Sonata de primavera - Continuación

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<<Sonata de primavera de Ramón María del Valle-Inclán


Y luego las dos comienzan el relato al mismo tiempo: Habían oído un sermón en la Catedral: habían pasado por el Convento de las Carmelitas para preguntar por la Madre Superiora que estaba enferma: Habían velado al Santísimo. Aquí la Princesa interrumpió:

-¿Y cómo sigue la Madre Superiora?

-Todavía no baja al locutorio.

-¿A quién habéis visto?

-A la Madre Escolástica. ¡La pobre siempre tan buena y tan cariñosa! No sabes cuánto nos preguntó por ti y por tus hijas: Nos enseñó el hábito de María Rosario: Iba a mandárselo para que lo probase: Lo ha cosido ella misma: Dice que será el último, porque está casi ciega.

La Princesa suspiró:

-¡Yo no sabía que estuviese ciega!

-Ciega no, pero ve muy poco.

-Pues no tiene años para eso...

La Princesa acabó la frase con un gesto de fatiga, llevándose las manos a la frente. Después se distrajo mirando hacia la puerta, donde asomaba la escuálida figura del Señor Polonio. Detenido en el umbral, el mayordomo saludaba con una profunda reverencia:

-¿Da su permiso mi Señora la Princesa?

-Adelante, Polonio. ¿Qué ocurre?

-Ha venido el sacristán de las Madres Carmelitas con el hábito de la Señorina.

-¿Y ella lo sabe?

-Probándoselo queda.

Al oír esto, las otras hijas de la Princesa, que sentadas en rueda bordaban el manto de Santa Margarita de Ligura, habláronse en voz baja, juntando las cabezas, salieron de la estancia con alegre murmullo, en un grupo casto y primaveral como aquel que pintó Sandro Boticelli. La Princesa las miró con maternal orgullo, y luego hizo un ademán despidiendo al mayordomo, que, en lugar de irse, adelantó algunos pasos balbuciendo:

-Ya he dado el último perfil al Paso de las Caídas... Hoy empiezan las procesiones de Semana Santa.

La Princesa replicó con desdeñosa altivez:

-Y sin duda has creído que yo lo ignoraba.

El mayordomo pareció consternado:

-¡Líbreme el Cielo. Señora!

-¿Pues entonces...?

-Hablando de las procesiones, el sacristán de las Madres me dijo que tal vez este año no saliesen las que costea y patrocina mi Señora la Princesa.

-¿Y por qué causa?

-Por la muerte de Monseñor, y el luto de la casa.

-Nada tiene que ver con la religión, Polonio.

Aquí la Princesa creyó del caso suspirar. El mayordomo se inclinó:

-Cierto, Señora, ciertísimo. El sacristán lo decía contemplando mi obra. Ya sabe la Señora Princesa... El Paso de las Caídas... Espero que mi señora se digne verlo...

El mayordomo se detuvo sonriendo ceremoniosamente. La Princesa asintió con un gesto, y luego volviéndose a mí pronunció con ligera ironía:

-¿Tú acaso ignoras que mi mayordomo es un gran artista?

El viejo se inclinó:

-¡Un artista...! Hoy en día ya no hay artistas. Los hubo en la antigüedad.

Yo intervine con mi juvenil insolencia:

-¿Pero de qué época sois, Señor Polonio?

El mayordomo repuso sonriendo:

-Vos tenéis razón, Excelencia... Hablando con verdad, no puedo decir que éste sea mi siglo...

-Vos pertenecéis a la antigüedad más clásica y más remota. ¿Y cuál arte cultiváis, Señor Polonio?

El Señor Polonio repuso con suma modestia:

-Todas, Excelencia.

-¡Sois un nieto de Miguel Ángel!

-El cultivarlas todas no quiere decir que sea maestro en ellas, Excelencia.

La Princesa sonrió con aquella amable ironía que al mismo tiempo mostraba señoril y compasivo afecto por el mayordomo:

-Xavier, tienes que ver su última obra: ¡El Paso de las Caídas! ¡Una maravilla!

Las dos ancianas juntaron las secas manos con infantil admiración:

-¡Si cuando joven hubiera querido ir a Roma...! ¡Oh!

El mayordomo lloraba enternecido:

-¡Señoras...! ¡Mis nobles Mecenas!

De pronto se oyó murmullo de juveniles voces que se aproximaban, y un momento después el coro de las cinco hermanas invadía la estancia. María Rosario traía puesto el blanco hábito que debía llevar durante toda la vida, y las otras se agrupaban en torno como si fuese una Santa. Al verlas entrar, la Princesa se incorporó muy pálida: Las lágrimas acudían a sus ojos y luchaba en vano por retenerlas. Cuando María Rosario se acercó a besarle la mano, le echó los brazos al cuello y la estrechó amorosamente. Quedó después contemplándola, y no pudo contener un grito de angustia.

Yo estaba tan conmovido que, como en sueños, percibí la voz del viejo mayordomo: Hablaba después de un profundo silencio:

-Si merezco el honor... Perdonad, pero ahora van a llevarse esa pobre obra de mis manos pecadoras. Si queréis verla, apenas queda tiempo...

Las dos señoras se levantaron sacudiéndose las crujientes y arrugadas faldas:

-¡Oh...! Vamos allá.

Antes de salir ya comenzaron las explicaciones del Señor Polonio:

-Conviene saber que el Nazareno y el Cirineo son los mismos que había antiguamente. De mi mano son únicamente los judíos. Los hice de cartón. Ya conocen mi antigua manía de hacer caretas. Una manía y de las peores. Con ella di gran impulso a los Carnavales, que es la fiesta de Satanás. ¡Aquí antes nadie se vestía de máscara, pero como yo regalaba a todo el mundo mis caretas de cartón! ¡Dios me perdone! Los Carnavales de Ligura llegaron a ser famosos en Italia... Vengan por aquí sus Excelencias. Pasamos a una gran sala que tenía las ventanas cerradas. El Señor Polonio adelantóse para abrirlas. Después se volvió pidiendo mil perdones, y nosotros entramos. Mis ojos quedaron extasiados al ver en medio de la sala unas andas con Jesús de Nazareno, entre cuatro judíos tontos y barbudos. Las dos señoras lloraban de emoción:

-¡Si considerásemos lo que Nuestro Señor padeció por nosotros!

-¡Ay...! ¡Si lo considerásemos!

En presencia de aquellos cuatro judíos vestidos a la chamberga, era indudable que las devotas señoras procuraban hacerse cargo del drama de la Pasión. El Señor Polonio daba vueltas en torno de las andas y con los nudillos golpeaba suavemente las fieras cabezas de los cuatro deicidas:

-¡De cartón...! ¡Sí, señoras, igual que las caretas! Fue una idea que me vino sin saber cómo.

Las damas repetían juntando las manos:

-¡Inspiración divina...!

-¡Inspiración de lo alto...! El Señor Polonio sonreía:

-Nadie, absolutamente nadie, esperaba que pudiese realizar la idea... Se burlaban de mí... Ahora, en cambio, todo se vuelven parabienes. ¡Y yo perdono aquellos sarcasmos! ¡Llevé mi idea en la frente un año entero!

Oyéndoles, las señoras, repetían enternecidas:

-¡Inspiración...!

-¡Inspiración... !

Jesús Nazareno, desmelenado, lívido, sangriento, agobiado bajo el peso de la cruz, parecía clavar en nosotros su mirada dulce y moribunda. Los cuatro judíos, vestidos de rojo, le rodeaban fieros. El que iba delante tocaba la trompeta. Los que le daban escolta a uno y otro lado, llevaban sendas disciplinas, y aquel que caminaba detrás, mostraba al pueblo la sentencia de Pilatos. Era un papel de música, y el mayordomo tuvo cuidado de advertirnos cómo en aquel tiempo de gentiles, los escribanos hacían unos garabatos muy semejantes a los que hacen los músicos. Volviéndose a mí con gravedad doctoral, continuó:

-Los moros y los judíos todavía escriben de una manera semejante. ¿Verdad, Excelencia?

