Sueño dorado

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Al eminente pintor D. José Villegas



Si Dios a mi vejez guarda el reposo
que tantas veces con afán le pido,
a orillas del Cantábrico brumoso,
lejos del mundo buscaré el olvido.
A una playa, entre Muros y Salinas,
sediento de quietud, de paz, de calma,
iré a beber las ráfagas marinas
que al cuerpo dan vigor y temple al alma,
y a gozar, esquivando las injurias
del mefítico ambiente madrileño,
las auras aromáticas de Asturias,
que vuelven a mis párpados el sueño.
Entre aquellas montañas colosales
que detienen la nube pasajera,
siempre a mi corazón vuelven leales
los sentimientos de la edad primera.
Mi cuna se ha mecido entre pastores,
a la sombra oscilante de la encina
que mueve, al revolar por los alcores,
el viento de la sierra convecina;
y han arrullado mi niñez las quejas
de la tórtola errante en los oteros,
y el zumbido letal de las abejas
que en Espuña desfloran los romeros;
y mi oído infantil han halagado,
repercutiendo allá de risco en risco,
los silbos del zagal que descuidado
conduce las ovejas al aprisco;
y el sueño he conciliado, pobre infante,
al siniestro gañido del lobato,
y al ladrido del perro vigilante
que en la sombra nocturna guarda el hato;
y más tarde, entre jaras y quejigos,
me han prestado su noble compañía
el potro y el lebrel, fieles amigos,
de mi remota juventud un día.
Por eso amo los montes y los valles,
y odio de las ciudades la penumbra
y el sucio ambiente de sus hondas calles
que sólo en el cenit el sol alumbra;
y por eso, en sus muros confinado
y aspirando su fétido perfume,
soy un viejo alcotán aprisionado
que de tedio en la jaula se consume.

¡Ah, Señor! ¡cuántas pálidas auroras
me han hecho tristes arrugar el ceño!
¡Cuántas noches de angustia, cuyas horas
lentas pasaban sin traer el sueño!
¡Deja, deja a mis ojos ver el ampo
de la nieve en las ásperas montañas!
¡Dame la libre soledad del campo!
¡Dame la alegre paz de las cabañas!
Pueda yo, recostado en una peña,
junto a aquel mar azul que el cielo cubre
dar al olvido, entre la hirsuta breña,
el hedor de esta atmósfera insalubre;
y, vagando por valles y por lomas,
al soplo de los aires vespertinos
respirar confundidos los aromas
de las algas, los henos y los pinos;
y, en las plácidas noches del verano,
entre el rumor del viento y de las olas,
tranquilo adormecerme al son lejano
de las dulces marinas barcarolas;
y, antes que dore el alto firmamento,
la aurora que los cielos engalana,
oír entre la sombra el ronco acento
del gallo, precursor de la mañana,
y de la agria carreta gemidora
el eje rechinante que voltea,
y el rumor de la gente labradora
que principia su rústica tarea;
y, a la trémula voz de la campana
que llama a la oración antes del día,
ver los cielos vestirse de oro y grana
y estremecerse el mundo de alegría,
cuando arden los lejanos horizontes
y los valles recónditos humean
y en las cinias azules de los montes
jirones de vapor al aire ondean.
¿Cuándo podré, a la luz del sol que brilla
reflejado en el agua bullidora,
ver cual se aleja de la seca orilla,
mar adentro, la barca pescadora,
que, moviendo a compás los largos remos
cuando taja las ondas espumantes,
parece destilar por sus extremos
cataratas de líquidos diamantes,
y luego, al viento que su casco azota
soltando el lienzo de una y otra vela,
semeja cenicienta gaviota
que, rasando la mar tranquila vuela?
Logre yo, por la trémula espesura
ir mis informes versos esbozando
sin método, sin orden, sin premura,
conforme el corazón los va dictando,
y al margen del arroyo, en la floresta
que cruce sobre mí sus ramos dobles,
dormir el blando sueño de la siesta
bajo el dosel flotante de los robles;
o estampar en las playas arenosas,
que la brisa del mar liviana orea,
las huellas de mi paso caprichosas
que, al volver, ha borrado la marea;
y sorprender, en alas de los vientos
que vienen de las breñas más lejanas,
como un coro de silfos los acentos
de las dulces canciones asturianas;
y cuando el sol declina al océano
y la noche, al ganar la excelsa altura,
arrastra, por el monte y por el llano,
de su manto talar la fimbria oscura,
a la postrera luz que en tintas rojas
baña las nubes con vistoso alarde,
respirar bajo el palio de las hojas
el balsámico ambiente de la tarde,
y ver, sobre el crepúsculo encendido,
que el ocaso de púrpura jaspea,
los vuelos del murciélago aturdido
que en círculos fantásticos voltea;
y, cual astros que a tierra derribados
lanzó la noche de sus negros tules,
descubrir en los setos y vallados
las pálidas luciérnagas azules;
y por las altas selvas seculares
o por la cresta de la escueta duna
ver como surge de los hondos mares,
el disco silencioso de la luna;
y pasar las veladas de febrero
con la robusta gente campesina,
en torno del hogar donde arde el tuero
perfumando la lóbrega cocina;
y, tras cena frugal junto a las llamas,
el sueño conciliar, con Dios a solas,
al plácido susurro de las ramas
y al confuso bramido de las olas!

