Soledad: 07

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Soledad de Bartolomé Mitre


Capítulo sexto - Reminiscencias[editar]

Al pie de la casa de campo de D. Ricardo había una hermosa huerta de limoneros dulces, cercada por una alta tapia. A la entrada de la huerta se veía una cabaña limpia y bien construida que servía de habitación al dueño de ella y su familia. En el momento de que hablamos estaban sentados frente a su puerta dos personas ancianas, de distinto sexo. El hombre parecía tener como setenta años, y su fisonomía dulce y grave anunciaba la bondad de su corazón. La mujer representaba como cincuenta y cinco años, y su rostro conservaba aún algunos rasgos de belleza. Ambos estaban vestidos con humildad, pero con limpieza.

-Marta, -dijo el anciano,- ¿has estado hoy arriba a ver a la señorita?

-Sí, Antonio, y ojalá no hubiera estado, porque me ha afligido mucho.

-¿Y por qué, Marta?

-Porque la señorita está cada día más triste, y con la vida que lleva no es posible que viva mucho tiempo. ¡Pobre niña, tan linda, tan buena y tan desgraciada!

-Sí, la pobrecita es bien digna de compasión. Pero dime, Marta, tú que la has dado el pecho y has vivido con ella hasta que vino a esta hacienda, debes saber cómo ha podido casarse con D. Ricardo. Algo me has dicho sobre eso, pero nunca me has contado toda la historia.

-Ay, Antonio, nunca lo he hecho, porque cada vez que me acuerdo de esas cosas no puedo contener las lágrimas y padezco mucho. Con todo, voy a darte gusto porque es necesario que conozcas a tus patrones.

-Ya te escucho.

-Sabes tú que yo fui la madre de leche de la señorita Soledad. Cuando yo empecé a darle el pecho tenía ya como dos meses. Después que la hube criado fue tal el cariño que me tomó, que sus padres me pidieron que me quedase en la casa para cuidarla, lo que sabes tú que acepté con gusto, porque quería a Soledad como a una hija.

-Sí, bien me acuerdo de eso, y también que yo te permití con mucho gusto que te quedases, porque me dolía que te separases de la pobre niñita.

-Tenía Soledad cerca de cuatro años cuando murió un hermano de su padre D. Pedro, quien le recomendó su hijo al tiempo de morir. D. Pedro lo tomó a su cargo, lo trajo a su casa y desde aquel día lo trató como a un verdadero hijo.

-Nunca me olvido de D. Enrique. ¡Qué hermoso muchacho! Me acuerdo que cuando venía a casa contigo y la señorita, se entretenía mucho jugando conmigo. ¡Y cómo se querían con la señorita!

-En efecto, se querían como unos hermanos, y a medida que iban creciendo no podían estar ni un momento separados. Viendo el cariño entrañable que se tenían, D. Pedro concibió la esperanza de unirlos algún día. Pero la muerte lo sorprendió antes que hubiese podido unir a los dos jóvenes. Cuando D. Pedro murió, Soledad tenía doce años y D. Enrique diez y seis. Viendo que por su tierna edad no podían ser esposos todavía, recomendó a su mujer que los educase el uno para el otro y que los uniese así que Soledad tuviese quince años. La fortuna que D. Pedro dejó a su familia era muy pequeña, porque aun cuando antes había sido rico, la guerra lo había arruinado, habiendo hecho grandes gastos en favor de los patriotas, por lo que era mal mirado de los españoles. Quedó de albacea de sus bienes D. Ricardo, nuestro patrón, quien adicto a la causa de los españoles siempre se había manifestado amigo de D. Pedro.