Cuando el Señor Polonio se hallaba en esta erudita explicación, llegó un sacristán capitaneando a cuatro devotos que venían para llevarse a la iglesia de los Capuchinos aquel famoso Paso de las Caídas. El Señor Polonio cubrió las andas con una colcha, y les ayudó a levantarlas. Después los acompañó hasta la puerta de la estancia:

-¡Cuidado...! No tropezar con las paredes... ¡Cuidado...!

Enjugóse las lágrimas, y abrió una ventana para verlos salir. La primera preocupación del sacristán, cuando asomó en la calle, fue mirar al cielo, que estaba completamente encapotado. Luego se puso al frente de su tropa, y echó por medio. Los cuatro dev otos iban casi corriendo. Las andas envueltas en la colcha roja bamboleaban sobre sus hombros. El Señor Polonio se dirigió a nosotros:

-Sin cumplimiento: ¿Qué les ha parecido? Las dos señoras estuvieron, como siempre, de acuerdo:

-¡Edificante!

-¡Edificante!

El Señor Polonio sonrió beatíficamente y su escuálida figura de dómine enamorado de las musas se volvió a la ventana con la mano extendida hacia la calle, para enterarse si llovía.

Aquella noche las hijas de la Princesa habíanse refugiado en la terraza, bajo la luna, como las hadas de los cuentos: Rodeaban a una amiga joven y muy bella, que de tiempo en tiempo me miraba llena de curiosidad. En el salón, las señoras ancianas conversaban discretamente, y sonreían al oír las voces juveniles que llegaban en ráfagas perfumadas con el perfume de las lilas que se abrían al pie de la terraza. Desde el salón distinguíase el jardín, inmóvil bajo la luna, que envolvía en pálida claridad la cima mustia de los cipreses y el balconaje de la terraza donde, otras veces, el pavo real abría su abanico de quimera y cuento.

Yo quise varias veces acercarme a María Rosario. Todo fue inútil: Ella adivinaba mis intenciones, y alejábase cautelosa, sin ruido, con la vista baja y las manos cruzadas sobre el escapulario del hábito monjil que conservaba puesto. Viéndola a tal extremo temerosa, yo sentía halagado mi orgullo donjuanesco, y algunas veces, sólo por turbarla, cruzaba de un lado al otro. La pobre niña al instante se prevenía para huir: Yo pasaba aparentando no advertirlo. Tenía la petulancia de los veinte años. Otros momentos entraba en el salón y deteníame al lado de las viejas damas, que recibían mis homenajes con timidez de doncellas. Recuerdo que me hallaba hablando con aquella devota Marquesa de Téscara, cuando, movido por un oscuro presentimiento, volví la cabeza y busqué con los ojos la blanca figura de María Rosario. La Santa ya no estaba.

Una nube de tristeza cubrió mi alma. Dejé a la vieja linajuda y salí a la terraza. Mucho tiempo permanecí reclinado sobre el florido balconaje de piedra contemplando el jardín. En el silencio perfumado cantaba un ruiseñor, y parecía acordar su voz con la voz de las fuentes. El reflejo de la luna iluminaba aquel sendero de los rosales que yo había recorrido otra noche. El aire suave y gentil, un aire a propósito para llevar suspiros, pasaba murmurando, y a lo lejos, entre mirtos inmóviles, ondulaba el agua de un estanque. Yo evocaba en la memoria el rostro de María Rosario, y no cesaba de pensar:

-¿Qué siente ella?... ¿Qué siente ella por mí?...

Bajé lentamente hacia el estanque. Las ranas que estaban en la orilla saltaron al agua produciendo un ligero estremecimiento en el dormido cristal. Había allí un banco de piedra y me senté. La noche y la luna eran propicias al ensueño, y pude sumergirme en una contemplación semejante al éxtasis. Confusos recuerdos de otros tiempos y otros amores se levantaron en mi memoria. Todo el pasado resurgía como una gran tristeza y un gran remordimiento. Mi juventud me parecía mar de soledad y de tormentas, siempre en noche. El alma languidecía en el recogimiento del jardín, y el mismo pensamiento volvía como el motivo de un canto lejano:

-¿Qué siente ella?... ¿Qué siente ella por mí?... Ligeras nubes blancas erraban en torno de la luna y la seguían en su curso fantástico y vagabundo. Empujadas por un soplo invisible, la cubrieron y quedó sumido en sombras el jardín. El estanque dejó de brillar entre los mirtos inmóviles: Sólo la cima de los cipreses permaneció iluminada. Como para armonizar con la sombra, se levantó una brisa que pasó despertando largo susurro en todo el recinto y trajo hasta mí el aroma de las rosas deshojadas. Lentamente volví hacia el Palacio: Mis ojos se detuvieron en una ventana iluminada, y no sé qué oscuro presentimiento hizo palpitar mi corazón. Aquella ventana alzábase apenas sobre la terraza, permanecía abierta, y el aire ondulaba la cortina. Me pareció que por el fondo de la estancia cruzaba una sombra blanca. Quise acercarme, pero el rumor de unas pisadas bajo la avenida de los cipreses me detuvo. El viejo mayordomo paseaba a la luz de la luna sus ensueños de artista. Yo quedé inmóvil en el fondo del jardín. Y contemplando aquella luz el corazón latía:

-¿Qué siente ella?... ¿Qué siente ella por mi?.. ¡Pobre María Rosario! Yo la creía enamorada, y, sin embargo, mi corazón presentía no sé qué quimérica y confusa desventura. Quise volver a sumergirme en mi amoroso ensueño, pero el canto de un sapo repetido monótonamente bajo la arcada de los cipreses distraía y turbaba mi pensamiento. Recuerdo que de niño he leído muchas veces en un libro de devociones donde rezaba mi abuela, que el Diablo solía tomar ese aspecto para turbar la oración de un santo monje. Era natural que a mí me ocurriese lo mismo. Yo, calumniado y mal comprendido, nunca fui otra cosa que un místico galante, como San Juan de la Cruz. En lo más florido de mis años hubiera dado gustoso todas las glorias mundanas por poder escribir en mis tarjetas: El Marqués de Bradomín, Confesor de Princesas.

En achaques de amor, ¿quién no ha pecado alguna vez? Yo estoy íntimamente convencido de que el Diablo tienta siempre a los mejores. Aquella noche el cornudo monarca del abismo encendió mi sangre con su aliento en llamas y despertó mi carne flaca, fustigándola con su rabo negro. Yo cruzaba la terraza cuando una ráfaga violenta alzó la flameante cortina, y mis ojos mortales vieron arrodillada en el fondo de la estancia la sombra pálida de María Rosario. No puedo decir lo que entonces pasó por mí. Con que primero fue un impulso ardiente, y después una sacudida fría y cruel. La audacia que se admira en los labios y en los ojos de aquel retrato que del divino César Borgia pintó el divino Rafael de Sanzio. Me volví mirando en torno: Escuché un instante: En el jardín y en el Palacio todo era silencio. Llegué cauteloso a la ventana, y salté dentro. La Santa dio un grito: Se dobló blandamente como una flor cuando pasa el viento, y quedó tendida, desmayada, con el rostro pegado a la tierra. En mi memoria vive siempre el recuerdo de sus manos blancas y frías: ¡Manos diáfanas como la hostia!...

