Sotileza: 20

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El perejil en la frente
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Sotileza José María de Pereda


A todo esto, el pobre Cleto no salía de sus ahogos. Pae Polinar había intentado en tres ocasiones cumplir la palabra que le dio de ir a sondear las voluntades del matrimonio de la bodega; pero nunca vio el camino libre de los estorbos que tanto miedo le infundían. ¡Siempre aquellos demonios de mujeres al balcón, o atravesadas en la acera, o vociferando en mitad de la calle! Y gracias que no le adivinaron las intenciones cuando, para mayor disimulo, bajaba o subía a todo andar, como si sus quehaceres estuvieran muy lejos de allí. Cleto llamaba casi todos los días, al anochecer, a la puerta del exclaustrado, que bregaba allá dentro hasta sudar el quilo en la tarea en que andaba empeñado, para preguntarle:

-¿Hay algo de eso?

Y padre Apolinar le contaba lo ocurrido, alentándole con buenas esperanzas para otro día. Después Cleto, cabizbajo y tristón, se iba a pasar un rato a la bodega, donde hallaba a Sotileza, algo pasmada, y a los viejos tan cariñosos como siempre. Nada se había oído allí, por las trazas, de aquellas morrás que se dieron él y Muergo en la oscuridad del portal. Desde entonces no habían vuelto a encontrarse más que en una ocasión, y ésa dentro de la bodega y delante de la gente. Gruñeron por lo bajo y se espeluznaron al verse; pero esto no llamó la atención de nadie, porque no era nuevo en ellos.

La última vez que vio a pae Polinar, le dijo éste:

-Quisiera, Cleto del jinojo, que tomaras esas cosas con menos entusiasmo, porque no van tus ahogos a la conveniencia de los quehaceres míos..., ¡que te digo que son de órdago!... ¡De órdago, cuerno!... Conque, o templa la fragua o vete aguantando por la buena, porque es lo que más falta va a hacerte... Mira, Cleto, que, o mucho me engaña a mí el ojo, o ese bocado tan fino no está para ti. ¡Jinojo, si picaste alto! Y con esto, y con el réspez de toda tu casta... Te digo, Cleto, te digo que ni de propio intento hubiera amontonado el mismo demonio tantos inconvenientes delante del hipo que te consume...; y déjame que me vuelva a mis libros y a mis papeles, que el tiempo corre que vuela, y el sermón es de lo que hay que ver... ¡Si te digo que es de los de tres gavias, cuerno!

Todas estas reflexiones eran leña para el fuego en que se abrasaban las impaciencias de Cleto; y salió decidido a hacer, por sí solo, cuanto cupiera en sus fuerzas y en su discurso.

Andando hacia la bodega encontróse, al abocar a la calle Alta, con el bueno de Colo. A Colo le consideraba él, por ser mozo de buena entraña y mejor conducta, y también por aquel poco de latín que había estudiado años atrás. Eran muy buenos amigos, y, por serlo, Colo le había entretenido muchas veces con el relato de sus amores con Pachuca, la hija menor de las tres que tenía su vecino Chumbao, patrón de la lancha en que andaba él. Si la primera leva no le alcanzaba, se casarían en seguida que se sacara. Todo estaba arreglado ya para eso. Cleto oía estas aleluyas muy a menudo, y con ellas se le hacía un agua la boca. ¿Quién mejor que aquel amigo, tan formal y tan experto en esas cosas, para oírle con cariño y ayudarle con un consejo?

Le abordó muy ufano; pero tal empeño puso, para encarecerle su mal, en tomarle de muy largo, que el otro, pensando que le hablaba de cosas harto viejas y sabidas, atajóle en el relato para preguntarle, con acento del más vivo interés:

-¿Tú sabes lo que pasa, Cleto?

-¿Qué pasa? -preguntó éste, a su vez, con viva curiosidad, temeroso de que lo que pasaba tuviese alguna relación con lo que él iba refiriendo a su amigo.

-Pus pasa -dijo Colo- que los de Abajo van a prevocar con una regata pa el día de los Mártiles.

-¡Pus que provoquen, paño! -exclamó Cleto, dando con ira una patada en el suelo-. ¡Pensé que era otra cosa!... Dimpués hablaremos de eso, hombre. Déjame antes finiquitar el relate.

Colo no se prestó a ello, porque iba muy de prisa, según afirmó a su amigo.

