Sexto Libro de La Galatea: 53

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Sexto Libro de La Galatea Miguel de Cervantes




GALERCIO A GELASIA

    ¡Ángel de humana figura,
furia con rostro de dama,
fría y encendida llama
donde mi alma se apura!
    Escucha las sinrazones,
de tu desamor causadas,
de mi alma trasladadas
en estos tristes renglones.
    No escribo por ablandarte,
pues con tu dureza estraña
no valen ruegos ni maña,
ni servicios tienen parte.
    Escríbote porque veas
la sinrazón que me haces,
y cuán mal que satisfaces
al valor de que te arreas.
    Que alabes la libertad
es muy justo, y razón tienes;
mas mira que la mantienes
sólo con la crueldad;
    y no es justo lo que ordenas:
querer, sin ser ofendida,
sustentar tu libre vida
con tantas muertes ajenas.
    No imagines que es deshonra
que te quieran todos bien,
ni que está en usar desdén
depositada tu honra.
    Antes, templando el rigor
de los agravios que haces,
con poco amor satisfaces
y cobras nombre mejor.
    Tu crueldad me da a entender
que las sierras te engendraron,
o que los montes formaron
tu duro, indomable ser;
    que en ellos es tu recreo,
y en los páramos y valles,
do no es posible que halles
quien te enamore el deseo.
    En una fresca espesura
una vez te vi sentada,
y dije: «Estatua es formada
aquélla de piedra dura».
    Y, aunque el moverte después
contradijo a mi opinión,
«en fin, en la condición
-dije-, más que estatua es».
    ¡Y ojalá que estatua fueras
de piedra, que yo esperara
qu’el cielo por mí cambiara
tu ser, y en mujer volvieras!
    Que Pigmaleón no fue
tanto a la suya rendido,
como yo te soy y he sido,
pastora, y siempre seré.
    Con razón, y de derecho,
del mal y bien me das pago:
pena por el mal que hago,
gloria por el bien que he hecho.
    En el modo que me tratas
tal verdad es conoscida:
con la vista me das vida,
con la condición me matas.
   Dese pecho que se atreve
a esquivar de Amor los tiros,
el fuego de mis sospiros
deshaga un poco la nieve.
    Concédase al llanto mío,
y al nunca admitir descanso,
que vuelva agradable y man[s]o
un solo punto tu brío.
    Bien sé que habrás de decir
que me alargo, y yo lo creo;
pero acorta tú el deseo,
y acortaré yo el pedir.
    Mas, según lo que me das
en cuantas demandas toco,
a ti te importa muy poco
que pida menos o más.
    Si de tu estraña dureza
pudiera reprehenderte,
y aquella señal ponerte
que muestra nuestra flaqueza,
    dijera, viendo tu ser,
y no así como se enseña:
«Acuérdate que eres peña,
y en peña te has de volver».
    Mas seas peña o acero,
duro mármol o diamante,
de un acero soy amante,
a una peña adoro y quiero.
    Si eres ángel disfrazado,
o furia, que todo es cierto,
por tal ángel vivo muerto,
y por tal furia penado.


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