Al verla desmayada la cogí en brazos y la llevé a su lecho, que era como altar de lino albo y de rizado encaje. Después, con una sombra de recelo, apagué la luz: Quedó en tinieblas el aposento y con los brazos extendidos comencé a caminar en la oscuridad. Ya tocaba el borde de su lecho y percibía la blancura del hábito monjil, cuando el rumor de unos pasos en la terraza heló mi sangre y me detuvo. Manos invisibles alzaron la flameante cortina y la claridad de la luna penetró en la estancia. Los pasos habían cesado. Una sombra oscura se destacaba en el hueco iluminado de la ventana. La sombra se inclinó mirando hacia el fondo del aposento, y volvió a erguirse. Cayó la cortina, y escuché de nuevo el rumor de los pasos que se alejaban. Yo no había visto. Inmóvil, yerto, anhelante, permanecí sin moverme. De tiempo en tiempo la cortina temblaba: Un rayo de luna esclarecía el aposento, y con amoroso sobresalto mis ojos volvían a distinguir el cándido lecho y la figura cándida que yacía como la estatua en un sepulcro. Tuve miedo, y cauteloso llegué hasta la ventana. El sapo dejaba oír su canto bajo la arcada de los cipreses, y el jardín, húmedo y sombrío, susurrante y oscuro, parecía su reino. Salté la ventana como un ladrón, y anduve a lo largo de la terraza pegado al muro. De pronto, me pareció sentir leve rumor, como de alguno que camina recatándose. Me detuve y miré, pero en la inmensa sombra que el Palacio tendía sobre la terraza y el jardín, nada podía verse. Seguí adelante, y apenas había dado algunos pasos, cuando un aliento jadeante rozó mi cuello, y la punta de un puñal desgarró mi hombro. Me volví con fiera presteza. Un hombre corría a ocultarse en el jardín. Le reconocí con asombro, casi con miedo, al cruzar un claro iluminado por la luna, y desistí de seguirle, para evitar todo escándalo. Más, mucho más que la herida, me dolía dejar de castigarle, pero ello era forzoso, y entréme en el Palacio, sintiendo el calor tibio de la sangre correr por mi cuerpo. Musarelo, mi criado, que dormitaba en la antecámara, despertóse al ruido de mis pasos y encendió las luces de un candelabro. Después se cuadró militarmente:

-A la orden, mi Capitán.

-Acércate, Musarelo...

Y tuve que apoyarme en la puerta para no caer. Musarelo era un soldado veterano que me servía desde mi entrada en la Guardia Noble. En voz baja y serena, le dije:

-Vengo herido...

Me miró con ojos asustados:

-¿Dónde, Señor?

-En el hombro.

Musarelo levantó los brazos, y clamó con la pasión religiosa de un fanático:

-¡A traición sería!..

Yo sonreí. Musarelo juzgaba imposible que un hombre pudiese herirme cara a cara:

-Sí, fue a traición. Ahora véndame, y que nadie se entere...

El soldado comenzó a desabrocharme la bizarra ropilla. Al descubrir la herida, yo sentí que sus manos temblaban:

-No te desmayes, Musarelo.

-No, mi Capitán.

Y todo el tiempo, mientras me curaba, estuvo repitiendo por lo bajo:

-¡Ya buscaremos a ese bergante!...

No, no era posible buscarle. El bergante estaba bajo la protección de la Princesa, y acaso en aquel instante le refería la hazaña de su puñal. Torturado por este pensamiento, pasé la noche inquieto y febril. Quería adivinar lo venidero, y perdíame en cavilaciones. Aún recuerdo que mi corazón tembló como el corazón de un niño, cuando volví a verme enfrente de la Princesa Gaetani.

Fue al entrar en la biblioteca, que por hallarse a oscuras yo había supuesto solitaria, cuando oí la voz apasionada de la Princesa Gaetani:

-¡Oh! ¡Cuánta infamia! ¡Cuánta infamia!

Desde aquel momento tuve por cierto que la noble señora lo sabía todo, y, cosa extraña, al dejar de dudar dejé de temer. Con la sonrisa en los labios atusándome el mostacho entré en la biblioteca:

-Me pareció oiros, y no quise pasar sin saludaros, Princesa.

La Princesa estaba pálida como una muerta:

-¡Gracias!

En pie, tras el sillón que ocupaba la dama hallábase el mayordomo, y en la penumbra de la biblioteca, yo le adivinaba asaeteándome con los ojos. La Princesa inclinóse hojeando un libro. Sobre el vasto recinto se cernía el silencio como un murciélago de maleficio, que sólo se anuncia por el aire frío de sus alas. Yo comprendía que la noble señora buscaba herirme con su desdén, y un poco indeciso, me detuve en medio de la estancia. Mi orgullo levantábase en ráfagas, pero sobre los labios temblorosos estaba la sonrisa. Supe dominar mi despecho y me acerqué galante y familiar:

-¿Estáis enferma, señora?

-No...

La Princesa continuaba hojeando el libro, y hubo otro largo silencio. Al cabo suspiró dolorida, incorporándose en su sillón.

-Vámonos, Polonio...

El mayordomo me dirigió una mirada oblicua que me recordó al viejo Bandelone que hacía los papeles de traidor en la compañía de Ludovico Straza:

-A vuestras órdenes, Excelencia.

Y la Princesa, seguida del mayordomo, sin mirarme, atravesó el largo salón de la biblioteca. Yo sentí la afrenta, pero todavía supe dominarme, y le dije:

-Princesa, esperad que os cuente cómo esta noche me han herido...

Y mi voz, helada por un temblor nervioso, tenía cierta amabilidad felina que puso miedo en el corazón de la Princesa. Yo la vi palidecer y detenerse mirando al mayordomo: Después murmuró fríamente, casi sin mover los labios:

-¿Dices que te han herido?

Su mirada se clavó en la mía, y sentí el odio en aquellos ojos redondos y vibrantes como los ojos de las serpientes. Un momento creí que llamase a sus criados para que me arrojasen del Palacio, pero temió hacerme tal afrenta, y desdeñosa siguió hasta la puerta, donde se volvió lentamente:

-¡Ah...! No tuve carta autorizando tu estancia en Ligura.

Yo repuse sonriendo, sin apartar mis ojos de los suyos:

-Será preciso volver a escribir.

-¿Quién?

-Quien escribió antes: María Rosario...

La Princesa no esperaba tanta osadía, y tembló. Mi leyenda juvenil, apasionada y violenta, ponía en aquellas palabras un nimbo satánico. Los ojos de la Princesa se llenaron de lágrimas, y como eran todavía muy bellos, mi corazón de andante caballero tuvo un remordimiento. Por fortuna las lágrimas de la Princesa no llegaron a rodar, sólo empañaron el claro iris de su pupila. Tenía el corazón de una gran dama y supo triunfar del miedo: Sus labios se plegaron por el hábito de la sonrisa, sus ojos me miraron con amable indiferencia y su rostro cobró una expresión calma, serena, tersa, como esas santas de aldea que parecen mirar benévolamente a los fieles. Detenida en la puerta, me preguntó:

-¿Y cómo te han herido?

-En el jardín, señora...

La Princesa, sin moverse del umbral, escuchó la historia que yo quise contarle. Atendía sin mostrar sorpresa, sin desplegar los labios, sin hacer un gesto. Por aquel camino del mutismo intentaba quebrantar mi audacia, y como yo adivinaba su intención, me complacía hablando sin reposo para velar su silencio. Mis últimas palabras fueron acompañadas de una profunda cortesía, pero ya no tuve valor para besarle la mano:

-¡Adiós, Princesa...! Avisadme si tenéis noticias de Roma. Polonio, a hurto, hizo los cuernos con la mano. La Princesa guardó silencio. Crucé la silenciosa biblioteca y salí. Después, meditando a solas si debía abandonar el Palacio Gaetani, resolví quedarme. Quería mostrar a la Princesa que cuando suelen otros desesperarse, yo sabía sonreír, y que donde otros son humillados, yo era triunfador. ¡El orgullo ha sido siempre mi mayor virtud! Permanecí todo el día retirado en mi cámara. Hallábame cansado como después de una larga jornada, sentía en los párpados una aridez febril, y sentía los pensamientos enroscados y dormidos dentro de mí, como reptiles. A veces se despertaban y corrían sueltos, silenciosos, indecisos: Ya no eran aquellos pensamientos, de orgullo y de conquista, que volaban como águilas con las garras abiertas. Ahora mi voluntad flaqueaba, sentíame vencido y sólo quería abandonar el Palacio. Hallábame combatido por tales bascas, cuando entró Musarelo:

-Mi Capitán, un padre capuchino desea hablaros.