¡Oh Asturias, donde la áspera maleza,
corona de la indómita montaña,
recuerda en cada ruina una grandeza
y en cada roca estéril una hazaña!
¡Heroica raza que en el pecho sientes,
con modestia incapaz de conocerlo,
la dulce placidez de los valientes
que realizan prodigios sin saberlo,
tú, a quien conceden, confortando el alma
capaz de toda bélica proeza,
las montañas inmóviles su calma
y el mar embravecido su fiereza,
deja que entre tus rústicos hogares
ponga mi pobre hogar desconocido,
como el águila esquiva de tus mares
en islote desierto labra el nido!
Déjame ver el férvido torrente
que socava el peñón y arranca el brezo,
donde, para beber de su corriente,
con salto audaz el tímido robezo
Los cuatro hendidos pies a un tiempo sienta
sobre la monda vacilante lastra
cuyo contorno el agua pulimenta
con las arenas que en su curso arrastra;
déjame hollar los picos arrogantes
en cuyas cuevas se guarece el oso,
velados por las gasas oscilantes
de tu pardo celaje nebuloso;
y tus prados que duro el viento agita
o en curvas ondulantes mueve el aura,
que el sol canicular nunca marchita,
que el ambiente niaríti1no restaura;
déjame oír las olas de tus mares
que al soplo del invierno se alborotan,
y, por minar sus lindes seculares,
los peñascos estériles azotan;
déjame ver la charca cristalina
que en círculos concéntricos señala
el paso de la errante golondrina
si en las diáfanas linfas moja el ala;
déjame ver tus montes contrapuestos
que el horizonte cierran a los ojos
con sus picos indómitos y enhiestos
coronados de pinos y de abrojos,
y recorrer los márgenes floridos
donde entre chopos el Nalón dilata
su tranquila corriente que invertidos
los cerros y los árboles retrata;
y entrar en tus románicas ermitas
cuyo ambiente de paz el alma orea,
y escuchar las leyendas inauditas
que el pueblo religioso fantasea!
Como se clarifica el lago en calma
turbado ayer por el furor del viento,
en tu tranquila soledad el alma
va dejando su turbio sedimento,
y del crespo oleaje se despoja,
y cobra trasparencia, y cada día,
desechando un rencor o una congoja,
un átomo de cieno al fondo envía.
¡Concédeme, Señor, que en el reposo
de ese cielo, esos montes y esos mares,
las flores de mi invierno, al fin dichoso,
presente por ofrenda en tus altares!
¡Allí, bogando en plácida bonanza,
el alma regirán, de gozo henchida,
la Fe, la Caridad y la Esperanza,
timón y velas de la humana vida.
Allí, abismado en éxtasis eterno,
lejos de los que gárrulos blasfeman,
me inundará tu amor, cual sol de invierno
cuyos rayos alumbran y no queman.
Allí, del mundo pérfido apartado,
mis dulces noches, mis serenos días,
libres al fin de incómodo cuidado,
leves serán, como ánforas vacías;
y allí, desvanecida la memoria
de todas las falaces ilusiones,
a tu amor, a tu culto y a tu gloria
consagraré mis últimas canciones,
hasta que, ante tu voz que eterna vaga
se extinga entre mis labios la armonía,
como lámpara inútil que se apaga
cuando surge el albor del nuevo día.