No soy ya del castellano
la sumisa enamorada
soy la cautiva cansada
ya de dejarse oprimir.


Aquí dio fin a su canto la hermosa mora, y exhalando un suspiro dejó el laúd tristemente sobre una almohada, se levantó y acercó a la reja, comparando el silencio, la calma y la serenidad de la noche con la tormenta y la inquietud de su corazón. La hora, la soledad, la magia de su voz y, sobre todo, la melancolía de su canto penetraron de tal modo el ánimo de Saldaña, que arrimado a la puerta había estado oyendo, que largo rato quedó suspenso en el mismo sitio y acongojado, comparando la memoria de los días pasados con la amargura y fastidio de los presentes.

Entretenido en esto hizo ruido sin saberlo ni volver de su distracción, y la mora, volviendo la vista, halló a su amante, fijo a la entrada de su cuarto, inmoble como una estatua. Sorprendida de verle, cuando ya no esperaba nunca que la visitase, impelida del amor que ardió repentinamente en su alma a la vista del que se lo hacía sentir y combatida de su altivez, quedó parada un instante, dudosa de si le hablaría primero o si debería retirarse. Por último, fijando en él sus ojos llenos de fuego y mirándole con orgullo, sin dar un paso a recibirle, le dijo:

-Raro se me hace que el señor de Cuéllar venga a visitar a su cautiva.

Detúvose aquí un momento para aguardar su respuesta, pero viendo que Saldaña la miraba sin hablar palabra, continuó:

-Digo que se me hace raro, porque aunque en otro tiempo no le fuera desagradable mi compañía, hace ya mucho, muchísimo, que me ha dejado abandonada y entregada a mí misma, sin cuidarse de mi persona.

-No me hagas reconvención ninguna -respondió Saldaña- de lo que yo no tengo la culpa. Zoraida, te he amado como nunca se amó, tú lo sabes, pero ahora...

-¿Ahora qué? Dilo, acaba -prosiguió Zoraida con impaciencia.

-No, déjame -replicó el de Cuéllar-; mi vista para ti es un mal, la tuya para mí... ¡Ah!, me trae a la memoria mis vicios, mis desórdenes, mis crímenes, y, sobre todo, me hace conocer que soy infeliz y que lo seré eternamente. Tú me has dejado sin alma, has agotado en mí el sentimiento, y si alguno ha quedado ahora en mí, es sólo el del egoísmo. ¡Ah! ¿Por qué, si fue un sueño mi felicidad contigo, no expiré yo antes de despertar?

El acento de la desesperación vibra y se corresponde en el corazón de los desesperados, y las palabras de Saldaña resonaron en el de Zoraida hiriendo su sensibilidad.

Veía delante de sí triste y abatido al que, a pesar de todo, ella idolatraba con frenesí, le oía que echaba de menos los placeres que había disfrutado amándola, y esto le trajo a su memoria los que ella había gozado a su lado y le hizo olvidar de su ingratitud.

-Saldaña -le dijo, acercándose a él y mirándole con ternura-, yo te amo, yo te adoro más que nunca; ámame como antes, ten esperanza; sí, tú serás feliz todavía, yo, con mis caricias, distraeré tus pesares; créeme, serás feliz.

-¡Feliz! -repitió Saldaña como un eco de sus palabras-. ¡Jamás! ¡Jamás! Tú te engañas, Zoraida; ni en vida ni en muerte podré ser ya nunca feliz. Tú, sí; olvídame, huye de aquí; tu eres libre, huye y olvida al que ya no conoce otras sensaciones que las de la envidia, al que aborrece a cuantos le rodean sólo porque los cree felices; huye de mí te digo.

-No, jamás -le contestó Zoraida-. Nunca me separaré de ti; aquí viviré dichosa si me amas y cariñosa contigo; desdichada si me aborreces, y no te lo oculto, no, meditando planes para vengarme. Yo no he amado más hombre en el mundo que tú, yo he vivido sólo por ti, he respirado por ti, sólo te he visto a ti en el universo; si me dejas, si me echas de ti, tiembla, Saldaña; soy una mujer, no puedo medir mis fuerzas contigo, no tengo campeón ninguno que me defienda; tú eres un señor poderoso, tienes mil lanzas a tu servicio, un brazo que temen los más valientes guerreros de mi país; yo soy sola, sola, mi brazo es débil, pero mi furia es la del huracán, la de cien tormentas, y mi venganza se cumplirá, porque yo querré que se cumpla. Pero si tú me vuelves tu amor -continuó, cambiando el tono enérgico con que hablaba y modulándolo dulcemente-, entonces yo te idolatraré, yo seré tu esclava. Mírame, Saldaña, a tus pies, vuélveme tu cariño.

Bajó Saldaña los ojos y la vio arrodillada, encontrando en los suyos todo lo que el amor puede expresar con más fuego, pero su corazón helado no sintió al verlos movimiento alguno, insensible ya a todo excepto para fatigarse con dolorosas memorias y atormentarse con remordimientos.

-Mujer, levántate; levántate y olvídame para siempre; te he hecho tan desgraciada ¿y aún puedes amarme? Levántate, y sea ésta la última vez que nos encontremos.

Zoraida se levantó con dignidad, y echándole una mirada de indignación:

-¡Ingrato! -exclamó-, tú quieres que te olvide, no por generosidad, sino porque tú me has olvidado a mí ya. Lo sé, sé todo lo que meditas; pero Leonor de Iscar no será tu esposa mientras yo viva.

-¿Qué dices? ¡Leonor! -repuso prontamente Saldaña-. ¿Sabes tú de ella? ¿Dónde está? ¿Acaso tú?... Habla... Di, ¿dónde está?

-¡Desgraciado! -gritó Zoraida con una sonrisa sardónica-. ¡Ah! ¿No la posees todavía? ¿Se malogró tu intento? ¡Qué placer! ¡Qué placer!

-Mujer infernal, ¿la has robado tú? Di, ¿dónde está? Sí, tú has sido, sola tú eres capaz de entenderte con un espíritu del infierno.

-¡Ah! ¡No la posees, no la posees! -continuó entre tanto la mora en un acceso frenético de alegría, gritando fuera de sí como enajenada- ¡Oh! ¡Bendita, bendita la mano que lo estorbó! ¿Y un señor como tú no ha podido robar una mujer?

-Calla -gritó Saldaña, asiéndola fuertemente de un brazo y tirando de su puñal-; di dónde está o te asesino.

-No lo sé -replicó Zoraida sin turbarse-; pero, aunque lo supiera -continuó con sarcasmo-, ¿crees tú que te lo diría? Todo tu poder, todas tus amenazas, mil tormentos no bastarían a arrancarme el secreto que yo quisiera guardar.

-¡Mujer! -exclamó Saldaña, tirándola fuertemente hacía sí y acercando el puñal a su pecho-, di dónde está, dónde, y si lo sabes no me precipites; di dónde está: te amaré... dilo o, por Santiago -continuó, rechinando los dientes- ¡te hago pedazos el corazón!

-Sí, asesíname -gritó Zoraida-, y mi maldición te perseguirá como la del sacerdote que hiciste perecer en las cárceles de este castillo, como la de tu padre al que abandonaste en su lecho de muerte.

-¡Mi padre! ¡Oh Dios! -interrumpió Saldaña.

Una voz resonó en aquel momento en el corredor que lo nombró al mismo tiempo, y Saldaña, dejando de pronto el brazo que tenía asido a Zoraida, salió del cuarto cerrando violentamente la puerta y atravesó a largos pasos el corredor. La voz que le llamaba seguía siempre tras él, y pasado el primer terror volvió la cabeza y reconoció a su paje, que le buscaba para entregarle una carta.

-¿Qué me quieres? -le preguntó con aspereza, avergonzado de su sorpresa- ¿A qué diablos vienes ahora?

-Señor -repuso el paje-, un escudero ha entregado a la puerta del castillo esta carta diciendo que era un asunto importante y que se os remitiera al punto, y yo...

-Está bien -interrumpió el de Cuéllar-; vamos a ver qué es.

Y entrando en la sala, donde ardían sobre la mesa dos lámparas de plata, se acercó a la luz, abrió la carta y leyó:

«Si el señor de Cuéllar es digno del nombre de caballero, mañana, a las cinco de la mañana, se presentará solo y armado de todas armas a la orilla del Cega, donde encontrará un caballero que desea medirse con él sin ventaja. Si teme alguna emboscada, puede hacerse acompañar de alguna gente de armas.»

-No trae firma -dijo Saldaña, sorprendido del mensaje- ¿Conoces tú al escudero?

-No, señor -respondió el paje-, no le he visto nunca en mi vida.

-¿Está aún ahí? ¿Dijo si aguardaba respuesta?

-Lo mismo fue entregar la carta -replicó el paje- que desapareció a todo el galope de su caballo.

-¿Quién será? ¡Pobre caballero! Mucha gana tiene de morir cuando desea medirse con un hombre desesperado. En fin, mañana se le cumplirá el gusto. Oye Jimeno -continuó-, di a Duarte que para mañana a las cuatro y media esté a punto mi caballo de batalla, el Morillo, ¿entiendes? Y tú me prevendrás mis armas. Veremos quién es ese que aborrece tanto su vida.

El paje salió a cumplir sus órdenes al momento, y él continuó hablando consigo mismo.

-Ojalá hallase yo en su lanza el término de mi vida. ¡Leonor! ¡Leonor! ¡Oh! El infierno entero está junto en esa mora, que trajo mi mala suerte a este castillo. Poco me costaría librarme de ella... pero ¿sabría yo entonces en dónde tiene a Leonor? Jimeno es astuto, quizá podría averiguarlo. Veremos, vamos a ver si puedo descansar esta noche. Esta hora es cruel. ¿Y cuál hay para mí que no lo sea? ¿Hago yo diferencia del día a la noche?

Dicho esto, y habiendo vuelto a entrar Jimeno en la sala, después de haberle dado parte del cumplimiento de sus encargos, se retiraron, y el señor de Cuéllar pasó la noche tristemente, agitado de pesados sueños y con la misma zozobra y pena que le quitaba el descanso y ahuyentaba a todas horas la paz de su corazón. Tan cierto es que una conciencia turbada es el mayor castigo del criminal.


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Capítulo IX
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Sancho Saldaña José de Espronceda


Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
leal, traidor, cobarde y animoso:
no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso:
huir el rostro al claro desengaño;
beber veneno por licor suave;
olvidar el provecho, amar el daño;
creer que un cielo en un infierno cabe;
dar la vida y la muerte un desengaño:
esto es amor. Quien lo probó lo sabe.
LOPE DE VEGA


. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . .una vieja así enfadada,
que a nadie placer da, ni gusto en nada.
Toda menor que de la mano al codo,
de enfermedades y de horror cubierta,
corto el cano cabello, el cuerpo todo
de flacos pliegues lleno y color muerta,
de raíces hecha. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
VALBUENA, Poema del Bernardo.


Tarde era ya aquella misma noche, cuando a la tibia luz de la luna recorría los corredores de la fortaleza una figura blanca, aérea y nebulosa, entre la luz y las sombras, semejante a un sueño de amor o a una aparición celeste, hollando apenas el suelo, y ágil y ligera como el pensamiento. Ya desaparecía por instantes, ya otra vez brillaba sobre las almenas que plateaba la luna, ya se perdía de nuevo, ya en alguna elevada torre aparecía, sin que la rapidez de su marcha disminuyese ni se pudiese descubrir su rostro. Invisible, tal vez, para los vigías que acá y allá en diferentes puntos velaban, mostrábase siempre en los puntos abandonados, donde apenas se detenía un momento como cuidadosa, cuando se ocultaba en seguida, bien así como si se disipase en el aire. Hubiérase creído que era el genio tutelar del castillo, que por secretos e ignorados caminos recorría todo, veía todo y en todas partes se hallaba, ya desvaneciéndose entre los rayos que destellaba la luna, ya tomando una forma bella y majestuosa al aparecerse. Viósela, en fin, en una de las torrecillas que flanqueaban el edificio, detuvo allí sus pasos, miró a un lado y a otro con ansiedad, y en aquel momento dejóse ver enteramente a la luz. Su blanco ropaje, como el vellón de una nube, ondeaba en pliegues al viento, y entre el rayo de la luna y la oscuridad de la noche se confundía; el aura susurraba en su cabellera tendida, y todo era mágico a su alrededor; pero en su ademán, aunque hermoso, había algo de triste y abatido, y en sus ojos centelleaban acaso algunas lágrimas de tiempo en tiempo, y la inquietud e intensidad de su mirada revelaban las encontradas pasiones que la agitaban. Dos veces miré a un lado y a otro con recelo de que alguno la sorprendiera; dos veces tendió la vista por el espacioso campo, y su ojeada despedía una luz más viva y más ardiente que la que disipaba con su claridad las tinieblas. Parecía como si deseara las alas del águila, la rapidez del huracán, para atravesar de un vuelo el espacio a par de la velocidad de su pensamiento. Allí en alguna parte buscaba algún objeto de odio inmenso, de amor desesperado sobre quien descargar su ira y en quien saciar su rencor, o a cuyos pies volar para pedir piedad y alcanzar el perdón de algún crimen entre sus brazos. Su mirada penetraba como el rayo de la tormenta, volaba al igual de su imaginación, y en sus ojos se retrataban todos los delirios de ternura y de aborrecimiento que a cada instante presentaban diversos cuadros a su fantasía.

Era, en fin, Zoraida delirante, Zoraida celosa, enamorada, cruel, vengativa, lleno su corazón de furia, de celos, guiada por una sola intención. Su fin era averiguar dónde estaba Leonor, morir o asesinarla. Criminal era ya Leonor a sus ojos porque la amaba Saldaña, porque le robaba el único bien que ella poseía en el mundo, porque era, en fin, preciso marchitar la hermosura de aquella mujer cuyos encantos, aunque tal vez contra su voluntad, habían hechizado a Saldaña. La imagen de ella muerta a sus pies, vengando a un tiempo con un solo golpe todos los desaires y desprecios que había sufrido; la idea de ver frustrados los intentos del infiel amante, de verle llorar, padecer y desesperarse, y de ser ella, ella sola, el único agente de su venganza, hacía alguna vez asomar a sus labios una sonrisa diabólica de satisfacción.

¿Y por quién iba a ver torcidos y descompuestos sus planes el caballero más poderoso de Castilla, el temido de los guerreros, el señor de mil lanzas y a quien pagaban pecho tantos vasallos, el hombre a cuya voz obedecían tantos pueblos, tantos soldados y servidores, el señor de horca y cuchillo en su señorío, por quién?

Por una mujer cautiva, sola, sin otro apoyo, sin otro amigo en el mundo que ella misma; por una mujer cuyo sexo, débil por naturaleza, hacíala parecer como sin ánimo y llena de timidez a la vista del guerrero menos intrépido y cuyo brazo apenas podría levantar la espada más ligera de un hombre de armas, y cuyo pecho sofocaría la coraza menos pesada. Por una mujer sin más armas, en la opinión de todos los hombres, que las de su hermosura y sus lágrimas, y a quien su poderoso amante había amado y había dejado tan sin miedo y con tanta indiferencia como un niño toma o deja un miserable juguete. Seguramente que había algo de sublime y de grande, y sobre todo mucho de halagüeño para el amor propio de Zoraida, cuando se comparaba con el hombre cuyos designios iba a contrastar y a desbaratar de un solo golpe, y veía la balanza del poder inclinarse por entonces a su favor.

¡Cómo iba ahora a satisfacer su venganza! ¡Cuál sería el chasco de Saldaña cuando preguntase quién había osado desafiar su cólera, y cuando esperara ver algún señor tan nombrado y poderoso como él, algún amante celoso de Leonor, algún guerrero capaz de sostener a todo trance su temerario arrojo, viese delante de él su cautiva teñida aún en la sangre de su víctima y aguardando impávida todo el torbellino del primer ímpetu de su rabia, alegre con morir después de haber inundado el corazón del perjuro de todo el veneno en que antes había rebosado el suyo!

¡Oh, él presenciaría su triunfo, y al condenarla a morir lograría, sí, una venganza, pero no por eso volvería la vida a su amante; no gozaría por eso de su hermosura ni aun abrazaría su frío cadáver, porque no vería más que a la mujer que despreció, un puñal y la sangre de su Leonor!

Y luego nuevos remordimientos se juntarían a los que ya roían su corazón; nuevos fantasmas turbarían su reposo; nuevos crímenes seguirían a los ya cometidos; dondequiera vería a Leonor, la llamaría, y al llegar a ella sólo hallaría delante de sí su sombra tal vez, y el brazo y el puñal de Zoraida sobre su pecho.

Tales eran los pensamientos de la mora, y tal el porvenir más agradable y más consolador que en su furia se prometía. Los celos la habían hecho dejar su habitación, agitada de una fiebre ardiente, loca, furiosa y desatentada, buscando su rival sin saber dónde hallarla, figurándose en su delirio verla junto a sí, y verse ya en el acto de asesinarla. Pero otras veces la imaginaba muy lejos, fuera del alcance de sus celos, como si una muralla impenetrable se alzase entre las dos, como si un poder invisible la defendiese e hiciese inútiles sus esfuerzos para alcanzarla; y entonces la veía en brazos de su amante, y que ambos la miraban retorcerse las manos y arrojar espuma por la boca de rabia, y de fatiga, burlando con risas de escarnio sus impotentes esfuerzos, señalándosela con el dedo uno a otro, y en paz dulce y en inalterable sosiego haciéndose mutuamente caricias tan suaves, tan tiernas y tan ardientes como el amor que las causaba, viendo uno en otro su cielo y su felicidad.

Y ella entonces comparaba su estado y el de ellos, y se derribaba en el suelo y se arrastraba, mesaba su rostro y lloraba como si realmente sucediera así, y se mordía a sí misma como si quisiera hacerse pedazos.

Y luego corría de una parte a otra, y pensaba que en mudando de sitio se disiparía su fatal ilusión, y no hallaba descanso en ninguna parte, y dondequiera el mismo cuadro despedazador la perseguía. En vano se lanzaba de uno en otro corredor, de una en otra torre; el mal estaba en su corazón, y en su demente arrebato llevaba las manos sobre su pecho como si quisiera arrancárselo.

Y luego tal vez recordaba los días de felicidad que había gozado, las palabras dulces que en tal o cual momento había oído enajenada de boca de su amante, y que habían quedado grabadas en su memoria, y que tantas veces había ella repetido a sus solas con inexplicable delicia. Y ardía con la memoria de sus besos, y aún se estremecía de placer, y recordaba también los días que, mano mano con él, olvidada de todo el mundo, alegre, descuidada, tierna, libre de celos y entregada sólo al amor, había paseado a la fresca sombra de las arboledas, en encantados bosques, al margen de claros y murmuradores arroyos, sin susto, en paz y tiernamente correspondida, y las noches de placer, y el rayo trémulo de la luna, y los besos de fuego, cuyo agradable estallido interrumpía solamente el silencio.

Y veía después al ingrato gallardo en los torneos, cuando la nombrara reina de la hermosura con vergüenza y a despecho de las más brillantes damas que honraban con su belleza el palenque, y con él a todos los valerosos caballeros rendirla homenaje, y al tiempo de coronarle, como a vencedor de la justa, sentía penetrar todavía hasta su corazón la mirada cariñosa y ardiente del impetuoso Saldaña. Y luego le contemplaba en el festín con ella, con ella en la carrera del crimen, de la gloria, de la infamia, de la virtud y del vicio. Y sentía rasgársele las entrañas con tan amargo recuerdo, y desmayar su ánimo y escaldar sus mejillas torrentes de lágrimas abrasadoras como plomo derretido.

Y él, y él y siempre él en su corazón y en su fantasía; y suspiraba por él y por él gemía, y su llanto no parecía tener término.

Y entonces, ¡oh!, de rodillas, inclinada la faz al suelo, imaginando que le besaba humildemente los pies, y le rogaba, le suplicaba, no ya una amorosa caricia, no ya una mirada de lástima, no ya que la amase como antes, sino que no amara a otra alguna. Que se sirviese de ella como de una esclava, que la despreciara, que la insultara, que la aborreciera, que la maltratara, pero que al menos no juntara sus labios a los de otra mujer, no dijera a otra las mismas palabras que a ella, y que la dejase a su lado para únicamente mirarle, cuidarle e idolatrarle.

Que si le enojaba su vista, ella le vería desde donde él no pudiese verla, que nunca más le cansaría con sus amores ni con su presencia, sino que, resignada con su suerte, se contentaría con adorarle en silencio y velar sobre él como un ser invisible.

Pero después resonaban en su oído las ásperas palabras de Saldaña que la arrojaba de sí, y le contemplaba loco de amor por su dichosa rival, buscándola con ansia; y entonces, volviendo los ojos al cielo, rojos de tanto llorar, pero secos ya y con desesperado ademán, blasfemaba de su Dios y de su profeta, y de la horrible fatalidad que la había traído a amar a un engañoso cristiano, a preferir la esclavitud a la libertad, un país extranjero a su patria, y maldecía el brazo de hierro que la tenía allí sujeta en aquel odioso castillo. Y entonces pensaba en los bizarros árabes de Granada, en las damas que rodeadas allí de su familia y mimadas y obsequiadas por sus animosos galanes, disfrutaban de su amor sin zozobra, sin remordimientos, y halagadas de las esperanzas más lisonjeras. Y comparaba su suerte con la de ellas, como un condenado podría comparar el paraíso con el infierno, y sentía un dolor como si le arrancasen con tenazas ardiendo pedazos de carne de su cuerpo, cuando se decía a sí misma que aquella debía haber sido su suerte si no hubiese sido cautiva, si no hubiese conocido a Saldaña, y no habiéndose enamorado de él, hubiese pagado su rescate y hubiese vuelto a su patria. Que no estaría sola como ahora, y tendría quien enjugase su llanto si lloraba, quien sonriese con ella y, en fin, quien la defendiese y la ayudase contra el que intentara ofenderla, y nadie entonces la insultaría ni serían desoídas sus quejas.

Su delirio alejaba de ella todo lo agradable al mismo tiempo que acercaba y engrandecía a sus ojos las imágenes más crueles. Leonor estaba en todas partes, en dondequiera estaba Saldaña, y en la mente de la desventurada mora mil siglos corrían a cada momento que pasaba, porque en cada momento sufría tantas penas, y tantos pesares se agolpaban a su alma y la despedazaban a un tiempo, que los de un solo instante pudieran componer el total de los tormentos de toda la vida humana. Su intento era buscar a Leonor y, salir del castillo y sin saber adónde andaba, andaba y corría aquí y allí, y ya se figuraba lejos del sitio de donde había partido, cuando se encontraba otra vez en él, y otra vez y otra vez atravesaba mil diferentes pasadizos secretos que ella sabía, y nunca acertaba a salir de la fortaleza, turbada toda y perdida en el caos y el laberinto de su imaginación.

La noche tranquila como el lago del valle, la luna bañando en luz pacífica las extendidas llanuras que de las torres se descubrían, el aire sin ruido, el campo sin ecos, el castillo lóbrego y en silencio, la hora ya muy adelantada, el reposo y el sueño en que estaban sumergidos los demás vivientes, todo parecía convidar al descanso, y ella sola no sosegaba, y ni su espíritu ni su cuerpo cesaban en su agitación. Algún centinela que la divisó, ni dio ni hizo señal de haberla visto, y creyéndola algún espíritu no hizo sino persignarse. Cuando ella contemplaba la calma que reinaba a su alrededor, aquella misma paz aumentaba su inquietud lejos de tranquilizarla. Figurábase a Saldaña embriagado en sus sueños de amor, regalado de ilusiones felices que estaba muy lejos, sin duda, de gozar el tétrico castellano, pero que la celosa mora le prestaba en su delirio para atormentarse más a sí misma.

Si contemplaba el castillo, la oscuridad y el rayo de la luna reflejándose débilmente en sus altas y ovaladas ventanas, imaginaba la fortaleza una tumba, y el pálido reverbero de la luz, la llama trémula de las antorchas fúnebres. En cada sombra veía a un ángel de tinieblas que la perseguía y la acosaba, o un motivo de celos, una Leonor enamorada que venía en busca de su amante, y que se iba a encontrar en su camino con ella.

Por fin, el ansia de vengarse, dominando enteramente su alma, sujetó su imaginación, calmó su desvarío, y le hizo tomar un camino recto y seguro afirmándola en un pensamiento único. Entonces, volviendo en sí, su marcha fue más rápida, y con firme paso y decidido ánimo deshizo ya con conocimiento de dónde se hallaba, las vueltas que equivocadamente había dado, y bajando por secretas trampas a escaleras y sitios que sólo ella y el arquitecto del castillo tal vez conocieran tomó el camino más corto para salir al campo.

Llenos estaban los fuertes de aquella época de estas salidas ocultas, de que se servían sus señores, ya para sus empresas particulares, ya para caer inopinadamente, en caso de sitio, sobre sus enemigos, ya para facilitar una o retirada. Ninguno de cuantos secretos contenía aquel alcázar ignoraba Zoraida, que criada en él, había mil veces recorrido todos. Servíase en su camino por aquellos desiertos tránsitos de una linterna sorda de metal, y llena de sobresalto, delirando sin cesar y murmurando entre dientes algunas veces, parecía una maga que en sus furores descendía al infierno a evocar las almas de los condenados.

Entre tanto, cierto rumor llegó a sus oídos, aunque a bastante distancia, que en un principio creyó sería causado por el gemido del viento; pero luego sonó una voz áspera y ronca, como la de un borracho de oficio, que hablaba con otros que contestaban con brindis y carcajadas, y conforme caminaba adelante sintió más cerca el ruido de copas de barro rotas y un estrépito semejante al que produce una orgía desenfrenada.

Era el alboroto en las cuadras de los soldados aventureros, y una luz que ondulando, ya alumbraba unas veces, ya otras al parecer se extinguía, y que a corta distancia reflejaba del cuarto del capitán de este cuerpo, y los desentonados gritos que allí se oían, mostraban la bacanal y el desorden en que pasaban el tiempo. Pero una voz de mujer se oyó acaso en medio de las roncas y vinosas de los varones, y aunque apenas se apercibió débilmente, el oído de Zoraida distinguió el sonido, y su primer pensamiento fue que era la voz de Leonor, que estaba ya en el castillo, y que a la mañana siguiente debía ser presentada a Saldaña. Esta idea, absurda sin duda y que hubiera desechado ella misma si estuviera en su cabal juicio, fue cabalmente la primera y la única que se ocurrió a Zoraida, con tanta obstinación y tan ciegamente, que ni la borrachera de los que allí estaban ni las groseras palabras con que agasajaban a la supuesta rival ni las descaradas respuestas de ella, nada pudo hacerla reflexionar de otro modo.

El estruendo crecía; el estrépito, las voces, las risotadas, los golpes en las mesas, los brindis y las maldiciones, todo lo oía la mora desde su encallejonado pasadizo sin perder una sola sílaba.

Callaron todos de pronto y la misma voz, más ronca y desafinada que las otras, entonó una canción que verdaderamente tenía algo de infernal en su música, haciendo ruido al mismo tiempo con un cacharro contra una mesa para acompañarse:

Pobre diablo Satanás,
bebe vino,
emborráchate y verás
qué divino
se te figura el infierno
en verano y en invierno.

CORO
¡Oh Satanás, Satanás!,
emborráchate y verás.
Vino largo, una querida,
pelear
y beber, esta es la vida
militar;
y beber hasta caer,
y beber y más beber.


Y otras seis u ocho voces que se distinguían por sus diferentes tonos y su desacuerdo, como de gatos que maúllan unos en tiple y otros en bajo, entonaban el estribillo:

¡Oh Satanás, Satanás!,
emborráchate y verás.


Y concluían su canto con un grito agudo, lúgubre y prolongado, semejante al que lanza el perezoso Ay en los desiertos de América. Dos voces repitieron este alarido y luego bebieron, vocearon y juraron; cantaban unos, se peleaban otros, se desafiaban aquéllos; las mujeres chillaban, y todo era confusión, alegría, llanto y borrachera.

En la locura de Zoraida, aquella estancia se le figuró más propia de los demonios que de los hombres. La hora que era y el alboroto que traían en un sitio subterráneo daban cierta apariencia extraordinaria al festín, y ella había oído a Saldaña mismo hablarle de una aparición, de un espíritu que había robado a Leonor. Este pensamiento le confirmó en su primera conjetura acerca de la voz de mujer que había oído, y se resolvió a penetrar allí si era necesario y averiguar de cualquier modo si era ella efectivamente.

Pero aunque el amor a la vida no fuese hacía ya mucho tiempo el primer móvil de las acciones de la desconsolada mora, y muchas y poderosas pasiones hubieran sofocado en su corazón este deseo de conservación, innato en todos los animales, el pudor es el último sentimiento que abandona la mujer, y la idea de entrar en aquella especie de perrera, mezclarse con hombres groseros y acalorados con las bebidas y exponerse a una gracia hedionda y desvergonzada, la hacía temblar, sin atreverse siquiera a mirar adentro por una claraboya que adornaban dos hierros atravesados en cruz.

En esto la puerta del cuarto que caía al otro frente se abrió, y entró un soldado que salía sin duda de centinela, que saludando al que parecía ser el jefe, tomó un jarro de vino y se lo echó a pechos de una sentada.

-Juro por la barba del miramamolín del infierno, que en la centinela de esta noche he sentido pasar junto a mí un alma en pena, toda rodeada de fuego.

-A la salud del alma en pena -gritó el capitán; y empinó la bota más de media hora seguida.

-Por la muerte y pasión que hemos de sufrir todos los que aquí estamos -dijo uno con cara de león de piedra y con ademán grave y solemne-, que no hay alma en pena como la mía, que estoy penando con esta cara de vaqueta vieja por que me quiera esta desagradecida.

-Sí, señor; cuando digo que yo la he visto, ¿cómo se entiende?

-Mentira, yo te digo que no es posible -respondía otro muy enfadado.

-Pues, ¿a que sí?

-¿A que no? ¿Y cómo es?

-Es una figura blanca; lleva tras de sí un gato negro.

-Es verdad -respondió otro-, que yo la he visto esta noche pasearse de torre en torre.

-Y volar por el aire a caballo en una serpiente de fuego -añadió el primero.

-¿A que no eres capaz de ir a buscarla? -apostaba uno en otro corrillo.

-Ahora mismo.

-¿A que no?

-¡Ea, muchachos! un buen trago, y mano a la retamalla -dijo, y bebió, y empuñó su espada.

-¡A buscar a la fantasma!

-A buscarla, a buscarla -repitieron todos a un tiempo sin saber lo que iban a hacer ni lo que decían; y con las espadas desnudas salieron de tropel, como un torbellino de demonios vomitados por el infierno.

Pero la fantasma que buscaban era la mora; y ésta, que había satisfecho ya su curiosidad, se había retirado a tiempo, y caminaba entonces por un pasadizo subterráneo, muy segura de que aquella gente trabajaría en vano por encontrarla. Ni era esto tampoco en lo que pensaba: varias veces había oído contar grandes prodigios y milagros hechos de una bruja de las cercanías que tenía amedrentados a los más intrépidos. A ésta, pues, quisiera hablar Zoraida para consultarle y pedirle que le diese un medio terrible de vengarse, o una bebida para Saldaña que le hechizase y enamorase de ella de tal manera que ni aun en la muerte se separaran sus almas, o un veneno de odio para ella sola que le hiciera aborrecerle tanto como le había amado.