-Dile que estoy enfermo.

-Se lo he dicho, Excelencia.

-Dile que me he muerto.

-Se lo he dicho, Excelencia.

Miré a Musarelo que permanecía ante mí con un gesto impasible y bufonesco:

-¿Pues entonces qué pretende ese padre capuchino?

-Rezaros los responsos, Excelencia.

Iba yo a replicar, pero en aquel momento una mano levantó el majestuoso cortinaje de terciopelo carmesí:

-Perdonad que os moleste, joven caballero. Un viejo de luenga barba, vestido con el sayal de los capuchinos, estaba en el umbral de la puerta. Su aspecto venerable me impuso respeto:

-Entrad, Reverendo Padre.

Y adelantándose le ofrecí un sillón. El capuchino rehusó sentarse, y sus barbas de plata se iluminaron con la sonrisa grave y humilde de los Santos. Volvió a repetir:

-Perdonad que os moleste...

Hizo una pausa, esperando a que saliese Musarelo, y después continuó:

-Joven caballero, poned atención en cuanto voy a deciros, y líbreos el Cielo de menospreciar mi aviso. ¡Acaso pudiera costaros la vida! Prometedme que después de haberme oído no querréis saber más, porque responderos me sería imposible. Vos comprenderéis que este silencio lo impone un deber de mi estado religioso, y todo cristiano ha de respetarlo. ¡Vos sois cristiano... !

Yo repuse inclinándome profundamente:

-Soy un gran pecador, Reverendo Padre.

El rostro del capuchino volvió a iluminarse con indulgente sonrisa:

-Todos lo somos, hijo mío.

Después, con las manos juntas y los ojos cerrados, permaneció un momento como meditando. En las hundidas cuencas, casi se transparentaba el globo de los ojos bajo el velo descarnado y amarillento de los párpados. Al cabo de algún tiempo continuó:

-Mi palabra y mi fe no pueden seros sospechosas, puesto que ningún interés vil me trae a vuestra presencia. Solamente me guía una poderosa inspiración, y no dudo que es vuestro Ángel quien se sirve de mí para salvaros la vida, no pudiendo comunicar con vos. Ahora decidme si estáis conmovido, y si puedo daros el consejo que guardo en mi corazón.

-¡No lo dudéis, Reverendo Padre! Vuestras palabras me han hecho sentir algo semejante al terror. Yo juro seguir vuestro consejo, si en su ejecución no hallo nada contra mi honor de caballero.

-Está bien, hijo mío. Espero que por un sentimiento de caridad, suceda lo que suceda, a nadie hablaréis de este pobre capuchino.

-Lo prometo por mi fe de cristiano, Reverendo Padre... Pero hablad, os lo ruego.

-Hoy, después de anochecido, salid por la cancela del jardín, y bajad rodeando la muralla. Encontraréis una casa terreña que tiene en el tejado un cráneo de buey: Llamad allí. Os abrirá una vieja, y le diréis que deseáis hablarle: Con esto sólo os hará entrar. Es probable que ni siquiera os pregunte quién sois, pero si lo hiciese, dad un nombre supuesto. Una vez en la casa, rogadle que os escuche, y exigidle secreto sobre lo que vais a confiarle. Es pobre, y debéis mostraros liberal con ella, porque así os servirá mejor. Veréis como inmediatamente cierra su puerta para que podáis hablar sin recelo. Vos, entonces, hacedle entender que estáis resuelto a recobrar el anillo y cuanto ha recibido con él. No olvidéis esto: El anillo y cuanto ha recibido con él. Amenazadla si se resiste, pero no hagáis ruido, ni la dejéis que pida socorro. Procurar persuadirla ofreciéndole doble dinero del que alguien le ha ofrecido por perderos. Estoy seguro que acabará haciendo aquello que le mandéis, y que todo os costará bien poco. Pero aun cuando así no fuese, vuestra vida debe seros más preciada que todo el oro del Perú. No me preguntéis más, porque más no puedo deciros... Ahora, antes de abandonaros, juradme que estáis dispuesto a seguir mi consejo.

-Sí, Reverendo Padre, seguiré la inspiración del Ángel que os trajo.

-¡Así sea!

El capuchino trazó en el aire una lenta bendición, y yo incliné la cabeza para recibirla. Cuando salió, confieso que no tuve ánimos de reír. Con estupor, casi con miedo, advertí que en mi mano faltaba un anillo que llevaba desde hacía muchos años, y solía usar como sello. No pude recordar dónde lo había perdido. Era un anillo antiguo: Tenía el escudo grabado en amatista, y había pertenecido a mi abuelo el Marqués de Bradomín.

Bajé al jardín donde volaban los vencejos en la sombra azul de la tarde. Las veredas de mirtos seculares, hondas y silenciosas, parecían caminos ideales que convidaban a la meditación y al olvido, entre frescos aromas que esparcían en el aire las yerbas humildes que brotaban escondidas como virtudes. Llegaba a mí sofocado y continuo el rumor de las fuentes sepultadas en el verde perenne de los mirtos, de los laureles y de los bojes. Una vibración misteriosa parecía salir del jardín solitario, y un afán desconocido me oprimía el corazón. Yo caminaba bajo los cipreses, que dejaban caer de su cima un velo de sombra. Desde lejos, como a través de larga sucesión de pórticos, distinguí a María Rosario sentada al pie de una fuente, leyendo en un libro: Seguí andando con los ojos fijos en aquella feliz aparición. Al ruido de mis pasos alzó levemente la cabeza, y con dos rosas de fuego en las mejillas volvió a inclinarla, y continuó leyendo. Yo me detuve porque esperaba verla huir, y no encontraba las delicadas palabras que convenían a su gracia eucarística de lirio blanco.

Al verla sentada al pie de la fuente, sobre aquel fondo de los bojes antiguos, leyendo el libro abierto en sus rodillas, adiviné que María Rosario tenía por engaño del sueño, mi aparición en su alcoba. Al cabo de un momento y olvió a levantar la cabeza, y sus ojos, en un batir de párpados echaron sobre mí una mirada furtiva. Entonces le dije:

-¿Qué leéis en este retiro?

Sonrió tímidamente.

-La Vida de la Virgen María.

Tomé el libro de sus manos, y al cedérmelo, mientras una tenue llamarada encendía de nuevo sus mejillas, me advirtió:

-Tened cuidado que no caigan las flores disecadas que hay entre las páginas.

-No temáis...

Abrí el libro con religioso cuidado, aspirando la fragancia delicada y marchita que exhalaba como un aroma de santidad. En voz baja leí:

-La Ciudad Mística de Sor María de Jesús, Llamada de Ágreda.

Volví a entregárselo, y ella, al recibirlo, interrogó sin osar mirarme:

-¿Acaso conocéis ese libro?

-Lo conozco porque mi padre espiritual lo leía cuando estuvo prisionero en los Plomos de Venecia.

María Rosario, un poco confusa, murmuró:

-¡Vuestro padre espiritual! ¿Quién es vuestro padre espiritual?

-El Caballero de Casanova.

-¿Un noble español?

-No, un aventurero veneciano.

-¿Y un aventurero...?

Yo la interrumpí.

-Se arrepintió al final de su vida.

-¿Se hizo fraile?

-No tuvo tiempo, aun cuando dejó escritas sus confesiones.

-¿Como San Agustín?

-¡Io mismo! Pero humilde y cristiano, no quiso igualarse con aquel Doctor de la Iglesia, y las llamó Memorias.

-¿Vos las habéis leído?

-Es mi lectura favorita.

-¿Serán muy edificantes?

-¡Oh...! ¡Cuánto aprenderíais en ellas...! Jacobo de Casanova fue gran amigo de una monja de Venecia.

-¿Como San Francisco fue amigo de Santa Clara?

-Con una amistad todavía más íntima.