-Vengo -le dijo- de la Zanguina, onde se estaba tratando el caso. Pa ellos, es ya hecho, si nusotros no ciamos. Una onza se ha de regatear por cuenta de los Cabildos. Paece ser que el Ayuntamiento da un quiñón güeno pa una cucaña ensebá..., y too junto va a ser a modo de fiesta pa animar el señorío forastero que anda por ahí, y a las gentes de acá. Pa mi ver, quieren sacar el desquite de la que perdieron dos años hace, el día de San Pedro. ¡Como no saquen! Ahora voy corriendo a coger al Sobano en casa, pa decirle lo que hay... Mira que en su día se contará contigo, como la otra vez... Conque, ojo, Cleto..., y no hay más que hablar.

Y no habló más el animoso Colo, que picó calle arriba, dejando a su amigo con las hieles de sus penas entre los labios.

En seguida pensó en Andrés, resuelto a confiarle el secreto de su corazón, porque bien examinado el escrúpulo que le había impedido hacerlo antes, no era cosa de reparar en él. Pero Andrés no fue aquella noche a la bodega.

Al día siguiente se plantó en el portal de su escritorio, y allí se estuvo a pie firme hasta que le vio bajar.

Andrés parecía otro desde aquella conversación que tuvo con Sotileza, mano a mano y a solas en la bodega; quiere decir, que era menos estrepitoso en sus movimientos, no tan cascabel de palabra y mucho más distraído en el mirar. A veces lanzaba el aire de sus pulmones con la fuerza de una racha del Sur, haciendo trémolos feroces y escalas atrevidísimas con los labios al darle la salida, como si intentara quitar con esta música inverniza el dejillo amargo que para él tenían los pensamientos de los cuales eran obra las infladuras de su pecho.

Cleto, que bastante tenía que hacer con los «jirvores» del suyo, sin reparar cosa alguna en el nuevo cariz de su pudiente amigo, no bien le tuvo a su lado, acordándose de lo mal que le había salido la cuenta relatando por largo a Colo sus pensamientos, espetóselos en cuatro palabras y en brevísimos instantes.

Un estacazo en la espinilla no le hubiera producido a Andrés tan viva, tan honda y tan repentina impresión como las declaraciones de Cleto. Le acometieron ganas de llenarle de improperios y hasta de darle dos bofetadas. ¡Atreverse un animal semejante a poner sus ambiciones en prenda de tan alto valor! ¡Y pretender, además, que le ayudara él a salirse con su descomedido empeño!... ¡Él, con lo que le había pasado!... ¡Con lo que le estaba pasando!... ¿No parecía una burla de la pícara suerte que le andaba persiguiendo?

Pero se dominó, porque muchas razones le obligaban a ello, hasta el punto de que de su interna tempestad sólo notara Cleto algún que otro relámpago que chisporroteó en sus ojos. El atribulado mareante pensó que este chisporroteo era la señal de lo grande que parecía su empresa a la consideración desinteresada de un amigo tan bueno y tan rico como aquél. El cual amigo le confirmó sus sospechas bien pronto, pintándole tales dificultades, presentándole tan enormes obstáculos, diciéndole tales cosas y con palabras tan secas y tan duras, cerrándole, en fin, todos los caminos tan a cal y canto, y confundiéndose de tal modo con la amenaza muchos de sus razonamientos, que, comparado con el de Andrés, de rosas y mejorana le pareció al desdichado el dictamen del pae Polinar sobre el mismo pleito.

Apartóse de Andrés sin despedirse, y tan cargado de brumas el ánimo, que viéndolo todo negro y sin salida, se dio a barloventear por aquellos aborrecidos mares de Abajo, para distraer un poco la carga de su pesadumbre, discurriendo, de paso, el modo de echar cuanto antes un ancla siquiera en el codiciado puerto.

Y acertadísimo estuvo el pobre mozo al tomar aquella resolución, porque mientras él andaba voltejeando por el Muelle, y por detrás del Muelle, y junto a la Zanguina y por la calle de la Mar, y los Arcos de Dóriga, y calle de los Santos Mártires, y la Ribera, y la Pescadería, de la cual acababa de marcharse tía Sidora, Muergo y Sotileza estaban solos en la bodega, mientras tío Mechelín, de vuelta del estanco, echaba una pipada a la puerta de la calle.

Muergo había parecido allí más temprano que lo de costumbre, porque la noticia dada por Colo a Cleto era cierta en todas sus partes, y quiso, tan pronto como llegó a sus oídos con señales de formalidad, ponerla en conocimiento de su tío.

Preguntó por él a Sotileza en cuanto entró en la bodega.

-Salió a comprar tabaco -dijo la moza.

-Pus me alegro, ¡puño! -repuso Muergo-. ¿Y mi tía?