El subterráneo por donde caminaba tenía una salida al pueblo y otra al campo en el lado opuesto; tomó Zoraida la segunda, y después de haber andado más de una hora se halló al raso cerca de Torre-Gutiérrez, castillo perteneciente a los señores de Cuéllar. Había andado cerca de una legua sin sentirlo, sin cansarse, y enteramente entregada a su único pensamiento.

Cuando salió al campo, la respiración le faltaba; su cabeza ardía hecha un volcán; el corazón le hervía, y su sangre, como la lava del Vesubio, había hinchado sus venas y hacía palpitar todo su cuerpo.

Había refrescado el aire, y ella, abierta la boca, lo respiraba con ansia y lo bebía, y todavía quemaba a su parecer; gotas de sudor corrían de su frente ardiente como de fuego, y varias veces en algunos arroyuelos que entre juncos allí corrían, refrescaba su seco paladar, que otra vez abrasaba de nuevo el incendio que arrojaba su corazón. Caminaba, no obstante, sin cesar, pero ya sin saber adónde, y sólo detenía el paso y se paraba cuando alguna ráfaga de viento venía un momento a aliviar su ardor. Pero entonces se figuraba que oía en su susurro besos, caricias, palabras dulces en torno de ella, y la voz de Saldaña y la de Leonor. Y luego creía que resonaban voces de maldición o de lástima, y oía en el murmullo de las aguas, y en el gemido de la brisa y en el rumor de las hojas, que Saldaña la maldecía; y lo que era aún más cruel, que Saldaña idolatraba a Leonor. Y huía entonces hacia otra parte toda desalentada, y así, ya suspendiendo el paso, ya caminando con indecible precipitación, se emboscó entre los pinos que están a la derecha de Torre-Gutiérrez, y allí se enmarañó y se perdió entre las sombras como un espectro errante.

Pero no había andado muchos pasos cuando cayó sin aliento y rendida y quebrantada con la fatiga, al pie de algunos árboles tan espesos que impedían entrase la luz de la luna. Allí, ya sin fuerzas y casi exánime, sintió un sudor frío que le helaba hasta los huesos sin cesar; pero era el ardor calenturiento que la abrasaba. Su cuerpo, débil y falto de alimento, no podía ya sostenerse, y el espíritu, trabajado y fatigado ya con tanto sufrir, no podía tampoco comunicarle más ánimo. Cayó, pues, y no hizo ningún movimiento para levantarse, ni para mudar de postura, ni levantó la cabeza, ni gemía, ni podía llorar, y sólo daba a conocer que vivía el incesante movimiento de su pecho que parecía henchido de tormentos vivos, que luchando en su centro unos con otros lo alborotaban.

Una luz a corta distancia que parecía andar sola se descubrió que venía por el bosque hacia ella, ya a veces desapareciendo entre los espesos árboles, ya otras derramando su ondulante reflejo que aumentaba las sombras en vez de desvanecerlas, con un brillo tan pálido y moribundo como el de una vela amarilla. Nadie se veía; no obstante, la luz se acercaba, y en la imaginación de la mora, cuyos ojos había herido su destello una o dos veces, aquella luz a tan excusada hora y en aquel bosque, se presentó como cosa sobrenatural y del otro mundo. Quizá el ángel Azrael, que compadecido de sus pesares venía a cortar el hilo de su vida, quizá... quién puede decir lo que se figuró, pensó y creyó la enajenada Zoraida. Pero no por eso se levantó de donde estaba, sino que fijos los ojos, fuera ya de sus órbitas, en la misteriosa luz, miraba como demente, y tal vez, según las imágenes que en su delirio inventaba, se descubría una sonrisa amarga como la hiel en sus labios trémulos y blanquecinos. La luz, empero, torció a un lado como si cambiara de senda, pero bien pronto volvió a brillar, y una voz se oyó que murmuraba maldiciones entre dientes, y que en tono monótono y como si rezara pronunciaba varias palabras mágicas o tenidas como tales, y que en informes versos puestas, sonaban como el regaño sordo de un perro alano. Callaba en seguida como si esperara que alguno le contestase; pero sin duda no estaba de humor de responder el ser sobrenatural que evocaba o no la oía, y la voz redobló sus conjuros. Tal vez se imaginó el encantador de la luz que había ya recibido respuesta, y volvió a callar.

Volvió entonces a andar la luz hacia donde estaba Zoraida, y un ente informe de estatura raquítica y consumida, imperfectísimo remedo de una mujer, quizá una especie de animal nuevo, una vieja, en fin, de ojos de víbora, tan flaca como una cuerda, tan ruin como un mal pensamiento, y estropajosamente arrebujada en unos harapos, con una larga mecha de brea encendida en una mano, y en la otra una sarta de dientes de hombre, se presentó delante de la mora, capaz con su figura odiosa y repugnante de haber hecho creer que había diablo al más obstinado incrédulo.

Llevóse Zoraida dos veces ambas manos a los ojos, horrorizada de aquella visión que, a su parecer, había salido del centro de la tierra en aquel instante, y prestándole fuerzas el miedo se levantó de pronto con intención de huir. Pero no bien se había puesto en pie cuando, recobrando su natural denuedo, la miró de hito en hito, al mismo tiempo que el esqueleto ambulante, cuyos ojos relucían como los de un gato, la miraba con cierta diabólica malicia y soltó una risotada desagradable, muy semejante al roznido de un mulo.

-¿Qué haces aquí, linda niña? -le dijo con una voz cascada como el sonido de una castañeta: y riéndose de nuevo continuó-: No te asustes, yo soy la abuela Gila, que vivo en Cuéllar, y aunque me tienen por bruja todavía me creo tan buena como la que más.

La sarta de dientes que llevaba en la mano izquierda resonó, a un movimiento que hizo, como el crujido de un hueso al romperse.

-Buena madre -respondió Zoraida-, yo soy la mujer más infeliz que existe, y he venido aquí sin saber adónde iba ni a qué.

-¡Pobrecita! -replicó la bruja con su acostumbrada risa-. ¿Y a mí qué me importa que tú seas infeliz o no? ¡Ojalá que te veas pronto maldecida por todos como yo, y vieja y con arrugas, que yo también fui joven y bonita, y ahora!... ¿No eres tú la mora que quiere el señor de Cuéllar?

-Sí, yo soy la que fue querida -replicó Zoraida con acento melancólico-, yo soy la que fui feliz.

-¡Hola! Conque, ¿ya no te quiere -replicó la vieja- y tal vez te ha echado de su castillo? Se cumplieron por fin las maldiciones que yo te he echado. Pues, hija mía, ¡cómo ha de ser!, ten paciencia y sufre.

Y después de haber echado a Zoraida una ojeada de diabólica complacencia, la vieja infernal volvió la espalda e hizo ademán de alejarse murmurando estos versos:

Feas, lindas, ricos, pobres,
viejas, jóvenes, guerreros,
reyes, nobles y villanos
entran en un agujero
como hormigas
que la muerte con el pie
junta y apiña.


-Mujer -gritó Zoraida con impetuosidad después de una pausa en que el ansia de vengarse y los celos dieron nuevo ánimo a su corazón-, yo venía en tu busca; si te alegras de mis tristezas, ¿qué me importa? Yo no te he hecho nunca ningún mal, ni te he visto hasta ahora; quiere decir que no sólo me aborreces a mí, sino a todo el género humano.

-Así es -replicó la bruja-; odio a los que creo felices, y río y hago escarnio de los que son desgraciados, como otros lo hacen de mí y me persiguen.

-Pues bien, en ese caso yo quiero vengarme como tú, y mi venganza te debe a ti complacer puesto que hará la desdicha de dos personas que tú aborreces. Dime qué tengo que hacer para lograrlo. Nada te detenga; llama a todo el infierno junto, preséntalo delante de mí con tus conjuros, oiga yo sus clamores, véngueme yo de la rival que detesto, y tuya soy desde ahora.

-Mucho fuego pones en tus palabras -replicó la vieja con un gesto que parecía otra vieja en lo desagradable-. Has de saber que desde que se murió la tía Graja, hace ahora diez años, no se ha vuelto a ver el diablo por estos contornos, ni yo he montado en la escoba desde entonces, ni he dado paz al cabrío. Está esto muy mal, y hasta el amo nos desprecia, y van perdiendo su fuerza nuestros conjuros. Ya se ve, se ahorca ahora tan poca gente que es un dolor; toda la noche he tenido que andar por estos pinos buscando ahorcados a quienes arrancar los dientes, y sólo he podido hallar cuatro o cinco, y aun uno de ellos era ya viejo y le faltaban las muelas.

Era entonces costumbre, y lo fue por largo tiempo en España, ahorcar de los árboles a los que la voluntad o la justicia del señor feudal condenaba a muerte si eran villanos, y nadie ignora que las llamadas brujas prestaban ciertas virtudes a sus dientes y a varias partes de su cuerpo, de que se servían en sus supuestos hechizos.

-Pero, en fin, el hecho es -continuó la asquerosa vieja- que tú quieres maleficiar dos personas y vengarte de ellas, y hasta ahí alcanza mi poder, y en eso doy gusto a mi inclinación. Una de ellas sin duda es el señor de Cuéllar.

-No -repuso la mora con prontitud-; yo le amo demasiado para querer hacerle directamente daño. Yo sólo quiero vengarme de mi rival.

-¿Y quién es tu rival? -preguntó la vieja-. ¿No es la hermana del castellano de Iscar?

-La misma -replicó Zoraida-; esa es la que me ha robado su corazón, esa es la que ha llenado mi alma de amargura y desesperación. Sí, sobre ella caigan tus maldiciones; sobre ella sola, para que no la vea jamás en sus brazos el señor de Cuéllar.

-¿Sabes tú dónde está? ¿Tendrías tú un medio para hacerle tomar una bebida que yo te dé? -preguntó la vieja mirándola fijamente.

-Si yo supiese dónde se halla... -contestó Zoraida.

-En su castillo, sin duda -interrumpió la vieja con una sonrisa irónica-; pero no te dé pena; esa mujer no morirá en paz ni en su cama.

-Pero tú -insistió Zoraida-, ¿no podrías llevarme adonde se halla?

-¿Lo sé yo acaso? -replicó la vieja-. Y aunque lo supiera, ¿por qué te lo había de decir? No señor, sufre, que día vendrá en que se cumplan todas las venganzas juntas, y en que los que ahora viven alegres lloren, y aquellos y aquellas que tienen asco de las pobres viejas, y pasan espetadas delante de ellas sin mirarlas, y que se creen infectadas con sólo rozarse con las que son como yo, y las que ahora rebosan en hermosura y salud, día vendrá, y muy pronto, en que salgan con los pies delante para el cementerio.

Diciendo esto la raquítica bruja dio a su rostro una expresión tan repugnante de alegría y de venganza, que al mismo espíritu maligno le hubiera parecido desagradable. Zoraida no contestó sino que dando algunos pasos hacia ella, aunque con repugnancia, le alargó algunas monedas, pensando que este sería el mejor medio de hacer adivinar y poner de su parte a la bruja.

Tomólas ella con avaricia, y mirándolas una tras otra a la luz no parecía sino que nunca había visto junto tanto dinero, lo cual era más que probable. No sabía tal vez en dónde estaba Leonor, y menos aún podía hablar con acierto acerca de los sucesos futuros; pero era menester decir algo, y estaba demasiado habituada a servirse de la credulidad ajena para titubear un momento. Quizá ella misma a fuerza de oír que la llamaban bruja, y acaso poseedora de algunos secretos, había llegado en efecto a creer que tenía comercio con el demonio. Zoraida, crédula como todos los hombres y mujeres de su siglo, y además agitada de una pasión loca que puede hacer supersticioso al hombre más ilustrado, la miraba como un oráculo y esperaba con ansia saber cuál había de ser su destino. La bruja, pues, le hizo señas de que guardase silencio, y habiendo arrancado algunas retamas les prendió fuego, profiriendo sordamente varias palabras, que no entendía ella misma sin duda, dando vueltas alrededor de la hoguera, con más rapidez que prometían sus años, mientras la llama tomaba vuelo. Paróse en seguida, y sacando del arrugado y cóncavo pecho un bolsillo de cuero que deslió sin dejar de gruñir entre dientes, echó unos pelos al fuego y una especie de saín o gordura de algún animal. Echóse en seguida al suelo, y poniendo contra él la boca, empezó a llamar a algunos, primero en voz baja y después en tono más alto, añadiendo a cada palabra una maldición. Todos sus movimientos eran tan extraordinarios y ridículos que hubieran podido llamar la atención del hombre menos curioso; y su figura maléfica, que se divisaba como un espectro a la luz de la hoguera, el silencio de la noche, la luna, que oculta entre algunas nubes cenicientas teñía el bosque de una especie de color de muerto, daban cierto carácter sobrenatural a aquella singular escena.

La hoguera, sin embargo, se fue consumiendo poco a poco, y cuando ya estaba casi extinguida, la fatídica vieja se levantó y dio una patada con furia sobre las pocas ramas que aún ardían, como si quisiera vengarse de aquella manera del poco efecto que producían sus encantos.

-¡Ea, pues! -dijo volviéndose hacia Zoraida, que había observado cuanto había hecho, y que más de una vez había sentido erizarse sus carnes-: ¡ea, pues!, demonios, ya que desoís mis conjuros, ojalá que se conviertan a Dios y eviten vuestras tentaciones cuantas almas hay en el mundo. Zoraida, el espíritu profético ha huido de mí, y no sé ni acierto adónde está tu rival; sólo sé que un espíritu superior a los que a mí me sirven la protege por ahora. ¡Maldito sea él! Sólo sé que él la libertó de las garras del Velludo. Quizá tú la volverás a ver algún día. Tú también tendrás quien te proteja. Tal vez el de Cuéllar te volverá a amar. Acaso...

La imaginación de la vieja apenas podía ya inventar más, ni suplir con profecías a bulto lo que ignoraba. Por último, y como inspirada de pronto, añadió:

-Puede ser que algún día te acuerdes de lo que has visto esta noche por tu desgracia. Es forzoso que nosotras nos volvamos a ver.

-¿Crees tú que Saldaña me vuelva a amar? -preguntó Zoraida, a quien esta parte de la profecía había conmovido y hecho temblar hasta las entrañas.

-¿La hembra del mastín, no se ayunta con el lobo? -respondió la pitonisa-. Pero guárdate también de que no te devore; guárdate, y teme que no maldigas algún día la hora fatal en que te has hallado conmigo.

Pronunció estas últimas palabras con un eco de voz tan siniestro, y clavando al mismo tiempo en Zoraida una mirada tan fija y horrible, que hubiera podido intimidar al más intrépido. La desdichada mora no pudo menos de estremecerse y sentir sus cabellos tiesos sobre su cabeza.

En vano trató de esforzarse a preguntarle por qué: el temor había helado su voz, y la fiebre que la devoraba le representó en su fantasía, en vez de una bruja, mil que la amedrentaban con sus funestos presagios y que la miraban del mismo modo. Tal vez la intención de la vieja había sido únicamente aterrarla, ya que no había podido convencerla de su mágico poder, pero no obstante, parecía que sólo había verdad en su último presagio, que era una amenaza que debía cumplirse, y que aquella misma mujer había de tener parte en que se cumpliera. El tono de su voz y su mirada manifestaban quizá perversas intenciones para en adelante, quizá estaba ofendida y deseosa de vengarse de la mora que había presenciado la inutilidad de sus conjuros y que podía publicar todo como había pasado, y hacerle perder su fama. De todos modos, había un no sé qué de verdad en sus expresiones.

Zoraida, entre tanto, todo lo daba ya por cumplido, y cuando vuelta en algún tanto de su estupor quiso pedirle algunas explicaciones de lo que había dicho, la inexplicable vieja había desaparecido.

A su entender se había vuelto a sumergir en las entrañas de la tierra, de donde pensó primero que había salido.

Entre tanto ya venía la mañana; el aire, más fresco, halagaba las copas de los pinos, y el color de la aurora empezaba a pintar con su velo de nácar el horizonte. Las aves piaban, los arroyos murmuraban, y se alegraban los campos. Todo respiraba el encanto de una alborada de estío, y el reposo y la paz, aún no alterada por el villano madrugador, podía compararse a la primera sonrisa de un niño. Sólo Zoraida penaba, aterrada aún con el presagio de la impura vieja; pero su fiebre había calmado, y cierta laxitud, producida por su anterior frenesí y lo mucho que había caminado, era lo único que le quedaba de su locura. Parecía que el fuego de su corazón se había enteramente apagado: o, por mejor decir, que su corazón, a modo de un espíritu, se había evaporado, y que ya no le quedaba sentimiento para padecer ni gozar. Sus ojos estaban tristemente caídos; al color encendido de sus mejillas había sucedido una palidez cadavérica; sus miembros flojos apenas obedecían a su voluntad, y en derredor de su boca la herradura de la muerte estaba estampada.

Aún no había recobrado cabalmente su juicio, pero ya no era aquella imaginación llameante la que mezclaba y arrebataba sus pensamientos, y como un herido falto de sangre y lánguidamente débil, sólo veía colores, sombras, oía un confuso rumor, y el cielo y la tierra le parecía que habían cambiado de sitio. Todo a su vista aparecía más alto, más bajo, más lejos, más cerca de lo que estaba realmente. En su memoria se agitaban los sucesos de aquella noche como sueños casi olvidados o como los cuentos de la niñez. Figurábase a veces que eran cosas que había oído contar, que habían pasado hacía mucho tiempo, y allá confusamente oía al mismo tiempo las palabras de la bruja, el canto satánico de los aventureros y el grito de los centinelas.

Examinábase a veces a sí misma en los intermedios que este segundo delirio le concedía, miraba al cielo inundado ya de ráfagas de luz hacia el oriente, consideraba la tranquilidad de los campos, y meditaba en la dicha que disfrutaban sus habitantes. De lejos ya llegaba a sus oídos la voz del leñador que arreaba su asno caminando al monte; el canto monótono de los segadores que aprovechaban la fresca; el grito del labriego en la era, y esta armonía, este bello despertar de la naturaleza, le hacía penar de nuevo y derramar lágrimas hilo a hilo.

-¡Oh -se decía a sí misma-, yo soy la única infeliz entre tantos felices!

Parecíale, al pensar esto, que no era este mundo su morada ni la había sido hasta entonces, sino que, para mayor tormento suyo, una mano fatal la había arrancado de su centro y trasladádola allí para que pudiese comparar la gloria de aquel paraíso con el infierno en que tenía que vivir por fuerza y que llevaba dentro de sí. Hallábase allí en medio del campo, al aire libre, a la luz del día, tan turbada e incómoda como un rústico en medio de un magnífico palacio, o más bien sentía la fatiga del pez que se ve de pronto fuera de su elemento. En su interior oía una voz que le gritaba de volver al castillo; pero el día entraba y aún no se había decidido a obedecerla. Por último, la parte de vida que le animaba venció su irresolución, y la afligida Zoraida tomó la vuelta de la fortaleza.

Los trabajos del campo, propios de la estación, habían despertado ya a los rústicos habitantes, y todo era vida y movimiento en aquella extensa campiña. Hubiera sido un espectáculo agradable sin duda para cualquier espíritu sosegado; pero Zoraida huía de los hombres, hubiera querido no oír sus palabras, y quería ocultar a sus ojos la calma y la hermosura de la naturaleza. Buscaba las sendas más escondidas, los sitios más sombríos, en fin, todo aquello que pudiera tener analogía con su alma.

Cuando llegó a la entrada subterránea que llevaba a las bóvedas del castillo, volvió la cabeza a mirar el sol, que, como un escudo de fuego, se levantaba y teñía el horizonte de mil vivísimos colores. Quiso fijar en él los ojos por un instante, y quedó tan deslumbrada y confusa, que, dando un alarido, se lanzó en la oscura bóveda de repente.

Hubiérase creído que era un ángel de tinieblas que miraba la luz del sol, y despechado de no poder gozar de su hermoso brillo, se arrojaba maldiciendo su suerte en el infierno.

Zoraida, cansada, enferma de alma y cuerpo, llena de visiones, de presagios, de memorias del bien pasado y desnuda de toda esperanza, volvió por los secretos pasadizos por donde antes había salido, y el ruido de las armas, los relinchos de los caballos y las voces de los soldados que barrían sus cuadras, limpiaban sus armaduras y vagaban acá y allá en los patios y corredores próximos al camino que ella llevaba penetraban en su oído mezclados en un son tan confuso y desacorde, que acabaron de trastornar su cabeza. Más de una vez tuvo que apoyarse en la pared para sostenerse, y no supo ella misma el tiempo que estuvo en aquella actitud hasta que recobró sus fuerzas.

Las retorcidas escaleras que subía la mareaban, el castillo se le andaba, y cuando llegó a su cuarto, se encerró allí y se arrojó en su lecho, sintió un placer semejante al de una ave nocturna que, aturdida y ciega por el resplandor del sol, encuentra por casualidad el oscuro nicho que le sirve de asilo.


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Capítulo X
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Sancho Saldaña José de Espronceda


Abrazan los escudos delant' los corazones,
abajan las lanzas avueltas con los pendones,
enclinaban las caras sobre los arzones,
batien los caballos con los espolones,
temblar querie la tierra dond' eran movedores.
Poema del Cid


¿Quién es aquesta dama religiosa
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . .¿Quién es la afligida,
en igual grado bella y dolorida?
HOJEDA, Cristiada


Ya habrá supuesto el lector que el billete que entregó al señor de Cuéllar su lindo paje venía de parte de Hernando, que deseaba tomar venganza del que él suponía robador de su hermana. En efecto, el tiempo, que, según el estado de nuestra alma, vuela ligero como un relámpago o se nos figura que no se mueve, le parecía aquella noche al señor de Iscar que había perdido sus alas y cada minuto se le hacía un siglo. Tal era el deseo que le punzaba de venir a las manos con su enemigo.

Las tres de la mañana serían, y faltaban aún dos mortales horas para que llegase el momento prefijado para el combate, y ya su voz había despertado al buen Nuño, que, a su vez, había despertado al Cantor, y éste a los demás habitantes de la fortaleza. Ninguno sabía el intento de su señor si no era el capellán del castillo, que había escrito la carta de desafío, porque Hernando de Iscar no sabía leer ni escribir, o, lo que es lo mismo, no era caballero letrado, que se decía entonces, y sólo era entendido en los ejercicios de caballería. Se había confesado la noche antes, como era uso generalmente de los religiosos caballeros si había lugar para hacerlo antes de entrar en batalla o aventurarse a algún peligro, sin que en esto diesen pruebas de menos valor o desconfianza en su buena suerte.

Hernando, buen caballero probado en muchos encuentros, tenía fama de ser tan diestro jinete como ágil en todo género de juego de armas; sabía que su contrario, el de Cuéllar, era una de las lanzas más temibles de la cristiandad, y así por esto como porque interesaba a su honra, tenía intención de proponerle en el campo se desarmasen el lado izquierdo, quedando de este modo expuesto a los golpes el corazón. Era de creer que Sancho Saldaña no titubearía un punto en acceder a su proposición, y en este caso la muerte de uno de los dos, o tal vez la de ambos, era de presumir inevitable.

Pero esto le daba muy poco cuidado a Hernando, que, ganoso de satisfacer su agravio, y educado desde su infancia en las armas, estaba acostumbrado a considerar un duelo a muerte como una especie de pasatiempo. Su buen Nuño, que no daba más importancia que su amo a la vida de un semejante suyo si la arriesgaba en regla y según la ley de las armas, aunque no sabía el intento de su señor, sospechaba lo que podía ser, y le había aderezado ya su armadura, sin olvidarse de la suya propia, persuadido a que su amo tendría tal vez necesidad de su compañía. Había reñido con el poeta más de veinte veces el día antes y hecho la paz otras tantas, y estaba entonces pendiente aún su última riña cuando el Cantor, tarareando unos versos muy conocidos en aquella época, se llegó a hablarle.

-¿A qué diablos -dijo Nuño- vienes aquí a hacer ruido? ¿Te parece a ti que es ésta hora para oír tu música?

-Yo no sé para lo que es hora -respondió el poeta-, pero sé muy bien para lo que vengo.

-Pues habla y sé breve -repuso el enojado Nuño.

-Así lo fueras tú tanto como yo -replicó el Cantor con calma-, y no que cuando tomas la palabra no dejas hablar a nadie y eres capaz de estarte charlando tres días; y al fin si hablaras bien, pase, pero...

-Si vienes a chancearte conmigo -interrumpió Nuño, poco agradado de las finezas de su antagonista-, te puedes ir con mil santos a buscar otro a quien cansar con tus necedades, porque yo no estoy ahora de humor de broma.

-Ve ahí cómo nos equivocamos cuando uno menos lo piensa -repuso el poeta, que se divertía en irritarle-; yo te creía ahora del mejor humor del mundo, porque aunque en tu cara no se conoce nunca cuando estás contento...

-Sí -replicó Nuño con ira-, sí, estoy para hacer correr tras de mí los chicos de la calle; ¿habráse visto impertinente igual? Si no fuera... ¡vive Dios!

-He sufrido tres interrupciones sin quejarme -contestó el poeta-, y todavía no te he interrumpido a ti una sola vez y ya te amostazas he ahí lo que se llama tener buen genio.

-Tengo el que me da la gana -replicó Nuño con mucho enfado.

La conversación llevaba trazas de acabar mal, al menos por parte de Nuño, si el poeta, que no tenía el menor deseo de quimera, no la hubiera hecho tomar distinto giro diciendo:

-Con estos dimes y diretes, mi buen Nuño, todavía no te he preguntado lo que quería, y lo que es más esencial que nuestras cuestiones. ¿Sabes tú por qué don Hernando te ha mandado que apercibas sus armas para esta mañana a las cuatro?

-No sé -replicó Nuño con sequedad.

-Vaya si lo sabrás -continuó el Cantor-. ¿Quién si no tú lo ha de saber, que mereces toda la confianza de nuestro amo y conoces y averiguas, además, cuanto pasa a veinte leguas a la redonda?

Era este justamente el flaco de Nuño, que, aunque a la verdad merecía mucha confianza a su amo, él la ponderaba y exageraba sobremanera, dando a entender que no hacía cosa que no le confiase y sobre que no le pidiese de antemano su parecer. No sabía entonces nada de cierto, como hemos dicho, pero no le parecía oportuno ni honroso disminuir su importancia a los ojos de su antagonista, y estaba decidido a dar por fijo lo que suponía.

-Yo no averiguo ni trato de averiguar nunca nada, y te engañó mucho quien tal te dijo.

-Sí -replicó el Cantor-, no averiguas, pero lo sabes todo.

-Si lo sé -repuso el severo Nuño- no es porque yo me meta nunca donde no me llaman, sino porque hace muchos años que poseo la confianza absoluta de mis amos. En prueba de ello, me acuerdo que pocos días antes de tomar el arrabal de Triana en el sitio de Sevilla el año de 1240, que andaba muy callado entre todos, como es uso y debe ser cuando se trata de las cosas de la guerra, y no sabía nadie la intención del almirante sino el rey y algunos de los caballeros más principales, y los demás andaban olfateando sin atinar con nada, mi amo me dijo: «Nuño, buen ánimo que pronto va a haber barro a mano; cuando llegue el caso, lanza en ristre y confianza en Dios». Lo que yo interpreté que quería decir: Triana será nuestra muy pronto.

-¡Por Dios, Nuño! -exclamó el Cantor-. ¿Qué tiene que ver aquí la toma de Triana con lo que hablamos, que no te he interrumpido sólo porque no te enojaras?

-Es verdad -repuso Nuño-, pues es como digo, entonces y otras veces, el año de 1260...

-¿Otra vez? ¡Por Santiago! -interrumpió el poeta.

-No me interrumpas, o si no callaremos.

-No te interrumpo, sino que no respondes acorde, y me vienes a contar lo que importó saber a mi abuelo.

-Tienes razón -convino Nuño, quizá por la primera vez de su vida-; en hablando de mi amo, quiero decir, del padre de don Hernando, pierdo los estribos; y bien, pregunta, di, porque tampoco me has preguntado nada, y mal te podía responder.

-Sí, te lo he preguntado ya -repuso el impaciente poeta.

-¿Cómo? Eso no -replicó Nuño-, y no creo que me taches también de falto de memoria.

-Está bien; no gastemos más tiempo. Te he preguntado o te pregunto ahora, como tú mejor quieras, ¿para qué ha pedido sus armas?

-¡Ah!, sí, me acuerdo -dijo Nuño-, es verdad; en una palabra, parece que hoy ha determinado mi amo que el señor de Cuéllar purgue de una vez los males que nos ha causado; a lo menos ayer le llevé yo un papel que me entregó el capellán, y es de presumir... ya ves.

-Sí. ¿Pero no te ha dicho don Hernando nada? -preguntó el poeta.

-Hombre... sí y no, me ha dicho y no me ha dicho -repuso Nuño titubeando-; pero yo sé que hoy van a ver quién se tiene mejor a caballo, en buena ley y con buenas armas.

-Pues Dios ayude a don Hernando, porque el de Cuéllar es ligero como el viento y fuerte como una encina de veinte años.

-Quita allá -dijo Nuño-. ¿Dudas tú del ánimo de don Hernando? Le he visto yo cuando apenas tenía diecisiete años sacar a un hombre de la silla y llevarlo enastado en la lanza como si fuera una pluma.

-Ya lo sé -replicó el Cantor- que don Hernando no cede a nadie; pero, aquí entre nosotros, el de Cuéllar es hombre más vigoroso, y la suerte está indecisa.

-Puede ser -replicó el veterano-, pero la rabia que le tiene mi amo suplirá por las fuerzas y allá veremos, y hágase lo que Dios quiera.

-Amén -replicó devotamente el Cantor-. Tienes razón. Dios protege siempre la causa de la justicia; yo pasé cerca del impío y le vi en medio de su grandeza, volví la vista y ya había desaparecido. ¿Pero tú sabes -continuó- que don Hernando está equivocado y que doña Leonor no está en poder de Saldaña?

-¿Pues entonces en dónde está? -preguntó Nuño como sorprendido.

-La bruja, o lo que sea, que anda por estos contornos -prosiguió el poeta- la sacó de manos de los ladrones la misma noche que la robaron, y a la verdad que no sé qué es peor.

-¿De veras? -preguntó Nuño con muestras de mucho contento-. Trae acá un abrazo; es la mejor noticia que podías darme, a no ser que me la dieras de que estaba ya en el castillo.

-Hombre, tú eres raro -dijo el Cantor-, y no entiendo por qué te alegras tanto de mi noticia, porque a mí no me parece muy buena.

-Porque tú no conoces a esa que llamas bruja, que no es ni piensa serlo, sino un ángel del cielo.

-¿Luego tú la conoces? -preguntó el poeta.

-¿Pues no la he de conocer, si fue la misma que me curó de mis heridas cuando hace tres años quedé por muerto en el campo, y ella me recogió y me cuidó como si fuera su hijo? Te aseguro que por la noticia que me has dado te sufro hasta que me interrumpas y te perdono todas tus impertinencias.

-¿Y tú sabes, sin duda, dónde vive?

-No -replicó Nuño-, porque entré sin sentido, y salí con los ojos vendados y ya de noche, de modo que, aunque me levanté un poco el pañuelo para mirar, no pude ver señal alguna de la habitación.

Aquí llegaban cuando el señor de Iscar, habiendo oído al trompeta del castillo, que tocaba las horas, marcar las cuatro con su instrumento, volvió a llamar a Nuño, e interrumpió su conversación.

-¿Qué tal la mañana, Nuño? -le preguntó su amo con aire de buen humor.

-Algo fresca está -replicó el veterano-, las mañanas de este mes son frías por lo regular.