-¿Y cuál era la regla de la monja?

-Carmelita.

-Yo también seré Carmelita.

María Rosario calló ruborizándose, y quedó con los ojos fijos en el cristal de la fuente, que la reflejaba toda entera. Era una fuente rústica cubierta de musgo. Tenía un murmullo tímido como de plegaria, y estaba sepultada en el fondo de un claustro circular, formado por arcos de antiquísimos bojes. Yo me incliné sobre la fuente, y como si hablase con la imagen que temblaba en el cristal de agua, murmuré:

-¡Vos, cuando estéis en el convento, no seréis mi amiga...! María Rosario se apartó vivamente:

-¡Callad...! ¡Callad, os lo suplico...!

Estaba pálida, y juntaba las manos mirándome con sus hermosos ojos angustiados. Me sentí tan conmovido, que sólo supe inclinarme en demanda de perdón. Ella gimió:

-Callad, porque de otra suerte no podré deciros... Se llevó las manos a la frente y estuvo así un instante. Yo veía que toda su figura temblaba. De repente, con una fuerza trágica se descubrió el rostro, y clamó enronquecida:

-¡Aquí vuestra vida peligra...! ¡Salid hoy mismo!

Y corrió a reunirse con sus hermanas, que venían por una honda carrera de mirtos, las unas en pos de las otras, hablando y cogiendo flores para el altar de la capilla. Me alejé lentamente. Empezaba a declinar la tarde, y sobre la piedra de armas que coronaba la puerta del jardín, se arrullaban dos palomas que huyeron al acercarme. Tenían adornado el cuello con alegres listones de seda, tal vez anudados un día por aquellas manos místicas y ardientes que sólo hicieron el bien sobre la tierra. Matas de viejos alelíes florecían en las grietas del muro, y los lagartos tomaban el sol sobre las piedras caldeadas, cubiertas de un liquen seco y amarillento. Abrí la cancela y quedé un momento contemplando aquel jardín lleno de verdor umbrío y de reposo señorial. El sol poniente dejaba un reflejo dorado sobre los cristales de una torre que aparecía cubierta de negros vencejos y en el silencio de la tarde se oía el murmullo de las fuentes y las voces de las cinco hermanas.

Flanqueada la muralla del jardín, llegué a la casuca terreña que tenía la cornamenta de un buey en el tejado. Una vieja hilaba sentada en el quicio de la puerta, y por el camino pasaban rebaños de ovejas levantando nubes de polvo. La vieja al verme llegar, se puso en pie:

-¿Qué deseáis?

Y al mismo tiempo, con un gesto de bruja avarienta, humedecía en los labios decrépitos el dedo pulgar para seguir torciendo el lino. Yo le dije:

-Tengo que hablaros.

A la vista de dos sequines, la vieja sonrió agasajadora:

-¡Pasad...! ¡Pasad...!

Dentro de la casa ya era completamente de noche, y la vieja tuvo que andar a tientas para encender un candil de aceite. Luego de colgarlo en un clavo, volvióse a mí:

-¡Veamos qué desea tan gentil caballero!

Y sonreía mostrando la caverna desdentada de su boca. Yo hice un gesto indicándole que cerrase la puerta, y obedeció solícita, no sin echar antes una mirada al camino por donde un rebaño desfilaba tardo, al son de las esquilas. Después vino a sentarse en un taburete, debajo del candil, y me dijo juntando sobre el regazo las manos que parecían un haz de huesos:

-Por sabido tengo que estás enamorado, y vuestra es la culpa si no sois feliz. Antes hubieseis venido, y antes tendríais el remedio.

Oyéndola hablar de esta suerte comprendí que se hacía pasar por hechicera, y no pude menos de sorprenderme, recordando las misteriosas palabras del capuchino. Quedé un momento silencioso, y la vieja, esperando mi respuesta, no me apartaba los ojos astutos y desconfiados. De pronto le grité:

-Sabed, señora bruja, que tan sólo vengo por un anillo que me han robado.

La vieja se incorporó horriblemente demudada:

-¿Qué decís?

-Que vengo por mi anillo.

-¡No lo tengo! ¡Yo no os conozco!

Y quiso correr hacia la puerta para abrirla, pero yo le puse una pistola en el pecho, y retrocedió hasta un rincón dando suspiros. Entonces sin moverme le dije:

-Vengo dispuesto a daros doble dinero del que os han prometido por obrar el maleficio, y lejos de perder, ganaréis entregándome el anillo y cuanto os trajeron con él...

Se levantó del suelo todavía dando suspiros, y vino a sentarse en el taburete debajo del candil, que al oscilar, tan pronto dejaba toda la figura en la sombra, como iluminaba el pergamino del rostro y de las manos. Lagrimeando murmuró:

-Perderé cinco sequines, pero vos me daréis doble cuando sepáis... Porque acabo de reconoceros...

-Decid entonces quién soy.

-Sois un caballero español que sirve en la Guardia Noble del Santo Padre.

-¿No sabéis mi nombre?

-Sí, esperad...

Y quedó un momento con la cabeza inclinada, procurando acordarse. Yo veía temblar sobre sus labios palabras que no podían oírse. De pronto me dijo:

-Sois el Marqués de Bradomín.

Juzgué entonces que debía sacar de la bolsa los diez sequines prometidos y mostrárselos. La vieja entonces lloró enternecida:

-Excelencia, nunca os hubiera hecho morir, pero os hubiera quitado la lozanía...

-Explicadme eso.

-Venid conmigo...

Me hizo pasar tras un cañizo negro y derrengado, que ocultaba el hogar donde ahumaba una lumbre mortecina con olor de azufre. Yo confieso que sentía un vago sobresalto, ante los poderes misteriosos de la bruja, capaces de hacerme perder la lozanía.

La bruja había descolgado el candil: alzábale sobre su cabeza para alumbrarse mejor, y me mostraba el fondo de su vivienda, que hasta entonces, por estar entre sombras, no había podido ver. Al oscilar la luz, yo distinguía claramente sobre paredes negras de humo, lagartos, huesos puestos en cruz, piedras lucientes, clavos y tenazas. La bruja puso el candil en tierra y se agachó revolviendo en la ceniza:

-Ved aquí vuestro anillo.

Y lo limpió cuidadosamente en la falda, antes de dármelo, y quiso ella misma colocarlo en mi mano:

-¿Por qué os trajeron ese anillo?

-Para hacer el sortilegio era necesaria una piedra que llevaseis desde hacía muchos años.

-¿Y cómo me la robaron?

-Estando dormido, Excelencia.

-¿Y vos qué intentabais hacer?

-Ya antes os lo dije... Me mandaban privaros de toda vuestra fuerza viril... Hubierais quedado como un niño acabado de nacer...

-¿Cómo obraríais ese prodigio?

-Vais a verlo.

Siguió revolviendo en la ceniza y descubrió una figura de cera toda desnuda, acostada en el fondo del brasero. Aquel ídolo, esculpido sin duda por el mayordomo, tenía una grotesca semejanza conmigo. Mirándole, yo reía largamente, mientras la bruja rezongaba:

-¡Ahora os burláis! ¡Desgraciado de vos si hubiese bañado esa figura en sangre de mujer, según mi ciencia...! ¡Y más desgraciado cuando la hubiese fundido en las brasas... -¿Era todo eso?

-Sí...

-Tened vuestros diez sequines. Ahora abrid la puerta. La vieja me miró astuta:

-¿Ya os vais, Excelencia? ¿ No deséais nada de mí? Si me dais otros diez sequines, yo haré delirar por vuestros amores a la Señora Princesa, ¿No queréis, Excelencia?

Yo repuse secamente:

-No.