Pasado algún tiempo empezó a figurar el nombre del general Lanza como uno de los caudillos más terribles que combatían contra los españoles en el Alto Perú. La relación de sus hazañas entusiasmaba siempre al joven D. Enrique, a lo que contribuía mucho las ideas que le había comunicado D. Pedro en su educación. Un día se presentó a la madre de Soledad, a quien él también llamaba su madre, y la dijo que estaba resuelto a irse a incorporar al general Lanza para pelear por la independencia de su patria. En vano quiso la señora difundirlo: ni sus ruegos, ni las lágrimas de Soledad pudieron hacerle variar de resolución. Por último, partió dejando a la familia anegada en lágrimas, y hoy me ha dicho la señorita que ha vuelto por fin a la Paz con el grado de capitán, después de haberse hallado en las batallas de Junin y Ayacucho.

-¡Bendito sea Dios! ¡D. Enrique capitán! ¡Qué gusto tendrá la señorita al verlo! Pero prosigue, Marta, tu narración.

-Después de la partida de D. Enrique, D. Ricardo se manifestó como el amigo más íntimo de la casa y se ganó la confianza de la señora. En estas circunstancias fueron confiscados los bienes del difunto D. Pedro por haber pertenecido a un rebelde, y Soledad y su madre quedaron en la mayor indigencia, privadas de todo recurso. La señora habló a D. Ricardo, quien puso por precio de sus servicios la mano de Soledad. Ésta se negó y la madre no quiso violentarla. Desde aquel día Soledad trabajaba diez y seis horas al día para mantener la casa y yo la ayudaba siempre en cuanto me era posible. Pero la pobreza y los disgustos acabaron al fin con la pobre señora. Sintiendo que ya iba a morir me llamó a mí y a su hija, a quien le dijo tomándole la mano y apretándosela con ternura: -Hija mía, yo te voy a faltar y vas a quedar sola en el mundo. Si Enrique estuviese aquí te dejaría encomendada a él, pero nada sabemos de su suerte, y sabe Dios si volverá algún día; mientras tanto tú necesitas amparo y protección. Acepta la mano de D. Ricardo y moriré contenta. -Está bien, madre mía, -contestó Soledad llorando.

Inmediatamente llamaron a D. Ricardo y se le hizo saber que a ruego de su madre Soledad consentía en ser su esposa. El casamiento se hizo al frente de la cama de la moribunda. A los tres días de casada Soledad, su madre murió recomendándole que fuese virtuosa, y a D. Ricardo que hiciese la felicidad de su hija.

Cuando Marta acabó de hablar los dos esposos quedaron en profundo silencio y al parecer muy conmovidos. Los pasos de un caballo que se adelantaba por el sendero a cuyo borde estaba la cabaña los sacó de su meditación. Levantaron la cabeza y vieron a un oficial seguido por un soldado que venía en dirección a ellos. El que venía adelante era un joven como de veinte y cuatro años. Su fisonomía tostada era grave y severa aunque llena de dulzura. Sus ojos grandes y negros le daban mucha expresión y su mirada parecía indicar un carácter entusiasta aunque modificado por los azares de la vida. Su pelo negro, el arco de ébano de su bigote, y las pobladas patillas que rodeaban su rostro acababan por imprimirle el sello de aquella belleza, varonil que casi siempre es el distintivo de las almas bien templadas. Estaba sencillamente vestido con un uniforme azul de caballería, unas largas botas granaderas, una gorra redonda con un galón de oro, su espada al costado y un pequeño poncho de seda verde forrado en paño de grana.

Cuando el joven llegó frente a la cabaña de los dos ancianos se detuvo y preguntó a Antonio si la casa que se veía más arriba era la de D. Ricardo Pérez. Antonio en vez de contestarle se puso algunos instantes a considerarlo, y cuando el joven militar empezaba a impacientarse le dijo con voz conmovida: -D. Enrique, ¿qué, ya no nos conoce Vd.?

Enrique miró a ambos con atención y dijo al fin: -¡Será posible! ¡Antonio, Marta! y apeandose del caballo se arrojó a sus brazos. -¿Y Soledad? -preguntó Enrique.

-Buena, señor, está allá arriba.

-Voy a verla, hasta luego, mis amigos. Vendré con ella a hacer a Vds. una visita.

Y se lanzó casi al galope por el empinado camino en zig-zag que conducía a la casa principal.


Soledad de Bartolomé Mitre
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