-Tanto mejor -repuso Hernando-; a bien que luego entraré en calor. Tráeme mis armas.

Nuño salió al momento por ellas frotándose alegremente las manos, diciendo entre sí: «Gracias a Dios que se nos proporciona algo que hacer, que por Santiago creí ya que me iba a pudrir aquí y a tomarme de moho como una coraza vieja; pero hoy va a haber golpes sin duda, y aunque no sé si me tocará a mí algo presumo que ha de haber para todos.»

Hablando así, tomó en la sala de armas la armadura de su señor, y volviendo donde él estaba la puso en el suelo y principió a vestírsela con mucha calma.

-Vamos, Nuño, date prisa -le dijo su amo a tiempo que le ceñía el espaldar-. ¿Qué espada me traes?... La de mi padre, supongo.

-Sí, señor, la misma -repuso Nuño- con que mató a orillas del Guadalquivir al africano Aliatar, que me parece que le estoy viendo acercarse todos los días a nuestro campo en una rabicano árabe que corría como el viento, vestido de una piel de león sobre que dormía y en menos de media hora derribar de la silla dos o tres de los mejores soldados nuestros que salían a jinetear. Pero no le valió con don Jaime, que peleó con él delante del famoso Pérez de Vargas y le hizo rodar por el suelo como una bola.

-Pues esa espada quiero yo hoy -dijo Hernando-, y veremos si tengo tan buen pulso y acierto como mi padre.

Dicho esto, y armado ya todo si no la cabeza, caló un casco de bruñido acero de donde volaban infinitas plumas. Nuño le calzó las espuelas, y con brioso y marcial continente salió del cuarto con el mismo deseo y denuedo que si fuese a recibir los aplausos de la multitud y las miradas de las damas a algún lujoso torneo.

La alegría más pura brillaba en los ojos de Nuño al verle, y la memoria de su padre, viniendo de repente a su imaginación, humedeció los ojos del veterano acaso con alguna lágrima, que se limpió con el revés de la mano.

-Señor -le dijo, viendo que Hernando no le decía que le acompañase-, ¿y yo no tengo hoy en qué ocuparme? ¿Me he de estar mano sobre mano aquí en el castillo como una gallina clueca?

-Amigo Nuño -le respondió su amo-, por hoy no necesito tu compañía; solo tengo que ir, y mi brazo me bastará con la ayuda de Dios.

-Pero, señor, ¿y si acaso os sucede algo?...

-En ese caso será de mí lo que Dios quisiere -replicó Hernando-; sólo te encargo que si dentro de dos horas no estoy de vuelta, te llegues hacia la ribera del Cega, junto al molino, donde acaso me encontrarás.

-¿Y no sería mejor -volvió a insistir el fiel Nuño- que yo os acompañase hasta allí? No creáis, aunque me veis viejo, que si se trata de venir a las manos tarde yo en enristrar la lanza más tiempo que el doncel más aventajado.

-Lo sé -repuso su amo-, pero por hoy no puedes venir conmigo; he prometido ir solo y si alguno me acompañase correría peligro mi fama.

-Entonces id con Dios -dijo Nuño- y él os dé tan buena ventura como merecéis.

Con esto llegó Hernando a su caballo, que con su caparazón de batalla estaba ya a la puerta del castillo, de mano de un escudero, y saltando sobre él con tanta soltura como ligereza, tomó de las manos de Nuño la lanza y el escudo que éste le alargó diciéndole:

-Si acaso, ya sabéis, señor, que el golpe de la visera es seguro y de buen empuje; la lanza baja y levantarla de pronto; no hay más que hacer. Me acuerdo...

Iba a contarle tal vez alguna historia de su mocedad, pero Hernando, metiendo espuelas a su caballo, salió a galope, y el veterano le vio atravesar el puente levadizo sin detenerse, bajar la cuesta, seguir su carrera en el llano y desaparecer de allí a poco, como una exhalación a lo lejos entre los pinares, dejando detrás de él rastros de luz de su armadura, herida en aquel momento del sol que empezaba a aparecer en el horizonte.

-Estos jóvenes de ahora -se dijo Nuño a sí mismo cuando le vio partir- quieren guiarse siempre por sí, y no las más veces aciertan. No que lo diga yo por mi amo, que así sabe manejar la espada como el caballo, pero... Allá va, que apenas le alcanza el viento: Dios te guíe y te dé victoria sobre tu enemigo.

Murmurando así entre dientes volvió al castillo, muy apesadumbrado de tener que quedarse sin presenciar el combate, y mucho más de no poder tomar parte.

Entre tanto, el señor de Iscar, sin sosegar su carrera, atravesó el pinar, vadeó el río Pirón y poco después llegó al sitio señalado para el desafío.

Era en la ribera opuesta del Cega, camino de Cuéllar, en una especie de plaza llana y desembarazada de árboles, desde donde se descubría a corta distancia una torre dependiente de aquel castillo, convertida hoy en una pequeña aldea llamada Torre-Gutiérrez.

Tendió la vista el señor de Iscar buscando a Saldaña, y viendo que no había venido aún, lleno de impaciencia echó pie a tierra de su caballo, y sentándose sobre una piedra se puso a aguardarle maldiciendo de todo corazón su tardanza. A cada momento se levantaba y miraba por todos lados por si le veía venir, acrecentando su ira cada minuto que pasaba y ansiando cada vez más el momento de pelear. Por una parte, temía que, siendo el billete anónimo, hubiese despreciado a su autor, teniéndole por caballero de poco nombre e indigno de medirse con él; por otra, recelaba, si sabedor de quién era, seguiría resuelto, como ya había dicho otra vez, a no enristrar lanza contra el amigo de su juventud.

-¡Hipócrita! -exclamaba hablando consigo mismo-. Tal vez quieres engañar aún al mundo dando a entender que respetas los lazos de la amistad; pero tú no me conoces aún: yo te arrancaré la máscara y haré que te vean tal como eres. Puede ser que no vengas a la cita, pero guárdate, porque te he de encontrar aunque te escondas bajo de tierra y te he de coser a estocadas delante del mismo altar de la Virgen. ¡El amigo de mi juventud! -continuaba con ironía-. Ya hace mucho tiempo que no somos amigos, y por lo último que has hecho juro no reposar hasta cumplir mi venganza.

Agitado de estos pensamientos, y temeroso ya de que no viniera, estaba dudando si le aguardaría más tiempo o le daría por cobarde y mal caballero, e iría a su mismo castillo a injuriarle y a castigarle como a un villano. Pero aún no habían dado las cinco, y sólo su impaciencia podía llamar cobarde a Sancho Saldaña, que estaba reputado, como hemos dicho antes, por uno de los más valientes guerreros del partido de Sancho el Bravo.

El señor de Cuéllar, que no tenía los motivos de su contrario para abrigar contra él ningún mal deseo, y no sabía siquiera ni se imaginaba con quién tenía que habérselas, había tomado el lance con la indiferencia apática que era el tipo de su carácter cuando no se trataba de sus pasiones y de martirizarse a sí mismo. Por esto, a las cuatro y media de la mañana se había hecho armar de su paje con mucha calma, y montando a caballo, solo se encaminó, mucho más combatido de sus remordimientos, esperanzas y disgustos, que pensativo del desafío, a un mediano trote al sitio que señalaba el billete.

No había dado apenas la hora cuando el enojado hermano de Leonor le vio con mucho contento que venía a lo lejos en un poderoso caballo brillantemente armado, con muestra triste, aunque animosa y guerrera. Su alta estatura y ancha espalda parecían darle ventaja sobre su contrario, que, aunque robusto y vigoroso, era más pequeño de cuerpo y de formas menos atléticas. Su caballo, negro como el azabache, era también más ancho y de más alzada, y aunque la lanza de Hernando mostraba bien a las claras la pujanza del brazo que la blandía, el asta de Sancho Saldaña marcaba a su señor por hombre de fuerzas extraordinarias. Nadie, al comparar los dos campeones viéndolos frente a frente, hubiera supuesto ventaja en ninguno de ellos, porque si bien imponía el hercúleo continente y grave mole del señor de Cuéllar, el desembarazo, soltura y agilidad de Hernando podían suplir por su falta de fuerzas y de estatura, siendo igual el valor de entrambos, igual su edad, y estando este último particularmente deseoso de pelear.

Caló la visera Hernando viéndole que se acercaba, siendo su intención ahorrar palabras no dándose a conocer, montó a caballo, y fijando la lanza en tierra le aguardó con serenidad. Sancho Saldaña, ensimismado como de costumbre, no había siquiera levantado sus ojos ni visto a su enemigo, que le esperaba, por lo que, la visera alta y puesta la lanza en la cuja, siguió marchando sin avivar el paso de su palafrén.

«Si tendré yo que ir a avisarte que estoy aquí», se dijo entre sí Hernando, picado de su indiferencia; y sin aguardar más tiempo alzó la voz llamándole, no sin aguijar su caballo y avanzar algunos pasos más, lleno de impaciencia, hacia él para obligarle a que le mirara.

Saldaña alzó a su vez la cabeza, y llegando junto a él hizo alto, le echó una ojeada desdeñosa de arriba abajo, que redobló el coraje del señor de Iscar, y después de haberle mirado muy despacio, le dijo:

-Mucha gana tenéis de pelear, señor desconocido, a lo que parece. ¿Tenéis alguna dificultad en darme a conocer vuestro nombre, o quizá sois caballero novel y aún no lo habéis hecho bueno ni conocido?

-Mejor que el tuyo mil veces -repuso Hernando fijando en él dos llamas, que tal parecían sus ojos al través de las barras de la visera-. Mejor que el tuyo, y me extraña que preguntes mi nombre cuando sabes que no es uso de buenos caballeros preguntarlo antes de combatir.

-Más me extraña a mí -replicó el de Cuéllar sin alterarse- que sólo por lograr prez o por alguna imprudente promesa hecha a tu dama (pues no creo me llames aquí por otro motivo), arriesgues tu vida conmigo en sitio tan solitario, a no ser que estés loco o trates de no quedar delante de gentes avergonzado de tu vencimiento.

-Saldaña -gritó Hernando-, lanza en ristre y ahorremos palabras, que donde están las manos no hay para qué servirse de la lengua. Sólo exijo por condición que el vencido ha de declarar la verdad de lo que se le preguntare.

-Inútil me parece esa condición -respondió Saldaña desdeñosamente-, porque tú serás el vencido y yo no tengo nada que preguntarte.

-Otra tengo también que pedirte -repuso el de Iscar-, y es que nos desarmemos las platas y ofrezcamos a los golpes el corazón. ¿Te parece mejor que la otra?

-Sin duda -respondió el de Cuéllar con su acostumbrada calma-; así despacharemos más pronto y el golpe será más seguro.

Y diciendo y haciendo se aflojaron entrambos las lazadas de las armaduras, dejando descubierto el lado izquierdo, y arrojaron al suelo las piezas que lo cubrían. Hecho esto, caló visera Saldaña, embrazaron ambos los escudos, y volviendo sus caballos a un mismo tiempo, con maravillosa presteza tomaron parte del campo, y puestos a igual distancia, sin aguardar otra señal que la de su deseo, arrancaron el uno contra el otro lanza en ristre a toda la violencia de la carrera, envueltos en una nube de polvo. Llegaron uno junto a otro sin detenerse, y se pasaron de claro, habiendo apenas la lanza del de Cuéllar rozado en el brazo derecho de Hernando, y tocando acaso la de éste en el muslo de su enemigo. Siguieron corriendo con el mismo ímpetu hasta llegar a cierta distancia, donde pararon, y arremetiendo segunda vez se desvanecieron de sus puestos con la rapidez del rayo y la lanza baja, amenazando hacerse pedazos. Este segundo encuentro fue más acertado que el primero y ventajoso para el de Cuéllar, que, encontrando el hombro derecho de su enemigo, caló el hierro de la lanza entre la quebrantada armadura, hiriéndole ligeramente, y le hizo bambolear en la silla, porque habiéndose encabritado el caballo de Hernando al recibir el golpe, hubo menester su señor de toda su habilidad para sostenerse.

Pero la tercera vez, encontrándose con la misma furia, fue tal la embestida y la cólera del de Iscar, que su lanza saltó al aire en mil astillas, y el caballo de Saldaña, que con dificultad pudo sostener el choque, cejó, cayendo dos o tres veces del cuarto trasero sin poder apenas tenerse, aunque esto no evitó que su amo rompiese con la punta de su lanza la visera de su enemigo, dejándole tan trastornado y aturdido que estuvo a pique de caer en tierra.

Quedó entonces Hernando a cara descubierta delante de Saldaña, el rostro encendido como fuego, y lanzando sobre él con los ojos rayos de ira, disponiéndose a volver su caballo y a llevar adelante su desafío. Pero el de Cuéllar, que al punto que le vio le hubo conocido, enderezó la lanza y la afirmó en la cuja, pidiéndole que se detuviera y acercándose a él al paso de su trotón:

-¡Hernando! -le dijo con muestras de pesadumbre, ¿y eras tú el que me proporcionabas nueva ocasión para cometer un crimen?

-¡Vil hipócrita! -le respondió el de Iscar, más encolerizado que nunca-. ¿Qué llamas tú un crimen, tú, para quien nada hay que sea sagrado en el mundo, tú, despreciador de la religión, traidor, robador de mi honra?... Vuelve, vuelve a enristrar la lanza, que por Santiago, si no fuera vergüenza mía, no había de aguardar a que te defendieras para enviarte al infierno, sino que así mismo te había de atravesar mil veces el corazón.

-Sosiégate, Hernando -repuso Saldaña, con tranquilidad-, sosiégate y óyeme...

-Nada tengo que oír de ti -interrumpió el de Iscar-, ni nada tienes que hacer sino defenderte y prepararte a morir.

-Oyeme -replicó el de Cuéllar con aire hipócrita- y dime, ¿qué te he hecho yo? ¿Qué agravio has recibido de mí?

-¡Infame! -interrumpió Hernando segunda vez-. ¿Tienes valor para preguntarme qué has hecho, mal caballero? ¿Adónde está mi hermana? ¿Quién la ha robado sino tú? Pero ¿para qué pregunto nada? -añadió con más cólera-; defiéndete o te mato.

-Todo está ya perdido. ¡Ella me aborrecerá! -profirió entre dientes Saldaña-. Y yo, ¡qué diablos sé de tu hermana! -repuso en seguida con aspereza-; la he querido poseer, ella habría hecho mi felicidad, no te lo niego; pero hasta el mismo infierno se ha mezclado para desbaratar mis planes... pero... yo no quería deshonrarte... tenía intenciones de casarme con ella, y no creo...

-Acuérdate de lo que te dijo mi padre: que nunca mi sangre se mezclaría con la tuya -replicó Hernando-; no, nunca, yo lo juro, aunque me fuese en ello mí vida, y sea yo más vil que el siervo más abatido, más deshonrado que un cobarde, y me vea despreciado y escupido del más villano, si tal consiento jamás. Di, traidor, ¿dónde está mi hermana?

-Te he dicho que yo no sé -respondió Saldaña-, y te juro por mi honor...

-¿Lo tienes tú acaso? -interrumpió el de Iscar-; defiéndete o te declaro por cobarde y hago llamar mis más viles criados para que te maten a palos.

-¡Hernando! -dijo entonces Saldaña, mirándole torvamente y rechinando los dientes-. Sólo a tu hermana debes no estar ya tendido a mis pies en pago de tus insultos. Sí -continuó con desesperación-, sólo al temor de que Leonor me aborrezca si ve en mis armas la sangre misma de su hermano. Pero ya, ¿qué importa? ¿No soy ya aborrecible a sus ojos y a los de todo el mundo? Pues ven y luchemos hasta que no quede señal de que haya existido ninguno.

Diciendo así echó pie a tierra de su caballo, trémulo de furor, y habiendo invitado a Hernando para que hiciese lo mismo, se arrojaron los dos al suelo a un tiempo, y echando mano a la espada uno y otro, se acometieron con más furia y más empuje que nunca. Voló al primer golpe en dos pedazos el escudo del señor de Cuéllar, que abolló de un revés el casco de su contrario, y tiráronse algunos golpes más, que acabaron de deshacer mutuamente sus armaduras.

Pero el de Iscar, cansado ya de tan largo combate, empezó a jugar de punta, mientras el de Cuéllar, más forzudo, le fatigaba y acosaba a tajos y cuchilladas. Hacía ya tiempo que peleaban y estaban heridos por mil partes, sudando y faltos de aliento, citando de repente Saldaña, arrojándose sobre Hernando, le tiró a manteniente un golpe tal sobre la cabeza, que dividió el yelmo en dos partes, y echando un río de sangre por ojos, orejas y narices, le derribó en el suelo sin movimiento.

Quedó Saldaña en pie, victorioso del desafío, pero su vista empezó de allí a poco a desvanecerse, quedó inmóvil, apoyándose sobre la cruz de la espada; sus miembros se estremecieron, inclinó lentamente el cuerpo hacia adelante, dobló las rodillas, hizo dos o tres esfuerzos inútiles para llegar hasta su caballo, y, dando un suspiro, cayó en tierra cubierto todo de sangre y privado, por último, de sentido.

El suelo estaba lleno alrededor de ellos de piezas de sus armas, esparcidas acá y allá en la fuga de la batalla; la lanza que Saldaña había dejado para echar pie a tierra cimbraba clavada de punta a un lado del campo; el aire mecía acaso las plumas que habían saltado de los abollados cascos, y los caballos, sueltos por el campo, se entregaban a toda la alegría que inspira la libertad, mientras sus amos, tendidos uno frente de otro, envueltos en sangre, yacían inmóviles, midiendo el campo con sus espaldas. El de Iscar, yerto, al parecer, sin respiración, cubierto el rostro de sangre y restañado en ella el cabello, tenía los ojos aún entreabiertos, la espada en la mano derecha a toda la extensión del brazo, y la palma de la izquierda, abierta, posada sobre la cabeza; el de Cuéllar, como un torreón caído, ocupaba más espacio, tendido sobre el lado derecho, cubierto el rostro con la visera, levantando el pecho a intervalos con fatiga, donde mostraba una ancha herida poco más abajo del hombro, sobre el corazón, que abría y cerraba sus labios arrojando un caño de sangre a cada respiración.

En este tiempo, llenos de inquietud en uno y otro castillo, especialmente en Iscar, el fiel Nuño y el adamado Jimeno, al ver la tardanza de sus señores, ya habían montado a caballo y, seguidos de algunos soldados, se encaminaban con mucha prisa al sitio de la batalla. Venía Nuño con un triste presentimiento de la suerte de su señor; pero no queriendo dar su brazo a torcer ni aun a sí mismo, todo se le volvía buscar razones para explicar la causa de su retardo. Dando prisa a los que le seguían y al mismo tiempo hablando como tenía de costumbre, iba respondiendo a las preguntas que éstos le hacían, mandándoles sin cesar que callaran, siendo él, más que nadie, la causa de que siguiera la conversación.

-Ya os he dicho -decía- que aguijéis y no me preguntéis más; vamos, ¿qué diablos tenéis, que no parece sino que habéis puesto una arroba de hierro a esos caballos en cada casco? ¡Cómo ha de ser! El amo, sin duda, se habrá detenido a componer alguna pieza de su armadura, y, además, ¿qué se os importa a vosotros?; cuando no ha vuelto, tendrá que hacer. Cuántas veces sucede que se le cae una herradura a un caballo y tiene un hombre que echar pie a tierra y... toma, y otros mil percances; vamos, ¿por qué no andáis al trote?, ¡vivo!, que no parece sino que tenéis que pararos para hablar. En diciendo que os da por charlar parecéis una tarabilla. Lo que más me alegro es que no haya venido el Cantor a interrumpirme y a fastidiarme. El pobre quería venir, pero yo no lo he dejado; está lleno de cuidado por don Hernando... Pero sí, buen cuidado hay que tener, el niño no sabe andar solo... Entre todos cuantos calzan espuela no hay uno más animoso que él ni que sepa mejor arrendar un caballo. Y... ¿quién sabe?... tal vez... ¡pero qué!, el que no le conozca como yo puede pensar lo que quiera, pero yo... Sí, lo mismo le vería yo peleando con tres de los mil jinetes africanos que trajo el rey de Marruecos, que sí le viera paseándose en una feria. En fin, ¡cómo ha de ser! allá veremos; adelante, muchachos, no hay que embobarse.

Así, sin dejar de hablar, cuidadoso y metiendo prisa, atravesaba entonces el bosque, desesperado de no poder correr la legua que le quedaba con la ligereza del pensamiento.

Jimeno, por su parte, aunque más cuidadoso de parecer bien que de lo que había sucedido a su amo, no dejaba también de aligerar el paso, aunque sus reflexiones entonces tomaban muy distinto vuelo que las de Nuño.

Pero todas estas disposiciones hubiesen sido tardías y de nada habrían valido a los caballeros, en particular a Saldaña, que por instantes se desangraba, y a quien hubieran hallado muerto sin duda, si el cielo no les hubiese deparado un socorro más eficaz que cuantos podían aguardar de sus escuderos.

Una mujer cubierta toda de una especie de dominó negro, o de hábito con capucha, teniéndola echada en este momento hacia atrás, estaba de rodillas junto a Saldaña, deteniendo la sangre de su herida con un lienzo blanco como la nieve, y le había levantado la visera y quitado el casco para desahogarle. Su rostro pálido, y más ajado por el dolor y la penitencia que por los años, pues no parecía tener arriba de veintidós, tenía un no sé qué tan angelical y amoroso, que cautivaba y enamoraba con su ternura. Pero el sentimiento que inspiraba era más dulce y respetuoso que ardiente y apasionado, porque sin duda los pasatiempos de aquella joven no eran de este mundo, y su alma ya habitaba en las celestiales mansiones de la paz y de la eterna felicidad.

Su languidez, la ternura, el corte ovalado de su semblante y, sobre todo, el vuelo místico, la mágica nube que hacía imaginar que la rodeaba, habría hecho doblar la rodilla al más profano y adorarla como una divinidad. Todo parecía ya tributarla el homenaje que merecía: el aire mecía blandamente sus abandonados rizos, mientras que el sol, reflejando allí sus rayos, doraba sus cabellos de un color de oro suave y parecía coronarla con la aureola de los habitantes del paraíso. Tenía los ojos dulcemente fijos en el moribundo señor de Cuéllar, y a cada instante acercaba sus labios a los suyos para recoger su aliento, pulsándole y registrándole las heridas, sin dejar por eso de acudir a Hernando de tiempo en tiempo, a quien había lavado ya el rostro con el agua fresca del río, pero sin que ni uno ni otro diesen muestras de volver en sí, no dando más señal de vida que en su angustiada respiración. El rostro de Hernando estaba morado como un lirio, con algunas manchas negras de la sangre que allí se lo había agolpado, y Sancho Saldaña, pálido como un cadáver, tenía aún fruncido el entrecejo, los ojos abiertos y el labio inferior cogido entre los dientes, mostrando la ira que los insultos de su contrario habían encendido en su corazón.

La hermosa desconocida, tan pronto auxiliando a uno, tan pronto a otro, si acaso manifestaba más amor a Saldaña, no tomaba menos interés por el señor de Iscar, cuidando a entrambos con la misma piedad y la ternura misma que si viese a su hermano en cada uno de ellos. Ya les había dado los socorros más necesarios, y sentándose junto a Saldaña, mientras le arreglaba un nuevo vendaje, dijo, mirándole con cariño:

-Gracias doy al cielo, que me ha enviado aquí para librarte de la muerte del pecador. ¡En qué estado ibas a presentarte ante el tribunal de Dios! ¡Las penas eternas te aguardaban presentándote así, lleno de crímenes, impenitente! Mil maldiciones te seguían, cuyos imprecadores hubieran ido allí también para acriminarte. No, yo no; muchos agravios me has hecho, mucho mal me has causado, pero nunca te he maldecido; al contrario, a pesar del mal trato que he recibido de ti, a pesar de todo, todo te lo he perdonado, porque al fin hartas maldiciones te han atraído tus desaciertos. Yo no he hecho sino llorarlos.

Un suspiro que exhaló Saldaña en este momento interrumpió sus palabras. Y volviendo a mirarle, le vio abrir y cerrar los ojos, aflojar los dientes y mover apenas un brazo, señales todas de mejoría, y que hicieron florecer una sonrisa de esperanza en los labios de la desconocida. Hernando hizo también algún movimiento que le obligó a acercarse a mirarle, y abriendo después los ojos volvió en sí, persuadido en el delirio de su imaginación que estaba aún combatiéndose con Saldaña.

-¡Hipócrita! -decía en voz tan ahogada que apenas se le entendía-, defiéndete... te daré la vida si me confiesas adónde has ocultado a mi hermana... ¿Llora?... ¿No la oyes? ¡Ah!, ya está aquí, ya, ya la libré de ese miserable. ¡Pobre Leonor!...

La desconocida parecía enternecerse a cada palabra de Hernando, que, viéndola a su lado, la había tomado por su hermana y se regocijaba de verla.

-No, Hernando -le respondió la dama cuidadosa de su salud-; yo no soy tu hermana, pero puedes vivir tranquilo; Leonor está segura y libre de sus enemigos. No tardarás en verla a tu lado.

-¡Ah! -exclamó Hernando, haciendo un esfuerzo para levantarse, que no pudo lograr, y arrodillarse delante de ella-; tú, ángel del cielo, tú que has bajado para dar esperanza a mi corazón; si lees en el de los hombres, verás en el mío que el deseo más noble y más digno de un caballero me ha movido a buscarla, juntamente con la amistad de un hermano. Habla, di, ¿dónde está?

Iba a responderle la desconocida cuando, sintiendo tropel de caballos que se acercaba, se levantó de repente, y cubriéndose el rostro con la capucha, huyó prontamente a esconderse entre los pinares.

-Id, seguidla -gritó Hernando a Jimeno, que se acercaba-; ella sabe dónde está Leonor.

-¿Quién? -dijo el paje-; este hombre está delirando.

-Sí, allí va -exclamó el viejo Duarte persignándose ligeramente-. ¡Es la maga! ¡Ya desapareció!

Llegó Nuño de allí a un momento, y habiendo ambas tropas héchose cargo de sus señores, los acomodaron en unas andas que traían preparadas para el efecto y paso a paso dieron la vuelta cada cual a su fortaleza.


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Capítulo XI
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Sancho Saldaña José de Espronceda


Mas ¡ay de aquel que hasta en el santo asilo
de la virtud arrastra la cadena!
La pesada cadena con que el mundo
oprime a sus esclavos.
JOVELLANOS


Optabam esse anathema pro fratribus meis.
SAN PABLO, ad Rom. 9.


A poca distancia de la cueva de los bandidos, y bajando las riberas del Pirón, había habido en los siglos del paganismo un soberbio templo de piedra, erigido sin duda por los romanos en honor de alguna deidad a quien habían consagrado aquel sitio. El furor de los siglos, y acaso la mano del hombre, más destructora que la del tiempo, había ido poco a poco demoliendo este monumento de la grandeza de aquellos conquistadores, y en la época de esta historia no quedaban ya otros vestigios aparentes que algunas piedras cubiertas de musgo, alguna columna rota u otra infeliz muestra de su antigua magnificencia. Una parte de él, sin duda en algún terremoto, se había hundido debajo de tierra, habiendo desaparecido de modo que nadie habría podido sospechar siquiera que entre aquellos escombros, mansión al parecer únicamente de inmundos insectos, estuviera oculta una habitación capaz, bastante para servir de abrigo a algunos hombres en caso de necesidad. Pero una piedra fácil de remover daba entrada a un arco oscuro que debajo de tierra tortuosamente se prolongaba hasta llegar a una espaciosa bóveda octangular, asilo tal vez en otros tiempos de algún religioso ermitaño, y no tan abandonada ahora que no se conociese que servía aún de lo mismo. Con todo, el adorno de esta sepultura (si tal puede llamarse habitándola cuerpos vivos) probaba que quien la había elegido en este tiempo por su morada miraba poco en las comodidades del mundo y sólo pensaba en la salud del alma y en el retiro. Un crucifijo de madera groseramente trabajado estaba con dos clavos sostenido de la pared; delante de él, y a sus pies, venía a parar una lámpara que pendía por una cuerda del techo, y a todas horas mezclaba su moribunda luz con la que escasamente el día reflejaba en aquella estancia. Una pila de agua bendita en un ángulo de la bóveda, unas disciplinas salpicadas de sangre y un cilicio colgados de la pared; una cama de paja y algunos escaños de madera sin pulir completaban los muebles de este ignorado asilo del arrepentimiento. Pero ahora tal vez se notaba más cuidado y compostura en el arreglo de la habitación. La cama de paja parecía más mullida y recogida que de costumbre, y algunos manjares, aunque pobres harto lujosos para quien se mantiene de lágrimas y de ayunos, daban a conocer que la persona dueña de aquel recinto había recibido un huésped a quien trataba de festejar.

En efecto, la maga, como la llamaban en las cercanías, no había descuidado nada de lo que estaba a su alcance y que pudiera en algún modo aminorar la molestia y pobreza de su mansión. Aquí fue donde Leonor, siguiendo los pasos de su misteriosa conductora y obedeciéndola, más por temor que llevada de su voluntad, llegó la noche que en medio de la tormenta la libertó de manos de los bandidos. Ellas fueron las que, pasando junto a Nuño, le hicieron creer que era el guía que había desaparecido; y Leonor, cerca de su fiel vasallo sin saberlo, fue tomada en la imaginación de éste, a tiempo que trepaba con la maga a la altura donde estaba la entrada de su retiro, por el cuerpo del halconero volando a toda prisa camino de los infiernos.

Iba Leonor demasiado sobresaltada para preguntar nada a su conductora, y cuando entraron en la bóveda, los diferentes sucesos del día, el susto pasado, la duda de su situación y el miedo de aquel espantoso espectro, cuya desollada mano, fría como la losa de un sepulcro, tenía asida fuertemente la suya, oprimieron su corazón a un tiempo, de modo que no pudiendo llorar ni respirar siquiera, fijó en ella los ojos con espanto a la débil luz de la lámpara, dio un suspiro y cayó desmayada sobre el escaño donde le hacía señas que se sentara. Tantas sensaciones crueles, tantos sustos, debilitaron sus fuerzas, encendieron su imaginación, y la afligida dama, asaltada de una fiebre ardiente, había pasado en un continuo delirio los días en que tanto Saldaña como su hermano habían suspirado por ella, buscándola con tanta ansia, aunque por tan diferentes motivos. Pero la Providencia, lejos de abandonarla, no contenta con haberle proporcionado una tan milagrosa libertadora, hizo que hallase en aquella misma fantasma, que fija en su memoria le aterraba aun en medio de su delirio, la enfermera más cariñosa. Una mano benéfica mejoró su salud, suministrándole las medicinas más necesarias, y más de una vez hirió su oído una voz llena de suavidad, y se le figuró, en medio de su enajenamiento de espíritu, que había visto junto a sí algunas veces un ángel que la consolaba.

Al cabo de tres días la calentura fue poco a poco disminuyendo, se disipó la confusión de su entendimiento, y Leonor, ya más tranquila, se encontró sola y acostada sobre la paja, y mirando a su alrededor examinó el cuarto donde se hallaba.