La vieja entonces tomó del suelo el candil, y abrió la puerta. Salí al camino, que estaba desierto. Era completamente de noche, y comenzaban a caer gruesas gotas de agua, que me hicieron apresurar el paso. Mientras me alejaba iba pensando en el reverendo capuchino que había tenido tan cabal noticia de todo aquello. Hallé cerrada la cancela del jardín y tuve que hacer un largo rodeo. Daban las nueve en el reloj de la Catedral cuando atravesaba el arco románico que conduce a la plaza donde se alza el Palacio Gaetani. Estaban iluminados los balcones, y de la iglesia de los Dominicos salía entre cirios el Paso de la Cena. Aún recuerdo aquellas procesiones largas, tristes, rumorosas, que desfilaban en medio de grandes chubascos. Había procesiones al rayar el día, y procesiones por la tarde, y procesiones a la media noche. Las cofradías eran innumerables. Entonces la Semana Santa tenía fama en aquella vieja ciudad pontificia.

La Princesa, durante la tertulia, no me habló ni me miró una sola vez. Yo, temiendo que aquel desdén fuese advertido, decidí retirarme. Con la sonrisa en los labios llegué hasta donde la noble señora hablaba suspirando. Cogí audazmente su mano, y la besé, haciéndole sentir la presión decidida y fuerte de mis labios. Vi palidecer intensamente sus mejillas y brillar el odio en sus ojos, sin embargo, supe inclinarme con galante rendimiento y solicitar su venia para retirarme. Ella repuso fríamente:

-Eres dueño de hacer tu voluntad.

-¡Gracias, Princesa!

Salí del salón en medio de un profundo silencio. Sentíame humillado, y comprendía que acababa de hacerse imposible mi estancia en el Palacio. Pasé la noche en el retiro de la biblioteca, preocupado con este pensamiento, oyendo batir monótonamente el agua en los cristales de las ventanas. Sentíame presa de un afán doloroso y contenido, algo que era insensata impaciencia de mí mismo, y de las horas, y de todo cuanto me rodeaba. Veíame como prisionero en aquella biblioteca oscura, y buscaba entrar en mi verdadera conciencia, para juzgar todo lo acaecido durante aquel día con serena y firme reflexión. Quería resolver, quería decidir, y extraviábase mi pensamiento, y mi voluntad desaparecía, y todo esfuerzo era vano.

¡Fueron horas de tortura indefinible! Ráfagas de una insensata violencia agitaban mi alma. Con el vértigo de los abismos me atraían aquellas asechanzas misteriosas, urdidas contra mí en la sombra perfumada de los grandes salones. Luchaba inútilmente por dominar mi orgullo y convencerme que era más altivo y más gallardo abandonar aquella misma noche, en medio de la tormenta, el Palacio Gaetani. Advertíame preso de una desusada agitación, y al mismo tiempo comprendía que no era dueño de vencerla, y que todas aquellas ¿¿lare¦as que entonces empezaban a removerse dentro de mí, habían de ser fatalmente furias y sierpes. Con un presentimiento sombrío, sentía que mi mal era incurable y que mi voluntad era impotente para vencer la tentación de hacer alguna cosa audaz, irreparable. ¡Era aquello el vértigo de la perdición...!

A pesar de la lluvia, abrí la ventana. Necesitaba respirar el aire fresco de la noche. El cielo estaba negro. Una ráfaga aborrascada pasó sobre mi cabeza: Algunos pájaros sin nido habían buscado albergue bajo el alero, y con estremecimientos llenos de frío sacudían el plumaje mojado, piando tristemente. En la plaza resonaba la canturia de una procesión lejana. La iglesia del convento tenía las puertas abiertas, y en el fondo brillaba el altar iluminado. Oíase la voz senil de una carraca. Las devotas salían de la iglesia y se cobijaban bajo el arco de la plaza para ver llegar la procesión. Entre dos hileras de cirios bamboleaban las andas, allá en el confín de una calle estrecha y alta. En la plaza esperaban muchos curiosos cantando una oración rimada. La lluvia redoblando en los paraguas, y el chapoteo de los pies en las charcas contrastaban con la nota tibia y sensual de las enaguas blancas que asomaban bordeando los vestidos negros, como espumas que bordean sombrío oleaje de tempestad. Las dos señoras de los negros y crujientes vestidos de seda, salieron de la iglesia, y pisando en la punta de los pies, atravesaron corriendo la plaza, para ver la procesión desde las ventanas del Palacio. Una ráfaga agitaba sus mantos.

Caían gruesas gotas de agua que dejaban un lamparón oscuro en las losas de la plaza. Yo tenía las mejillas mojadas, y sentía como una vaga efusión de lágrimas. De pronto se iluminaron los balcones, y las Princesas, con otras damas, asomaron en ellos. Cuando la procesión llegaba bajo el arco, llovía a torrentes. Yo la vi desfilar desde el balcón de la biblioteca, sintiendo a cada instante en la cara el salpicar de la lluvia arremolinada por el viento. Pasaron primero los Hermanos del Calvario, silenciosos y encapuchados. Después los Hermanos de la Pasión, con hopas amarillas y cirios en las manos. Luego seguían los pasos: Jesús en el Huerto de las Olivas, Jesús ante Pilatos, Jesús ante Herodes, Jesús atado a la columna. Bajo aquella lluvia fría y cenicienta tenían una austeridad triste y desolada. El último en aparecer fue el Paso de las Caídas.

Sin cuidarse del agua, las damas se arrastraronde rodillas hasta la balaustrada del balcón. Oyóse la voz trémula del mayordomo:

-¡Ya llega! ¡Ya llega!

Llegaba, sí, pero cuán diferente de como lo habíamos visto la primera vez en una sala del Palacio. Los cuatro judíos habían depuesto su fiereza, bajo la lluvia. Sus cabezas de cartón se despintaban. Ablandábanse los cuerpos y flaqueaban las piernas como si fuesen a hincarse de rodillas. Parecían arrepentidos. Las dos hermanas de los rancios vestidos de gro, viendo en ello un milagro, repetían llenas de unrión:

-¡Edificante, Antonina!

-¡Edificante, Lorencina!

La lluvia caía sin tregua como un castigo, y desde un balcón frontero llegaban, con vaguedad de poesía y de misterio, los arrullos de dos tórtolas que cuidaba una vieja enlutada y consumida que rezaba entre dos cirios encendidos en altos candeleros, tras los cristales. Busqué con los ojos al Señor Polonio: Había desaparecido.

Poco después, apesadumbrado y dolorido, meditaba en mi cámara cuando una mano batió con los artejos en la puerta y la voz cascada del mayordomo vino a sacarme un momento del penoso cavilar:

-Excelencia, este pliego de Roma.

-¿Quién lo ha traído?

-Un correo que acaba de llegar.

Abrí el pliego y pasé por él una mirada. Monseñor Sassoferrato me ordenaba presentarme en Roma. Sin acabar de leerlo me volví al mayordomo, mostrando un profundo desdén:

-Señor Polonio, que dispongan mi silla de posta. El mayordomo preguntó hipócritamente:

-¿Vais a partir, Excelencia?

-Antes de una hora.

-¿Lo sabe mi señora la Princesa?

-Vos cuidaréis de decírselo.

-¡Muy honrado, Excelencia! Ya sabéis que el postillón está enfermo... Habrá que buscar otro. Si me autorizáis para ello yo me encargo de hallar uno que os deje contento.

La voz del viejo y su mirada esquiva, despertaron en mi alma una sospecha. Juzgué que era temerario confiarse a tal hombre, y le dije:

-Yo veré a mi postillón.

Me hizo una profunda reverencia, y quiso retirarse, pero lo detuve:

-Escuchad, Señor Polonio.

-Mandad, Excelencia.

Y cada vez se inclinaba con mayor respeto. Yo le clavé los ojos, mirándole en silencio: Me pareció que no podía dominar su inquietud. Adelantando un paso le dije:

-Como recuerdo de mi visita, quiero que conservéis esta piedra.

Y sonriendo me saqué de la mano aquel anillo, que tenía en una amatista grabadas mis armas. El mayordomo me miró con ojos extraviados:

-¡Perdonad!

Y sus manos agitadas rechazaban el anillo. Yo insistí:

-Tomadlo.