-En la plaza. En seguida vendrá.

-Pus me alegro tamién. ¡Ju, ju!

-¿Por qué, animal?

-Puño, porque así estás tú sola, que es lo que me gusta a mí... ¡Ju, ju! ¿Sabes que va a haber regateo?

-¿Cuándo?

-El día de los Mártiles, si no aflojan los de acá... ¡Puño!, ya verás lo que es jalar del remo y zamparse la onza... ¡Una onza, Sotileza! ¡Puño, si juera mía! ¡Bien sabría yo qué comprarte con ella! ¡Ju, ju! ¡Puño, qué día ése! A más de ello y la junción de Miranda, con pedrique de pae Polinar, estrenaré yo too el vestío, de pies a cabeza; hasta con zapatos y too, ¡puño!

-¿Ya tienes la gorra y la chaqueta que te faltaban, Muergo? -preguntóle la moza con el interés de una madre que se desvela por ataviar a su hijo.

-¿No te lo digo? Tanto te empeñaste que en juerza de agorrar, y agorra que agorra...

-¿Y por eso sólo, Muergo? ¿Por eso sólo agorraste?

-¿Por cuál, tú?

-¿Porque yo te lo mandé?

-Pus ¿por qué hago yo las cosas, puño? -exclamó el monstruo, estremeciéndose de pies a cabeza-. ¿Por qué no pesco yo en una cafetera ca día? ¿Por qué le aguanto al Mordaguero lo que le aguanto?... ¡Puño!... Pus por darte gusto, Sotileza ... Y por que tú lo quisiste, tengo vestío de paño fino... No más que por eso. ¡Ju, ju!... Esta noche no cenaré con vusotros. Pero me darás el pan, ¿eh? ¡Tengo una gazuza, puño!

¡Cosa más rara que aquella muchacha! En el mismo sitio en que había domado los ímpetus apasionados de Andrés con su palabra desengañada y su continente esquivo, escuchaba las brutalidades de Muergo con la sonrisa en los labios y el regocijo en la mirada.

-Pues oye -dijo al animalote aquél, sobre cuyas greñas y ropa brillaban todavía las escamas de la sardina que acababa de desenmallar en la lancha, de vuelta del mar-, y en cuanto te pongas el vestido, el día que te lo estrenes, vente acá de una carreruca pa que yo te lo amañe encima, antes que la gente arrepare de él. Porque tú no sabes de esos primores. ¡Vaya que tendrás que ver, Muergo!

-¡Puño! -exclamó éste al contemplar la expresión regocijada de Sotileza-. ¡Más que la portisión de los Santos Mártiles, con Cabildo y too!... Pero no tanto como tú, Sotileza... ¡Puño!... Porque tú tienes que ver más que toa la cristiandá con empavesaúra... Si tuvieras a mano algo de torrendo tamién...

Cuando Muergo bramaba así, clavados los desnudos y anchos pies en el suelo, los brazos caídos, con los codos hacia afuera; el gorro sobre el cogote y las greñas encima de los ojos, comenzaba a anochecer en la bodega. Con este motivo, si es que no le tomó por pretexto, Sotileza dejó a Muergo en aquella actitud, con la palabra atascada en la caverna de su boca, y fue a encender el candil de la cocina.

Al salir de ella miró hacia el portal y vio a tío Mechelín arrimado a la puerta de la calle. Le llamó para decirle que le buscaba su sobrino.

En la caraza de Muergo y en cierta sacudida de sus hombros abovedados, pudo notarse que le contrariaba mucho la vuelta de Sotileza acompañada de su tío.

En otros tiempos hubiera alborotado al alegre marinero la noticia que le dio Muergo en cuanto lo tuvo delante; pero ya, sin brío para luchar personalmente en aquellas nobles batallas entre los dos Cabildos y cargado de dolencias que le robaban el entusiasmo y hasta la curiosidad, dio escasa importancia al suceso anunciado por su sobrino, aunque no dejó por eso de aconsejarle que no fuera él al regateo si estimaba en algo su vanidad de remador, porque era cosa corriente que habían de ganar los callealteros. Muergo se las tuvo tiesas a favor de los de Abajo, sin importarle un bledo el daño que con sus brutales dichos causaba a aquel veterano de los de Arriba; pero intervino Sotileza, y con dos sacudidas de apóstrofes y de reconvenciones puso al salvaje compañero de la lancha del Mordaguero más blando que una badana. Convino sin dificultad con su tío (muy vigorizado con el valiente apoyo de aquella gentil criatura, que era el calor de su espíritu) en que eran unos tumbones los mareantes de Abajo, y comenzando a roer el zoquete de pan que le había dado Sotileza, salió de la bodega con rumbo a la Zanguina, para ver cómo se iba armando aquello.