La luz de la lámpara, la vista del crucifijo y la oscuridad de la bóveda no dejaron de sorprenderla por un momento, y olvidada de cuanto le había sucedido, y no pudiéndose dar razón de cómo había venido a aquel sitio, casi estuvo por creer que había muerto ya para el mundo y la habían enterrado en vida. Miróse a sí misma con asombro, refregándose los ojos y tentándose por si dormía, y como por más que hacía no podía adivinar cómo se encontraba allí sepultada, pensó un momento que todo aquello era un sueño o un capricho de su fantasía. Pero aclarándose poco a poco sus ideas, empezó a recordar una tras otra cada una de sus desventuras, y completando el cuadro de todas ellas, recordó, no sin temor, la tormenta, la pavorosa fantasma, y reconoció la lámpara a cuya luz la había visto en aquella misma caverna poco antes de desmayarse.

Esta última reflexión no pudo menos de horrorizarla, pensando que aquella visión infernal vivía con ella, y que era sin duda su única compañera; pero, a despecho de su preocupación, la vista del crucifijo y de los dos instrumentos de penitencia (el cilicio y la disciplina) asegurándola de sus temores, le hicieron tomar nueva esperanza, pensando que cualquiera que pudiese ser la persona que allí vivía, sus sentimientos eran religiosos, y que ya no le haría ningún mal quien la había tenido tanto tiempo, sin hacérselo, en su poder.

-¿Qué miedo puedo tener -se decía a sí misma- de quien, sin duda, me ha cuidado en mi enfermedad y sólo ha tratado de hacerme bien? ¿Acaso si esta habitación no ofrece comodidades, no inspira una santa veneración? No hay duda que fue algún ángel el que me salvó de manos de los ladrones y tomó aquella espantosa forma sólo para aterrarlos. Pero si fue un amigo, ¿por qué no ha avisado a mi hermano para que viniese o enviase algunos criados que me trasladasen de aquí al castillo?

Combatida de estas reflexiones, no acertaba a decidir entre sí si era enemigo o amigo su libertador, ya afligiéndose, ya consolándose, terminando sólo sus incertidumbres, y calmándolas de algún modo, el pensamiento de que al cabo no se hallaba en poder de un impío, enemigo de su religión. Alzó su mente a Dios, y después de haberse conformado devotamente con su voluntad, empezó de nuevo la curiosidad a punzarla cada vez más, deseosa de saber quién era el dueño de aquella estancia tan triste.

-Daría -dijo- no sé qué por saber a quién tengo que agradecer el cuidado que de mí ha tenido.

Y levantándose y registrando a un lado y otro, no vio más salida que un arco medio hundido a un lado de la habitación, pero tan oscuro, y amenazando ruina de tal manera, que no se atrevió a aventurarse por aquel camino. Llegóse a él, con todo, dos o tres veces mirando con curiosidad y retirándose con espanto, temerosa de hallar con el espectro aterrador que allí le había conducido, y que ella se figuraba ver en cada sombra que ondulaba al reflejo trémulo de la lámpara. Por último, imaginó que veía una figura negra que se acercaba, cerró los ojos, volvió a abrirlos, y creyéndola ya más cerca huyó de allí al momento, y sin volver la cabeza atrás de miedo, se arrodilló temblando delante del crucifijo.

Hacía un rato que estaba así cuando, repuesta de su temor y dando por una ilusión la figura que la había asustado, volvió la cara y halló detrás de sí, en pie, inmóvil, el bulto negro. Estremecióse al verle, sobrecogida; pero volviendo a mirarle creyó que ya otra vez le había visto y que debajo de aquella almalafa negra iba encubierta la misma mujer que le había anunciado su peligro el día de la caza junto al monasterio. Esta idea le hizo cobrar ánimo, y levantándose le preguntó:

-¿Quién eres tú que parece que te deleitas en asustarme?

-Soy -le respondió la misma voz dulce que entonces la sorprendió tanto- el instrumento de que Dios se ha servido para libertarte a ti y estorbar un crimen al pecador. No temas nada de mí, pues yo sólo, cumpliendo con la voluntad del Señor, he tratado y trato de hacerte bien; soy la que ya no es conocida en el mundo, y la que tú has olvidado en tu corazón.

-¿Por qué usas conmigo tanto misterio? -le preguntó Leonor con algo más de ánimo-. Si tu nombre me es conocido, ¿por qué me lo ocultas? ¿Por qué me escondes tu rostro? Si temes que lo declaro en el mundo, yo te juro por la honra de mi linaje de callarlo hasta el fin de mis días, y no confiar a nadie que te he conocido, ni aun a mi mismo hermano. ¿O has cometido algún crimen y temes por eso decirme cómo te llamas?

-Mis faltas -respondió la fantasma- han sido sólo para con Dios, cuya bondad sin dada me las perdonará, y ningún ser en el mundo puede quejarse de mí. Hubo un tiempo, Leonor, en que la vanidad agitaba mi corazón, en que pude pagarme de la hermosura de mi cuerpo, y descuidé acaso la de mi alma; pero este no es un pecado para con el mundo. Mi nombre fue ilustre, y yo fundé impíamente mi gloria en el valor de mis ascendientes, sin fundarlo en mis méritos para con Dios; pero hace ya tres años que mi mansión es ignorada del hombre como la guarida del lobo; que he ocultado mi rostro como el vergonzoso; mis días pasan en la penitencia y en la meditación, y he arrancado mi pensamiento de la tierra y despreciado las comodidades que mis riquezas me prometían, para elevar aquél únicamente a Dios y trocar éstas por las eternas. Desde entonces, tú y todos los amigos del mundo me han olvidado, y yo he muerto para ellos en mi soledad.

La unción religiosa de su discurso, su imponente presencia y la majestad melancólica de sus palabras inspiraron tal respeto a Leonor, que de haberla creído poco antes un espíritu del infierno, pasó a imaginarse que estaba delante de una santa, a quien sólo faltaba morir para ir a sentarse en el paraíso. Postróse ante ella, y quizá le hubiese tributado adoración si la maga, levantándola con dulzura, no la hubiese hecho avergonzarse de su intención.

-Alzate de ahí, Leonor -le dijo-, yo soy una pecadora como tú, y para que te desengañes y veas que no hay otro misterio que el que me fuerza a guardar un voto hecho por la salvación del alma de un hombre, aún no saciado de sus delitos, mírame bien y reconóceme de una vez.

Diciendo esto se echó atrás la capucha que le tapaba el rostro y quedó descubierta delante de ella.

-¿No me conoces? -prosiguió, viendo que Leonor la miraba atónita sin hablarle ni recordar su fisonomía-; seis años hace que no nos vemos. ¿Es posible que ya no te acuerdes de Elvira de Saldaña, la hermana de Sancho Saldaña, o, por mejor decir, la compañera de tu niñez?

-¡Elvira mía! ¿Eres tú? -exclamó Leonor, loca de alegría de haber hallado una amiga en su libertadora, echándole los brazos al cuello para estrecharla en su corazón.

Elvira la miró con cariño, dejándose abrazar de su amiga; pero sus ojos manifestaban la tristeza, y con los brazos caídos no le devolvió ninguna de sus caricias.

-Retírate, Leonor -le dijo con sentimiento, separándola con entereza-, y no hagas con tus extremos que renazca en un corazón entregado enteramente a Dios ningún sentimiento mundano.

-¡Tú me arrojas de ti! -exclamó Leonor sorprendida-. ¿No eres ya mi amiga? ¿No me amas ya, o acaso la enemistad de nuestros hermanos ha hallado también cabida en tu corazón?

-La amistad y la enemistad de los hombres -repuso Elvira con solemne y religioso ademán-, sus odios, sus pasiones, las sensaciones profanas de la ternura, nunca habitaron en el alma que se alimenta sólo de las dulzuras espirituales, y que ya en la tierra se desprende de su deleznable cuerpo y se eleva a contemplar la imagen de su Hacedor. No que la mía haya llegado aún a este grado de enajenamiento celeste a que alza Dios las almas de sus elegidos; no, todavía conozco en mí la debilidad de la criatura -prosiguió, llena de emoción y sin poder contener una lágrima a su pesar-; yo amo aún en el mundo; yo no he podido romper todavía los lazos de la sangre y de la amistad que hicieron las delicias de mi juventud, yo amo aún a mi hermano; amo al asesino del justo, del santo sacerdote que consoló a mi padre en la agonía de la muerte; yo te amo a ti también, Leonor, a ti, la amiga de mi infancia; me he descubierto a ti; he permitido que me abrazaras, no porque no conozca que he pecado faltando al voto que contraje delante de los altares... Dios me perdonará; yo ya río podía contenerme.

Atónita, Leonor había contemplado la fisonomía de Elvira mientras hablaba, y sus ojos, brillantes con la luz de la inspiración, su semblante majestuoso en que se reflejaban al mismo tiempo uno por uno los distintos afectos que en su alma se combatían, la habían sorprendido de modo que la alegría del primer momento se trocó en un respeto místico hacia su amiga. Con todo, las últimas palabras volvieron a despertar en su corazón los sentimientos de la amistad, y el enajenamiento con que Elvira las había pronunciado le inspiró el dulce deseo de tranquilizarla.

-No sé -le respondió- qué votos son los que te obligan a ocultarte y vivir sola en esta especie de sepultura; pero, pues Dios permite que en tu corazón abrigues aún un resto de ternura hacia tus amigos y algún dulce recuerdo de lo que hizo en otro tiempo tu dicha, ¿por qué temes entregarte a sensaciones tan inocentes? He oído decir a los sacerdotes que Dios nos deja ese consuelo en todas nuestras adversidades.

-El único consuelo del santo -repuso Elvira recobrando su tono imponente- debe buscarlo en el Todopoderoso, y no en los consuelos pasajeros de sentimientos terrenos, robados a la divinidad, en quien deben emplearse todos los de nuestra alma. Pero tú hablas por boca de Satanás, y tus palabras afectuosas tratan de seducirme. Yo he provocado la tentación con descubrirme a ti. Tu discurso es inspirado sin duda por el enemigo.

-Te protesto -replicó Leonor, atemorizada de oírla-, que te he hablado con inocencia, y que he creído hacerte bien y sosegar tu conciencia diciéndote lo que creo. Yo no puedo imaginarme que sea un crimen amar a mis semejantes.

-Amarlos en Dios, no en ellos -exclamó Elvira con fanática indignación-. Pero tú no sabes lo que dices -añadió con más suavidad-; ¡y con todo, es tan dulce ser amado de sus semejantes y amarlos!

Elvira quedó un momento suspensa, bajó los ojos y derramó algunas lágrimas en silencio, mientras Leonor, sensible a sus emociones, la correspondía con su llanto entre intimidada y enternecida.

Duró esta escena muda algunos minutos, hasta que Elvira, dominando su turbación, levantó su hermosa cabeza con gravedad, alzó sus ojos al cielo y exclamó:

-Dios mío, perdonadme si aún doy oídos al lenguaje de los mundanos; perdonadme si he cedido un momento a las instigaciones de mi flaca naturaleza. Leonor -prosiguió, volviendo a ella sus ojos cubiertos de lágrimas y mirándola con agrado-, yo te amo y yo he pecado por ti. Tres años hace que no me ha dirigido su voz ninguna criatura humana, rara vez he visto la luz del sol; mi única habitación en la tierra es esta tumba; mi alimento, las lágrimas de la penitencia; mi cama, el suelo; el alivio de mis pesares, el ayuno y la disciplina, y Dios ha sido mi único compañero en la soledad. Tanto tiempo desterrada del mundo, tantas maceraciones, no han bastado aún a fortalecer mi alma: ¡miserable vaso de perdición! Yo ofrecí delante de los altares sacrificarme en vida a Dios para salvar a mi hermano del infierno que le amenazaba. Yo le vi, yo le veo aún sordo a la voz de mi padre moribundo, que le llamaba para darle su última bendición, negándose a recibirla, embriagado en los deleites de su manceba, y maldiciendo al siervo que le interrumpía en sus placeres para llamarle. Yo le vi cuando furioso, hirviendo en toda la cólera del infierno, alzó el puñal, guiado por los demonios, y lo hincó en el corazón del sacerdote que piadosamente le reprendía. Yo le vi después, cubierto aún de sangre, reposarse en brazos de su Zoraida y oí su risa y sus carcajadas emborrachándose en el festín. El infierno se estremeció de júbilo y los demonios alargaron sus manos para agarrar su presa; yo los oí que reían, y me horroricé. Entonces me postré delante de Dios, oré por el pecador y ofrecí sepultarme en vida, cubrir mi rostro y alejar de mí todas las vanidades del mundo para expiación de los crímenes de mi hermano. Desde entonces cambié mis galas por el cilicio, troqué la blandura de mi lecho por un poco de paja, comí las raíces de los árboles, los frutos silvestres y traté mi cuerpo como a un animal inmundo. Vime odiada y maldecida de los habitantes de las cercanías, creída bruja y mirada como un agente de Satanás; y yo, para más humillarme y contener al mismo tiempo la curiosidad de las gentes con el temor, adulé su credulidad confirmándola con mi apariencia. Porque no sólo prometí no cuidar de mi fama, sino que también ofrecí exponerla a las lenguas de las gentes y sufrir el oprobio con humildad. Pero, ¡ah!, ¡cuánto me ha costado vencerme; cuántas veces ha resonado en mi oído la voz de Satanás, que me incitaba a faltar a mis votos para con Dios, y he querido volver al mundo, lisonjear mi vanidad publicando mi penitencia y realzar de nuevo los dulces vínculos de la sangre y de la amistad que rompí para desterrarme, destrozando mi corazón! Yo recordaba, a pesar mío, los primeros días de mi juventud, y mis ojos se cubrían de lágrimas; yo habría dado el resto de mi vida por un momento de consuelo, sólo porque la mano de un semejante mío, aunque fuese desconocida, hubiera enjugado una vez el llanto de mi amargura. El sol, que derrama su luz para todos, estaba oscurecido para mí en esta bóveda, y si acaso alguna vez vivificaban sus rayos mis miembros yertos y debilitados, mi vista inspiraba el terror a los habitantes de las cercanías, que huían delante de mí, y no hallaba una mirada de afecto, una muestra siquiera de lástima que compensase mis privaciones. ¡Ah!, ¡tú no sabes cuán duro, cuán amargo, es este aislamiento del mundo, cuán triste es verse aborrecida sin merecerlo!

El sentimiento íntimo con que pronunció estas palabras mostró más que nunca en este instante su agitación. Sus ojos se inundaron de lágrimas, inclinó su rostro al suelo con una expresión peculiar de tristeza y de santidad, y puesta una mano sobre el corazón, como para aliviar el dolor que la atormentaba, largo tiempo quedó sin poder hablar, interrumpiendo el silencio que reinaba alrededor de ella sólo con sus sollozos y sus gemidos. La soledad y la lobreguez de la bóveda, alumbrada apenas por la lámpara que ardía delante del crucifijo, y, sobre todo, el tono, ya místico y ya melancólico, que había dado Elvira a sus expresiones, acaloraron de tal modo la imaginación de Leonor, que sintió correr un sudor frío por su cuerpo, y tuvo que arrimarse a un ángulo de la estancia para sostenerse. Sus ojos llenos de piedad se fijaron, por último, en su amiga, que inmóvil delante del crucifijo y cubierta de su almalafa negra, clavados los ojos al suelo sin pestañear, y en su rostro pálido y desencajado reflejando acaso la amortiguada luz de la lámpara, tenía el aspecto de un cadáver vestido de su mortaja, que se había levantado de su ataúd. En vano Leonor había tratado algunas veces de interrumpirla; sus palabras se habían helado en su boca, dudosa si servirían más bien para aumentar su dolor que para aliviarlo, y en este momento, sin saber qué decirle, obedecía a los sentimientos que Elvira comunicaba a su corazón llorando con ella, sin hallar otro medio de consolarla.

Duró un rato el silencio, y Leonor, esforzándose, se acercó a ella, y tomándole una mano, que apretó cariñosamente entre las suyas, le dijo:

-Hermana mía, si las caricias de una amiga pueden hacerte sobrellevar la carga del voto que has contraído, yo no te olvidaré nunca; yo vendré a verte todos los días y tú hallarás en mí todos los cariños juntos que echa de menos tu corazón. Yo, si es necesario para tu consuelo, participaré de tus penitencias, dividiré alegremente tu cama y rogaré a Dios contigo. Tendrás al menos un ser en el mundo que te ame y te compadezca.

-¡Leonor! -repuso Elvira, apoyando su frente en el hombro de su amiga, sin poder contener más tiempo los impulsos de su ternura-. ¡Ah! ¡Cuánto tiempo, cuánto tiempo he pasado sin que una voz dulce como la tuya regalase mi corazón! ¡Cuán largos se me han hecho los días en mi soledad! Pero, ¡ah!, sólo cuando se han pasado días y días en el desierto y en el silencio, cuando se iba sido un objeto de odio y terror para sus semejantes, cuando la Naturaleza se ha mostrado a nuestros ojos yerma, sola y sin ofrecer un árbol a cuya sombra reposarse de las fatigas de una larga y penosa peregrinación, sólo entonces se pueden valuar justamente las dulzuras, las delicias de la amistad. ¡Dichosos aquellos que sin pecar ni faltar a los votos que contrajeron pueden desahogar su alma en la de su amigo y sentir en su corazón herido gota a gota el bálsamo suavísimo del consuelo! Pero yo -añadió, empujando de sí a Leonor y como horrorizándose de sí misma-, yo he atraído sobre mí la maldición de un Dios colérico contra el perjuro. La amistad en mí es un crimen; yo he jurado olvidar el mundo, olvidarme hasta de mi existencia. ¡Infeliz! ¡Infeliz! ¡Yo he quebrantado mis votos! ¡Ah, hermano mío! ¡Yo que los hice por ti, como si yo no tuviera nada que reconvenirme! El Señor ha castigado mi orgullo y debilidad. ¡Y tú también, Leonor, tú quieres sacrificarte por mí y tomar parte en mis miserias y penitencias!... Dulce, dulcísimo sería para mí, sin duda, tener conmigo quien comprendiese la voz de mí corazón... Dios mío, recibe benigno esta privación, la más cruel que puedo imponerme, en descargo de mis pecados.

«No, Leonor -continuó más tranquila, aunque en su voz trémula se notaba su agitación-; para ti sería un sacrificio inmenso; para mí, una culpa imperdonable si yo consintiese con tu amistad. Nosotras no volveremos a vernos más; una casualidad fue causa de que nos halláramos; esta bóveda no está lejos de la cueva de los bandidos; yo pasé cerca de ellos aquella mañana y los oí hablar de mi hermano; curiosa de saber sus maquinaciones, me oculté a sus espaldas entre los árboles. Desde allí oí a su capitán que comunicaba su plan a uno de los suyos. ¡Ah! Dios condujo allí mis pasos para impedir a mi hermano que consumase el crimen que había pensado. Tú ibas a ser entregada a su voluntad para satisfacer su torpeza o a ser víctima de su furia. El Señor puso su fortaleza en mi corazón, eligiendo para salvarte de manos de los forajidos a una mujer débil que los aterró con sólo una máscara, como si hubiese llevado consigo un ejército poderoso.

-¡Oh! Sí -exclamó Leonor-, yo te debo más que la vida, puesto que te debo mi honra. Tú que te expusiste tanto por mí, ¿cómo podré yo pagarte?

-Leonor -dijo Elvira en tono solemne-, no blasfemes; sólo al que vela sin cesar sobre los oprimidos debes tu salvación; a él debes dar gracias en tus oraciones. Yo fui la mano de que se valió en su benignidad, y no corrí riesgo alguno, cubierta, como iba, con el escudo de su omnipotencia.

-Pues bien -le respondió Leonor-, yo aquí contigo se las tributaré, y mis oraciones, juntamente con las tuyas, volarán hasta su trono como una nube de aromas. Tu boca, más pura que la mía...

-Leonor -interrumpió su amiga-, no adules mi vanidad; yo soy un vil gusano como tú delante del Altísimo. ¿Quién osa hablar delante de él de pureza? ¿Yo que he quebrantado mis votos sólo por un momento de deleite mundano? ¡Ah!...

Diciendo esto, sus ojos salieron de sus órbitas, alzó ambas manos al cielo y pareció como arrobada y fuera de sí algún tiempo. Poco después dobló las rodillas delante del crucifijo, oró, besó la tierra y dio muestras de un verdadero arrepentimiento, y sintiéndose más tranquila, se levantó de nuevo y se acercó a Leonor, que había contemplado su éxtasis en silencio.

-Es preciso que nos separemos -dijo con el acento melancólico que daba algunas veces a sus palabras-, es preciso; yo cometería un pecado imperdonable si te tuviese más tiempo conmigo, y, por otra parte, tú tienes un hermano que te ha buscado con ansia y que ahora, más que nunca, necesita de tu cuidado. Tienes cien lanzas en tu castillo que te defenderán de tus enemigos, y no te has obligado, como yo, a vivir sola y a olvidar y a ser olvidada de tus amigos. Tu juventud no debe marchitarse en un destierro, como la mía; tu corazón puede abrirse sin pecar a todas las sensaciones más dulces que hacen las delicias de los mortales; el mío debe cerrarse aun para las más inocentes; sí, Leonor, aun para las más inocentes. Cuando yo te he visto estos días enferma sobre esa paja, te he estrechado mil veces contra mi pecho, te he mirado como a mi única joya en el desierto, y he pecado. ¡Ah! Tú no sabes ahora cuánto, cuánto me cuesta separarme de ti; pero es preciso; sería en mí un espantoso crimen recibir otra vez una caricia tuya.

-¡Ah! -exclamó Leonor conmovida-, yo no te abandonaré, yo no me separaré de ti.

-No hay remedio, Leonor -repuso Elvira con resignación-; Dios me lo manda.

-Yo vestiré como tú un cilicio -respondió Leonor-, y su clemencia te perdonará.

-Tu hermano está herido -dijo Elvira-, y te llama tal vez en este momento desde su lecho.

-¡Herido! -exclamó Leonor-. Vamos, sí, que yo le vea. ¡Mi hermano herido! Pero, ¡ah! -continuó, dirigiéndose a su amiga-, tú me dejarás que venga alguna vez a llorar aquí contigo, a consolarte, Elvira mía.

-No, jamás -respondió Elvira, haciendo un esfuerzo-, jamás; cuando tú hayas salido de aquí, olvídame; yo te lo pido por amistad. No más, Leonor -continuó, alargando su mano hacia su boca, viéndola en ademán de interrumpirla-. No más; olvídame; ¡cúmplase la voluntad de Dios! La noche debe ya haber cubierto el mundo con su oscuridad, pues no penetra ninguna luz por las aberturas del techo. Tu hermano está herido; ven, sígueme.

Diciendo esto tomó de la mano a Leonor, que, inquieta por la salud de Hernando, no hizo más resistencia, y guiándola a tientas por el arruinado arco por donde se salía de la bóveda, Elvira empujó una piedra, que cedió dócilmente a su impulso, sintieron el aire del campo y ambas tomaron tristemente el camino de su castillo.


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Capítulo XII
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Sancho Saldaña José de Espronceda


Yo triunfaré de mi pasión insana,
yo desde ahora aborrecerle quiero,
le quiero aborrecer... ¡Oh! quién me diera
desenclavar del corazón mi afecto.
CIENFUEGOS. Safo, en la tragedia de Pitaco.


La luna caminaba ya a occidente acompañada del lucero de la mañana, y todo estaba en silencio en el castillo de Cuéllar. Saldaña había ya vuelto de su parasismo, y sus heridas, aunque peligrosas, no habían sido declaradas mortales por los maestros. Un calmante le proporcionó algunas horas de sueño, y a la hora de la mañana descansaba de las fatigas de su combate con mucho placer del viejo Duarte y su favorito Jimeno, que se aprovecharon de este momento de reposo, el primero, para dormir, y el segundo, para vaciar algunas botellas de buen vino y refrigerarse al lado de su cuotidiana, como él llamaba a su concubina.

No se oían los cantos ni las voces de los soldados, ninguna luz ardía en el castillo excepto las de las cuadras, y sólo el ladrido de algún perro o la voz del vigía que anunciaba las horas, más cuidadoso de su relevo que de contemplar la diosa de las tres caras, interrumpían de tiempo en tiempo el silencio misterioso de esta hora de la noche, en que toda la Naturaleza parece que se abandona profundamente al reposo. Sólo una luz se vio cruzar de ventana en ventana y desaparecer, se oyó crujir una puerta que se cerraba, y poco después la voz, las carcajadas de Jimeno y el ruido que formaba el choque de los vasos anunciaron que aún la disipación y el vicio estaban despiertos en el castillo. Pero este rumor fue poco a poco disminuyéndose, hasta que cesó enteramente, y otra vez se oyeron los pasos del centinela, que, al parecer, era el único que velaba en la fortaleza.

Tal creía él, al menos, sin imaginarse que otro motivo que el de su deber pudiese desterrar el sueño de los ojos de ningún habitante del castillo, y muy ajeno de pensar que el amor tenía aún abiertos los de la hermosa Zoraida, que más que nunca combatida entonces de su pasión, y sentada en aquel momento a la reja de su estancia, miraba la luz de la luna sola y melancólica, mientras el orgullo y el cariño luchaban en su corazón. Con una mano apoyada sobre la reja, adonde se entretejían, como hemos dicho, algunas ramas de árboles, reclinada en los almohadones, apoyada su frente en la otra mano y desnuda de todas sus joyas, pero más hermosa que nunca, al rayo de la luna, que se quebraba allí penetrando con débil luz en la estancia, se entretenía, embebecida en sus pensamientos, en arrancar algunas hojas, que desmenuzaba distraída entre sus dedos, mientras la brisa de la mañana susurraba mansamente a su alrededor.

En otro tiempo ella hubiera sido la primera a quien Saldaña habría llamado junto a su lecho, y sus palabras hubieran sido el mejor bálsamo para sus heridas. En otro tiempo ella habría cuidado de su reposo; pero ahora su amante no la había nombrado siquiera, y si acaso se hubiera acordado de la desdichada Zoraida, habría sido sin duda para maldecirla, procurando arrojarla cuanto antes de su memoria como a un objeto de odio y horror. Sola allí y olvidada ya de todos aquellos que en otro tiempo la adulaban y deseaban parecer agradables a sus ojos para serio a los de Saldaña, servida únicamente por una esclava de poca edad, que dormía muy descuidada de las penas de su señora, si había sabido lo que pasaba en el castillo lo debía más a su vigilancia y cuidado por el ingrato que a ninguna noticia que le hubiesen dado.

Jimeno, el lindo Jimeno, era el único que parecía compadecerla, y le traía con frecuencia nuevas de su señor; pero, además de que Zoraida recibía sus atenciones con desdén y que él no era muy de su gusto, sus noticias servían más bien para irritar su orgullo que para dar esperanza a su corazón, no pareciendo sino que en medio de la pesadumbre que mostraba el compasivo paje al comunicárselas se gozaba secretamente en atormentarla. El fue el primero que avisó a la mora de las heridas de Saldaña, engrandeciendo y pintando el riesgo en que se hallaba su vida con tan vivos colores y tan sin compasión de la pena que manifestaba Zoraida, que parecía más entretenido en referir su cuento que en observar su rostro, dando al mismo tiempo a su narración cierto aire aparente de sencillez. El fue el primero que cuando el señor de Cuéllar volvió de su desmayo tuvo el cuidado de venir a contarle cómo no había preguntado por ella ni había dicho que la llamaran, siendo este el golpe más cruel que podía recibir Zoraida, cuyo orgullo ultrajado ahogó un instante en su alma el sentimiento de su cariño; pero la situación de Saldaña, casi moribundo, y, sobre todo, la violencia con que, a su despecho, le idolatraba, triunfaron de todo, haciéndola olvidar por entonces sus desprecios, pensando sólo en el riesgo en que se encontraba y dispuesta a dar hasta su vida para salvarle la suya.

El amor es generoso, aunque vengativo, y él era al fin el único hombre a quien ella había amado; era su primer amor, podía aborrecerle, vengarse de él, detestarle, pero amándole siempre, idolatrándole a su pesar y olvidando todo en el momento de su peligro para protegerle, bien así como un enemigo pundonoroso devuelve a su contrario la espada que le derribó su destreza, en vez de aprovecharse de su victoria para herirle desarmado. Tales eran los pensamientos de Zoraida, triste y desdeñada, pero deseosa aún de cuidar por sí misma del herido caballero que tan mal pagaba su amor, y creída que, estando tan cerca de su última hora, no era aquella ocasión de mostrarse airada, sino de vengarse de sus desdenes probándole con su generosidad cuál era la mujer que había despreciado su ingratitud.

De esta manera trataba la enamorada cautiva de disfrazar el vehemente deseo que la incitaba a ir a verle, esforzándose a sí misma y queriendo cubrir a sus mismos ojos, bajo el velo de la caridad y la compasión, lo que era sólo un amor frenético, vanamente contenido por el orgullo. Ya varias veces había hecho ánimo de levantarse para ir a verle, ya otras tantas su amor propio lo había impedido cumplir su resolución, ya agitada del temor, ya del deseo, hasta que al fin la voz de la más poderosa hizo callar la de las otras pasiones.

Zoraida se levantó en pie de pronto, tomó una luz que ardía en la sala contigua a su tocador, cerró su puerta sin ruido, y con callados y ligeros pasos se dirigió a la estancia donde estaba Saldaña. Pintada la agitación de su rostro, trémula y deteniendo su marcha como si temiera que la sintiese el mismo a quien iba a buscar, llegó toda azorada a su cuarto, empujó con mucho tiento la puerta, alargó la cabeza a mirarle sin atreverse aún a entrar, y sintiendo por su respiración que dormía, se resolvió por último, puso la luz sobre una mesa y se arrojó sobre un sillón de respaldo que estaba a su lado, como cansada del trabajo que le había costado vencerse para llegar hasta allí.

Saldaña reposaba entonces, si puede decirse que reposa el que en su sueño no halla descanso para su espíritu; su color pálido, además, por la mucha sangre que había perdido, su cabeza, que en la agitación de su sueño había cambiado varias veces de sitio sin encontrar nunca la comodidad que buscaba, estaba caída fuera de la almohada al borde de la cama, reclinada sobre su pecho, y su frente arrugada, sobre la cual caían algunos mechones de pelo, sus cejas fruncidas, que le daban un aspecto feroz, y su respiración anhelosa probaban que estaba muy lejos de gozar en su sueño de tranquilidad. Su brazo derecho colgaba desnudo al suelo, mientras, tirado atrás, el izquierdo le caía doblado sobre la cabeza, y su cuerpo, torcido en una posición bastante penosa, le hacía que casi descansase sobre su herida, lo que tal vez era causa en parte de la pesadilla que le fatigaba.

Es sabido que una mujer dotada de sensibilidad se identifica de tal modo con las desgracias que le cuentan o los males de que es testigo, como si los padeciera ella misma, aun tratándose de un desconocido. Su fibra, más delicada que la del hombre, corresponde a la voz de la compasión con la misma fuerza con que siente la chispa eléctrica el que más distante está de la máquina, por ligero que sea el contacto que le una con aquel a quien su golpe se comunique, y no hay duda que el más dulce consuelo de nuestros pesares es la piedad y el cuidado de una mujer. El carácter de Zoraida, a despecho de su altivez, era tan flexible al sentimiento y la melancolía como a todos los arrebatos de la ira, siendo su alma de fuego y no habiendo conocido nunca sino el último extremo de las pasiones, tan arrebatada en sus celos como exagerada en su amor sin que hubiese dique alguno que bastase a detener siquiera el torrente de su corazón. Los lazos que lo habían unido a Saldaña eran los únicos que le unían al mundo, y aislada y cautiva casi desde su infancia, había cifrado en el señor de Cuéllar todos los cariños de su alma mirándole como a su padre, a su hermano, a su amigo, a su amante, a su único protector en su cautiverio.