Inclinó la cabeza y lo recibió temblando. Con un gesto imperioso le señalé la puerta:

-Ahora, salid.

El mayordomo llegó al umbral, y murmuró resuelto y acobardado:

-Guardad vuestro anillo.

Con insolencia de criado lo arrojó sobre una mesa. Yo le miré amenazador:

-Presumo que vais a salir por la ventana, Señor Polonio.

Retrocedió, gritando con energía:

-¡Conozco vuestro pensamiento! No basta a vuestra venganza el maleficio con que habéis deshecho aquellos judíos, obra de mis manos, y con ese anillo queréis embrujarme. ¡Yo haré que os delaten al Santo Oficio!

Y huyó de mi presencia haciendo la señal de la cruz como si huyese del Diablo. No pude menos de reírme largamente. Llamé a Musarelo, y le ordené que se enterase del mal que aquejaba al postillón. Pero Musarelo había bebido tanto, que no estaba capaz para cumplir mi mandato. Sólo pude averiguar que el postillón y Musarelo habían cenado con el Señor Polonio.

Qué triste es para mí el recuerdo de aquel día. María Rosario estaba en el fondo de un salón llenando de rosas los floreros de la capilla. Cuando yo entré, quedóse un momento indecisa: Sus ojos miraron medrosos hacia la puerta, y luego se volvieron a mí con un ruego tímido y ardiente. Llenaba en aquel momento el último florero, y sobre sus manos deshojóse una rosa. Yo entonces le dije, sonriendo:

-¡Hasta las rosas se mueren por besar vuestras manos! Ella, también sonrió contemPlando las hojas que había entre sus dedos, y después con leve soplo las hizo volar. Quedamos silenciosos: Era la caída de la tarde y el sol doraba una ventana con sus últimos reflejos: Los cipreses del jardín levantaban sus cimas pensativas en el azul del crepúsculo al pie de la vidriera iluminada. Dentro, apenas si se distinguía la forma de las Cosas, y en el recogimiento del salón las rosas esparcían un perfume tenue y las palabras morían lentamente igual que la tarde. Mis ojos buscaban los ojos de María Rosario con el empeño de aprisionarlos en la sombra. Ella suspiró angustiada como si el aire le faltase, y apartándose el cabello de la frente con ambas manos, huyó hacia la ventana. Yo, temeroso de asustarla, no intenté seguirla y sólo le dije después de un largo silencio:

-No me daréis una rosa.

Volvióse lentamente y repuso con voz tenue:

-Si la queréis...

Dudó un instante, y de nuevo se acercó. Procuraba mostrarse serena, pero yo veía temblar sus manos sobre los floreros, al elegir la rosa. Con una sonrisa llena de angustia me dijo:

-Os daré la mejor.

Ella seguía buscando en los floreros. Yo suspiré romántico:

-La mejor está en vuestros labios.

Me miró apartándose pálida y angustiada:

-No sois bueno... ¿Por qué me decís esas cosas?

-Por veros enojada.

-¿Y eso os agrada? ¡Algunas veces me parecéis el Demonio...!

-El Demonio no sabe querer.

Quedóse silenciosa. Apenas podía distinguirse su rostro en la tenue claridad del salón, y sólo supe que lloraba cuando estallaron sus sollozos. Me acerqué queriendo consolarla:

-¡Oh...! Perdonadme.

Y mi voz fue tierna, apasionada y sumisa. Yo mismo, al oírla, sentí un extraño poder de seducción. Era llegado el momento supremo, y presintiéndolo, mi corazón se estremecía con el ansia de la espera cuando está próxima una gran ventura. María Rosario cerraba los ojos con espanto, como al borde de un abismo. Su boca descolorida parecía sentir una voluptuosidad anustiosa. Yo cogí sus manos que estaban yertas: Ella me las abandonó sollozando, con un frenesí doloroso:

-¿Por qué os gozáis en hacerme sufrir...? ¡Si sabéis que todo es imposible!

-¡Imposible...! Yo nunca esperé conseguir vuestro amor... ¡ya sé que no lo merezco...! Solamente quiero pediros perdón y oír de vuestros labios que rezaréis por mí cuando esté lejos.

-¡Callad...! ¡Callad...!

-Os contemplo tan alta, tan lejos de mí, tan ideal, que juzgo vuestras oraciones como las de una santa.

-¡Callad...! ¡Callad...!

-Mi corazón agoniza sin esperanza. Acaso podré olvidaros, pero este amor habrá sido para mí como un fuego purificador.

-¡Callad...! ¡Callad...!

Yo tenía lágrimas en los ojos, y sabía que cuando se llora, las manos pueden arriesgarse a ser audaces. ¡Pobre María Rosario, quedóse pálida como una muerta, y pensé que iba a desmayarse en mis brazos! Aquella niña era una santa, y viéndome a tal extremo desgraciado, no tenía valor para mostrarse más cruel conmigo. Cerraba los ojos, y gemía agoniada:

-¡Dejadme...! ¡Dejadme...!

Yo murmuré:

-¿Por qué me aborrecéis tanto?

-¡Porque sois el Demonio!

Me miró despavorida, como si al sonido de mi voz se despertase, y arrancándose de mis brazos huyó hacia la ventana que doraban todavía los últimos rayos del sol. Apoyó la frente en los cristales y comenzó a sollozar. En el jardín se levantaba el canto de un ruiseñor, que evocaba, en la sombra azul de la tarde, un recuerdo ingenuo de santidad.

María Rosario llamó a la más niña de sus hermanas, que, con una muñeca en brazos, acababa de asomar en la puerta del salón. La llamaba con un afán angustioso y poderoso que encendía el candor de su carne con divinas rosas:

-¡Entra...! ¡Entra...!

La llamaba tendiéndole los brazos desde el fondo de la ventana.

La niña, sin moverse, le mostró la muñeca.

-Me la hizo Polonio.

-Ven a enseñármela.

-¿ No la ves así?

-No, no la veo.

María Nieves acabó por decidirse, y entró corriendo: Los cabellos flotaban sobre su espalda como una nube de oro. Era llena de gentileza, con movimientos de pájaro, alegres y ligeros: María Rosario, viéndola llegar, sonreía, cubierto el rostro de rubor y sin secar las lágrimas. Inclinóse para besarla, y la niña se le colgó al cuello, hablándole con agasajo al oído:

-¡Si le hicieses un vestido a mi muñeca...!

-¿Cómo lo quieres...?

María Rosario le acariciaba los cabellos, reteniéndola a su lado. Yo veía cómo sus dedos trémulos desaparecían bajo la infantil y olorosa crencha. En voz baja le dije:

-¿Qué temíais de mí? Sus mejillas llamearon:

-Nada...

Y aquellos ojos como no he visto otros hasta ahora, ni los espero ver ya, tuvieron para mí una mirada tímida y amante. Callábamos conmovidos, y la niña empezó a referirnos la historia de su muñeca: Se llamaba Yolanda, y era una reina. Cuando le hiciesen aquel vestido de tisú, le pondrían también una corona. María Nieves hablaba sin descanso: Sonaba su voz con murmullo alegre, continuo, como el borboteo de una fuente. Recordaba cuántas muñecas había tenido, y quería contar la historia de todas: Unas habían sido reinas, otras pastoras. Eran largas historias confusas, donde se repetían continuamente las mismas cosas. La niña extraviábase en aquellos relatos como en el jardín encantado del ogro las tres niñas hermanas, Andara, Magalona y Aladina... De pronto huyó de nuestro lado. María Rosario la llamó sobresaltada:

-¡Ven...! ¡No te vayas!

-No me voy.

Corría por el salón y la cabellera de oro le revoloteaba sobre los hombros. Como cautivos, la seguían a todas partes los ojos de María Rosario: Volvió a suplicarle:

-¡No te vayas...!

-Si no me voy.

La niña hablaba desde el fondo oscuro del salón. María Rosario, aprovechando el instante, murmuró con apagado acento:

-Marqués, salid de Ligura...