Después entró tía Sidora, que ya estaba en autos por lo que se había corrido en la plaza, y más entusiasta que su marido, o aparentándolo al menos, quizá con el noble propósito de entretenerle y de animarle, pudo conseguir que se fuera un rato a la taberna del tío Sevilla, donde ella sabía que iba a ventilarse el punto a Cabildo pleno.

Poco después de salir de la bodega tío Mechelín, entró en ella Cleto, que no se encontró con Muergo en el camino porque, después de subir por la calle de Somorrostro, tomó por las escaleras de la Catedral, mientras que el otro bajaba por Rúa-Menor. Pero si no con Cleto, Muergo se encontró con Andrés; y no sé yo si en la necesidad de encontrarse con alguno de los dos, salió perdiendo o ganando en el encuentro que tuvo.

Andrés, tan pronto como se apartó de él Cleto, necesitó mayor espacio que éste para entender y dominar la tempestad desencadenada en su pecho y en su cabeza. Porque la tempestad de Cleto era sorda, de fondo, relativamente mansa, y podía aguantarse a la vela, dejándose llevar de aquí para allí sin otro cuidado que el de huir de los escollos de la costa; pero la de Andrés era de huracanes furiosos que le batían en redondo y le llevaban en vilo, flagelándole con unos azotes de espumas, amargas como las hieles. Huyendo a la desesperada, anduvo durante una hora sin saber por dónde ni conocer a nadie...

Y todo ello, ¿por qué? Porque dio en antojársele que Cleto era, en rigor de justicia, un buen acomodo para Sotileza; que Sotileza, o las personas que la amparaban, podrían muy bien caer en la cuenta de ello cuando Cleto, o quien les fuera con la amorosa embajada, manifestara en la bodega sus intenciones y deseos; y que, por conclusión de todo, Cleto y Sotileza... ¡Sotileza, tan pulcra, tan linda, tan gallarda; la que le había hecho faltar a él a sus deberes de amigo... y hasta de hombre honrado, y, con dureza de empedernido desdén, machacado los pensamientos en el hervidero mismo donde brotaban a escondidas de la voluntad! Cierto que oponerse a los planes de Cleto, por los motivos que le zumbaban a él en la mollera; trabajar para que Sotileza llegara a verse en el mundo sola y desamparada de todos, era una completa villanía; pero ¿estaba él seguro de que, escarbándole un poco en sus adentros, no se hallaran, por causa de aquellas desazones que le consumían, más que torpes deseos contrariados? Apretándole un poco más las ansias que le atormentaban, ¿no sería él capaz de llegar con sus intentos hasta donde la licitud de ellos le pusiera para siempre al abrigo de ese linaje de contingencias? ¡Y pensar que, sobrándole generosidad en el corazón, con haberle recibido ella mansa y cariñosa; con haber dejado a su noble arbitrio el resultado de sus inexplicables arrebatos, él mismo hubiera sido capaz de entregar a Sotileza, limpia de toda mancha, al primer hombre de bien que la mereciera!

¿Pero merecería Sotileza este sacrificio? ¿Merecería siempre el que se había impuesto él al jurarla lo que le juró en su casa viéndose a solas con ella?

Cleto le afirmó que no se había cruzado todavía entre ambos una sola palabra ni una mala señal de inteligencia en sus intentos amorosos; pero Muergo... ¡aquel estúpido y horroroso Muergo, en cuyos brazos se dejaba ella conducir, muerta de risa, en la playa de Ambojo!...

¡Y vuelta otra vez al tema que tan a menudo examinaba y exprimía desde que había prometido a Sotileza no volver a su lado con un mal pensamiento entre los cascos! No habría malicia, quizá, en aquellos abandonos de la callealtera; pero no le estaban bien a una muchacha honrada que, por faltas mucho menores, le había plantado a él a la puerta de la calle. De esto habría que hablarla, siquiera una vez a solas y pronto, y a Muergo también.

Y en tal ocasión fue cuando Muergo se le puso delante al salir de una de las bocacalles inmediatas a la Zanguina.

-¿De dónde vienes? -le preguntó Andrés.

-De allá arriba -respondió Muergo.

-¿De la calle Alta?

-Sí.

-¿De la bodega de tu tío?

-Sí. Fui a ponerle en los casos del regateo, por si no lo sabía.

-¿Y quién estaba allí?