Saldaña había cometido crímenes por su amor, pero sin que ella hubiese tomado parte activa en ninguno, habiendo sido tal vez causa inocente de todos ellos, y aunque en su imaginación sombría Zoraida se ofreciese como una furia que le arrastraba al delito, más bien dependía esta idea de que él necesitaba disculparse de algún modo, que no de que fuera cierta, y la enamorada mora no le debía a él sino desgracias. Su padre, alcaide de un castillo en las fronteras de Granada, perdió la vida a manos del padre de Sancho Saldaña, y ella vio perecer allí sus compatriotas al filo de la espada de los cristianos, mientras ya prisionera de ellos, un mar de fuego envolvía hasta las almenas de su fortaleza. Perdió su patria, sus riquezas, un padre anciano que era su único apoyo, y para colmo de su desventura se enamoró del hijo de su enemigo para verse después, en premio de su cariño, despreciada y aborrecida. Pero ahora, viéndole postrado en su lecho, había olvidado sus propios pesares, compadecida y enamorada más que nunca del ingrato que la maldecía, y le contemplaba con ternura, mientras él mostraba en su fatigoso y agitado sueño el mismo fastidio, la misma inquietud y el disgusto mismo que eran el tipo de su carácter mientras estaba despierto.

-He aquí -se dijo a sí misma, levantándose de su asiento y acercándose a su lecho paso a paso para no despertarle-, he aquí solo y abandonado a mi voluntad, sin poderse valer a sí mismo y sin tener a nadie que le socorra, el caballero más poderoso e intrépido de Castilla, el terror de mis compatriotas, el despreciador de su cautiva, el que hace dos días tuvo puesto el puñal a mi pecho para asesinarme. Héle aquí. ¿Quién me quitaría vengarme si yo no le amase aún con todo mi corazón? ¿Quién, si no estuviese yo ahora más dispuesta a cuidarle y defenderle que a satisfacer mi venganza? ¡Cómo el ceño de su semblante descubre los tormentos de su alma! El sudor de su frente es frío como un hielo -añadió, llegando cuidadosamente una mano y estremeciéndose al tocarle-. ¡Ah! ¡No parece sino que este frío penetra en mi corazón! ¡Cuán mustio, cuán otro está de aquel que entre mis brazos se llamó tantas veces el hombre más feliz de los hombres, de aquel en cuya boca recogía yo enajenada la dulce sonrisa del deleite en medio del placer de oírle que me adoraba! Su frente, entonces tersa como el marfil, brillaba aún libre de la nube de los pesares, sus ojos ardían de amor, y la palidez de sus mejillas mostraba más languidez que tristeza; pero ahora... ¡Cuánto sufres!... ¡Cuántos tormentos han abrumado tu alma! Y yo... ¡yo con mi amor he sido causa de tus desgracias!... Pero no me aborrezcas, no; yo te idolatro, Saldaña; sí, yo te idolatro y te perdono tu ingratitud.

Diciendo esto se había arrodillado junto a la cama, y tomando entre las suyas trémulas la mano que Saldaña tenía pendiente la llegó mil veces a sus ardorosos labios y la cubrió de lágrimas y de besos.

-¡Con qué fatiga respiras, ídolo mío!... ¡Ah! ¿Me oyes tú? ¡Suspira! -continuó, mirándole con dulzura y sin soltar la mano que tenía cogida y apretándola suavemente-; ¡oh, sí!, tú me amas aún; las arrugas de su frente veo poco a poco que se disipan, su mano se estrecha contra la mía, sus mejillas se sonrosean... sus labios se abren como si fuera a hablar... yo tiemblo... ¡Qué oigo!... sí...

-¿Me amas? -dijo en este momento Saldaña con voz muy apagada-. ¡Perdóname!

-¡Oh! ¡Yo soy feliz! -exclamó Zoraida fuera de sí de placer-. Sí, yo te perdono con todo mi corazón, yo te he perdonado ya, ya he olvidado todo, todo ha desaparecido de mi memoria como si las olas del mar hubiesen pasado sobre mis agravios Tú, tú eres quien tienes que perdonarme.

-¡Leonor! ¡Leonor! -exclamó Saldaña sin despertar con el acento más tierno.

-¡Cielos! ¡Qué oigo! -gritó Zoraida, soltándole la mano de pronto y levantándose desesperada-. ¡Ah! -continuó con amargura-. ¡Yo me había olvidado de mi rival y creí que él estaba soñando conmigo. ¡Y yo te había perdonado! ¡Yo! ¡Jamás, jamás!

Todo el amor, toda la dulzura de la desgraciada Zoraida se trocó ahora en la más espantosa furia al oír el nombre de su rival, sus ojos parecían querer salir de sus órbitas, los músculos de su rostro se contrajeron, pintándose en él todas las señales de la locura, sus labios trémulos cambiaron su color rosa en un blanco cárdeno; como sobrecogida de un accidente, retorcía sus manos, y ya, sin temor de interrumpir el sueño del herido, gritaba con el acento de la más horrible desesperación:

-¡Jamás! ¡Jamás ¡Yo me vengaría! ¡No, Leonor no será tuya jamás!

A sus gritos despertó Saldaña despavorido, abrió los ojos y quiso incorporarse en el lecho. Por una transición de ideas, muy natural en un hombre cuyos sentidos están muy debilitados por cualquier causa que sea, y cuyo sueño han interrumpido de pronto voces u otro repentino estruendo, Saldaña, que había estado soñando con Leonor, aunque sin mudar de objeto, había cambiado la decoración en la última parte de su sueño, y creía que la maga, habiéndosela arrebatado de entre sus brazos, se esforzaba en ahogarle en los suyos como a una presa ya digna de los infiernos. Cuando despertó estaba todavía confusa su imaginación, y al ver los ademanes de la mora y oyendo sus últimas palabras: «¡No, Leonor no será tuya jamás!», imaginó que era la maga quien se lo decía.

-¡Ah! -suspiró Saldaña, gritando con una voz sepulcral-. ¿No has cumplido aún tu venganza? ¿No bastaba que la robaras, era menester quitarme con ella hasta la única esperanza que me quedaba?

-Sí, hasta la última esperanza -repitió Zoraida con amargura, volviendo a él los ojos en que estaba pintado su frenesí-. ¿Y tú no me has robado a mí todo cuanto poseía? ¿Mis padres, mi patria, mi gloria, mi inocencia, mi felicidad, mi esperanza? ¿No me lo robaste tú todo?

¡Y a pesar de eso te amé, a pesar de eso me dejé seducir de tus mentiras y cifré en ti mi universo! ¡Oh!, maldito el día en que me engendraron, maldito el día en que nací para idolatrarte y verme pagada con celos y con escarnio. ¡Ojalá nunca hubiese lucido aquel día!

-Mujer infernal -exclamó Saldaña, que la había conocido-, ¿quién te dejó entrar aquí? Huye de mi presencia, y maldita sea la hora en que te conocí, demonio de mi persecución; ¡huye!, y no vengas a atormentar al enfermo en su lecho del dolor.

-Plugiese al cielo -respondió la mora- que todo el infierno junto ardiese en tu corazón como arde en este momento en el mío; plugiese al cielo que pudiera hartarte del veneno de que tú has inundado mi alma... ¡Ah! ¡Yo reiría entonces viendo que tú dividías conmigo mis sufrimientos! ¡Ojalá veas en brazos de otro esa Leonor a quien amas! Tal vez está así ahora mismo en brazos de otro, sí. Tal vez es un amante disfrazado, a quien ella adora, esa bruja que te la robó. Sí, sufre, sufre como tú me haces sufrir a mí; es el único consuelo que me queda en mi desesperación.

-Mientes, boca de Satanás, mientes -respondió Saldaña haciendo un esfuerzo, que no pudo lograr, para levantarse-, mientes; Leonor no tiene ningún amante; no me amará a mí, pero no ama a otro ninguno tampoco.

-¿Y tú qué sabes? -replicó Zoraida con una sonrisa sardónica-. Por lo menos te aborrece a ti; te aborrece, y yo estoy aquí para repetírtelo. No me mires con esa ira, no te esfuerces en levantarte; tú eres un caballero muy poderoso, pero ahora yaces en esa cama como si te hubiesen ligado con cien cadenas; yaces herido por la espada del hermano de la que adoras, que te aborrecerá más por eso, porque tú también le has herido a él, y él le comunicará el furor con que te detesta.

-¡Mujer! -gritó Saldaña, casi fuera de sí-, ¿has venido a asesinarme?

-¡Ah! -repuso la celosa mora-, no; ¡he venido a acabar de ser infeliz, a saber de tu propia boca que me aborreces!

-Pues sí, yo te aborrezco -replicó el herido-, yo te abomino, instigadora de mis delitos; huye de aquí, furia vomitada por el infierno. ¡Duarte! ¡Jimeno! ¡García!, echad de aquí a esta mujer, que viene a mofarse del moribundo. ¡Duarte! ¿Qué, no hay aquí nadie conmigo?

El viejo Duarte, que al acostarse sólo había pensado dormir media hora, hacía ya una y media que roncaba en otra estancia al lado de la que ocupaba su amo cuando llegó su nombre a sus oídos y conoció la voz de Saldaña que le llamaba. Púsose en pie al instante y entró a ver qué le quería su señor, buscando alguna excusa que darle por no haber estado velándole como debía, cuando su amo le alivió de este trabajo gritándole en cuanto le vio.

-Echa de aquí a esa mujer, quítala de mi vista, y cuida que no vuelva otra vez a presentarse delante de mí.

-¡Zoraida! -gritó, dirigiéndose a ella-, huye, huye de mi presencia o te mando quemar viva en la explanada de mi castillo.

-Sí, yo me iré -respondió la mora con pesadumbre-, yo me iré, no por miedo de tus amenazas, sino porque aún tengo compasión de ti, Saldaña -añadió más tranquila-, puede ser que yo haya sido tu perdición, pero no hay duda que tú has causado la mía; adiós.

Diciendo así rechazó con orgullo la mano de Duarte, que había hecho ademán de cogerla, salió del cuarto con majestad y se retiró a su habitación, donde poco después, tranquilizándose su furor, derramó un torrente de lágrimas. Entre tanto la mañana despuntaba ya en el oriente, como si la calma y la serenidad de la Naturaleza se deleitase en servir de contraste con las pasiones de los hombres, pintando el cielo del color del alba y derramando por la haz de la tierra toda la luz y la alegría de una alborada de estío. Jimeno, que no había oído nada de la escena que acababa de pasar en la habitación de Saldaña, por tener su cuarto en la parte opuesta del castillo, dejaba en aquel mismo punto su lecho, más cansado de las caricias de su manceba que cuidadoso de su deber, y estaba entonces arreglando muy detenidamente su tocado, operación para él tan esencial como la de comer, todos sus cuidados, refiriéndose más al adorno de su persona que a ninguna otra cosa en el mundo. Con todo, como su obligación era mostrarse aquel día con semblante triste ante su señor, eligió el traje a su entender más análogo con la pesadumbre que debía aparentar, y aunque tan puesto y pulido como si fuese de gala, se adornó con un estudiado descuido, bien así como si dijésemos a la negligé. En esto estaba tarareando el antiguo romance.

Rey Rodrigo, rey Rodrigo,
tu suerte yo bien querría;
si perdistes el ser rey
también hubiste a Florinda.


cuando sintió que andaban a su puerta, y poco después entró García, el compañero de Duarte.

-¿Qué me quieres, zorro viejo? -preguntó el paje-. ¿Vienes de embajador de alguna sílfide que suspira por mis pedazos?

-Si yo soy zorro -replicó García con enfado-, a ti no te falta sino ser viejo, y has de saber que ni yo ni ninguno de mi casta ha servido a nadie de tercero en su vida.

-¡Ve ahí! ¿No lo digo? -replicó el paje-. El oficio que, según dicen, ejerce todo un don Lope de Haro con su sobrina y el rey, y se enoja un pobre escudero que se lo achaquen como si fuera un insulto.

García meneó la cabeza, no muy gustoso de la desfachatez de Jimeno, y dijo:

-Lo que yo tengo que decirte es que el señor de Cuéllar pregunta por ti, que ha estado allí la mora y le ha vuelto el juicio, según me ha dicho Duarte, aunque yo me figuro que está hechizado, y me ha encargado que te llame y vayas allá al momento.

-¿Zoraida ha ido a verle? -murmuró entre sí el paje-. ¿Y él la ha despreciado como acostumbra? ¡Bueno! ¡Soberbio! No parece sino que ella misma me ayuda; sí, vamos -continuó, saliendo del cuarto y dirigiéndose al escudero.

-No será nada, sino que ese estúpido de Duarte, que no habla nunca sino para reñir, es más a propósito para velar a un muerto que para cuidar un enfermo.

-Como tú -replicó García entre dientes siguiendo detrás de él-, valdrías más para moza de un serrallo que para ser paje de lanza.

El paje entre tanto compuso su rostro, tomando la fisonomía más triste que pudo, y cuando entró en la estancia de su señor podría habérsele comparado a un novicio por sus ojos caídos y el recogimiento que aparentaba.

Saldaña estaba entonces con una calentura furiosa a causa de la cólera que había tomado, y habiéndose recogido toda su sangre a su corazón, tenía una especie de ahoguido que le hacía respirar con dificultad. Sus ojos estaban cubiertos de un velo cristalino, su corazón se oía latir, y la ropa de su cama, toda revuelta, manifestaba los muchos vuelcos que en su inquietud había dado a un lado y a otro.

Jimeno se acercó a la cabecera, y habiendo mandado a Duarte que saliese a buscar el cirujano del castillo, le dio a beber un agua, a que mezcló algunas gotas del elixir que le habían recetado, hecho lo cual se sentó junto a él, y Saldaña pareció más sosegado.

-Jimeno -le dijo con el acento sombrío de la desesperación-, ¿crees tú que habrá perdón para mí?

-¿Y por qué no? -replicó el paje-. ¿Acaso habéis hecho algo nuevo en el mundo? Tal mujer burlada, tal homicidio cometido en un acceso de ira no son, a mi parecer, culpas imperdonables. ¿Pero a qué viene eso? ¿Os queréis morir?

-¡Morir! -exclamó Saldaña-. ¡Ojalá, si no hubiese un infierno! ¡Ah!, tú no sabes hasta qué punto me sobresalta esta idea; ¡toda una eternidad!

-Tiempo os queda de arrepentiros -respondió el paje-, aunque sea en medio del camino que hay de aquí a allá. Cuanto más que si vos habéis burlado una mujer, ha sido una enemiga de nuestra religión; de las otras podéis decir que pensabais casaros con ellas, y en cuanto a haber hecho morir a éste o aquél con más o menos justicia, nadie está libre de un momento de irreflexión, y tal vez la muerte que les anticipasteis les abrió el camino de la salvación, quitándoles de cometer delitos que si hubieran vivido les habrían hecho hallar cerradas las puertas del cielo.

-Es verdad, Jimeno -replicó el herido, que cogía con avidez cualquier excusa que aminorase sus culpas a su entender-, es verdad, y entonces yo no soy criminal, ni debo temer el infierno; Zoraida ha sido la causa de la mayor parte de mis delitos.

-Así es -replicó Jimeno sin titubear-; esa mujer os precipita, y sobre ella, si acaso, debéis cargar el peso de vuestros pecados. Su suerte ha sido que no haya estado yo aquí cuando vino a atormentaros, sin consideración a que estáis herido. Si llego a estar presente la echo al foso desde la ventana más alta. Y es mentira; ni ella os ama ni os ha amado nunca; a ella le convenía, es mujer, y no hay mujer que no mienta.

-Conque ¿tú crees que aún puedo encontrar perdón? -insistió el supersticioso Saldaña.

-¿Y qué os podía hacer pensar de otro modo? -respondió el paje.

-¡Qué! Que más de una vez -repuso el de Cuéllar con sobresalto- he visto ahí, ahí mismo donde tú estás, un demonio que me escarnecía y me anunciaba que no había perdón para mí; yo he querido orar, y todos los rezos habían huido de mi memoria, y hasta mi lengua se resistía a pronunciar las pocas palabras sagradas de que pude acordarme, mientras él las hacía sonar en mi oído como blasfemias, y, mofándose, me cargaba de maldiciones.

-¡Ave María Purísima! -exclamó el paje haciendo la señal de la cruz-. Eso sería un delirio, una ilusión; pero, no obstante, tomad esa reliquia, que os librará por lo menos de su presencia.

Diciendo esto sacó una medalla del pecho, y el impío Saldaña la tomó con religiosa codicia y la besó respetuosamente.

-Siento algún consuelo -le dijo, guardándola debajo de la almohada-. ¿Y Leonor? ¡Ah! ¿No me amará jamás? No creo que peco con hablar de ella; mi fin es hacerla mi esposa. ¿Y cómo podré ya si tal vez su hermano está enterrado a estas horas? Yo le vi muerto a mis pies. Pero él tuvo la culpa; todavía me irrito cuando me acuerdo de sus insultos.

-Cuando nosotros llegamos -repuso el paje- había ya vuelto en sí y sus heridas no me parecieron muy peligrosas. Y a las mujeres, ¿qué les hace eso? Leonor os amará porque sois hombre; no hay mujer que se resista a un hombre de las prendas que vos tenéis. En Valladolid maté yo al hermano de una que cortejaba y no me quiso menos por eso.

-Sí, pero Leonor no es de ésas -repuso Saldaña con fuerza, no muy agradado de las comparaciones del paje.

La llegada del cirujano interrumpió su conversación, y habiendo notado que su enfermo se había agitado demasiado para el estado en que se encontraba de debilidad, le encargó que no hablase, y mandó que se guardase el mayor silencio en la estancia para no turbar el reposo de que tenía mucha falta. Poco después llegó el Velludo al castillo con dos prisioneras que había hecho la noche antes, a quienes dieron habitación en la parte del mediodía contigua a la de Saldaña, aunque no le dijeron nada de este suceso, pues en la situación en que se hallaba, a voto de los cirujanos, cualquier sensación fuerte, ora de alegría, ora de pesadumbre, podía serle funesta.


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Capítulo XIII
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Sancho Saldaña José de Espronceda


SEGISMUNDO
. . . . . . . . . . . . . . . . . ¿Qué
te suspende?
LESBIA
. . . . . . . . . Hacia allí pasos
sentí y las ramas se mueven.
Veré quién es.
CALDERÓN, Afectos de odio y amor.


Es opinión muy antigua que los hombres manifestamos nuestro carácter, nuestras pasiones, y yo estoy por asegurar que hasta el oficio en que nos ocupamos, en nuestro modo de hablar, de andar, de dormir, etc., y que si algunas excepciones hay, dependen más bien del estado de ficción en que vivimos en la sociedad que no de que sea falsa esta aserción. Así vemos generalmente que a un enamorado se le conoce que lo está en sus distracciones, en sus ojos, o demasiado alegres o muy caídos, y en otras semejantes señales. Descúbrese a un ambicioso en su paso precipitado, su aspecto pensativo y mirada solícita e imponente; a un avaro, porque, por guardar, guardará las manos en los bolsillos hasta en los meses de más calor, y en las ojeadas de desconfianza con que honra a los que le rodean. Y pasando de las condiciones a los oficios, todo el mundo conoce los escribientes de lotería en lo bulle bulle que son y en la viveza ratonil de que están dotados, y nadie equivocará un oidor con un escribano si compara la gravedad, gordura y mesurado continente del uno con la mirada en acecho y el furtivo paso del otro. Con todo, como la duda es el principio del saber, y puede haber muchos contrarios a mi opinión en esta materia, no insistiré más tiempo en convencerlos, no siendo esto de mi incumbencia, y habiéndose escrito ya tanto en el mundo sobre fisonomías, cráneos, etc., y sólo les recomendaré el tratado de frenología del doctor Gall, donde se convencerán de la razón que me asiste, puesto que no le asistió a él más para asegurar que cada joroba de nuestra cabeza es un nido de vicios, de virtudes y de talentos.

Y así, tomando el hilo de nuestra historia, sea esta mi opinión verdadera o falsa, hubiera sido preciso ser muy menguado, torpe o falto de juicio para no conocer a primera vista que un corrillo de diez o doce hombres que estaban aquella mañana juntos a poca distancia del castillo de Cuéllar, sentados al pie de un árbol, eran gente non sancta y un mal encuentro para un viajero. Sus caras, sus trajes y sus armas indicaban bastante su oficio, y no quedará duda ninguna al lector del que ejercían viendo a Usdróbal con ellos y a otros dos o tres más, Zacarías, el bizco y el catalán, conocidos antiguos de la cuadrilla. Su conversación parecía muy animada, y todos ellos hablaban con admiración del valor de su capitán, quien había tenido, la noche antes una aventura, a su entender casi milagrosa, y a que había dado dichoso fin.

-Yo no puedo menos de creer -decía el veterano, de que ya hemos hecho mención en la primera parte de nuestra historia-, sino que el capitán es brujo o el mismo diablo. ¡Jesús me valga! Pues a no ser así no habría podido cogerla cuando ella iba saltando de pino en pino como acostumbra.

-Lo que es brujo -repuso el bizco-, no creo que lo sea-, pero Lucifer mismo no asesta mejor una flecha, aunque sea contra un junco, ni tira con más certeza; así que no me espanto de que, aun cuando la maga fuese volando, la haya hecho bajar sin hacerle mal, con sólo cortarle un ala.

-Sin un conjuro que dice maleficium... demolire universa ejus, o, lo que es igual, te demoleré los huesos, y otras cosas que yo le enseñé, cree mi humildad, caros hermanos míos -replicó Zacarías-, que nada hubiera logrado, a pesar de lo que decís.

-Puede ser -repuso Usdróbal-, mi dulce y respetable maestro; pero el refrán dice, y mejor lo sabéis vos que yo, a Dios rogando y con el mazo dando.

Para entender esta conversación es preciso tomar el hilo de los hechos del buen capitán el Velludo, y retrocediendo algunas páginas sabremos quiénes eran las prisioneras que trajo él mismo a Cuéllar y cómo y en dónde habían venido a sus manos.

El lector se acordará de la promesa que hizo el Velludo a Saldaña de proporcionar un guía experimentado que les condujese a la cueva de la maga, después que no pudo obligar a ninguno de su partida a hacerse cargo de esta empresa por el temor que todos, excepto Usdróbal, habían tomado a la supuesta fantasma. Todos los hombres tienen su amor propio, y así se ve que hasta los más corrompidos, y los más sin fe, gastan su puntillo de honor de cuando en cuando, y toman a cuenta suya ciertas empresas, más por miedo de ser tachados de cobardes, viles o tímidos que por voluntad propia. Tenía el Velludo, además, el conocimiento íntimo de su valor, muy probado y experimentado en mil riesgos, y confiaba tanto en el aliento y arrojo de que estaba dotado, que no podía menos de sentirlo mucho cuando éste le faltaba en la ocasión, siendo un acaso de este género motivo, suficiente para estarse a sí mismo reconviniendo toda la vida hasta que tomaba una especie de satisfacción de su falta, acometiendo otra vez la misma empresa u otra de igual clase que ofreciese más riesgo.

La vista tan inesperada de un espectro en su propia cueva le había sorprendido tanto como si hubiese visto de pronto todo el infierno junto, aunque para hacer justicia a su valentía debe decirse que eran pocos los hombres de aquella época que, a despecho de toda su temeridad, no hubieran mostrado el mismo temor delante de una aparición tan extraordinaria. El Velludo no pudo menos de sobrecogerse un momento, y la ligereza de su aterrada imaginación dominó por entonces su corazón vigoroso; pero esto fue sólo un instante, y poco después, recobrando otra vez su energía, no pudo menos de reprenderse su debilidad. Con todo, ya era tarde; su prisionera se le había escapado, por decirlo así, de las manos, y tuvo que confesar su falta y oír los improperios e insultos de que le colmó el desesperado Saldaña. Pero esto fue precisamente lo que le obligó más que nunca a decidirse a buscar la pretendida maga para resarcir lo que él llamaba su honra, a toda costa, ya volviendo a recobrar a Leonor, ya tomando venganza de su robadora. Dudaba él si sería ésta un ser sobrenatural o un cualquiera que oculto bajo aquel disfraz se había arrojado a tanta temeridad; si lo primero, quedaba en examinándolo disculpada su cobardía; pero si se verificaba lo segundo, en ese caso bien podía llamarse infeliz el autor de empresa tan aventurada.

Con este pensamiento, y más que nunca irritado con los denuestos del señor de Cuéllar, ansiaba más que éste, si cabe, la llegada del saludador, que uno de sus súbditos le había ofrecido traer para que le sirviese de guía.

Consistía este oficio de saludador, que ha durado hasta nuestros días y tal vez conserva su crédito aún hoy mismo en algunos pueblos, en una virtud secreta heredada en ciertas familias, que servía para curar la rabia a los animales, hacer que a su voz se presentasen de repente cuando sus amos los habían perdido, gozando, además, los herederos de esa virtud de otros varios privilegios para sí mismos, como el de ser incombustibles y no poder recibir daño de las brujas, de quienes eran muy temidos. Distinguíase el verdadero saludador en tener dibujada naturalmente en la lengua una rueda de santa Catalina o bien debajo de ella una cruz, aunque nadie todavía ha asegurado que haya visto ni una ni otra señal. El respetable Feijoo prueba con su sano juicio los engaños de que se valían estos impostores para comer a costa de los inocentes que los creían, y la mentira e impiedad de sus supuestos milagros. Ejercía regularmente así este oficio como el de bruja la hez de la sociedad, sin que su ciencia y sus falsedades les sirvieran para otra cosa que para mal comer sin trabajar, siendo como eran los seres más derrotados y despreciables.

El saludador que el bizco había prometido por guía no gozaba en esta parte de más privilegios que sus colegas en la facultad.

Había sido verdugo en Valladolid en su juventud, habiendo dejado fama en aquella ciudad de su destreza, habilidad e ingenio en el arte utilísimo de apretar gañotes, bien así como el respetable tío del gran Tacaño, que era un águila en el oficio. Pero el tiempo, que derriba los torreones, allana los montes y aniquila los imperios más populosos, había ido poco a poco debilitando sus fuerzas y disminuyendo su agilidad, hasta el punto de haber tenido que nombrar por sucesor suyo a su sobrino, mozo vigoroso y robusto, y que adiestrado por su tío, no dejaba nada que desear a los conocedores en el arte gaznático, conviniendo todos, cuando acababa de aciguatar a algún penitente, en aquello de Horacio: «Que el águila altanera nunca engendró a la paloma tímida». El verdugo cesante tomó entonces el oficio de saludador, que, aunque bastante noble, no era, sin duda, tan vistoso como el primero, y andaba a la sazón por aquellos pueblos, quantum mutatus ab illo!, haciendo, según decían, curas tan prodigiosas como había hecho maravillas en su antiguo arte. Sus heridas privaron a Saldaña de conocer a este bellísimo sujeto, que no pudo acudir a verse con el Velludo hasta de allí a dos días por haber estado muy ocupado en curar un mulo rabioso, a quien no por miedo, puesto que su secreta virtud le protegía contra los furores del animal, sino por lástima, no había querido tomar el pulso, y que murió sin duda por haberle llamado tarde.

El Velludo, a quien ya faltaba tiempo para acometer su empresa, deseoso de acabarla solo y recobrar mejor de esta manera su fama y buena opinión con el señor de Cuéllar, no dijo palabra a Usdróbal, que se había ofrecido a acompañarle, ni a ninguno de su comitiva, y llamando a su perro salió al caer de la tarde con el buen hombre en busca de la fantasma y determinado a embestir al mismo Satanás en persona. Fue esta misma noche aquella en que Leonor, por determinación de Elvira, debía volver a su castillo y cuidar de su hermano, que, aunque no tan mal herido como Saldaña, estaba de mucho cuidado.

Dejaron las dos amigas, como hemos dicho, el solitario asilo al oscurecer, sostenida Leonor del brazo de la generosa eremita, y caminaban muy despacio, no habiéndose aquélla recobrado enteramente de su enfermedad, atravesando el sombrío pinar, tristes las dos y sin hablar palabra, Elvira esforzándose a contener las lágrimas que le arrancaba el verse obligada por sus votos a separarse de la única persona en el mundo que pudiera compadecerla, y Leonor, toda sobresaltada, dividiendo los afectos de su alma entre su hermano y su amiga. Largo trecho habían andado, y no estaban ya lejos del castillo de Iscar, cuyas almenas empezaban a platear al rayo de la luna naciente, cuando Leonor, sintiéndose fatigada, se sentó junto a un pino para descansar mientras Elvira, en pie y atenta al menor ruido, temblaba por su amiga al más ligero murmullo del viento.

-Vamos -le dijo-, Leonor, anímate; estos bosques son de mal agüero para ti, y tras de cada rama puede esconderse un hombre.

-Elvira mía -replicó Leonor-, aquí ya no hay miedo; estamos muy cerca de nuestro castillo y los bandidos no se atreven a cometer sus villanías tan cerca de donde a un grito mío podían hallar su castigo.

-Tu castillo -repuso Elvira- está muy lejos aún para que oigan tus gritos, y el jefe de los bandoleros es atrevido como un bribón de batalla. Anímate, ¿no oyes voces que se acercan? -añadió, poniendo el oído al viento-. Huyamos, Leonor -continuó con tono imponente, aunque sobresaltada-. Dios ha puesto el recelo en mi corazón; si no obedecemos su voz, él castigará nuestro orgullo.

Leonor, sobrecogida, se levantó con precipitación, a pesar de su debilidad, y tomando el brazo de Elvira, ambas amigas aceleraron el paso.

No se había engañado la hermana de Saldaña; la voz que llegó a sus oídos no era otra que la del Velludo, que venía en su busca renegando del respetable saludador. Tenía éste el mismo acierto para atinar con las habitaciones de brujas, que no subía, y de que no le había dado las señas, que para curar la rabia a los mulos, y era, además, tan cerril como sus pacientes y tan cachazudo cuanto bastara para hacer desesperar otro ánimo menos impaciente que el del capitán.

El camino que había tomado era precisamente el opuesto al que llevaba a la bóveda de Elvira, y más de dos horas hacía que andaban descarriados de acá para allá por el bosque y a pique, en la oscuridad de la noche, de romperse la cabeza si tropezaban, sin que el sabio saludador hubiese encontrado siquiera vestigios de lo que buscaba. Iba el Velludo dándose a todos los diablos con la torpeza del guía, y más enojado con él casi que con la maga, maldiciéndole e insultándole a cada mal paso que se encontraba.

-¿Dónde demonios -le dijo- me llevas por aquí, sin saber tú mismo dónde vamos, arca de mentiras, que Dios confunda?

-A buscar la bruja -respondió el saludador con calma y con una voz ronca como un tambor destemplado-. Voy mirando hacia arriba por ver si la veo volar.

-Si en vez de haber sido tú verdugo tantas veces, guindando hombres que valían más que tú -replicó el capitán-, hubiera querido Dios que hubieses sido sólo una vez paciente, no andarías engañando a los tontos que te creemos.

-Cuando yo era verdugo -replicó el pobre hombre-, nunca se me quejó ningún amigo que fuese a parar a mis manos, y si no ahí está el manco, tu primo, que si viviera podría decirlo, que cuando me monté sobre él me dijo que no había ningún hombre de armas que montase mejor que yo y otras cosas que callo, porque no le toca a un hombre alabarse.

