Soledad: 06

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Soledad de Bartolomé Mitre


Capítulo quinto - La nueva Heloisa[editar]

Al día siguiente de haber escrito Eduardo la carta que acaba de leerse se levantó muy temprano, se vistió con esmero y mandó a su criado que ensillase su caballo. Cuando se disponía a bajar la escalera fue detenido por Cecilia.

-¡Eduardo, -le dijo,- has leído mi carta y me abandonas!

Eduardo hizo un gesto de impaciencia que no pudo ocultar, y que no se escapó a la penetración de la mujer amante y celosa.

-Bien veo, añadió, que ya te fastidia mi amor, pero si me humillo hasta el grado de suplicarte, bien sabe Dios que no lo hago por mí, sino por mis pobres padres y.... por nuestro hijo, Eduardo, porque voy a ser madre. ¡Oh! si tú me rechazas me moriré de dolor y de vergüenza.

-¿Dudas de mi amor? -preguntó Eduardo con una voz helada que quiso hacer tierna.

-No te pido ya tu amor, ni te hablo en nombre de tu deber. Pongo en tus manos mi honor y mi destino. Llevada por el amor te he entregado todo cuanto una mujer puede dar. De ti pendo mi vida o mi muerte. No te exijo que me contestes ahora, pero de la palabra que pronuncies depende todo mi porvenir. Confío en ti. Adiós.

Luego que hubo hablado así con acento grave y conmovido se retiró con dignidad arrojando sobre Eduardo una mirado en que aquella mujer parecía haber reconcentrado todo su cariño. Pero aquellas palabras cayeron sobre el corazón de Eduardo como las lluvia sobre el bronce, que humedeciendo la superficie no lo penetra jamás. Se sintió avergonzado por su infame conducta, pero no conmovido por la situación de aquella mujer que se había sacrificado por él. Una chispa de generosidad se encendió en su alma, pero pronto fue apagada por el helado egoísmo que lo dominaba.

Bajó la escalera, montó a caballo y se dirigió hacia la hacienda de D. Ricardo, diciendo: -He aquí una aventura en que me veo comprometido. ¿Pero no he salido bien de tantas otras iguales? Entonces, ¿por qué he de desesperar en esta ocasión? Engañemos a esta mujer, y esperemos del tiempo que todo lo arreglará. -Haciendo estas reflexiones u otras semejantes llegó al patio de la casa de D. Ricardo, entregó su caballo a un criado y subió precipitadamente la escalera. Preguntó por D. Ricardo y te contestaron que había salido al campo, pero que la señorita estaba en su costurero y que podía pasar a verla.

Eduardo entró al salón y pasó al costurero. Soledad estaba sola bordando y sentada en el hueco de una ventana de farol bañada por toda la luz que penetraba por ella. Estaba pálida y abatida como si hubiese pasado una mala noche. Luego que entró Eduardo sus ojos se animaron, y contestó con embarazo a todos sus cumplimientos. En seguida hablaron del tiempo, de las flores y de todas aquellas cosas insignificantes con que se procura entretener una conversación, para ocultar lo que realmente se piense o se quiere decir. Eduardo sólo esperaba una oportunidad para empezar su ataque. Ésta se presentó. Soledad tenía a su lado un libro entreabierto, que Eduardo conoció inmediatamente por haberlo visto ya otras veces.

-¿Qué libro leía Vd. señorita? -dijo tomando el libro y hojeándolo.

-Julia o la Nueva de Heloisa, -contestó Soledad ruborizándose.

-Es un hermoso libro que siempre se lee con placer. Cada vez que mis ojos se fijan sobre estas páginas me parece que se exhala de ellas un perfume de amor y de castidad. ¡Pobre Julia! ligada al destino de un hombre a quien no amaba, y amar a otro que no podía ser suyo.

Soledad suspiró y Eduardo continuó con más calor.

-¡Pero cuántos goces encontraba a la vez en la vida de ternura y sacrificio, dividiendo su corazón entre el deber y el amor! ¡Cuánta poesía hay en esos castos amores que pueden ser cantados a los oídos de los ángeles! ¿No le parece a Vd., señorita, que en medio de su desgracia Julia tenía una fuente inagotable de felicidad, porque amaba y era amada?

-Oh, sí, -dijo ella,- debía ser feliz. Y añadió como queriendo cambiar de conversación. Lea Vd. en donde está señalado, que es donde había interrumpido mi lectura.

En la página señalada se encontraba precisamente una de las cartas más tiernas y amorosas de Saint-Preux. Eduardo se puso a leerla con todo el fuego, con toda la melodía de su voz y la acción animada de que estaba dotado por la naturaleza. Soledad había dejado caer la aguja con que bordaba, y le miraba como fascinada por aquella serpiente que ocultaba su veneno bajo las flores del amor. En la inexperiencia que tenía de la vida se entregó sin embozo al embeleso que le causaba oír a Eduardo pronunciar tantas y tan dulces palabras. A veces creía que se dirigían a ella. Luego que Eduardo hubo concluido la carta, exclamó sin poderse contener: -¡Oh, dice Vd. bien, Julia era feliz, pues tenía quien le hablase de ese modo!

-¡Oh! señorita, yo también sería Saint-Preux si encontrase una Julia.

-Ah, pero no hay una Julia en el mundo.