-¡Sería renunciar a veros!

-¿Y acaso no es hoy la última vez? Mañana entraré en el convento. ¡Marqués, oíd mi ruego!

-Quiero sufrir aquí... Quiero que mis ojos, que no lloran nunca, lloren cuando os vistan el hábito, cuando os corten los cabellos, cuando las rejas se cierren ante vos. ¡Quién sabe, si al veros sagrada por los votos, mi amor terreno no se convertirá en una devoción! ¡Vos sois una santa...!

-¡Marqués, no digáis impiedades!

Y me clavó los ojos tristes, suplicantes, guarnecidos de lágrimas como de oraciones purísimas. Entonces ya parecía olvidada de la niña que, sentada en un canapé, adormecía a su muñeca con viejas tonadillas del tiempo de las abuelas. En la sombra de aquel vasto salón donde las rosas esparcían su aroma, la canción de la niña tenía el encanto de esas rancias galanterías que parece se hayan desvanecido con los últimos sones de un minué.

Como una flor de sensitiva, María Rosario temblaba bajo mis ojos. Yo adivinaba en sus labios el anhelo y el temor de hablarme. De pronto me miró ansiosa, parpadeando como si saliese de un sueño. Con los brazos tendidos hacia mí, murmuró arrebatada, casi violenta:

-Salid hoy mismo para Roma. Os amenaza un peligro y tenéis que defenderos. Habéis sido delatado al Santo Oficio.

Yo repetí, sin ocultar mi sorpresa:

-¿Delatado al Santo Oficio?

-Sí, por brujo... Vos habíais perdido un anillo, y por arte diabólica lo recobrasteis... ¡Eso dicen, Marqués!

Yo exclamé con ironía:

-¿Y quien lo dice es vuestra madre?

-¡No...!

Sonreí tristemente.

-¡Vuestra madre, que me aborrece porque vos me amáis... !

-¡Jamás...! ¡Jamás...!

-¡Pobre niña, vuestro corazón tiembla por mí, presiente los peligros que me cercan, y quiere prevenirlos!

-¡Callad, por compasión...! ¡No acuséis a mi madre...!

-¿Acaso ella no llevó su crueldad hasta acusaros a vos misma? ¿Acaso creyó vuestras palabras cuando le jurabais que no me habíais visto una noche?

-¡Sí, las creyó!

María Rosario había dejado de temblar. Erguíase inmaculada y heroica, como las santas ante las fieras del Circo. Yo insistí, con triste acento, gustando el placer doloroso y supremo del verdugo:

-No, no fuisteis creída. Vos lo sabéis. ¡Y cuántas lágrimas han vertido en la oscuridad vuestros ojos!

María Rosario retrocedió hasta el fondo de la ventana:

-¡Soisbrujo...! ¡Handicholaverdad...! ¡Soisbrujo...! Luego, rehaciéndose, quiso huir, pero yo la detuve:

-Escuchadme.

Ella me miraba con los ojos extraviados, haciendo la señal de la cruz:

-¡Sois brujo...! ¡Por favor, dejadme!

Yo murmuré con desesperación:

-¿También vos me acusáis?

-Decid entonces, ¿cómo habéis sabido...? La miré largo rato en silencio, hasta que sentí descender sobre mi espíritu el numen sagrado de los profetas:

-Lo he sabido, porque habéis rezado mucho para que lo supiese... ¡He tenido en un sueño revelación de todo... !

María Rosario respiraba anhelante. Otra vez quiso huir, y otra vez la detuve. Desfallecida y resignada, miró hacia el fondo del salón, llamando a la niña:

-¡Ven, hermana...! ¡Ven!

Y le tendía los brazos: La niña acudió corriendo: María Rosario la estrechó contra su pecho alzándola del suelo, pero estaba tan desfallecida de fuerzas, que apenas podía sostenerla, y suspirando con fatiga tuvo que sentarla sobre el alféizar de la ventana. Los rayos del sol poniente circundaron como una aureola la cabeza infantil: La crencha sedeña y olorosa fue como onda de luz sobre los hombros de la niña. Yo busqué en la sombra la mano de María Rosario.

-¡Curadme...!

Ella murmuró retirándose:

-¿Y cómo...?

-Jurad que me aborrecéis.

-Eso no...

-¿Y amarme?

-Tampoco. ¡Mi amor no es de este mundo! Su voz era tan triste al pronunciar estas palabras, que yo sentí una emoción voluptuosa como si cayese sobre mi corazón rocío de lágrimas purísimas.

Inclinándome para beber su aliento y su perfume, murmuré en voz baja y apasionada:

-Vos me pertenecéis. Hasta la celda del convento os seguirá mi culto mundano. Solamente por vivir en vuestro recuerdo y, en vuestras oraciones, moriría gustoso.

-¡Callad...! ¡Callad...!

María Rosario, con el rostro intensamente pálido, tendía sus manos temblorosas hacia la niña, que estaba sobre el alféizar, circundada por el último resplandor de la tarde, como un arcángel en una vidriera antigua. El recuerdo de aquel momento aún pone en mis mejillas su frío de muerte. Ante nuestros ojos espantados se abrió la ventana, con ese silencio de las cosas inexorables que están determinadas en lo invisible y han de suceder por un destino fatal y cruel. La figura de la niña, inmóvil sobre el alféizar, se destacó un momento en el azul del cielo donde palidecían las estrellas, y cayó al jardín, cuando llegaban a tocarla los brazos de la hermana.

¡Fue Satanás! ¡Fue Satanás...! Aún resuena en mi oído aquel grito angustiado de María Rosario: Después de tantos años aún la veo pálida, divina y trágica como el mármol de una estatua antigua: Aún siento el horror de aquella hora:

-¡Fue Satanás...! ¡Fue Satanás...!

La niña estaba inerte sobre el borde de la escalinata. El rostro aparecía entre el velo de los cabellos blanco como un lirio, y de la rota sien manaba el hilo de sangre que los iba empapando. La hermana, como una poseída, gritaba:

-¡Fue Satanás...! ¡Fue Satanás...!

Levanté a la niña en brazos y sus ojos se abrieron un momento llenos de tristeza. La cabeza ensangrentada y mortal rodó yerta sobre mi hombro, y los ojos se cerraron de nuevo lentos como dos agonías. Los gritos de la hermana resonaban en el silencio del jardín:

-¡Fue Satanás...! ¡Fue Satanás...!

La cabellera de oro, aquella cabellera fluida como la luz, olorosa como un huerto, estaba negra de sangre. Yo la sentí pesar sobre mi hombro semejante a la fatalidad en un destino trágico. Con la niña en brazos subí la escalinata. En lo alto salió a mi encuentro el coro angustiado de las hermanas. Yo escuché su llanto y sus gritos, yo sentí la muda interrogación de aquellos rostros pálidos que tenían el espanto en los ojos. Los brazos se tendían hacia mí desesperados, y ellos recogieron el cuerpo de la hermana, y lo llevaron hacia el Palacio. Yo quedé inmóvil, sin valor para ir detrás, contemplando la sangre que tenía en las manos. Desde el fondo de las estancias llegaba hasta mí el lloro de las hermanas y los gritos ya roncos de aquella que clamaba enloquecida:

-¡Fue Satanás...! ¡Fue Satanás...!

Sentí miedo. Bajé a las caballerías y con ayuda de un criado enganché los caballos a la silla de posta. Partí al galope. Al desaparecer bajo el arco de la plaza, volví los ojos llenos de lágrimas para enviarle un adiós al Palacio Gaetani. En la ventana, siempre abierta, me pareció distinguir una sombra trágica y desolada. ¡Pobre sombra envejecida, arrugada, miedosa que vaga todavía por aquellas estancias, y todavía cree verme acechándola en la oscuridad! Me contaron que ahora, al cabo de tantos años, ya repite sin pasión sin duelo, con la monotonía de una vieja que reza: ¡Fue Satanás!