-En efecto -repuso el Velludo, distraído con el recuerdo de su Primo-, no me descontentó el modo como le ahorcaste. ¡Era mucho hombre mi primo! ¡Qué lástima que cayese en tus manos tan joven!

-A muchos he puesto la cuerda al cuello -repuso el saludador-, pero no he visto ninguno de más hígados que tu primo. Cuando le bajé la gola para ponerle el collar, no parecía sino que se iba a afeitar según lo grave que estaba. ¡Ah! -continuó con sentimiento-. Pasó ya aquel tiempo en que yo era el miembro más lucido de justicia que había en la corte; mi juventud se ha rozado y ha perdido su vigor como una cuerda a fuerza de usarse; mi cuerpo es débil como los palos de una horca vieja, y yo ya no veré alrededor de mí un inmenso concurso admirando mi habilidad; no representaré ya el segundo papel en la fiesta, después del hombre que confiaban a mi cuidado. ¡Infelices racimos de la de palo, cuánto echaréis de menos al misericordioso Soguilla! ¡Hi! ¡Hi!

Decía esto llorando con tanta pena, que el Velludo no pudo menos de sonreírse.

-Buen Soguilla -le dijo-, si no fuera por el respeto que un verdugo decano se merece de los hombres de bien, juro que yo te había de enseñar a ser saludador, y a servir de guía por caminos que no conoces. Pero ¿qué sombra es aquélla? Ya se deslizó detrás de aquel pino. ¡Una mujer! ¡La maga! Ella es: tú por un lado y yo por el otro.

Dos bultos aparecieron en este momento y se ocultaron al punto, refugiándose tras de los árboles por no ser vistos, la maga y Leonor, habiendo oído con mucha claridad las últimas palabras del Velludo, que penetraron en su corazón helando hasta el tuétano de sus huesos. Leonor especialmente más atemorizada se asió al brazo de su compañera sin saber qué hacerse, mientras ésta, más acostumbrada a semejantes azares, miraba a un lado y a otro buscando por dónde huir esforzando a su amiga y rogando a Dios que las librase de aquel peligro. Seguramente Elvira podría haberse escapado de su enemigo, siendo el principal intento de éste, cuyos penetrantes ojos ya habían descubierto a Leonor, no meterse con la maga, si no era preciso, hasta haber recobrado su prisionera, y no siendo el saludador, hombre gordo y ya viejo, un obstáculo muy temible. Pero la idea de abandonar a su amiga no podía abrigarse en el noble corazón de Elvira, resuelta más que nunca a sacrificarse por cita, libre ya de temor en el momento mismo del riesgo, y poniendo toda su confianza en Dios con todo aquel fuego celeste que elevaba tanto su alma.

-Leonor -le dijo a su amiga-, no huyas, porque sería inútil, y colócate tras de mí. Si mi presencia quiso Dios que aterrase a una partida de forajidos, ahora con su poder hará que a mi vista retroceda ese bandolero.

-Mi castillo está cerca; yo gritaré -replicó Leonor-, y acaso podrá oírnos el centinela.

-No muestres nunca tu miedo al que te persigue -repuso Elvira-; antes que te oyeran serías presa de ese mal hombre. El Señor está con nosotras, él nos asistirá.

En esto estaban cuando oyeron decir al Velludo: «¡Ella es!», y se escondieron por instinto detrás del pino.

Era esta la única esperanza que les quedaba en aquel apuro, y acaso el terror que inspiraba la vista de Elvira no habría dejado de producir su efecto si el capitán no estuviese ya prevenido y determinado a hacerle frente y a averiguar quién era, no obstante que en secreto sentía cierta especie de repugnancia conforme se iba acercando. Su guía, no tan valiente como él, ni con mucho, procuró quedarse algunos pasos detrás abriendo los ojos y la boca como espantado y buscando por todas partes la temerosa bruja que él no había visto, y que se le figuraba que iba a echar a volar de pronto, como una perdiz sale de entre las viñas a poca distancia del cazador.

Por último, el Velludo hizo la señal de la cruz y se arrojó hacia ellas con el hacha en la mano gritando:

-Por la Virgen de Covadonga, entrégate, aunque seas el mismo diablo, o te mato.

Tendió hacia él Elvira su mano derecha con majestad, y acaso su imponente y negro aspecto hubieran enfriado la resolución del bandido si Leonor, que vio el hacha en alto amenazando descargar su golpe sobre su amiga, no se hubiese soltado de ella y echándose a los pies del Velludo, pensando salvarla de esta manera de una muerte inevitable a su parecer. Conoció con esto el capitán su fuerza y la debilidad de sus contrarios, por lo que, bajando el hacha, les intimó que se entregasen a discreción, jurando que él no les haría daño alguno ni las ultrajaría en ningún modo, siempre que no tratasen de huir ni hacer la menor resistencia.

-Déjanos en libertad de continuar nuestro camino -respondió Leonor-, y yo te prometo por la fe de caballero de mi hermano darte por nuestro rescate más oro que has visto en toda tu vida.

-Después hablaremos de eso -replicó el Velludo-; veamos antes quién es esta bruja, que me ha hecho pasar más vergüenza que he tenido en toda mi vida.

Y diciendo y haciendo se acercó a Elvira, que, dotada naturalmente de ánimo y arrebatada de su celestial entusiasmo, no había hecho movimiento alguno, y sólo temía por su amiga, a quien ya veía sin remedio en poder de su hermano, a pesar de sus esfuerzos para salvarla.

-Alzate esa capucha -dijo el Velludo- y enséñanos esa cara.

-Huye, malvado -respondió Elvira-, y tenle el castigo del cielo si llegas siquiera a tocarme.

-¡Hola! -replicó el capitán-. Voz muy dulce tiene la maga. Torpe has andado, si eres el diablo, en tomar voz de mujer para asustar a nadie. No me estorbéis el paso, señora -prosiguió hablando con Leonor, que se había abrazado a sus rodillas para detenerle.

-Dejadla por Dios, dejadla -gritaba ésta-; ella no hace mal a nadie; ya me tenéis a mí, llevadme a Cuéllar, matadme, pero dejad, respetad el secreto de esa mujer.

-Nada de eso, y no os abracéis al lobo aunque os parezca manso -respondió el Velludo-. Yo he jurado que le había de quitar las ganas, a quien quiera que fuese, de venir a asustarme a media noche a mi misma casa, y lo cumpliré... ¡Vaya, fuera! -añadió, y empujando a Leonor a un lado y desasiéndose de ella se acercó a Elvira, y a pesar de sus amenazas le echó la capucha atrás y le descubrió el rostro, trayéndola por fuerza adonde daba la luna.

-¡Una mujer tan joven y tan hermosa -gritó el Velludo, atónito de su descubrimiento-, y andar así en este traje por estos andurriales! ¡Eh! ¡Zamacuco! -continuó, llamando a su guía, que no hacía mas que abrir los ojos hecho un bausán, hasta el punto que él mismo pensó que se le rasgaban hasta la cabeza-. Cuida de esa otra dama mientras yo examino esta... ¿Quién eres? -le preguntó, volviéndose a ella.

-Si te dijese mi nombre pecaría; nadie -repuso Elvira con dignidad.

-¿Qué hacías en estos desiertos?

-Nada.

-Secretos tengo yo -respondió el capitán- que te harían hablar, y han hecho soltar la lengua a hombres de bigotes muy ásperos, puesto que determinado venía a enviarte esta noche a dormir al otro mundo; pero eres una mujer, no puedes defenderte y me das lástima. Por lo demás, no me importa saber quién eres; tu oficio de bruja acabó, y por ahora vendrás conmigo a hacer compañía a tu amiga en el castillo de Cuéllar, donde no te faltará quien te agasaje.

-Mis pecados -repuso Elvira en tono solemne- me han traído a este punto, cúmplase la voluntad de Dios.

Entre tanto Leonor había tratado de huir hacia su castillo y alarmar si era posible la guarnición con sus gritos, cuando el Velludo, volviendo con Elvira asida de un brazo hacia ella, se interpuso en su camino con la presteza de un rayo, y la detuvo por el vestido.

-No, ahora no será como la otra vez. Belcebú había de venir y nos las habíamos de ver, él con sus tizones y yo con mi hacha.

-¡Ah! -exclamó Leonor-. ¿No hay quien me favorezca? ¡Los hombres de armas de mi castillo ahí mismo y no me oyen! ¡Casi los siento hablar y no me oyen!

-Y aunque os oyeran sería lo mismo -replicó el Velludo, mandándolas que le siguiesen-. Venid conmigo. Yo no soy cruel, y sentiría tener ahora que serlo si os empeñaseis en no obedecer.

Tenía el Velludo algo en su voz que naturalmente imponía, aunque se esforzase a dulcificarla; y así por esto como por ser toda resistencia inútil, ambas cedieron a su voluntad, Leonor llorando y ofreciéndole mil tesoros por su rescate y maldiciendo su suerte, casi desesperada, y Elvira sin hablar palabra y con estoica resignación.

-¿Qué diablos hacías ahí, papanatas? -dijo el Velludo al saludador, abriendo como él la boca con una mueca.

-¡Toma! -repuso el misericordioso Soguilla con su voz bronca-. ¿Y qué he de hacer con una bruja que se echa a volar? Di que hubiera sido un lobo rabioso y le hubieras visto más manso que una borrega.

-¡Ojalá! -replicó el capitán con sorna.

Tales fueron las aventuras de aquella noche y tal era el asunto de la conversación que hemos interrumpido para contarlas, por lo que volviendo a nuestros bandidos, que aguardaban a su capitán, añadiremos otra persona al corro, a quien en otro tiempo no habrían querido tener tan cerca por su oficio de verdugo, y que ahora departía con ellos agradablemente merced al que ejercía de saludador.

-Si no hubiese sido por mí -dijo éste en adición a lo que había dicho Usdróbal-, poco le hubieran valido vuestros consejos, señor Zacarías; pero yo huelo las brujas lo mismo que olía en mi tiempo cuando iba a haber ocupación en mi oficio, y ensebaba los cordeles de modo que al hombre de menos gusto le habría dado tentación de ahorcarse, y más de una vez estuve yo para hacer la prueba.

-Si la hubieses llegado a verificar una sola vez -dijo Usdróbal-, no habrías ido esta noche a caza de brujas. ¿No es cierto?

-No lo puedo negar -repuso gravemente el saludador-, y para ser tan mozo habláis con mucho tino.

-¿Pero la bruja voló o no voló? -preguntó el veterano Tinieblas.

-Como una garza -contestó Soguilla-; pero yo la hice caer a los pies del Velludo por mi virtud de saludador, puesto que por más que hice no pude hallarle el pescuezo.

-Pero el vuestro por poco que se busque no será difícil hallarlo. ¿No es cierto? -preguntó Usdróbal con mucha seriedad, burlándose del enorme cerviguillo que descubría el ex-verdugo.

-Sin duda -replicó Soguilla mirándole con atención, y volviéndose a los otros continuó-: ¿Este mozo ha estudiado?

-Es un gerifalte -repuso el bizco- y sabe latín.

-¡Oh, amigo!, para verdugo no hay cosa como saber latín.

-Hasta ahora no he estudiado mucho -respondió Usdróbal-; pero mi maestro es el benignísimo y piadosísimo señor que aquí veis -y señaló a Zacarías-, por lo que podéis esperar que si no llego a verdugo llegaré a ahorcado, y en cuanto a saber latín, ya sabéis que sirve lo mismo para uno que para otro.

-No os moféis del humilde siervo de Dios -repuso el maestro con su acostumbrada dulzura.

Usdróbal se levantó, volvió la espalda al corro y empezó a cantar, con aquella apariencia indiferente y alegre que le era natural:

Cuando miro una horca
con su colgajo,
guiño el ojo, me río
y aprieto el paso.
Por mi consuelo
murmurando entre dientes:
morir tenemos.


A pesar de su buen humor y natural alegre, Usdróbal sentía en aquel momento cierta inquietud y desasosiego por una de las prisioneras, a quien, sin saber por qué, habría querido dar libertad de buena gana o verla a lo menos; y sin que él pudiera darse razón a sí mismo, se alegraba entre tanto interiormente de que Saldaña estuviese imposibilitado de entenderse con ella por sus heridas.

Este interés por Leonor, que a no calcular la distancia del rango que los separaba podría acaso atribuirse a otro afecto más vehemente que el de la compasión, le ponía pensativo de cuando en cuando, determinándole a abandonar el servicio del Velludo, incitado, además, por su buena índole y sentimientos nobles, que le hacían desagradable el género de vida que había abrazado más por necesidad que por inclinación. Su mala cabeza y carácter abandonado se lo había hecho sobrellevar sin pesadumbre hasta entonces, pero su corazón se resentía de la villanía de su oficio, mientras su imaginación, engrandeciendo a sus ojos el brillo que rodea al guerrero de buena fama, y mostrándole fácil el camino de la gloria que podría abrirle su lanza hallándose en otro estado más noble, le hacía desear la ocasión de señalarse públicamente por algún rasgo marcado de caballerosa bravura.

Combatido estaba de estas imaginaciones cuando vio venir al Velludo, que salía del castillo mano a mano y hablando amigablemente con un hombre alto y tan seco que parecía que sólo le quedaba el pellejo, según lo correoso que era, el rostro muy tostado del sol, bigote entrecano y caído, pelo del mismo color, nariz larga y tan colorada como si la hubiesen dado de bermellón, lo que le daba trazas de no disgustarle el jugo de la uva, en confirmación de lo cual sus ojos lucían con aquel brillo vidrioso que marca comúnmente a los borrachos de profesión. Traía en la cabeza un gorro de pieles, y envuelto en una ancha capa, sólo dejaba ver sus piernas cubiertas de planchas de hierro puestas unas sobre otras a modo de tejas, lo que daba muestras que venía armado; y en sus movimientos y contoneo jaquetón se conocía que estaba muy pagado de sí mismo y que miraba con desprecio a los otros, todo lo cual confirmaban su mirada de lástima y su labio inferior caído naturalmente.

Era nada menos que el jefe de la compañía aventurera que el señor de Cuéllar pagaba y mantenía en su castillo, aragonés de nación y con mucho renombre de buen soldado y buen bebedor, amigo de la guerra, de las mozas y, sobre todo, de la bota y de los valientes, habiendo reunido una compañía volante con la que andaba al pillaje o servía al que mejor le pagaba, no reconociendo más ley que su espada, más rey que el dinero ni más órdenes que su voluntad. Rayaba ya en los cincuenta años, y era muy grande amigo del Velludo, por haber sido soldados juntos en su mocedad, y no obstante que el aragonés tenía en mucho más su oficio de aventurero que el de bandido, no por eso dejaba de mirar con mucha consideración a su amigo, que tenía tan bien sentada su fama como el que más, y en un momento a una voz suya podía poblar todos aquellos bosques de un ejército de bandoleros.

Llegaron adonde estaba Usdróbal, y el Velludo, viéndole pensativo, le dijo:

-¿En qué piensas, buena alhaja, que estás ahí que pareces un asno viejo?

El aragonés echó una mirada a Usdróbal de arriba a abajo con aquella apariencia insultante de compasión que le era propia, y volviéndose al capitán le guiñó el ojo, empujando la barba hacia él con un gesto que equivalía a preguntar: «¿Qué mozo es ése?», y a que el Velludo contestó mirándole de reojo y echando hacia fuera ambos labios como si fuera a silbar, dándole a entender que el mancebo tenía el alma bien puesta y que era mozo de manos. Todo esto fue obra de un momento, y Usdróbal, sin echarlo de ver, dirigiéndose a su capitán, dijo:

-Estaba pensando que vale más ser cabeza de ratón que cola de león, pero que en caso de ser cola de uno u otro, vale más serlo del rey de los animales.

-No entiendo a qué viene eso -replicó el Velludo-, pero creo que tienes razón si no dices más.

-Viene -replicó Usdróbal- a que yo quisiera más bien ser arriero que burro; pero ya que siempre he de ser burro, quisiera serlo de un señor más bien que de un molinero.

-Todo eso está muy bien -respondió el capitán-; pero si no te explicas más claro te quedarás siendo burro toda tu vida.

-A mí el abad de San Bernardo me enseñó a explicarme por rodeos; pero, aunque algo torcido en mis explicaderas, soy muy recto, y siempre voy por el camino derecho, vía recta, cuando se trata de obrar; así que ahora pregunto, ¿qué querríais más, ser quien sois o ser señor de Cuéllar?

-Ser señor de Cuéllar -repuso el capitán sonriéndose-. ¡Pareces tonto!

-¿Y si os hiciesen rey, lo preferiríais a eso?

-¿Quién lo duda?

-Y en caso de servir, ¿a quién serviríais mejor, al rey o a Sancho Saldaña?

-¡Toma! Al rey.

-Pues vos, mismo habéis desatado mi duda, y ya estoy resuelto a servir como soldado aventurero entre los hombres de armas del señor de Cuéllar y a dejar lugar para otro en vuestra partida.

Frunció el Velludo las cejas, sus ojos se iluminaron de pronto y lanzó una mirada de cólera sobre Usdróbal, irritado de que éste le tuviese a él por tan poco que se creyese ser cola de ratón hallándose en su servicio, mientras su compañero, el aragonés, con su acostumbrado desdeño, le dirigió la palabra:

-¿Y qué hombre eres tú para alistarte bajo mi bandera? ¿Ni qué papel has de hacer tú entre veteranos, que al que menos le llega la barba al cinto?

-Ocuparé el lugar -repuso Usdróbal- que ocupa un hombre en todas partes, y rayaré donde raye el más alto.

-Eso sí -replicó el Velludo-, y cualquiera a quien yo admito en mi partida es muy capaz de romper una lanza con el mejor de tu compañía.

-¡Con el mejor de mi compañía! -respondió el aragonés sonriéndose, y volviéndose a Usdróbal continuó-: ¿Sabes montar a caballo?

-Como un moro granadino.

-¿Enristras bien una lanza?

-No sé quién eres, pero si quieres saberlo por ti mismo me remito a la prueba, y no hay más que hacer.

-¡Puede! -replicó con calma el aventurero-. Di, Velludo, ¿qué te parece de lo que dice este almogárabe?

-Que dice bien -replicó el capitán- y que es muy capaz de hacer lo que dice, pero ven acá, niño -continuó hablando con Usdróbal-, ¿qué ventolera te ha dado de dejar tan pronto mi compañía?

-¿No soy yo libre de hacer lo que mejor me convenga? -preguntó Usdróbal.

-Sin duda eres libre; pero sabe que pierdes mucho en dejarme, primero porque aquí conmigo no tienes más jefe que a mí, y en entrando en el cuerpo de aventureros tendrás mil que no lleguen a la suela de mi zapato.

-¡Pasito, amigo, pasito! -replicó el aragonés-; tú y yo nos conocemos, y basta.

-No hablo por ti -continuó el Velludo-, y, además, como iba diciendo, sabe que este ratón, si toca este cuerno (y señaló al que llevaba a la espalda), reúne en veinticuatro horas más de mil valientes bajo sus órdenes, a quienes paga con más rumbo que puede pagar en su vida el mismo rey en persona.

-Todo eso también lo sé -replicó Usdróbal-, y yo siempre os respetaré, pero por ahora he determinado sentar plaza de aventurero, si me admiten, en las lanzas de ese castillo, y faltaría a un voto que he hecho si no cumpliese mi resolución.

-Pues, hijo, a mí no me haces falta; Dios te guíe, y para que veas que te quiero bien, este amigo es el jefe de la compañía y el que te ha de admitir en ella.

-A mí me basta tu recomendación -repuso el aragonés-, la estatura no es mala, es mozo, parece robusto -añadió, mirándole despacio-, y justamente está vacante la plaza de un buen muchacho que antes de ayer, bebiendo conmigo, por broma le fui a dar de plano con la espada y le rajé la cabeza hasta la barba, sin querer, de una cuchillada. ¡Un buen muchacho!

-Pues sí, amigo, yo te lo recomiendo -respondió el capitán-, y adiós, que voy a recoger mi partida. Adiós, Usdróbal.

-No, eso no; cuenta con lo que se habla, y trae la bota antes de que te vayas -dijo, deteniéndole el aragonés-, que estoy seco de hablar, y este muchacho no se ha de separar de ti como si fuera un nadie.

-Y mucho menos sin despedirme de mi piadosísimo maestro -añadió Usdróbal.

-Pues entonces venid conmigo -respondió el Velludo-, y si han dejado algo lo beberemos en buena paz y compañía.

Diciendo así llegaron al corro, y hallando la bota todavía bastante provista, empinaron el codo hasta vaciarla, y Usdróbal se despidió de sus compañeros. Zacarías lloró, gimoteó y le rogó que no abandonase la paz del desierto por los placeres mundanos; los demás camaradas no mostraron la mayor pena por su partida, y aunque las libaciones fueron copiosas, todos se pusieron en pie al echar el último trago, y el Velludo se despidió de su amigo el aventurero y de Usdróbal, retirándose con su gente, mientras éstos volvieron paso a paso al castillo.

Poca bebida era aquella para hacer dar traspiés al aragonés, que tocante a vino era una cuba sin fondo, y cuando más, llegaba a ponerse alegre; pero aquel día había recibido un amigo íntimo, y su lengua, algo trabada, se resentía del fino agasajo que le había hecho, por lo que todo el camino vino hablando a Usdróbal acerca de sus deberes.

-Sí, señor -decía-, la sibordunación, y la desceplina, y buen empuje cuando se trata de enris... enris... enristrar lanza.

-No tengáis cuidado, que no me quedaré atrás -respondió Usdróbal, interrumpiendo un romance que venía tarareando entre dientes.

-Está bien; porque el hombre ha de ser mulo, y cuando llegue el caso, un trago de vino y a ellos.

Con esta conversación entraron en el castillo, donde Usdróbal fue alistado en la compañía, y le dieron las armas del difunto a quien había relevado, que él se vistió, muy contento de verse ya hombre de armas y, sobre todo, de estar cerca de la hermosa Leonor, decidido a favorecerla en todo y libertarla si fuese necesario a costa de su propia vida.


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Capítulo XIV
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Sancho Saldaña José de Espronceda


. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Tanto, que dije entre mí:
¿Todo el mundo se me atreve?
¿Tan dejada te parezco?
¿Eres tú tan insolente
que aunque me prometas reinos
mis favores te prometes?
Romancero


Ya hacía ocho días que estaba Usdróbal con sus aventureros, muy apreciado de todos ellos por su ánimo resuelto y humor alegre, su semblante franco y natural descaro habiéndole hecho hallar muchos amigos en el castillo.

Estas amistades en tan breve tiempo no parecerán extrañas al que haya vivido algún tiempo entre militares, donde la franqueza y familiaridad del trato hace que la amistad se estreche e intime casi a primera vista; pero mucho menos raro parecerá si trasladándonos a aquellos tiempos en que ser valiente era la cualidad única que se exigía para ser estimado de todos, consideramos que tanto los compañeros de Usdróbal como los demás habitantes de la fortaleza eran hombres que se pagaban más de un rasgo de resolución y un trago a tiempo que de una acción filantrópica, viendo en cualquiera de estas dos cosas todo lo que necesitaban para elegir un amigo. La mayor parte de los soldados aventureros no tenían nada que echar a Usdróbal en cara, porque si éste había dejado el ejercicio de bandolero para tomar aquél, ellos habían tenido otros oficios en su vida de igual especie o peor, toda la compañía siendo generalmente compuesta de hombres sin oficio ni beneficio, extranjeros, mercenarios y desertores.

Usdróbal, siempre fijo en su empresa de salvar a Leonor, que era el principal intento que le había traído a hacerse hombre de armas entonces, no desdeñó la amistad de ninguno, y, al contrario, puso de su parte cuanto pudo para granjearse la de muchos más, pensando, como general prudente, en hacerse aliados dentro de la misma plaza que pretendía embestir antes de ponerle sitio. Con este fin, y valido de su flexibilidad de carácter, bebía con los unos, hablaba con los otros y se mostraba generoso con todos, gracias al dinero que le valió su estancia con el Velludo, sin descuidarse al mismo tiempo en ir reconociendo el terreno, visitar la fortaleza, y siempre tratando de averiguar dónde estaba detenida la hermana de Hernando, deseoso de verla y comunicar con ella sus planes.

Pero a pesar de su vigilancia y buen deseo, sus esfuerzos tocante a este punto no hubieran producido acaso ningún resultado si los celos y el despecho de una mujer vengativa no hubiesen venido justamente a favorecer sus proyectos.

Zoraida, más irritada que nunca contra Saldaña, había sabido ya, gracias al paje, que no se había descuidado en decírselo, quién era una de las prisioneras, y más interesada que nadie en hacerla desaparecer del castillo antes que Sancho se recobrase enteramente de sus heridas, no había cesado de meditar un punto, desde entonces, el modo de cumplir su deseo. Su conocimiento de todas las comunicaciones secretas y escaleras ocultas de un castillo en que había pasado tantos años, las riquezas que poseía y, sobre todo, su audacia y carácter emprendedor, hacía de ella el mejor aliado que Usdróbal podía desear, y que su buena suerte le proporcionó.

Sabía muy bien Zoraida que de todos los servidores de Saldaña, los más fáciles de sobornar con dinero y más aptos para aquella empresa eran los aventureros, y ya más de una vez había tratado de descubrir a alguno de ellos su plan, puesto que su poca influencia con el señor de Cuéllar había disminuido su crédito entre aquellas gentes, y esta consideración hubo de contenerla algún tiempo.

Muchas veces había ojeado los individuos de la compañía, buscando entre ellos alguno a quien confiarse, y aunque la muestra y apariencia de todos los manifestaba muy capaces de tomar a su cargo cuanto bueno o malo se les encomendase, esto mismo la hacía dudar, temiendo que, si la descubrían, su venganza quedaría sin cumplirse y Leonor para siempre en poder del señor de Cuéllar. Con todo, ya había observado a Usdróbal, y los ojos de lince de los celos la habían hecho en parte descubrir sus intenciones, habiéndole oído hacer varias preguntas acerca de la habitación que ocupaba la prisionera, que, aunque hechas al parecer con indiferencia y sólo como por mera curiosidad, Zoraida las imaginó sospechosas, y mucho más cuando, informada de que era un soldado nuevo, no pudo menos de figurarse que en aquel hombre de armas estaba disfrazado acaso el amante de Leonor, que se había alistado aventurero con el fin de salvarla. Este pensamiento, y más que todo la buena cara y modales naturalmente francos de Usdróbal, acabó de engañarla, afirmándola en la idea de que, siendo el amante oculto de una dama tan principal, tenía de ser caballero, no pudiendo menos de serlo un hombre de continente tan desembarazado y fisonomía tan resuelta, por lo que, más animada que nunca, se decidió a hablarle en secreto y asegurarse de este modo si era o no cierta su presunción.

Por su parte, Usdróbal no había dejado de informarse de quién era aquella extranjera tan bella que parecía tan triste, y no faltó tampoco quien le contase lo que deseaba, y punto por punto le refiriese sus amores con Saldaña y los desdenes que ahora sufría. Esta narración le originó el pensamiento de aliarse con la hermosa mora, pensando, con razón, que, sin duda, movida de sus celos y por su propio interés, había de desear con ansia verse de cualquier modo libre de su rival y que su proposición de alianza para este caso sería aceptada con gusto. Muchos deseos tenía de hablar y franquearse con ella, y aunque la prudencia tal vez exigía que él no fuese el primero en romper la valla, como esta cualidad no era la que más brillaba entre las que Usdróbal poseía, lo hubiera ya hecho a no mediar, a su parecer, una consideración que le irritaba y afligía al mismo tiempo. No sabiendo si Leonor amaba o no a Saldaña, y no pudiendo por esto contar con su voluntad para el proyecto que meditaba, traíale pensativo esta idea, y a veces hasta le ponía tan furioso como si él la amara verdaderamente y, celoso de ella, desconfiase de su constancia.

Pero cuando, ya tranquilo, se detenía en pensar en los medios de que el de Cuéllar se había valido para poseerla, en el odio que había oído decir se profesaban las dos familias y en la fama que tenía Saldaña en aquellos contornos, su ira se aplacaba y su pesadumbre se desvanecía, conociendo cuán poco fundadas iban sus conjeturas, y asegurándose cada vez más en que el servicio que trataba de hacer a Leonor era en aquellas circunstancias el que más le agradecería. No obstante, deseaba verla, y ya algunas veces había intentado penetrar en su estancia; pero ésta, colocada precisamente en el primer tramo del edificio y a la otra parte en el fondo, estaba vigilada por los servidores más leales de Saldaña, quien al momento que supo el nombre de su prisionera, lleno de gozo había nombrado los que la habían de guardar, con orden de no dejar acercar a nadie sitio a su paje favorito, y a las damas que la sirviesen. Añadíase, además, que Usdróbal, que no sabía fijamente la habitación y no quería hacerse sospechoso, miraba como otros tantos espías suyos a cuantos subían y bajaban por la escalera principal, única que él conocía que condujese hasta allí. Enojado con tantas dificultades, no sabía qué hacerse, aprobando y desechando cuantos recursos le ofrecía su imaginación, más por miedo de empeorar la situación de Leonor que por temor de su vida, aunque sabía que Saldaña no tardaría más tiempo en mandarle despedazar vivo que el que tardase en conocer su intención.

En esto estaba cuando un día, a tiempo que se paseaba por un corredor solo, mirando a un lado y a otro por ver si descubría algún secreto pasadizo o escalera que le llevase adonde quería, sintió que le tiraban suavemente de un brazo, y volviéndose a ver quién era, vio una niña de poco más de diez años que en lengua árabe y con señas muy expresivas le suplicaba que le siguiese, que le tenía que comunicar un secreto. Era Usdróbal demasiado amigo de aventuras para que dudase en seguir la que se le presentaba, y aunque avisos de aquel género eran en los castillos de aquel tiempo señales de dicha a veces y muchas otras de muerte, lo que él menos pensó fue en lo que podía sucederle, dispuesto a arrostrar cualquier peligro y pronto a todo con tal de satisfacer su curiosidad.

Como Usdróbal no conocía la lengua en que le hablaba la niña, ni le preguntó nada, ni se detuvo un momento, sino embrazando su espada, siguió con ligereza los veloces pasos de la esclavilla, que, después de haberle hecho subir por una escalerilla de caracol muy estrecha, cortada en el mismo muro del edificio, que conducía a uno de los torreones que flanqueaban la fortaleza, le hizo atravesar una galería muy oscura, abrió después una puerta y, quedándose ella afuera para que él entrase primero, Usdróbal se halló como por encanto en una habitación soberbiamente adornada.

Una mujer pálida, y en cuyas mejillas se marcaban aún los surcos que habían formado lágrimas muy recientes, estaba sentada sobre dos almohadones moriscos, cubierta de una almalafa de seda, cuya capucha caída dejaba ver su rostro, que, tan majestuoso como afligido, inspiraba a un mismo tiempo el respeto y la compasión. Usdróbal conoció en ella a la hermosa mora a quien había visto algunas veces y de cuya historia ya le habían informado, y habiéndola saludado respetuosamente, quedó en pie y a cierta distancia, aguardando para romper el silencio a que ella hablase primero. Zoraida estuvo un rato callada como dudando del giro que daría a su discurso, y no sabiendo cómo empezar, alzó en seguida los ojos, y habiéndole echado una mirada de curiosidad, sin duda con intención de leer en su corazón y penetrar de este modo el misterio que a su parecer se escondía en aquel joven, con acento tranquilo, aunque melancólico, dijo:

-Aunque el puesto que ocupáis en este castillo os hace parecer a los ojos de todos sólo como un simple soldado, yo no puedo menos de creer que vuestra sangre es ilustre, y que vos sois otra cosa de lo que aparentáis.