-Todo mujer que ama y es amada es una Julia, si a su hermosura reúne corazón y talento, pero no todas se hallan en iguales circunstancias para manifestar los tesoros de amor que ocultan en el fondo de su alma. Figurese Vd. por un momento, señorita, una joven unida contra su voluntad, que encontrase por primera vez al hombre a quien Dios había destinado para ser el querido de su corazón. ¿No sería esa mujer una nueva Julia, como la otra fue una nueva Heloisa? ¿Quién podría reprocharle el que se entregase a los sentimientos de su corazón? ¿Y si esos sentimientos eran castos y puros, podrían ser reprobados ni aun por su propia conciencia? Oh, no, jamás. Me parece que si yo encontrase una mujer en una situación idéntica le consagraría todo el resto de mi vida para amarla de rodillas y tributarlo el amor más puro y santo que puede abrigar el corazón humano, un amor tal que pidiésemos ofrecerlo como holocausto al Dios que vela por todos nosotros.

-¡Oh, sí, sí! -murmuró Soledad como contestándose a una pregunta que se hacía a sí misma. El veneno que Eduardo destilaba gota a gota había filtrado hasta su corazón. La paloma estaba ya entre las garras del gavilán y sólo la providencia podía salvarla.

-¿Soledad, -le dijo Eduardo,- llamándola por la primera vez por su nombre de bautismo el único que conoce el amor, no ha amado Vd. jamás?

-¡Si he amado! He amado a mi padre y a mi madre, y he amado también a mi primo Enrique... como a un hermano.

-Pero no era de ese amor del que yo hablaba a Vd. sino de ese amor que divinizaba a Julia, de esa ardiente aspiración que nos arrastra hacia otra persona que nos hace desear su vista, su voz, su contacto. De aquel sentimiento que nos hace vivir en otro ser, con quien sentimos, con quien lloramos y nos alegramos a la vez. De aquel bálsamo divino que desciende a nuestros corazones y nos consuela en las amarguras de la vida. De aquella música inefable que suena en nuestros oídos y nos hace presentir los coros de los serafines. De ese amor hablaba a Vd., Soledad. ¿No lo ha sentido Vd. jamás?

Soledad guardó silencio, porque estaba demasiado conmovida para contestar. Al cabo de algunos momentos se repuso y dijo: -¿Y es posible sentir de ese modo sobre la tierra?

-¿Y Vd. me lo pregunta? ¿De otro modo como sería soportable la vida?

Soledad se entregaba al encanto de aquella conversación, sin ver lo peligrosa que era, mucho más después de haber leído un libro de amor junto con un joven hermoso y elocuente, peligros que han sido elocuentemente cantados por el Dante en su bellísimo episodio de Francisca de Rímini. Aquí estaba Francisca con todo su amor, su candidez y su pureza, pero Lancelot estaba reemplazado por Lovelace.

-¿Y Vd. que tan bien sabe pintar ese sentimiento, ha amado alguna vez de ese modo?

-Jamás hasta ahora, -contestó Eduardo mirándola fijamente;- para ello sería preciso que hubiese encontrado a Vd. libre, y entonces la hubiera amado con toda mi alma, con todo mi corazón. Sí, Soledad, la hubiera amado a Vd. del mismo modo que la amo ahora y la amaré siempre.

Soledad se había parado y parecía dispuesta a retirarse. Pero estaba tan turbada que sintiendo que le flaqueaban las rodillas tuvo que sostenerse en el respaldo de la silla. Viéndola Eduardo en aquel estado, se acercó a ella y le tomó una mano, que no tuvo fuerzas para retirar.

-¿Quiere Vd. huir de mí, Soledad, y por qué? ¿Puede ofenderle a Vd. un amor tan respetuoso como el mío? Amo y respeto a Vd. tanto que jamás me perdonaría haberla ofendido. Perdone Vd. a quien no ha podido ser insensible a su belleza y que pone hoy a sus pies un amor tan profundo y tan puro que muchas mujeres envidiarían.

-Caballero, -dijo Soledad en la agonía de su resistencia,- ¿olvida Vd. que soy casada?

-¿Y por qué me lo recuerda Vd.?... ¿Pero no, no ha dicho antes a Vd. que si encontrase a una mujer en la situación de Julia la amaría y le consagraría el resto de mis días? Esa mujer es Vd., Soledad. Joven y bella es imposible que no sienta Vd. la necesidad de amar, de expandir la superabundancia de su vida y juventud, de ser feliz y de hacer feliz a otro, porque Vd. no es feliz, Soledad. Yo vengo a traerle a Vd. la felicidad, vengo a ceñir su cabeza con la corona del amor y ofrecerte los goces de un cariño puro en el que jamás encontrará remordimientos. ¿Me rechazará Vd., Soledad? Oh, no, sus ojos de Vd., sus palabras involuntarias, sus acciones, todo me ha dicho que Vd. me amaba. Oh, diga Vd. que es así, y seré el más feliz de los mortales.

Soledad se tapó la cara con ambas manos y exclamó sollozando: -Eduardo, no exija Vd. eso de mí... ¡Dios mío! ¡Dios mío!- Y sintiendo que había dicho demasiado se retiró a su aposento y se echó a llorar sobre su cama diciendo: -¡Oh, creo que le amo!


Soledad de Bartolomé Mitre
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