Socialismo y ciencia positiva/VI
VI.
El individuo y la especie.
El segundo punto que demuestra la filiación directa del socialismo científico del darvinismo, es el diverso modo de concebir el individuo con relación á la especie.
El siglo XVIII se cerraba con la glorificación exclusiva del individuo—del hombre, como entidad existente por sí misma— y tal concepto en las obras de Rousseau no representaba sino un benéfico exceso de reacción contra la tiranía política y sacerdotal de la Edad Media.
Consecuencia directa de este individualismo fué aquel artificialismo político, de que me ocuparé enseguida al examinar las relaciones de la teoría de la evolución con el socialismo, tan común á los gobernantes del régimen burgués cuanto á los anarquistas individualistas, puesto que unos y otros creen puede cambiarse de hoy á mañana la organización social por el toque mágico del artículo de una Ley ó por el estallido más ó menos homicida de una bomba.
La Biología moderna, por lo contrario, ha cambiado radicalmente dicho concepto del individuo y ha demostrado, así en el campo de la Biología como en el de la Sociología, que el individuo, de una parte, no es mas que el agregado de elementos vitales más simples, y de otra, que el individuo por sí mismo (selbstwsen, que dirían los alemanes) no existe, pues el individuo tan solo existe en cuanto parte de una sociedad (gliedwesen).
Todo lo que vive es una asociación, una colectividad. La misma mónera, la misma célula viva, expresión irreductible de la individualidad biológica, constituye un agregado de partes distintas (núcleo, nucleólo, protoplasma), cada una de las cuales, á su vez, es un agregado de moléculas, como éstas son agregados de átomos. Sólo el átomo existe como individuo; pero el átomo es invisible é impalpable, y el átomo no vive.
Todo lo que vive es una asociación, una colectividad. Y á medida que de los protistas se sube en la escala zoológica hasta el hombre, aumenta cada vez más la complejidad del agregado, la federación de las partes. Y es de tener en cuenta que así como á la metafísica del individualismo corresponde el artificialismo jacobino, unificador y uniformador, así á la positividad del socialismo corresponde el concepto del federalismo nacional é internacional.
El organismo de un mamífero no es mas que la federación de tejidos, de órganos, de aparatos; el organismo de una sociedad no puede ser sino una federación de municipios, de provincias, de regiones, como el organismo de la Humanidad no puede ser otra cosa que una federación de naciones. Y así como sería absurdo concebir un mamífero, por ejemplo, que tuviese que mover la cabeza uniformemente con las extremidades y todas las extremidades juntas, así también es absurda una organización política y administrativa en que, por ejemplo, la extrema provincia del Norte ó de la montaña deba tener los mismos engranajes burocráticos, la misma red legislativa, los mismos movimientos que la extrema provincia del Sur ó de la llanura únicamente por amor de una simétrica uniformidad, expresión patológica de la unidad.
Mas dejando aparte estas consideraciones políticas por virtud de las cuales, según dije en otra ocasión[1], la única organización posible de Italia, como de cualquier otro país, me parece ser la unidad política con el federalismo administrativo—es evidente que á fines del siglo XIX el individuo, como entidad existente por sí misma, se encuentra destronado lo mismo en el campo biológico que en el de la Sociología.
El individuo existe, mas sólo en cuanto forma parte de un agregado social. Robinson Crusoe —la expresión genuina del individualismo— no puede ser más que una leyenda ó un caso patológico. La especie, esto es, el agregado sociales —es la viva, grande y eterna realidad de la vida, según ha demostrado el darvinismo, y confirman con él todas las ciencias positivas, desde la Astronomía hasta la Sociología.
Así como á fines del siglo XVIII decía Rousseau que sólo existía el individuo, que la sociedad era un producto artificial del «contrato social», y —atribuyendo (como ya lo hizo Aristóteles respecto á la esclavitud) carácter humano permanente á las manifestaciones transitorias del momento histórico de putrefacción del antiguo régimen en que vivía— decía que la sociedad era la causa de todos los males y que los individuos nacen todos buenos é iguales; así, en cambio, al finalizar el siglo XIX todas las ciencias positivas están de acuerdo al afirmar que en la sociedad el agregado es un hecho natural é insuperable de la vida, así en las especies vegetales como en las animales, desde las primeras «colonias animales» desde los zoófitos hasta la sociedad de los mamíferos (herbívoros) y del hombre[2].
Y todo aquello que el individuo tiene de mejor lo debe precisamente á la vida social, aun cuando cada fase de evolución esté marcada por condiciones patológicas y finales de putrefacción social que, sin embargo, son esencialmente transitorias y preludian indefectiblemente un nuevo cielo de renovación social.