-¡Puño! -exclamó Muergo, rascándose la cabezona a dos manos-. Cuando entré, hágase la cuenta que la mesma gloria. ¡Ella soluca, hombre!

-¿Quién? -volvió a preguntar Andrés muy anhelante.

-Sotileza, ¡puño!

-Conque... Sotileza sola -dijo Andrés, disimulando de mala manera el escozor que le atormentaba-. Vamos, ¿y qué la dijiste? ¿Qué te dijo ella?

-Pos aticuenta que na -respondió Muergo, estremeciéndose-; porque a lo mejor se jue a encender el candil, y dempués allegó mi tío.

-Conque «a lo mejor» -recalcó Andrés, con un acento que sacaba lumbres-. Eso es decir que algo bueno te había pasado ya. ¿No es cierto, Muergo? Vamos, hombre, dilo con franqueza.

Muergo se rascó otra vez la greña, y, después de reírse a su modo, dijo al impaciente Andrés:

-Güeno, por decir güeno, no fue tanto como pudo ser; pero güeno jue con too, ¡puño!, aquel ratuco entre los dos... Yo, dijéndola cosas, y cosas..., y cosas... ¡Ni la metá siquiera de lo que yo diría, puño, si sabiera decirlo!...

-¿Y ella? -apuntó Andrés, casi con un rugido.

-Pos ella -respondió Muergo, restregándose las manazas y haciéndose todo él casi un ovillo-, pos ella, don Andrés, ¡ju, ju!... La gloria mesma..., ¡las puras mieles pa mí!

-¡Mentira, estúpido! -rugió la voz de Andrés al dicho del marinero-. Las mieles de una mujer como ésa no están para bestias como tú. Yo te prohíbo que digas eso a nadie, y que tú mismo lo creas...

-¡Puño! -exclamó rudamente el apostrofado así-. ¿Y por qué no he de creer yo lo que es verdad?

¿Y quién es naide pa mandar que no me relama con ello, si me gusta?

-Yo te lo mando -repuso Andrés, temiendo haberse descubierto demasiado-, porque tengo obligación de velar por la buena fama de Sotileza, y su buena fama se mancha con alabanzas de supuestos como los tuyos. ¿Me entiendes, bárbaro? Por eso te prohíbo que te alabes delante de nadie de lo que te has alabado delante de mí, y que es una pura mentira.

-Es la pura verdá, ¡puño!

-Digo que mientes, ¡cerdo! Y ahora te añado que, si para curarte de ese vicio de calumniar a una muchacha honrada no basta lo que te digo, yo haré que te cierre la puerta de aquella casa quien tenga más autoridad que yo para hacerlo.

Según iba desahogando Andrés sus iras de este modo, en voz baja, pero fiera y desconcertada, a Muergo le subía un cosquilleo pecho arriba; se le encrespaba la greña, y los bizcos ojos se le revolvían en sus cuencas.

-¡Ah, puño! -saltó de repente, apretándose los suyos y rugiendo también-. ¡Lo que a usted le pica no es que mienta yo, sino que diga la verdá!

Andrés se quedó helado de vergüenza, al considerar que una bestia como aquélla le hubiera descubierto el misterio de su berrinche imprudente.

Muergo añadió todavía:

-Sí, ¡puño!; esto que aquí me pasa, y lo otro que se corría y pensé que eran malos quereres, y algo que he visto yo... ¡Puño, la cuenta sale!...

-¡Otra impostura, animal!

-¡No, no..., puño!, que, enestonces, no me jurgara a mí por acá entro esta cosa que nunca me jurgó. ¡Puño! ¡Cómo resquema!... Don Andrés, por usté me echo yo de cabeza a la mar en otros particulares...; pero en éste, ¡puño!, en éste, no se me cruce por la proa..., porque le doy la troncá pa echarle a pique...

La única respuesta que se le ocurrió a Andrés, de pronto, a esta inesperada y hasta elocuente exaltación de Muergo, fue un bofetón de los tremendos que él sabía dar en lances muy apurados; pero no estaba la calle solitaria, y, no estándolo, el golpe iba a tener más resonancia de la que a él le convenía.

Advirtióle algo de ello al monstruoso mareante para que se diera por respondido, es decir, por abofeteado, y temeroso de que la réplica del insubordinado animal le obligara a cumplirle la amenaza, apartóse de él precipitadamente.

Cada paso que daba en aquella desdichada aventura, era una torpeza que le costaba un nuevo descalabro.

Así es que el pobre chico iba ahumando hacia la calle de la Blanca, mientras su monstruoso rival entraba en la Zanguina.


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