Sueños y discursos: 061

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Sueño del infierno Francisco de Quevedo



-Así -dijo un diablo- soltose el cocherillo y no callará en diez años.
-¿Qué he de callar? -dijo-, si nos tratáis de esta manera, debiendo regalarnos, pues no os traemos al infierno la hacienda maltratada, arrastrada y a pie, llena de rabos, como los siempre rotos escuderos, zanqueando y despeados, sino sahumada, descansada, limpia y en coche. ¡Por otros lo hiciéramos que lo supieran agradecer! ¡Pues decir que merezco yo eso porque llevé tullidos a misa, enfermos a comulgar o monjas a sus conventos! No se probará que en mi coche entrase nadie con buen pensamiento. Llegó a tanto que, por casarse y saber si una era doncella, se hacía información si había entrado en él, porque era señal de corrupción. ¿Y tras de esto me das este pago?
-¡Vía! -dijo un demonio mulato y zurdo.
Redobló los palos y callaron; y forzome ir adelante el mal olor de los cocheros que andaban por allí.
Y llegueme a unas bóvedas donde comencé a tiritar de frío y dar diente con diente, que me helaba. Pregunté movido de la novedad de ver frío en el infierno, qué era aquello, y salió a responder un diablo zambo, con espolones y grietas, lleno de sabañones y dijo:
-Señor, este frío es de que en esta parte están recogidos los bufones, truhanes y juglares chocarreros, hombres por demás y que sobraban en el mundo, y que están aquí retirados, porque si anduvieran por el infierno sueltos, su frialdad es tanta que templaría el dolor del fuego.


Sueños y discursos de Quevedo

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