-Mi sangre, señora -respondió Usdróbal-, puede ser la sangre de un rey, ¿quién sabe?, porque yo no he conocido a mis padres; y en cuanto a mostrar otra cosa que lo que soy, puedo aseguraros que, aunque no muy viejo, he corrido ya tantas aventuras, que muchas veces hasta yo mismo me desconozco.

-¿Pero vos sois caballero -preguntó Zoraida-, no es cierto?

-Si no lo soy -repuso Usdróbal-, me siento capaz de serlo, y estoy pronto a acometer la empresa más ardua de que pudiera un caballero gloriarse.

-No me he engañado -dijo la mora, que dio por cierta su conjetura al oír el tono altivo que usaba Usdróbal, en su expresión-; no me he engañado, y os aseguro que quienquiera que seáis, podéis hablar francamente conmigo. Yo soy una mujer, y una mujer sin ningún auxilio en el mundo; vivo, por decirlo así, sola en el universo, pero mi alma es noble y mi corazón es tan vengativo como generoso. Vos deseáis quizá tomar venganza de otros agravios, yo de los míos; tal vez nuestro enemigo es uno mismo; reunamos nuestras fuerzas y conspiremos de mancomún contra él. Si sois un caballero, os bastará que una mujer desgraciada os reclame por su defensor; si sois villano, riquezas tengo, podéis disponer de todas.

-(Pues señor, bien va el negocio, prudencia. Si estuviera aquí mi maestro -pensó Usdróbal- no dejaría pasar en blanco esta palabra; pero ya que esta mujer me cree caballero, portémonos como tal.) Yo, señora -continuó dirigiéndose a Zoraida-, no comprendo bien vuestro discurso, y os suplico que si no lo tomáis a mal, os expliquéis más claro; vuestra situación me mueve a favoreceros, y así no tenéis nada que disfrazar. En cuanto a las riquezas que me ofrecéis, os las agradezco, porque soy más amante de la gloria que del dinero.

-No os ocultaré nada -replicó Zoraida-, siempre que me deis vuestra palabra de caballero, pues sin duda lo sois, visto vuestro proceder generoso, de no comunicar a nadie lo que os dijere, caso que no queráis ser cómplice de mis designios. Dádmela, y acaso no sentiréis tenerme por aliada.

-Yo os doy la palabra más sagrada -repuso Usdróbal- que un caballero pudiera dar, y os prometo cortarme la lengua antes de que ella revele a ningún viviente vuestro secreto, cualquiera que sea, aunque fuese vuestra intención asesinar a mi mismo padre si lo tuviera.

-Me basta -respondió la mora-; voy a abriros mi corazón. El señor de este castillo fue en otro tiempo mi amante; ahora es mi mayor enemigo. Me ha despreciado, me ha humillado, se ha olvidado enteramente de mí, y yo le he amado como nunca se amó, y he desoído la voz de mi orgullo más de una vez para perdonarle. Yo he sufrido sus desprecios sin dar siquiera una queja, le he visto apartarse de mí, y, sola con mi dolor, tal vez he tenido compasión de su tristeza olvidándome de la mía; mis lágrimas han corrido en silencio, mi amor por él he sentido que se aumentaba con su desdén, y lejos de pensar en vengarme de su inconstancia, me he esforzado a hacerme más agradable a sus ojos, a consolarle, determinada a sacrificar mi vida por hacer su felicidad. Sí, yo estaba determinada a morir; lo estoy ahora mismo más que nunca, pero vengada. Nuevos ultrajes, horribles insultos, insufribles celos han venido ahora a amargar con su ponzoña mi corazón... Y él va a ser feliz en brazos de otra mujer. ¡Oh! no. Él dividió conmigo sus placeres en otro tiempo; él me ha hecho hartarme de hiel; justo, muy justo es que los dos ahora agotemos juntos hasta las heces la copa de la amargura. No, no; se engaña, si mientras yo viva, cree el infame con los halagos de otra mujer disipar los tormentos que le abruman; Zoraida se los hará sentir más crueles. ¡Nunca mujer ninguna, ninguna, los calmará con sus caricias! Pero esto para vos es nada -continuó más tranquila-; ni vos ni nadie en el mundo pueden volverme la paz; todo lo más que puedo esperar de vos es que ayudéis mi venganza. ¿Qué importa?, es bastante. ¿Conocéis a Leonor de Iscar? ¿Sois acaso su amante?

-Soy, señora -respondió Usdróbal, cuya alma sensible habían conmovido las palabras de la hermosa mora-; soy quizá el hombre que más culpa tiene de que esta dama esté ahora prisionera y en poder de vuestro enemigo. Soy quien sin saberlo la traje al punto en que ahora se ve, pero ya, arrepentido de lo que hice, estoy resuelto a morir o a libertarla, y nada habrá por peligroso que sea, por difícil que parezca de superar, a que no me arroje y que yo no arrostre, siendo ésta la pena que me he impuesto por el delito que cometí. Acepto con gusto vuestra oferta, y desde ahora juntos formaremos nuestro plan y juntos lo pondremos en planta; digo que acepto tanto más gustoso vuestra alianza, cuanto que solo y sin conocer este castillo mi empresa hubiera sido más perjudicial a esa dama que provechosa, puesto que tampoco hubiera cedido yo un punto en llevarla adelante por temor del riesgo que podía correr. Hablad, señora, disponed de mí; mi brazo y mi corazón son vuestros, y con todo, antes que dispongáis cosa alguna, haced de modo que yo hable un momento con ella, sólo un instante; es quizá lo más esencial.

Zoraida quedó un momento pensativa ingeniando cómo Usdróbal pudiese ser introducido donde habitaba Leonor, movió la cabeza varias veces como aprobando o desaprobando sus propios pensamientos, y dijo:

-Todos los secretos de este castillo, y particularmente los de la estancia que habita Leonor, me son muy conocidos. Allí he vivido yo en días más felices; allí era mi paraíso; allí pasó una parte de mi vida como un sueño venturoso entre delicias y amores y halagada de la esperanza más lisonjera. ¡Ah! ¿Por qué no fue eterno mi sueño? Sí, yo conozco todo lo que allí hay; pero aunque sería fácil llegar hasta allí sin ser visto, para hablarla sería preciso que os vieran, y entonces era tiempo perdido. ¿Cómo haremos?... Yo había pensado valerme de vos para que sorprendieseis de noche a los que la guardan, introduciéndoos en la habitación por una escalera oculta; pero para que la habléis sin que ella esté avisada y no os vean, no hallo medio. Vos decís que es lo más esencial; yo creo lo más esencial que sea pronto. Si Saldaña, que está ya casi recobrado de sus heridas, llega a ir a verla, y Leonor accede a sus deseos y se entrega a su voluntad, no contéis ya con salvarla -continuó con furor-; no, porque entonces yo misma la asesinaré.

-Es imposible -repuso con calor Usdróbal- que Leonor no aborrezca a un hombre tan endiablado.

-¡Ojalá! -respondió la mora-. Tenéis razón en lo que decís; y a pesar de todos sus defectos, ¿no le amo yo? ¿Por qué otra no podría amarle?

Aquí llegaban de su conversación, cuando la esclava avisó a su señora que el primoroso Jimeno pedía licencia para entrar a hablarla.

-Amigo -dijo entonces Zoraida- vienen a interrumpirnos; retírate y no te alejes, porque quisiera verte después.

Usdróbal la saludó con respeto y salió de la sala, atónito de la energía de aquella mujer, y muy gozoso de su aventura. Al llegar a la puerta halló a Jimeno que iba a entrar, y que le echó una insolente mirada de arriba abajo como extrañado de verle allí, y a la que Usdróbal contestó con otra que manifestaba no menos altivez y desprecio.

-¿Qué tal? -se dijo a sí mismo el paje-; para el tonto que fíe en mujeres. Este será algún capricho de Zoraida; algo grosero es para preferirlo a un hombre como yo; pero ahí está el caso, probar de todo.

Diciendo así se estiraba la gola, alisaba los pliegues de su justillo, y repasaba minuciosamente su tocado, disponiéndose a presentarse delante de una mujer a quien trataba de cautivar con sus gracias el presuntuoso, y como casi seguro de su triunfo, entró arreglándose el bigotillo rubio que empezaba a cubrirle el labio, con pasos muy medidos y elegantes y fingiendo la tristeza conveniente a la que, según él, también aparentaba la mora. Esta correspondió con una ligera inclinación de cabeza al gentil saludo de Jimeno, quien después de las generales de entrada se sentó frente a Zoraida, en uno de los bordados cojines que rodeaban la sala, con muestras de pesadumbre, ya mirándola dulcemente, y ya bajando los ojos con fingido rubor, como si tuviera algún secreto que le fatigara, y su timidez, cortándole la palabra, le impidiera comunicárselo. El orgulloso continente de Zoraida parecía haber recobrado toda su majestad delante de un hombre a quien ella estaba acostumbrada a mirar como un simple vasallo, y vuelto el rostro a otro lado, ni aun se dignaba contestar con una mirada a las ojeadas humildes y amorosas del paje, que sentado como estaba, parecía al mismo tiempo estudiar las actitudes más amables y caballerosas para agradarla.

-¿Qué causa os ha traído a verme? ¿Tenéis alguna noticia que darme? -preguntó la mora sin volver siquiera la cabeza a mirarle, y con el acento más desdeñoso.

-No sé -respondió el paje no sin malicia, aunque con tono sumiso- si he llegado en ocasión y hora en que vos hubierais deseado que nadie os interrumpiese, pero nada os extrañe que yo cumpla con mi primer deber viniendo a presentar a vuestros pies el homenaje debido a la reina de la hermosura.

-Jimeno -replicó Zoraida-, vuestro lenguaje afectado me incomoda; esas intempestivas y miserables galanterías usadlas con las mujeres a quien pretendáis agradar y que se paguen más de palabras que de los verdaderos sentimientos del corazón.

-Veo, señora -respondió el paje-, que no queréis perdonarme la interrupción que he tenido la desgracia de causar, sin querer, con mi venida tan poco a tiempo. Cuando la imaginación está ocupada de otros objetos, y acaso se acaba de oír el lenguaje del corazón, la vista más agradable nos fastidia, y las palabras más dulces y lisonjeras nos parecen frías, insulsas, si las comparamos a las que acaban de halagar nuestro oído. No me extraña, en efecto, que llaméis intempestiva mi galantería.

-Vos sois insolente, Jimeno -respondió Zoraida con majestad-; explicaos, aclarad esas suposiciones que vuestra malicia...

-Respeto mucho -contestó el paje sin desconcertarse, en el mismo tono-, los secretos de las damas, y mucho más cuando no tengo ningún derecho para saberlos. Vos, supongamos, cualesquiera que sean los vuestros, ¿qué razón ni qué facultades tengo yo para entrometerme en ellos? Conozco el motivo de vuestros pesares y las injusticias que estáis sufriendo. ¿Qué tiene de particular que tratéis acaso de consolaros y de vengaros al mismo tiempo del único modo que una mujer se puede vengar? No que yo crea...

-Basta, Jimeno, al momento salid de aquí -repuso Zoraida levantándose con dignidad-; aún no me juzgo tan inferior que esté en el caso de sufrir los insultos de un miserable vasallo del señor de Cuéllar.

-Perdonad, señora -respondió el paje inclinándose delante de ella con un movimiento fino y como arrepentido de su ligereza-, no os irritéis con un hombre que no sabe lo que dice, agitado como está de mil sentimientos diversos y de la pasión más loca; no os alteréis; permitidme que os haga una sola pregunta, y me retiro.

Conocía muy bien Jimeno la situación de Zoraida, que ya en el castillo conservaba sólo el prestigio de lo que fue, y estaba expuesta a la desvergüenza del soldado más ínfimo, ya sin apoyo ni valimiento alguno, la poca consideración que le quedaba, consistiendo sólo en el dominio que había ejercido sobre Saldaña, de quien ya sabían todos que era entonces aborrecida. No era el paje tampoco tan generoso que respetase la desgracia cuando se trataba de su propio interés, o de callar un chiste malicioso; pero aunque, como la mayor parte de los hombres viciosos, para él todas las mujeres fuesen iguales, tocaba esto a su virtud, y no al genio de cada una, por lo que conociendo el astuto paje demasiado bien el imperioso carácter de Zoraida, y prometiéndose hacerla su conquista para agradar su amor propio, y satisfacer asimismo su liviandad, cuando la vio enojada varió al momento de camino, y mostrándose arrepentido de lo que había dicho, tomó el tono de rendimiento en vez del de la ironía.

-Jimeno -respondió la mora-, os conozco acaso demasiado bien; no me puedo quejar de vos, y habéis tenido o fingido tener lástima de mis desgracias; pero no sé por qué, a pesar mío, no puedo agradeceros el interés que habéis tomado por mí: vuestras palabras hoy han sido tan insufribles y altivas, como en otro tiempo eran aduladoras y bajas. Tal vez vuestra pregunta me descontente; con todo, no importa, hacedla; la sufriré en pago de los servicios que me habéis hecho, y aun puede ser que os responda.

-(Yo te bajaré ese orgullo -pensó el paje-.) Siempre he sido y seré -continuó en alta voz- vuestro amigo y vuestro defensor; siempre os he defendido, y aun me he atrevido por vos a contravenir a las órdenes expresas de mi señor; ahora mismo, más que nunca, estoy dispuesto a todo por agradaros. ¡Cuántas veces he reconvenido a Saldaña de su inconstancia, y le he tachado entre mí mismo de hombre de poco gusto, cuando desdeñaba tanta hermosura y virtudes tan raras en vuestro sexo!

-Haced vuestra pregunta -replicó Zoraida-, y no repitáis tantas veces que soy desdeñada de nadie. Decid lo que queráis sin volver a esa charla insignificante, usada sólo en este país de mentira y de hipocresía.

-Está bien -repuso Jimeno- y puesto que me lo permitís, perdonad mi impertinente curiosidad y decidme quién es ese soldado joven que vuestra esclava hizo salir de este cuarto al momento en que yo iba a entrar.

Zoraida no pudo menos de turbarse al pronto, no sabiendo qué responder, mientras el paje, con los ojos bajos y al parecer sin mirarla, no dejó escapar la sensación que su pregunta le había causado, y que él atribuyó a motivos muy diferentes de los que realmente eran. Zoraida no obstante, se recobró al punto, y repuso con altivez.

-A nadie en el mundo tengo que dar cuenta de mis acciones; el hombre que poseía ese derecho, me ha dejado libre y señora de mi voluntad. Y bien, es un soldado que yo he hecho llamar para hablarle de cosas que me interesaban. ¿Estáis satisfecho?

-Me basta -replicó el paje con su acostumbrada malicia-, soy discreto, y habéis hecho bien en hablarme con confianza. He entendido y me voy; podéis hacerle llamar.

Diciendo así, hizo muestra de salir de la habitación. El rostro de Zoraida se encendió de repente, arrebatada de cólera contra el vil que la sospechaba, y aunque se esforzó a contenerse como mejor pudo, parecía, como se suele decir, que lo iba a deshacer con los ojos. Mas el temor de perder quizá el único apoyo que le quedaba, le obligó a sujetar su furia en su corazón, quedando inmóvil delante de él sin querer dejarle ir ni acertar a detenerle tampoco. Jimeno conoció la lucha en que se hallaba su alma, y cómo él se juzgaba muy superior a Usdróbal en todo, no dudó que le sería fácil triunfar, atribuyendo el supuesto capricho de la hermosa mora más a un movimiento de venganza que a una pasión naciente. Volvióse, pues, a ella, tomó otra vez su apariencia cortés y respetuosa, dijo:

-Siento retirarme dejándoos enojada conmigo. Pero tenéis razón, y conozco que me he propasado. Soy franco, no obstante, y digo que a la verdad siento que un hombre de nacimiento tan bajo... Perdonad, señora, yo me retiro, y a pesar de todo creed que seguiré siendo, como hasta aquí, vuestro fiel amigo y vuestro defensor más acérrimo. Cualquier favor, cualquier servicio que exijáis de mí...

-Jimeno -interrumpió la mora-, estáis acostumbrado a pensar mal de las mujeres, y así no es extraño que penséis mal de mí. ¡Creéis que ese soldado es mi amante! Podéis creer lo que queráis, pero al menos -prosiguió reprimiendo sus lágrimas-, al menos no me insultéis.

-Sirvan de disculpa mis pocos años a mi indiscreción -repuso el paje fingiéndose enternecido-, y perdonad a un hombre que os adora -añadió arrojándose a sus pies-, que os mira como su único bien, unos celos sin duda mal fundados, pero que son señales de la verdad con que os amo.

-Levantad, Jimeno, del suelo -respondió Zoraida con ceño-, que perdéis el tiempo en mentir.

Alzóse el paje mirándola con asombro, indignado interiormente de sus razones, mientras la hermosa mora, puesto entre sus labios el índice de la mano izquierda y clavados los ojos al suelo, parecía profundamente ocupada de algún proyecto.

-Jimeno -le dijo al cabo de un rato de silencio-, si no tenéis mala voluntad a una mujer que nunca os dio motivo de enojo, si sois tan noble de corazón como os jactáis de serlo por vuestros antepasados, creo que no seréis capaz de faltar a la confianza que de vos se haga.

-Y mucho menos -repuso el paje-, a la que vos me juzguéis digno de merecer. El fuego inextinguible en que esos hermosos ojos...

-Basta, Jimeno -interrumpió Zoraida-; os he dicho que no mintáis, y que no me pago de insípidas galanterías.

-¡Galanterías! ¿Cómo podéis equivocar el lenguaje del amor puro con el de la galantería?; Zoraida, disponed de mí, hablad, confiadme vuestros deseos, y yo os probaré que es verdad cuanto he dicho.

-¿Tenéis libre entrada en el cuarto de Leonor de Iscar?

-(Mía eres, Zoraida) -pensó el paje, y hablando en voz alta, prosiguió-: El conde me ha enviado varias veces a saber de ella, y a darle amorosos recados de su parte.

-¿Recados amorosos de parte suya? -exclamó Zoraida con ira-: ¿vos los habéis llevado? ¿Y qué le decía? ¿Y ella le respondía con cariño sin duda?

-Con cariño no -repuso el paje malicioso-, pero...

-¿Qué? Acabad.

-Los oye al menos con gusto, y siempre pregunta con cierto cuidado por su salud. Pero vos sois una rival temible, y ella...

-Por Dios, Jimeno, de una vez, de una vez acabad.

-Ella cree que el conde os ama todavía, a pesar que él jura que...

-Así, lentamente, Jimeno -repuso Zoraida con amargura-, así, que cada gota de hiel de tu lengua amargue por sí sola mi corazón.

-¿Queréis por último que os lo diga? -replicó el paje bajando los ojos y encogiendo los hombros-; pues él jura y protesta que os aborrece.

-Lo sé, lo sé -replicó Zoraida con voz interrumpida por sus sollozos-; sí, Saldaña me aborrece, y yo... yo también le odio con todo mi corazón -prosiguió con ira Zoraida-; si me amas de veras, si tan siquiera te parezco bien, ayúdame en mi venganza, satisface mi resentimiento, y toda, toda yo seré tuya...

-¡Oh día feliz! ¡Día feliz! -exclamó Jimeno-: habla, di; mi brazo y mi corazón es tuyo; pronto estoy a vengarte, habla, y este puñal te vengará de Saldaña.

-Tú contra tu propio señor...

-Zoraida, yo te adoro -replicó el paje.

-Júrame -respondió la mora- guardar silencio de lo que voy a confiarte: te creo falso, Jimeno, pero el deseo que tienes de mí, pienso que te hará leal. ¡Sahara! ¡Sahara! -prosiguió, llamando a su esclava, que entró al momento en la estancia-, dile a ese soldado que entre.

Salió la esclava a llamar a Usdróbal, mientras Jimeno se decía a sí mismo:

-Ya cediste, Zoraida; ¡ay de ti si me engañas!

Duró algunos minutos el silencio, y la hermosa mora, fijos sus penetrantes ojos en él, parecía querer leer en su alma. Jimeno no pudo resistir su mirada, y bajó dos veces los ojos, pero animado de su descaro volvió a alzarlos, y alargando su mano derecha hacia ella le dijo:

-Dame tu mano, Zoraida, y recibe la mía en prueba de que después que te vengue no se han de desasir nunca; dámela en prueba de que me amas.

-¡Que yo te amo! -replicó la mora-: ¿y cuándo lo he dicho yo? Cuando tú me vengues seré tuya, sí, pero sin amarte.

-No importa -repuso el paje-, estréchete yo sólo una vez a mi corazón, palpite yo de placer en tus brazos, y nada me importa que no me ames.

-Recibe no obstante mi mano -respondió Zoraida- en fe de nuestra alianza.

Tomó el paje la mano trémula de la mora y la apretó contra la suya, pero al ir a estampar en ella sus labios, Zoraida la retiró de pronto como avergonzada de su humillación. En este momento se abrió la puerta y entró Usdróbal con aquel desembarazado continente que le era propio. El paje dio atrás dos o tres pasos alejándose de Zoraida, y ésta se reclinó sobre los almohadones.

-Venid, caballero -le dijo-; tenemos otro aliado, y vuestra empresa puede decirse segura; ya he hallado medio para que habléis a Leonor.

-¡Caballero! -dijo a media voz el paje mirándole, con desprecio-: no me parece muy caballero el que vive en compañía de villanos.

-Si no fuera el respeto que se merece una dama -repuso Usdróbal, que había entreoído lo que decía el paje-, ya os hubiera yo dado a conocer que si no soy caballero, valgo tanto como el que más.

-Con la lengua o a traición -replicó el paje-, sin duda, como es uso de los de tu ralea.

-Jimeno -gritó Zoraida-, ¿queréis auxiliar mi venganza o no?, ¿qué venís aquí con miserables rencillas a enemistaros?

Estas palabras templaron el furor que se había apoderado de los dos mancebos, e hicieron que el uno retirase la mano que sobre la cruz de la espada tenía, y el otro del puño de la preciosa daga que llevaba al cinto, y Zoraida continuó:

-Si hemos de llevar a cabo esta empresa, unámonos, tengamos paz y sólo pensemos en ella. Motivos poderosos de amor quizá os hacen parecer lo que no sois, Usdróbal; pero aunque yo no quiera descubrir quién seáis, sé positivamente que vuestra intención es hablar con Leonor y sacarla de este castillo. Ninguno mejor que vos, Jimeno, puede favorecerle en su intento; y si lo logra, si llega a arrebatársela para siempre a Saldaña, yo me doy por satisfecha de mi venganza.

-¿Y vos me cumpliréis en ese caso lo que me habéis ofrecido?

-Sí -repuso la mora-; o moriré, o lo cumpliré; yo os lo prometo de nuevo.

-Está bien -replicó el paje-: soldado, tú le hablarás ahora mismo. Sígueme.

En diciendo así, Usdróbal y Jimeno saludaron a la hermosa mora, que contestó con una inclinación de cabeza, salieron del cuarto y se encaminaron por desusados y ocultos pasadizos a la habitación de la desdichada prisionera de Iscar.


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Capítulo XV
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Sancho Saldaña José de Espronceda


Padece, llora, experimenta y gusta
de tu llanto y dolor, muerte y tormento,
que es justo premio de venganza justa
un tal castigo para tal intento:
si hay cuchillo de fuerza más robusta,
verdugo sea el amor de tu contento,
porque entre ese dolor, rabia y discordia,
aprendas a tener misericordia.
BERNARDO


Abiertas aún las heridas, pálido, débil y apoyado en el brazo de su favorito paje, dejó Saldaña el lecho donde había pasado diez días esperando la muerte en la agonía de la desesperación, y con pasos poco seguros se dirigió a la habitación de Leonor. Vanamente Jimeno y los cirujanos trataron de disuadirle de dar este paso, manifestándole el flaco estado de su salud, y el peligro que corría a cualquier acaloramiento o incomodidad que tomara.

-El mayor mal que me aflige -respondió el herido- no está en vuestra mano curarlo, y ninguna incomodidad puede haber que iguale al tormento de mi imaginación.

Con esto, y viéndole resuelto a levantarse y a ir a ver a sus prisioneras, nadie osó oponerse a su voluntad, y el tétrico Saldaña, lleno el corazón de temores y esperanzas, envió recado de su visita.

Entre tanto, Leonor, que había hablado ya con Usdróbal, animada con la esperanza de salir de allí pronto, parecía más alegre que de costumbre, sabedora de que había un hombre que se interesaba por ella en donde menos podía presumir encontrarlo. Desde que se vio prisionera, rodeada de personas desconocidas y todas ellas indiferentes a su dolor, no había tenido otro consuelo que sus lágrimas y las religiosas palabras con que tal vez confortaba su ánimo la generosa Elvira, que por fortuna se encontraba en la misma estancia con ella. Pero esta mujer fanática, sin dejar ver su rostro a nadie, persuadida de que Dios permitía todo aquello en castigo de la falta que había cometido dejándose ver de Leonor, rara vez se acercaba a hablarla, embebecida en sus oraciones y creída en que cometía un pecado, cuando, movido su corazón por un sentimiento dulce, pero mundano, dirigía la palabra a su amiga.

No obstante, su natural ternura vencía a veces su fanática obstinación, y buscando palabras con que aliviarla de sus pesares, proporcionaba a la doncella de Iscar los únicos momentos de dulzura que gozaba en la cárcel; cárcel decimos, si tal puede llamarse la estancia más elegante y mejor alhajada que había en el castillo, puesto que, aunque privadas de libertad, todo era abundancia a su alrededor, y varios espaciosos jardines con ricos surtidores de aguas y poblados de sombríos árboles, a que daban las puertas de aquella estancia, les proporcionaban delicioso paseo, mientras las doncellas que las servían y algunos juglares se esmeraban en divertirlas. ¿Pero qué vale el beber en oro y verse servido de mil esclavos atentos al menor movimiento del obsequiado cautivo, si al fin no puede pasar de un término prefijado, si no respira el aire puro de la libertad?

La mayor pena que abrumaba el corazón de Leonor, era entonces verse imposibilitada de asistir a su hermano, que tal vez necesitaba de su cariño y la nombraba a cada momento. Esta idea no se apartaba un punto de su imaginación, y el llanto que humedecía sus ojos con frecuencia era más bien un tributo al amor fraternal que una prueba de la debilidad de su sexo. Olvidada de sí misma, había tenido más alegría al hallar allí un protector, por la esperanza de llegar a tiempo para cuidar de su hermano viéndose libre, que por su propio interés, sólo el temor de algún infame atropello, haciéndole sentir por sí su cautividad. En vano trataba de distraerla el juglar con sus cantos y sus historias, y la demás turba de histriones que corrían en aquella época los castillos con sus músicas y bailes a la morisca. La herida de su hermano no se apartaba de su memoria, y su situación y el atropellado amor de Saldaña no dejaban descansar un instante su corazón. Elvira, encerrada a todas horas en un oratorio que allí había, rara vez, como hemos dicho, humillaba hasta nuestro suelo sus pensamientos, todos ellos empleados en la contemplación de las cosas celestes. Tal era, por último, el estado del ánimo de las dos amigas, cuando una de las mujeres de la servidumbre entró y anunció la visita del señor de Cuéllar.

Turbóse Leonor al oír su nombre, no hallando palabras con que dar el permiso que le pedían de parte del que podía visitarla sin él, y volvió el rostro a Elvira, que en aquella sazón entraba, habiendo oído las últimas palabras de la camarera.

-Decid -respondió ésta- al señor de Cuéllar, que hace mal en pedir permiso para visitarnos cuando tiene el suyo y el del demonio para cometer todo género de crímenes y de villanías.

-Señora -respondió la doncella-, si yo doy ese recado, es bien seguro que el conde me hará castigar...

-Pero ¡ojalá Dios se complazca en perdonarte, oh Saldaña! -prosiguió Elvira en uno de sus arrebatos de entusiasmo, sin atender a la respuesta de la camarera-. ¡Ojalá, y que descargue sobre mí el peso de su ira y cumpla yo de esa manera mis votos!

Diciendo así bajó la cabeza, cruzó ambas manos sobre el pecho, y pareció que elevaba al cielo alguna súplica por el pecador. La doncella permaneció un momento delante de ella sin atreverse a interrumpirla; pero viendo que no debía esperar más respuesta, volvió a preguntar a Leonor, la que, vuelta ya de su turbación, dijo:

-Id y decidle que el cautivo está a merced del que le cautivó, y no es a él a quien toca conceder permiso cuando éste sólo lo pide por cumplimiento, sabiendo que nunca es agradable la presencia del amo para el esclavo.

Esta respuesta tuvo al fin que contentar a la camarera, la cual, muy de mala gana y temerosa, salió a llevársela a su señor. Pero antes de que ella llegara, el lindo paje, que irritado de su tardanza había ido con licencia de Saldaña a saber qué había, se atravesó en el camino, y la camarera con muy buen cuidado en cuanto le vio descargó en él el peso de su comisión, contándole lo que había pasado, y encargándole que fuese a referirlo a Saldaña.

-Reina mía -le dijo el paje con una cortesía burlesca-, paréceme que vos queréis que meta yo el dedo en la lumbre y comeros vos las castañas..., pero no... no os pongáis colorada por eso: ¿qué no haría yo por una hermosa joven a quien sólo la falta de una media docena de muelas y la sobra de algunos años puede hacer parecer un tanto desagradable?

-Insolente, deslenguado -gritó la camarera indignada de la verdad con que el paje le había hablado; y murmurando un millón de maldiciones se retiró, dejando al desvergonzado Jimeno riéndose de su furia.

Quedó un momento en seguida algo pensativo el buen paje, y torciendo el camino, en vez de volver adonde estaba su amo, de una carrera atravesó algunos corredores y desapareció.

De allí a poco se oyó su voz cerca de las habitaciones al oriente de la fortaleza, como si hablara con alguien a quien tratara de consolar, mientras que otras voces respondían y seguían la cuestión, al parecer con calor, según se podía conjeturar por el tono vehemente y la precipitación con que a veces resonaban en alto, y a veces se percibía apenas el murmullo de las atropelladas palabras. Duró este diálogo sólo un instante, se oyó cerrar una puerta con ímpetu, se sintieron los pasos de un hombre que corría por aquellos tránsitos, y poco después se vio al paje que volvía con la misma prisa que había desaparecido. Llegó en seguida adonde estaba Saldaña, y cambiando las palabras de la camarera, le dijo que Leonor no tenía dificultad en recibirle, siempre que como caballero ofreciese no abusar de su posición.

-¡Consiente al fin en verme! -exclamó Saldaña-: ¡pero tiene desconfianza de mí! ¡Cómo ha de ser! ¡harta razón tiene para desconfiar!

-Eso prueba que está ya medio rendida -replicó Jimeno-; animaos, señor, que a buen seguro que no se os escapa esta vez.

-Si vuelvo a oírte hablar con esa irreverencia de la que no eres tú digno de besar el polvo que pisa, juro que te he de hacer arrepentir para siempre de tu indiscreción.

-Perdonad, señor; yo no he querido ofenderla -contestó el paje, y bajó la cabeza en señal de sumisión; pero una maliciosa sonrisa que pasó por sus labios daba al mismo tiempo a conocer el placer que sentía en incomodarle.

Con esto se asió de su brazo el herido para sostenerse, y meditando lo que había de decir, llegó a la habitación de las prisioneras. Levantóse Leonor de su asiento, saludándole con dignidad; entróse en el oratorio Elvira sin descubrirse, y el paje acercó uno de los sillones detrás del herido caballero para que se sentase, hecho lo cual salió de la habitación mientras éste apenas osaba alzar los ojos, y parecía luchar dentro de sí con sus remordimientos y sin hallar palabras con que empezar.