El individuo, como tal, si pudiese vivir, viviría obedeciendo á una sola de las dos necesidades ó instintos fundamentales de la existencia; la alimentación, es decir, la conservación egoista del propio organismo, mediante aquella primordial y fundamental función que ya Aristóteles señalaba con el nombre de ctési, de conquista del alimento.
Mas todo individuo debe vivir en sociedad, precisamente porque se lo impone la segunda necesidad ó instinto fundamental de la vida, la reproducción de seres semejantes para conservar la especie; y de esta vida de relación y de reprodución (sexual y social) es de quien nace el sentido moral ó social, por virtud del cual el individuo aprende no sólo á existir, sino á coexistir con sus semejantes.
Así, puede decirse que estos dos instintos fundamentales de la vida —pan y amor— realizan una función de equilibrio social en la vida de los animales, y especialmente en la del hombre.
El amor es, para el mayor número de los hombres, la principal dispersión fisiológica y psíquica de las fuerzas acumuladas más ó menos abundantemente con el pan cuotidiano y ahorradas del diario trabajo ó que quedan intactas en el ocio parasitario.
Y no es esto sólo, sino que el amor constituye verdaderamente la única alegría de carácter universal é igualitario, y por eso el pueblo le llama «el paraíso de los pobres»; y las religiones precisamente impulsan á gozarle sin límites —crescite et multiplicamini— porque el agotamiento erótico, máxime en los varones, al paso que alivia ó hace olvidar las torturas del hambre y del trabajo servil, enerva además las energías de la constante organización y realiza, por tanto, una función útil para la clase dominante.
Sin embargo, así como acompaña indisolublemente á dicho efecto del instinto sexual el del aumento de población, así la inmovilización de un dado orden social se frustra por la presión de la población, la cual se hace más aguda en nuestro siglo por el característico fenómeno del proletariado, y la evolución social marcha de un modo inexorable y fatal.
De todos modos, volviendo á mi argumento, resulta innegable que, mientras á fines del siglo XVIII se pensaba que la sociedad era obra del individuo —y de esto podía resultar como repercursión, acaso imprevista, que millones de hombres pudiesen y debiesen vivir trabajando y sufriendo en beneficio de unos pocos individuos—; por lo contrario, á fines de nuestro siglo, las ciencias positivas han demostrado que el individuo es quien vive por la especie, realidad eterna de la vida. De donde resulta con evidencia toda la dirección del pensamiento científico moderno en sentido sociológico ó socialista contra el individualismo exagerado, dejado en herencia por el pasado siglo.
Cierto, la Biología demuestra cómo no debe caerse en el exceso opuesto —en que cae alguna escuela de socialismo utópico ó comunista— de no ver más que la sociedad, olvidando por completo el individuo, pues también otra ley biológica, muestra cómo la existencia del agregado es la resultante de la vida de todos los individuos, como la existencia de un individuo depende de la vida de las células de que se compone.
De todos modos, queda demostrado cómo el socialismo científico, que señala el fin de nuestro siglo y los albores del siglo XX, está perfectamente de acuerdo con la dirección del pensamiento moderno, aun en el punto fundamental del predominio que da á las exigencias vitales de la solidaridad colectiva ó social frente á las exageraciones dogmáticas del individualismo, las cuales marcaron un poderoso y fecundo despertar á fines del siglo pasado; pero que, á través de las manifestaciones patológicas de la desenfrenada concurrencia, llega fatalmente á las explosiones libertarias del anarquismo, que predica «la acción individual» con olvido completo de la solidaridad social y humana.
Y así es cómo se llega al último punto de contacto y de íntima conexión entre el darvinismo y el socialismo.
- ↑ Sociología criminale, 3.ª edición. Turín, 1892, pág. 334.
- ↑ No puedo ocuparme aquí de la reciente tentativa ecléctica, iniciada por Fouillée, y seguida por otros, según la cual se quiere si no contraponer al menos añadir al concepto naturalista de la sociedad el concepto consensual ó contratual. Evidentemente, puesto que no hay ninguna teoría completamente falsa, también en el contratualismo hay su parte de verdad, y la libertad de emigración, por ejemplo, puede ser un efecto de ella..... en cuanto es compatible con los intereses económicos de las clases que ocu- pan el poder. Pero evidentemente, la parte consensual, nula en el nacimiento de cada individuo en ésta ó aquella sociedad, y que sin embargo es el hecho más decisivo y tiránico de su existencia; también es infinitesimal en su permanecencia en el seno de la sociedad donde ha nacido, y en el desenvolvimiento de sus aptitudes y tendencias, dominadas por la férrea ley de la organización económica y política de la cual es sólo un átomo.