Sentáronse los dos por último; hubo aún una pausa, hasta que el caballero alzó los ojos, y fijándolos en Leonor con cierta timidez, rompió por fin el silencio pronunciando con débil voz esta frase, que apenas fue inteligible.

-Yo os he agraviado, Leonor, y vos sin duda me aborrecéis.

-Mentiría -repuso Leonor con firmeza- si no os dijera que vuestra conducta para conmigo es muy ajena de un hombre que profesa la orden de la caballería. Vos habéis puesto en peligro mi honra, me habéis entregado a una horda de bandidos, y por último, me tenéis ahora mismo prisionera en vuestro castillo contra toda razón y justicia.

-Verdad es, Leonor; y así no podré nunca aspirar siquiera a merecer vuestra estimación -replicó Saldaña algo más animado-; pero si el amor puede disculpar mis errores; si los tormentos que padezco y que vos sola podéis calmar; si el hastío con que vivo, la angustia que me acongoja y la desesperación que me ahoga alcanzan una mirada de lástima de vuestros ojos; si, en fin, basta además mi arrepentimiento de lo que os he hecho sufrir, creo que lejos de merecer vuestro odio, merezco siquiera vuestra compasión.

-Mi compasión, la tenéis, Saldaña -replicó Leonor conmovida-. ¿Quién habrá, que como yo os conozca, que no os compadezca? Vos, libre y poderoso, y yo cautiva, huérfana y ultrajada en este momento, me tengo mil veces por más dichosa que vos, mi alma es inocente y mi corazón es puro; pero si estáis de veras arrepentido, ponednos en libertad a mi amiga y a mí, y tal vez, si no está corrompido vuestro corazón, os cause un nuevo gozo hacer esta buena obra.

-Eso no; ¡nunca! -respondió Saldaña muy agitado-; cien muertes antes, cien infiernos padezca yo antes que te separes de mí, Leonor. ¡Nunca! Yo besaré el polvo que pises, te serviré de rodillas, te adoraré como se adora a la Virgen que está en el altar...

-¡Silencio, impío! -interrumpió una voz suave, pero en acento terrible, detrás de Saldaña-. ¡Silencio, y no profanes con tu boca de podredumbre el puro nombre de la Santa Madre de Dios!

Volvió Saldaña los ojos airados a ver quién era la que con tanto atrevimiento le interrumpía, y halló en pie a su espalda a Elvira envuelta en su almalafa, como hemos dicho, que salía entonces del oratorio.

-¿Quién eres tú -le preguntó Saldaña con enfado- que te atreves así a insultarme? Mal haces si crees que ese disfraz que llevas te da permiso para abusar de esa manera de mi paciencia.

-Las amenazas, los tormentos, los más crueles martirios -repuso Elvira- que puedas imaginarte, son para el penitente aureolas de gloria y nuevos soles que le guían en el camino escabroso de la virtud. Nada temo de ti, Saldaña, y todo lo temo por ti; mira un momento dentro de ti y te horrorizarás de ti mismo. Tu conciencia te remuerde; continua guerra se hace en tu corazón; en él habita tu desdicha; en él se albergan el odio, la envidia, el temor, la rabia y la desesperación; sobre tu frente está grabada la marca del réprobo; mil maldiciones te abruman, mil funestos recuerdos te acongojan, oro que toques te se volverá ceniza, y la flor más pura perderá su aroma y se marchitará tan sólo con que tú llegues a olerla. Saldaña, el lobo hambriento que se expone a la furia de los pastores y los mastines, que en tiempo de nieves busca trabajosamente alimento para él y para sus hijos que le esperan con ansia en la camada, y que vuelve sin él mordido, fatigado y aullando, es mil veces más venturoso, es mil veces más dichoso que tú. ¡Ah, Saldaña! Recuerda los primeros años de tu juventud, cuando era aún inocente tu corazón, recuérdalos y llora, llora lágrimas eternas de arrepentimiento.

-Mujer fantástica -replicó Saldaña-, cuando yo me presente a dar cuenta a Dios de mi vida, sé muy bien el modo de disculparme, y aquí en la tierra el amor es harta buena defensa de mis mayores delitos. Sí, Leonor -prosiguió volviendo la espalda a Elvira-; pero esta mujer tiene razón, nadie es más desdichado que yo. Todos los hombres, en medio de su desgracia, tienen algún dulce recuerdo que los halague, algún sueño de oro para el porvenir, alguna persona, en fin, que los ame y que llore con ellos su desventura. Pero yo, Leonor, oídme -continuó con pesadumbre-, yo no tengo nada, nada que me consuele; mis recuerdos eran penosos; negro y tormentoso contemplaba mi porvenir; ni una estrella, ni una luz, por débil y amortiguada que fuera, alumbraba mi peregrinación; todo era noche, todo era un abismo, un caos inmenso donde a cualquier parte que volvía la vista me hallaba siempre conmigo solo, solo y sepultado en la oscuridad.

»Un recuerdo, dulce como el aroma de las flores, me quedaba aún; un recuerdo que podía traer a mi memoria sin horrorizarme ni estremecerme. Tú, joven hermosa, virgen pura; tú, a quien yo había amado ya cuando mi corazón era bueno; tú sola podías hacer mi felicidad; tú eras la llama de mi existencia; yo te veía en todas partes, para mí no había ya soledad, porque tú siempre me acompañabas. ¡Ah! Yo necesitaba de ti, de ti para que fueses el rocío de mi alma; pero tú me desdeñabas. ¿Qué me quedaba que hacer? Robarte para poseerte; ahora yo soy tu esclavo, ¿qué quieres de mí, di, mi sangre? Estoy pronto a derramarla toda por ti -añadió arrojándose a sus pies-. ¡Oh!, di que me amarás, dilo siquiera por lástima. El hombre que fuese al patíbulo cargado de crímenes y que más te hubiese injuriado, ¿no merecería de ti, si en eso le iba la vida, que le dijeras: yo te perdono? ¿Y para salvar mi alma de la eterna condenación no me dirás: yo te amo?

-¡Hermano mío! -exclamó Elvira con entusiasmo, echando atrás su capucha, y descubriendo el rostro-. ¡Yo te amo!, ¡yo soy tu hermana, que te ama con todo su corazón! ¡Ah! sí, tú tienes necesidad de amor, y yo te ofrezco el mío, puro, amor de hermanos, lleno de ternura, de ilusiones y de verdad.

-¡Elvira! -gritó Saldaña espantado y retrocediendo algunos pasos con susto-. ¡Por Santiago! ¿eres tú Elvira? ¡Qué horror!, ¡qué horror! ¡Eres tú, que has dejado la tumba para venirme a ofrecer el amor de hermana! ¡Elvira!...

-No -exclamó Leonor-, no es una aparición; recobraos, Saldaña; es vuestra hermana, que se ha sacrificado generosamente por vos, que os ama, que ha llorado día y noche por vos durante tres años en un desierto; ella os hará feliz; vedla, abrazadla, aconsejaos con ella; podéis todavía ser feliz: no lo dudéis. Yo no os aborrezco, y os perdono todo. Dejadme ir de aquí: mi hermano está herido. El cariño de vuestra hermana os hará completamente feliz.

-Elvira -exclamó con humildad Saldaña-, perdóname.

-Pide a Dios tu perdón, no a mí -repuso Elvira con majestad-: arrepiéntete de tus crímenes, deja libre a esa mujer, y no vuelvas a pensar en ella puesto que no es para ti.

-¡Oh!, eso no -replicó Saldaña-: ya es tarde para que yo me arrepienta; mis súplicas han sido otras veces desoídas, y yo ya estoy condenado; ya es tarde -continuó con horrible desesperación-: no, yo no volveré a humillarme, yo no dejaré la prenda más segura de mi felicidad, la gloria de mi vida, la mujer que tanta pena me ha costado tener conmigo, por un arrepentimiento sin fruto, que lejos de aliviar mis penas, hará que se redoblen prolongando con ellas mis desesperación. Leonor ya es mía, será mía, y ya es tarde para arrepentirme.

-¡Profanación! ¡Blasfemia! -exclamó Elvira alzando ambas manos al cielo.

Pero otra voz resonó de pronto en la estancia, y todos se estremecieron.

-Ya es tarde, sí -repitió Zoraida entrando a deshora, desencajados los ojos, y trémula de furor.

Traía el cabello desgreñado y suelto, el rostro pálido de color de cera, y en su agitación incesante y sus movimientos convulsivos parecía latir toda de cólera; sus miradas eran de fuego, y su estatura, que parecía realzada con la ira, le daban un aspecto hermoso, sí, pero imponente y terrible.

Quedaron todos suspensos: Leonor se apartó amedrentada, Elvira se persignó y Saldaña se puso encendido de rabia, lanzando sobre ella miradas capaces de infundir terror a otra mujer de menos ánimo que Zoraida. Pero ésta, sin titubear por eso, prosiguió:

-Sí, la maldición de tu Dios y del mío ha caído ya sobre nosotros dos. Mírame, Saldaña, y estremécete. Tú eres el alma condenada, y yo soy el demonio, que te atormento y te persigo; el demonio, que cuenta tus horas, que sigue tus pasos, que convierte en hiel el manjar más dulce en tu boca, que te ha guiado en el crimen, que turbará tus placeres, que reirá junto a ti cuando sufras; mírame, tú me has abandonado, tú has querido alejarte de mí, pero en vano, porque yo estoy condenada a velar sobre ti para afligirte, ahora en la vida, y luego en la eternidad. No le ames, mujer -prosiguió dirigiéndose a Leonor-, no le ames; su lengua es engañosa, su corazón es malvado, y él te engañará y hará del tuyo un infierno, como ha hecho del mío, y como hace que sea cuanto está junto a él; no le ames, si no quieres como yo hundirte con él en el abismo de su perdición. Mira, yo era feliz -continuó con acento melancólico-; yo era inocente como tú; como tú he sido robada; me amó, le amé, y ya fui viciosa, criminal y despreciable para todo el mundo. ¡Ah!, y yo le amaba con más ternura que tú; yo le amaba como una madre al hijo que tiene al pecho, como la huérfana al hombre que le sirve de segundo padre, como una hermana a un hermano, como una mujer adora al ídolo, al Dios de su corazón. ¡Él me ha despreciado, él me ha visto derramar lágrimas, y se ha mofado de mi dolor, y yo le amaba todavía, y yo le amo!

-¡Bruja de maldición, calla! -replicó Saldaña rechinando los dientes-- Verdaderamente que tú eres el demonio que me persigue, pero yo te enviaré a los infiernos para que allá me aguardes y dejes al menos de atormentarme en vida. ¡Mi daga! Por Dios que me he olvidado de traerla -continuó, echando mano a su cintura, donde la llevaba ordinariamente-. ¡Mi daga! ¿Y qué importa? ¡Mujer infame!, entre mis manos te ahogaré.

-Teneos, Saldaña -gritó Leonor poniéndose entre él y la mora-. ¿Qué vais a hacer? ¡Siquiera por mí, por vuestra hermana! ¿Vais a cometer otro asesinato? ¿Es acción digna de un caballero poner la mano en una mujer?

-Si tienes algún temor de Dios, detente -gritó Elvira-, y acuérdate que con esas mismas manos que quieres ahogarla la has colmado de caricias impuras en otro tiempo.

-Ven, ven y despedázame -exclamó Zoraida, que no había retrocedido un paso al verle venir hacia ella-. Te engañas si piensas por eso libertarte de mí. Hiéreme, y abre tú mismo mi sepultura; hazla bien honda, bien profunda, sepúltame tú mismo, y arroja sobre mí un monte; mi espectro ensangrentado saldrá de allí; de día me verás en los rayos del sol, en la sombra de cada árbol; oirás mi voz en el crujido de cualquier puerta, sentirás mis pasos detrás de ti; de noche, en la luz sangrienta de la luna, delante de ti, yo vendré a tu cama, y perturbaré tus sueños; te despertaré, y me verás, y mi mano fría con la muerte sentirás que te hiela tu corazón. Aún más: yo evocaré las sombras de los que murieron por tu injusticia, la de tu padre. ¿Qué, te amedrentas? ¡Con qué placer te veremos en la agonía, cuando juntos tantos espectros oigas el rechinamiento de dientes, y el crujido de huesos, y sus aullidos, y los veas saltar en derredor de tu cama, en ti fijos sus ojos brillantes como ascuas, y sientas frío y temblor hasta en el tuétano de tus huesos!

-¡Oh! ¡basta! ¡basta! -gritó Saldaña aterrorizado, dejándose caer sobre una silla medio exánime y sin aliento-. ¡Jimeno -exclamó-, sácame de aquí! Yo muero...

Y dejando caer la cabeza, la debilidad en que estaba y la agitación que había tomado, le causaron un parasismo, y quedó como muerto.

-¡Oh Dios! yo he causado su muerte -gritó la mora con el acento de la desesperación, y salió precipitadamente del cuarto.

Leonor y Elvira acudieron a socorrerle, y tomándole ésta una mano, sintió el hielo de la muerte en la paralización de su pulso.

-¡Oh, hermano mío! -exclamó-: ¡ojalá Dios te vuelva a la vida, y te dé tiempo de arrepentirte! Caiga su maldición sobre mí; yo te amo, hermano mío, vive tú y muera yo por ti. ¡Oh! Sí, es un desmayo; él volverá en sí. Tú volverás a ser virtuoso; tú tenías en tu infancia todos los gérmenes de la virtud en tu alma. El vicio la ha cubierto de sombras y de nieblas perpetuas. Pero escrito está que Dios no quiere la muerte del pecador.

Entró Jimeno al momento, acompañado de otros dos escuderos, y tomando el sillón en brazos le llevaron a su estancia, acostáronle en su cama, y habiéndole los cirujanos hecho volver en sí con algunos espíritus que le aplicaron a la nariz, encargaron el silencio y se retiraron.


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Capítulo XVI
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Sancho Saldaña José de Espronceda


MENDO
¿Cómo te has de resistir?
BLANCA
Con firme valor.
MENDO
¿Quién vio
tanta dureza?
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
MENDO
¡O qué villanas crueldades!
¿Quién puede impedirme?...
GARCÍA
Yo.
ROJAS, G. García del Castañar.


Apenas habían retirado a Saldaña, cuando la celosa mora, pesarosa ya de lo que había hecho, lloraba y lamentaba por él con la misma ternura que si hubiese perdido el único bien de su corazón. Entró, pues, en su cuarto acongojada sobre manera y arrepentida, y sin poder sujetar sus lágrimas, llamó a su esclava que entró al momento a saber lo que tenía que mandarle.

-Corre -le dijo-, pregunta si ha vuelto en sí el señor de Cuéllar; vuela y vuelve al momento.

Partió la esclava al punto; Zoraida se sentó pensativa, clavó en el suelo sus hermosos ojos, derramó algunas lágrimas y prorrumpió por último hablando consigo misma:

-¿Y qué extraño es que me aborrezca? Si yo fuera más dulce, más humilde con él, acaso me amaría... Si yo le amara de veras, ¿no desearía yo su felicidad antes que la de ningún otro, primero que la mía? ¿Y por qué le he de martirizar? No, yo no le amo, o el amor es sólo nuestro interés. Sí, en vez de decir yo te amo, deberíamos decir yo me amo a mí misma tanto que te quiero esclavizar para mí. Saldaña, perdóname; he hecho mal en atormentarte, pero no me aborrezcas, ¡que oiga yo en tus últimas palabras que me perdonas!...

Diciendo así, su corazón generoso había olvidado ya los desdenes del caballero, y hasta se habían borrado completamente de él los celos que poco antes le atormentaban. Lloraba Zoraida, y lloraba lágrimas de compasión, sin ver en él otro hombre que su amante expirando por culpa suya en aquel momento. Ella misma maldecía su furor, se tachaba de injusta, y sólo deseaba que viviera, que viviera y no más, aunque no la amara, aunque se viera siempre despreciada por él, para no tener nunca que echarse en cara a sí misma la muerte del hombre a quien, a pesar de todo, amaba con toda su alma. La esperanza de lograr el amor de la persona amada es la última que abandona un corazón enamorado de veras, y a veces es tal la ilusión que se forma el amante, que halla en la más insignificante mirada representado un sentimiento que está sólo en su corazón.

Zoraida, pues, encontraba medios de interpretar en favor suyo la misma conmoción que experimentaba Saldaña cuando la veía, y la indignación y la rabia que su presencia le causaba eran, a su entender, obra de los remordimientos que le traían los recuerdos de lo pasado más bien que fruto de su impaciencia y su odio, más temerosa siempre de hallar indiferencia en él que de granjearse su aborrecimiento. Todas estas razones, si tal pueden llamarse los delirios de una pasión, hacían que ahora llorase de veras por el mismo a quien antes había sofocado con sus maldiciones; pero esta dulzura, esta generosidad no debían ser de larga duración en su carácter, y mucho menos si algún malintencionado atizaba con astucia la hoguera de sus celos. Su corazón en este momento podía compararse a una nube de tormenta preñada de rayos, pero que herida del sol parece bordada de suaves colores, hasta que impelida del viento arroja al choque el incendio que ardía en su seno.

No tardó mucho tiempo Jimeno en venir a verla, disfrazando su dañada intención con el cuidado de saber de ella. Entró en su cuarto poco después de la esclava que trajo la noticia de la salud del señor de Cuéllar, caído y triste el semblante, los ojos algo llorosos y adornado con poco esmero, como si las penas que traía en su alma le quitasen el gusto hasta para vestirse. No obstante, aunque la capilla corta que llevaba al hombro y lo restante del traje parecía puesto con desaliño, se notaba que había más arte en aquel aparente descuido, cuando no tanto como pudiera haber empleado en acicalarse y pulirse.

-¡Qué desgraciada eres, Zoraida! ¡Y qué desdichado soy yo viendo lo que padeces!

Zoraida no respondió nada a ninguna de estas exclamaciones que el paje pronunció con aire teatral y arrojando al mismo tiempo un suspiro que parecía que se le arrancaba el pecho. Sentóse en seguida como abrumado de su dolor, y apoyando su frente en una mano, ya bajaba los ojos, ya los alzaba con dolorosa expresión al cielo, ya echaba, volviéndolos a Zoraida, lánguidas y amorosas miradas.

-¿Está mejor? ¿Cómo le habéis dejado? -preguntó Zoraida con voz apagada-. En su situación os necesita a su lado más que yo al mío.

-Ciertamente -repuso Jimeno, moviendo la cabeza con ironía-, era eso lo que debía yo aguardar de ti, que me echases atentamente de tu habitación cuando precisamente vengo a libertarte la vida y a sacrificarme por ti. Pero sí, tienes razón -añadió, levantándose-, no soy aquí necesario, soy más útil al lado del señor de Cuéllar; de allí por lo menos no me echan; puedo oír planes terribles que me horrorizan; pero eso ¿qué te importa a ti? Tenía algunas cosas que decirte, y que creí que desearías saber; pero ya veo que no, ¡cómo ha de ser!, yo lo siento por ti... pero... me iré...

-Jimeno -gritó Zoraida con impetuosidad-, tú tienes un alma de hierro, y parece que te han elegido para darme tormento y añadir a cada instante nuevas inquietudes a las que sufro. Si te interesas verdaderamente por mí, ¿por qué me haces así morir de ansia y de impaciencia, sin hablar de una vez? Y si me odias y eres el instrumento de que mis tiranos se sirven, hiéreme, y no temas que me queje, que ni un ¡ay! saldrá de mi boca cuando entre tu puñal en mi corazón.

-¡Zoraida!, tú me injurias cada vez que me hablas -respondió Jimeno-, y a cada insulto tuyo devuelvo yo un beneficio; pero no gastemos el tiempo en conversaciones frívolas; sabe que Saldaña ha dado orden para que se te encierre esta noche, y allá donde nadie pueda oír tus gritos... tal vez para que no se asuste con ellos su Leonor... desempeñe su oficio nuestro preboste.

-¡Y qué es la muerte para quien no tiene nada en el mundo! -exclamó Zoraida con sentimiento-. Yo la deseo, yo la deseaba, como desea el aire el viajero de los desiertos. Yo nada tengo en el mundo, nada pierdo, ni una lágrima caerá sobre mi sepulcro; mi madre... ya no me llorará, ni yo tampoco tengo por quien llorar. Aguardo, pues, la muerte con resignación.

-¡Sí, cierto, la muerte a veces es un bien; pero tú, tan joven aún, tan hermosa! ¡Es triste, Zoraida, es triste a la verdad morir tan joven! -repuso el paje en tono muy afligido.

-No sé -replicó la mora con pena, pero con sinceridad- si es triste o no morir joven; para mí la vida se acabó ya hace mucho tiempo, y estar encerrada aquí o en la tumba es para mí indiferente.

-¿Y olvidas de esa manera tus sufrimientos, tus venganzas, tu amor y la rival que te ofende? -insistió el paje, desesperado de ver su conformidad.

-¿Para qué decís eso? -preguntó la mora-. ¿Queréis, cuando voy a morir sin remedio, hacer que sienta la muerte y disipar el tedio que tengo a la vida y que es lo que presta resignación a mi alma?

-No -repuso Jimeno-. Quiero inspirarte un deseo tal de vivir, que busques los medios de escapar a tus verdugos. Mi espada está pronta a defenderte de todos, pero no basta. Piensa, Zoraida, que Saldaña te sacrifica a tu rival más que a su odio; que sólo para complacer a Leonor...

-¡Jimeno! -interrumpió Zoraida, encendida en cólera de repente-. ¡Calla y no vuelvas a entrar en mi alma la desesperación!

-Para complacer a Leonor -continuó Jimeno, sin interrumpirse- y hacerle ver que todo, hasta la mujer que más ha amado hasta ahora, todo lo abandona por ella. Le dirá que te ha arrojado de su castillo, que en vano le pediste de rodillas que te dejara un rincón, un calabozo para vivir a su lado, bajo un mismo techo, y dirá, además, que se enterneció, pero que sólo por ella, sólo por su Leonor, por su esposa, lo hubiera podido hacer.

-¡Maldición! -exclamó Zoraida-. ¡Y ella!...

-Ella entonces -prosiguió el paje sin titubear- le agradecerá una prueba tan ponderada de su cariño, le mirará en un principio con lástima, se acostumbrará, por último, a su lenguaje, se envanecerá con su triunfo sobre una mujer a quien yo sé positivamente que teme, y un enlace pacífico terminará las desavenencias de las dos familias y trocará en amistad el odio del caballero de Iscar. Zoraida, tal es el fin que tendrán los amores de Saldaña, y que tú, muerta o viva, has de saber en donde quiera que estés, ora en la tierra, en el paraíso o en el infierno, porque hasta allí resonarán las canciones del día de la boda y los besos que le dé Leonor.

-El mismo ángel de las tinieblas -respondió la mora- no es capaz de afligir y de atormentar como tú. Pero yo no seré ludibrio de esa mujer, no; yo moriré, pero vengada. Antes que el puñal de los asesinos me arranque la vida que aborrezco, ella perecerá. Dame un medio, Jimeno, de martirizarla, dame un medio; piensa, inventa el más terrible, el más bárbaro para que yo me regocije en mi triunfo. Que yo la vea expirar a los ojos de su amante y que él trate de salvarla y no pueda y llore y se desespere. Tienes razón, es cruel, muy cruel, morir sin venganza. ¿Qué más quisieran ellos? ¡Con qué tranquilidad gozarían sin que yo nunca les estorbara! ¡Y ella había de besar los mismos labios que fueron míos! Veneno encontré sólo en ellos, veneno que ha llenado mi corazón de amargura; podría quizá vengarme con dejarla que lo probase; pero no, yo lo he agotado ya todo, y allí no quedan más que dulzuras. ¡Muerte! ¡Muerte! Jimeno, toda yo soy tuya, toda soy tuya si la asesinas.

-(Así te quiero yo -pensó Jimeno-; irritarte es el único modo de vencer tu tenacidad.) Cuando he venido aquí, no he venido -continuó en alta voz- sólo a traerte malas noticias ni a gozarme en tu aflicción como me has dicho. Te amo de veras, y una pasión tan vehemente como la que te domina por ese ingrato ha echado ya hondas raíces en mi corazón. Yo te idolatro, yo he buscado la felicidad y la he hallado en esta agitación incesante, en los celos, en la misma desesperación del amor. Sabe que he aguzado el puñal antes de venir aquí para clavarlo, si preciso fuera, hasta en el mismo Saldaña. Pero es preciso no perder tiempo; de aquí a algunas horas habrás bajado a tu sepultura. Ese soldado aventurero que tú crees amante de Leonor debe esta noche sacarla de aquí, si ella consiente...

-¿No consintió cuando se hablaron? -preguntó la mora con inquietud.

-No -repuso el paje-, no; a lo menos se mostró indecisa, y parecía que le costaba trabajo salir de aquí. En fin, Zoraida, tú te libertarás de la cólera de Saldaña, quedarás vengada o libre de tu rival y triunfarás por último de tus enemigos. ¡Oh, sí! Has de ser mía, y has de serlo ahora mismo.

Diciendo así se arrojó a ella con tal impetuosidad que, sin que pudiese impedirlo, la cubrió de besos, teniéndola estrechada en sus brazos.

-Déjame que en esa boca de delicias estampe yo mil besos... en esa cara de ángel... yo te adoro. ¡Zoraida! ¡Zoraida! ¿Por qué te resistes?

-¡Infame! -gritó la mora, retorciendo los brazos y defendiéndose con toda la furia de su carácter-. En todo mientes. Yo tuya... te aborrezco. Eres mil veces más odioso para mí y más falso que todos. Huye de mí... Sé generoso...

-No, Zoraida; te tengo bien asida para que te escapes-; grita, que nadie te responderá; llama a quien quieras, solos estamos aquí; cede, eres mía, eres mía...

La infame victoria del paje parecía estar decidida; nadie respondía a los gritos de su víctima; en vano había luchado con él con toda su fuerza; en vano trataba aún de defenderse, su pecho latía alborotado de cólera y de fatiga, y la falta de aliento y de vigor para resistir no hacían dudoso su vencimiento; un esfuerzo más y el triunfo era de Jimeno. Pero éste, fatigado también, trémulo y sudoroso, quedó en el instante de su caída suspenso un punto para tomar aliento y dio tiempo a la mora de recobrar su serenidad. Levantóse, pues, de pronto, y antes de que él tuviera lugar para sujetarla, echó mano al puñal del paje, arrancándoselo del cinto, y retirándose algunos pasos avanzó en seguida determinada a clavarlo en su corazón. Sucedió esto en menos tiempo que el que hemos tardado en contarlo, y sólo lo tuvo el paje para parar el golpe, asiéndola fuertemente del brazo.

Entonces empezó una nueva lucha, más terrible, si cabe, que la primera. Cambió Zoraida con la presteza del rayo el puñal a su mano izquierda con intención de herirle, viéndose asida de la derecha, y sin duda hubiera logrado su intento si el paje, en tan inminente peligro, no hubiera hecho uso de toda su fuerza, empujándola de sí con tanto ímpetu que, haciéndola vacilar dos o tres pasos andando de espaldas, logró derribarla segunda vez.

Arrojarse entonces sobre ella, arrancarle el puñal y sujetarla completamente fue obra de un solo punto.

-Vencí, Zoraida -gritó el perverso Jimeno-. Lucha, defiéndete, haz lo que puedas para estorbarme mi triunfo, desdéñame cuanto quieras, ya eres mía. ¿Quién habrá que te arranque de entre mis brazos?

-Yo -gritó Usdróbal, que abrió en este momento la puerta y quedó horrorizado de la terrible escena que se presentaba a sus ojos.

Zoraida, casi sin conocimiento, desgreñado el cabello, el semblante lívido y desencajados los ojos, parecía ahogada de furia; el paje, de rodillas, sujetándola y con el puñal en la mano, descompuesto el vestido y pálido de voluptuosidad; los almohadones, las sillas, derribadas por todas partes y todo en desorden.

-¡Favor, favor! -gritó Zoraida.

-El demonio -dijo Usdróbal- no hace cosa igual. Pardiez el caballero, que no es acción muy noble la que acometéis.

-Maldita sea el alma del que me interrumpe -gritó el paje, levantándose muy colérico y encaminándose a Usdróbal con el puñal en la mano.

-Sosegaos el caballero -repitió Usdróbal con ironía y desenvainando al mismo tiempo su espada-; reportaos, que si no juro por el sol que nos alumbra que os arranque el alma de una estocada; mirad que estoy bien armado.

-¡Villano! -repuso el paje, que, a pesar de su ira, conoció la ventaja de su enemigo y contuvo el paso-. Si fueras caballero...

-Mil veces más que tú -replicó la mora-. ¡Infame! ¡Vil! ¡Valiente con las mujeres! Acércate, acércate a mí ahora. ¡Cobarde!

-Ya veo -repuso Jimeno con su acostumbrada ironía- que te defiende tu amante. ¡Tu amante! ¡Un soldado! ¿Y qué podía esperarse de una mujer como tú sino que te entregaras a un aventurero?

-Reportaos, Jimeno, y no insultéis a una mujer desvalida delante de mí -replicó Usdróbal-. Soy sólo un aventurero, soy lo que represento y no más; pero preferiría mil veces ser un vil verdugo a ser un noble de tu ralea.

-¿Qué he hecho yo, Dios poderoso?¿Qué he hecho yo -exclamó la mora- para que me castigues con tanta crueldad? Usdróbal -continuó, poniéndose delante de él de rodillas-, no me abandonéis, defendedme; todo el mundo me ultraja y todos me desamparan. ¡Tened compasión de mí! ¡Yo soy sola y hasta el vasallo más ínfimo se me atreve!

-Levantaos, Zoraida, levantaos de ahí -replicó Usdróbal-. Soy de nacimiento villano, pero yo os defenderé del caballero que os atropelle. Y vos, señor almibarado paje, si tenéis algo de hombre en vuestro corazón, si no sois tan bajamente cobarde como parecéis, venid, yo os desafío y os reto de forzador y os tacho de infame si no sois capaz de seguirme.

-Si tú mismo confiesas -repuso el paje, aliñando sus vestidos al mismo tiempo- que tu nacimiento no es noble, ¿qué gloria ganaría yo con derramar la sangre de un miserable aventurero? Vete de aquí, y da gracias que no llamo a algunos compañeros tuyos para que te harten de palos.

-La primera voz que des te cuesta la vida -respondió Usdróbal, cogiéndole fuertemente de un brazo.

-Suelta, canalla -replicó el paje, desasiéndose con indignación.

-Juro a Dios -repuso Usdróbal, dejándole- que casi me da vergüenza de medir mi espada contigo, porque a fe mía que me pareces una mujer.

Era el paje, a pesar de todo, valiente, y el último insulto quizá el único que le sacara fuera de sí.

-Vamos -le dijo- donde quieras, y ya que te empeñas, te enseñaré yo mismo el respeto que se merece un noble de un villano como tú eres. Adiós, Zoraida; cuando concluya con este galán veremos quien te defiende.

-Vamos, y basta de amenazas, señor paje, que mucho será que os libréis de mis manos.

Diciendo así salieron del cuarto, dejando a la hermosa mora privada de sentido y todavía descompuesta, la ira y el cansancio de la pasada refriega, habiéndole hecho caer en un accidente del que tardó mucho tiempo en volver.


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Capítulo XVII
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Sancho Saldaña José de Espronceda


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